Play!

 

Le sorprendió que al llegar al portal el conserje acudiera a su encuentro y le diera un sobre relativamente grande.

“Vino hace unas horas una mujer y me dio este sobre para usted”.

Le dio las gracias y lo cogió.

No necesitaba preguntar quién era aquella mujer, pues se trataba sin duda de ella, su dueña desde hacia tiempo ya. Por otro lado ella le había dicho que aquella misma tarde a última hora se acercaría a su apartamento pues quería que cenaran juntos, así que el detalle del sobre le resultó aún más raro; bien podría habérselo llevado ella misma antes de la cena o podría haberle dicho que se acercara a recogerlo donde fuera, pero no, se había acercado ella. Por último, lo había dejado en el portal, aquello era aún más extraño, pues ella tenía las llaves del apartamento y siempre que le apetecía iba por allí sin necesidad de avisar, razón por la cual él tenía la vivienda en perfecto estado siempre: limpia y ordenada, como a ella le gustaba.

Hacía semanas que no la veía. Cerca de un par de meses que se le habían hecho eternos, sesenta días eternos de añorarla.

Subió en el ascensor y entró en su apartamento.

Fue directamente a su habitación y se puso cómodo.

El sobre venía sin ninguna seña exterior. Lo abrió. Dentro pudo ver  un sobre un poco más pequeño con su nombre: Georgina.

Se estremeció y enseguida comprendió, cada vez que se dirigía a él en femenino lo hacía con ese sonoro nombre. Abrió el sobre y encontró una nota manuscrita, un collar y unos pendientes.

“Georgina querida:

Como eres una chica lista habrás comprendido lo que quiero, esta tarde cuando nos veamos llevarás  estos dos regalitos en tu piel. Dado que eres muy buena alumna sé que serás capaz de aplicar todo lo que te he enseñado en los últimos meses y sabrás encontrar el atuendo, los complementos ideales y el maquillaje perfecto para lucir bien seductora con estos dos regalos.

Tengo un capricho pequeño, me gustaría que te pusieras esa jaula de castidad rosa tan coqueta que te regalé y que cuando estés completamente preparada te acaricies, sientas la excitación y pienses en tus dedos como extensiones de los míos, y así durante media hora seguida.
Ni que decir que tienes prohibido derramar tu placer.

Durante esa media hora has de ser capaz de sentir mi voz susurrándote a través de todo tu cuerpo.

Una vez hayan finalizado esos deliciosos 30 minutos espérame de rodillas de cara a la pared en esa esquina del salón que tú bien sabes”.

Durante los meses anteriores su dueña le había enseñado a vestirse, maquillarse, conjuntarse y comportarse como una mujer. Había potenciado en él una fascinante dualidad con la que ahora convivía y que cada vez le resultaba más fascinante y a la vez más necesaria para realizarse como persona y como esclavo.

Esclavo, en toda su dimensión.

Esa dualidad le hacía pertenecer aún más a ella. Ella decidía cuándo quería de él su parte masculina y cuándo necesitaba de ella la parte femenina.

Se empezó a desnudar y fue dejando toda su ropa bien recogida en el armario.

Completamente desnudo abrió el armario exclusivo en el que su ama le había dicho que guardara toda su ropa femenina y eligió un atuendo que sabría que a ella le gustaría.

Un vestido corto rojo de una tela muy parecida a la seda, suave y muy vaporosa, a medio muslo, con unos tirantes finísimos en los hombros, un tanga también rojo y unas sandalias negras de tacón altísimo que le había regalado cuando comprobó que se desenvolvía con soltura encima de ellos.

Lo dejó todo cuidadosamente encima de la cama y comenzó el ritual de arreglarse, se duchó y comprobó que todo su cuerpo estaba completamente libre de vello.

Acto seguido se puso el cinturón de castidad. Pequeño, casi minúsculo, que dejaba su sexo reducido a la mínima expresión. Aquella vez le costó. Saber que ella llegaría  en unas horas añadía cierta excitación que complicaba la labor de introducir su sexo en aquel pequeño elemento de plástico duro.

Una vez cerró el cinturón de castidad cogió la llave y la dejó en la mesilla de la entrada de la casa. Allí sería donde ella miraría al llegar y la cogería para decidir cuándo podría quitárselo.

Volvió de nuevo al baño y se sentó en el taburete. Cogió el esmalte, rojo, inevitablemente rojo, y se pintó las uñas de los pies con mucho cuidado para no mancharse.
“Prudencias de primeriza”- pensó.

Primero las del pie derecho y después las del pie izquierdo. Esperó unos segundos sin moverse demasiado para no arruinar el resultado.

Justo después de terminar con las uñas de los pies hizo lo propio con las uñas de las manos. Una por una pintó cada uña con ese rojo brillante que sabía que a ella tanto le gustaba.

Comprobó que las uñas estaban ya secas y se situó delante del espejo. Repitió paso por paso todas las indicaciones que había recibido de su dueña durante las lecciones en las que le enseñó a maquillarse la cara y a realzar su mirada con una sombra de ojos.

Discreto, sin estridencias, pero a la vez resaltando aquellos rasgos de su rostro que sabía que necesitaban de ese toque femenino. Aplicó una sombra de ojos en tonos naturales, poniendo especial cuidado en que el tono fuera el deseado y el resultado, el deseado.

Por último, los labios. Rojos. Con brillo . Se miró en el espejo y sonrió satisfecha del resultado. Estaba convencida de que a su ama también le gustaría.
El rojo siempre de su lado.

Cogió los pendientes y se los puso. Eran uno de esos  en los que no necesitas introducir nada. Sabía que este era un primer paso y que tal vez en breve iba a llegar el momento en el que su dueña le llevara a hacerse el agujero en los lóbulos. Plateados y ligeramente alargados, muy discretos y elegantes. Después se puso el collar, una cadena también plateada, muy fina, de ella colgaba una letra, la inicial del nombre de su dueña.

Caminó de vuelta a la habitación, se puso el tanga y acomodó la jaula dentro de él, tomó el vestido y lo introdujo desde la cabeza, con mucho cuidado de no estropear el maquillaje. Sintió el roce de la suave tela en la piel y se le puso la carne de gallina mientras iba notándo cómo el plástico de la jaula de castidad oprimía su sexo.

Lentamente se colocó las sandalias negras que estaban a los pies de la cama y caminó unos pasos por la habitación para hacerse con ellos. El rojo de las uñas contrastaba con el negro del cuero de las tiras de la sandalia.

“El rojo y el negro. Siempre juntos cuando se trata de ella”- pensó

Un último toque y estaría perfecta. Sacó del armario la peluca de media melena castaña y la acomodó sobre su cabeza hasta que quedó en su sitio, atusó ligeramente la cabellera y se miró en el espejo del armario. Ahora sí estaba ideal.

Se tumbó en la cama y empezó a rozarse, dulcemente, como lo haría ella.

Flexionó las piernas y las abrió. Cerró los ojos y dejó que sus manos fueran lentamente acariciando cada rincón de su piel, la cara interior de los muslos, el vientre, el cuello, los lóbulos de las orejas para volver de nuevo a los muslos.

Los pezones se endurecieron y dirigió allí una de sus manos, pasó la palma por encima del pezón derecho, notando la dureza de este, dejando que la corriente de electricidad estática fuera desde la palma de la mano a la tela, de la tela al pezón. Primero el derecho y luego el izquierdo.

Tembló ligeramente.

Metió la mano por el escote buscando el contacto. Duro, casi dolía. Dos dedos lo pellizcaron suavemente y gimió. Acarició de nuevo suave y lento y con dos uñas lo pellizcó de manera casi imperceptible primero para ir incrementando la presión progresivamente, primero con las yemas de los dedos y más tarde con las uñas.

Casi se le escapó un grito.

Su otra mano acariciaba los muslos, llagaba casi hasta los testículos pero sin llegar a tocarlos. Tembló de nuevo.

Se giró y se puso apoyada en los brazos y en las rodillas, ofrecida a un hipotético amante que pudiera aparecer en cualquier momento por la puerta de la habitación.

“Ojalá mi Dueña llegara y me tomara ahora mismo”-pensó en un ya, completo estado de excitación.

Continuó con sus caricias. Tenía prohibido correrse y no sabía si sería capaz después de los días, muchos, de abstinencia que le había proporcionado su ama.

Tembló de nuevo y notó que debía parar pues sintió cómo a través de la apertura de la jaula de castidad empezaba con escaparse gotas de placer.
Respiró hasta que se tranquilizó. Fue al baño y se miró en el espejo. El sofoco de los minutos de caricias se había sumado al maquillaje y le proporcionaba un mejor color a su cara. Cogió su perfume favorito y se echó un poco en el cuello y detrás de las orejas.

Caminó hasta el salón y se dirigió al rincón que su dueña le había indicado. Se arrodilló y se dispuso a esperar.

“La espera, esa sutil forma de bondage en la que no hacen falta cuerdas ni ataduras”. total, si había esperado casi dos meses ¿qué importaban unos cuantos minutos más?

El dolor comenzó, a veces en las rodillas, otras en los minutos, pero podía sentirlo.
Nervios.
Interrogantes.

Poco después escuchó la llave en la cerradura.

Respiró aliviada.

La puerta se abrió y unos segundos después volvió a cerrarse. Ella dejó las llaves encima de la mesilla y un sonido algo más apagado le siguió después, seguramente su bolso chocando contra la madera.

Los tacones empezaron a acercarse y entonces escuchó su voz:

“La llave de la jaula de castidad está en la entrada, fenomenal, Georgina. La casa ordenada de manera impecable. muy, muy bien, querida. Tú esperando en tu rincón de espera. Sin duda cada día eres más perfecta para mí”.
Ella ya estaba a su lado. Olió su perfume. Inconfundible. Sintió el roce de sus manos sobre sus hombros y la escuchó alejarse de nuevo.

El sonido de los tacones paró. Sin duda se había sentado en su sillón preferencial. Un sillón en el que solo se sentaba ella. Nadie más.

“Acércate a mí y salúdame como es debido”.

Se giró y se dirigió a ella caminando sobre sus manos y rodillas. Lentamente, tratando de que la sangre volviera a ellas y buscando de alguna manera mitigar el dolor. La mirada fija en el suelo.

Delante de sus ojos aparecieron las puntas de los zapatos de su dueña y se lanzó hacia ellos como buscando salvación, esa salvación de la que estaba ausente desde hacía casi sesenta días. Los abrazó, sintió su piel pegarse a la piel de sus zapatos y le dio las gracias casi en un hilo de voz.

Junto al alivio de sentir sus pies se sumó la paz de la caricia en su cabello. Respiró aliviada pues aquella situación le daba vida. Siempre se la daba, pero en ese momento más que en ningún otro.

Aquel saludo se prolongó varios segundos.

Tembló de nuevo emocionada. Necesitaba ese contacto, necesitaba sentirse a su merced, ansiaba estar a sus pies.

“Ponte de pie para que te vea, Georgina”.

Obedeció y se alejó unos pasos para que pudiera observarla con detalle, giró ligeramente de manera que el poco vuelo del vestido hiciera el juego de dejar las piernas casi desnudas y ella pudiera comprobar la destreza sobre los tacones.
“Estás perfecta y los dos regalitos que te dejé esta tarde en portería te quedan ideales. Acércate”-Dijo mientras ella misma se ponía de pie.

“Señora, no encuentro palabras para expresar mi agradecimiento”, atinó a soltar.
Cuando estuvieron las dos una frente a la otra la besó. Un beso dulce rematado en un mordisco firme en el labio inferior que hizo casi quejarse a Georgina.

“Acompáñame”-le dijo.

Caminaron juntas hacia la entrada y una vez allí abrió el bolso y sacó algo.

“Date la vuelta”.

Obedeció y quedó de espaldas a ella. Unos segundos después un antifaz cubrió sus ojos privándola de visión.

“Es posible que tengamos un invitado”. Susurró en su oído.

No mucho tiempo atrás habría temblado de temor.
Ahora lo deseaba.
La deseaba.

“The most important sex organ lies between your ears”
(Ruth Westheimen)

Copyright©2016-20L.S.

No creo en casi nada, pero creo en tu mirada.

Le dije que iba a estar a mi servicio todo el día.

¿Todo el día?

Él sabía que quise decir varios días.

De cuando el tiempo era circular y las dimensiones se habían pervertido en algún momento…

-Yo te iré indicando tus misiones y como has de vestir- le dije con animo distraído.

Le vi en el salón, con su cuerpo. Su espalda ancha. Sus músculos perfectamente torneados. Su sonrisa de medio lado. Su vello esculpido por algún pintor caprichoso. Su piel morena. Su perfección hecha mía.

Y ese cuerpo se movía coordinadamente como queriendo prepararse un café.

Ese café será para mí, verdad?- le pregunté con pocas ganas de averiguar su respuesta.

Y ese pantalón de pijama bien avenido, a cuadros rojos y negros, recordándome a mi uniforme de vidas atrás. Me acerqué a él, pude prever con buen ojo que no llevaba ropa interior bajo aquello cuadros. La tela de algodón tan fina y su cuerpo haciéndose notar por momentos me llamaron. Tuve que meterle mano.

Por encima de la tela, eso sí. Le agarré fuerte su polla que hacia segundos y suspiros varios ya había comenzado a dilatarse. La apreté. La solté. Le miré. Le besé. Le mordí sus gruesos labios. Me agaché y mordí su miembro suavemente a través de aquellos cuadros uniformados.

Me encanta cuando crece entre mis dedos al mínimo roce- pensé.

Su torso desnudo y esos pezones que me observaban con tanto descaro…

Me acerqué a ellos. Con la punta de mi lengua los ericé, mientras mi mano volvía a acariciar y esta vez sí eran caricias suaves su miembro inmenso.

Mi lengua buscaba sus movimientos incontrolados, su olor. Su dolor. Su placer.

Tuve que apretar mis dientes. Los mordí. Sujeté su polla con más fuerza. Toda la intensidad comprimida en apenas unos segundos.

Cerró los ojos.

Un breve sonido gutural salió de su boca. Apreté más aún.

Aflojé. Busque su boca, mordí su labio inferior y le besé.

-Abre la boca- le indique dulcemente.

Y con los ojos cerrados como esperando algún manjar ya conocido, se relajó.

Mis manos en su cuello, sujetándolo con firmeza.

Y mientras le regalaba mi goteante esa  boca sedienta, le dije con tono convincente:

-El café sin azúcar.

Sin aliento.

Y a tiempo.-

 

“Conocerse a sí mismo

no es garantía de felicidad,

pero está del lado de la felicidad

y puede darnos el coraje

para luchar por ella.”

(Simone de Beauvoir)

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Cuando me nombres…

…Por un trance o un desliz.

…Ocurría que a veces su dueña tenía tanta necesidad como urgencia y así, aquella mañana, recibió un mensaje tan escueto como directo:

-“Te espero a las 19:00. Ven dispuesto a todo”.
Y él sabia que “todo” con ella, siempre era “Todo”.

No le hizo falta nada más para pasar el resto de la mañana y de la tarde excitado con la sola idea de volver a estar en su presencia.
Dieron las 19:00 exactas y pidió permiso para subir al apartamento.

-“Espera a que te abra delante de la puerta.De rodillas”-Le indicó.
Segundos eternos, transformados en minutos.
La excitación creciendo dentro de él y por fin su voz al otro lado de la puerta.

Esa voz…

Abrió.
Entró.
Se puso de pié y en cuanto cruzó el umbral de la puerta volvió a caer de rodillas delante de ella.
Su sitio; la mirada fija en los pies calzados con unos preciosos botines grises de suela roja con altísimo tacón.

-“Desnúdate, guarda tu ropa en el armario y sígueme”-

Su voz sonó más dulce que de costumbre, si es que con ella existían las costumbres. Desnudo por completo comenzó a caminar sobre sus rodillas y sus manos detrás de ella siguiendo el ritmo de sus tacones.

Ese ritmo…

Llegaron a su habitación y le hizo ponerse de pié delante de la cama. Entonces pudo ver un precioso uniforme de criada, un conjunto de lencería roja, unas medias negras y unos zapatos de tacón alto, también rojos. En una de las mesillas que flanqueaban la cama, la cabeza de un maniquí lucía una peluca castaña de media melena. La miró sabiendo qué era exactamente lo que esperaba de él.

-“No será la primera vez que te vistas así, pero hoy será todo diferente, ya sabes, cada día un pasito hacia delante.”-
Hacía meses que ella le entrenaba para este momento. No fue casual, ella supo ver su interior. Lo abrió sin permiso, buceó y supo lo que necesitaba.

-“Quiero que hoy liberes tu lado femenino más que nunca.”-
Hoy serás Cloe para mí. Juntas sentiremos y viajaremos lejos a través de la piel y los sentidos.
Sensaciones nuevas. Limites vistiéndose sobre el suelo…

Ese nombre femenino y aquel “juntas” hicieron que toda su piel se erizara.
Poco a poco empezó a vestirse. Las braguitas se ajustaron a la perfección a su cuerpo, incluido el pequeño cinturón de castidad con el que su ama controlaba su placer. El sujetador, con un ligero relleno también encajó de manera impecable en su cuerpo.
Se puso las medias con esmero y cuidado y acto seguido se vistió con el uniforme en tonos negros y blancos, escandalosamente corto, dejando casi a la vista las braguitas.
Zapatos y esa peluca tan sugerente para completar el atuendo.
-“Ahora voy a terminar de prepararte para que estés totalmente lista”.-

Le invitó a sentarse en una silla delante del mueble que dominaba una de las paredes de la habitación
Poco a poco fue maquillándola a su gusto, discreta pero realzando los rasgos de la cara para terminar aplicando un carmín rojo, muy rojo, en los labios. Aquel carmín que tantas veces él había visto en los carnosos y sugerentes labios de ella.
-“Estás guapísima, Cloe, casi perfecta. Mírate en el espejo”.-

Lo hizo y quedó asombrado del trabajo que ella había realizado. Lucía casi por
completo femenina. Sonrió y le dio las gracias, y justo en aquel momento sonó el timbre.
El sonido del timbre le sorprendió, y la sonrisa de ella casi le paralizó. Ella lo notó y le habló al oído.
-“Voy a abrir a nuestro invitado, es un regalo que te hago con todo mi cariño. Estoy convencida de que vas a estar a la altura. Ve al salón y espéranos allí de pie”.-
“…El espacio que deja cuando se va”…pensó él, cabizbajo a solas.

Mientras ella se dirigía a la puerta, fue al salón y esperó en el centro del mismo. De espaldas a la puerta. Estaba nervioso y no quería que esa fuera la primera impresión que aquel invitado sacara de ella. Sí, de ella. Lo tenía completamente asumido.

Escuchó las voces acercarse al salón. No se movió, ni siquiera cuando intuyó que ya habían entrado en aquella estancia.
Sintió las manos de su dueña alrededor de su cintura mientras hablaba con aquel desconocido.

-“Los que no se arriesgan nunca subirán de nivel”-le susurró a modo de caricias tranquilizadoras.

Las presentaciones y demás formalidades necesarias…

-“Ella es Cloe. Es un poco tímida y podríamos decir que es como si fuera su primera vez”.-

Ahora fueron otras manos las que notó en su cintura. Unas manos firmes y que la sujetaron con más fuerza que la empleada por su ama unos segundos antes.
-“Encantado, Cloe”. Dijo aquel hombre mientras la besaba en el cuello y hacía que un escalofrío recorriera toda su piel despertando más aún su sexo enjaulado.
Ahora sí, se giró y lo vio. Un hombre bastante apuesto, y podría decir que hasta guapo, alto y perfectamente afeitado. Se sorprendió a sí mismo evaluando a aquel hombre en términos de atracción sexual.
Le extendió un ramo de flores y volvió a besarla. Esta vez en la mejilla, cerca de la comisura de los labios, lo cual la aturdió ligeramente.

-“¿Qué se dice, Cloe? No vaya a ser que nuestro invitado piense que eres una
maleducada”.-La voz de su ama la sacó del ensimismamiento.

-“Muchísimas gracias. No tendrías que haberte molestado en traerme ningún regalo”. –

Y ahora fue ella la que se acercó al hombre y le besó también muy cerca de los labios. Pudo notar su olor. ¿Como definirlo? Viril, seductor…¿Las endorfinas enredando intenciones?.
Tal vez.

Regresó a los pocos segundos y su dueña volvió a animarla hablándole al oído.
-“Haz que se sienta cómodo “-

Se acercó a él y lo abrazó por detrás, rodeándolo, sintiendo todo el cuerpo con sus manos. Poco a poco empezó a desabrochar la camisa mientras le besaba el cuello, le quitó la camisa y ya sin timidez alguna, le besó en los labios y dejó que la lengua de él tomara posesión de su boca. A partir de ese momento se dejó hacer.
La voz de su ama acudía de vez en cuando a su oído, animándola a disfrutar, empujándola a dar placer a aquel atractivo desconocido que ahora ya estaba completamente desnudo a su lado. Sus manos acariciaron aquellos glúteos masculinos para, suavemente, ir al encuentro de su sexo, que lucía casi erecto bajo la caricia de sus dedos.
Se arrodilló y poco a poco metió aquel desconocido miembro en su boca, lo besó, lo saboreó detenidamente, sin atropellarse, dejándose llevar por la voz de su dueña.

-“Poco a poco, Cloe, no tienes prisa. Busca su placer”.-

Continuó dando placer con su boca mientras sentía tanto las manos de él en su cabeza como las manos de ella acariciando su cuerpo, sus nalgas  y las cercanías de su sexo aprisionado por el cinturón de castidad que luchaba por salir.
A los pocos minutos el atractivo desconocido se deshizo de la caricia que la boca de Cloe le proporcionaba y buscó sus labios para agradecerle el placer que le había brindado. Poco a poco bajó las braguitas rojas y acarició entre las nalgas de Cloe . Extendió un poco de crema lubricante en el punto exacto que auguraba placeres inmensos y organizó su cuerpo, manejándolo a su antojo.

Ella respiró y sintió.

Sintió y se permitió fluir, dejándolo entrar por completo. Ese hombre de voz ronca penetrándola desde detrás y su dueña besando sus labios mientras sujetaba sus manos.
Y mientras tanto el tomador de su cuerpo aceleraba el ritmo para volver a hacerlo más lento y posteriormente volver a acelerar, jugando con su placer en ciernes.

Ella disfrutando con las imágenes y el desconocido a punto de gritar de placer, mientras entre las barras de acero del cinturón de castidad de Cloe se escapaba inconfundible la prueba de que ella también había disfrutado.
Poco a poco él se salió y volviendo a besarla en la boca se despidió dándole las gracias por haberle hecho disfrutar. Casi visto y no visto se vistió y su dueña lo acompañó a la entrada donde le despidió cariñosamente.
De nuevo estaban las dos solas. Cloe se abrazó a su dueña, abrazó sus piernas y buscó refugió entre sus pies, como lo buscó en las primeras ocasiones en las que empezó a surcar los nuevos territorios que ella le mostraba.

Confianza. Eso fue lo que siempre imperó a su lado.
Atracción.
Admiración.
Magia.

-“Sabía que ibas a estar a la altura de la ocasión. Estoy muy orgullosa de ti”.-
Le besó, como besando su libertad y se alejó.

-“Con que poquito haces magia”-pensó él sin atreverse a pronunciarlo.

Y supo que aquel instante de intimidad quedaría eternizado desde ya,
hasta siempre.

 

 

“Quise vivir durante años según la moral de todos.
Me esforcé por vivir como todo el mundo, por parecerme a todo el mundo. Dije lo preciso para unir, aun cuando yo me sentía separado.
Y al cabo de todo esto, llegó la catástrofe.
Ahora me paseo por entre las ruinas,
estoy sin ley,
cruelmente dividido ,
solo y aceptando estarlo,
resignado a mi singularidad y a mis discapacidades.
Y debo reconstruir una verdad,
tras haber vivido toda mi vida en una suerte de mentira.”


(Albert Camus.)

 

 

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Sin dificultad no hay sabiduría.

Y la sabiduría es libertad…

 

 

Mis últimas 2 semanas por aquí, al menos fisicamente.

Porque, hay muchas maneras de quedarse y permanecer…

Gracias.

Merci.

Thanks.

Grazie.

Sukran.

Danke.

A la gente que he conocido desde el 2017. Todo mi cariño para el 2018 y toda mi alma hecha melodía para el 2019.

Gracias por el crecimiento y el descubrimiento mutuo. Por las risas, las confesiones, la confianza y por tanto cariño.

 

“Cada hombre tiene dos biografías eróticas.

Por lo general se habla sólo de las primera: 

La lista de sus amores y encuentros amorosos.

Es probable que sea más interesante la segunda biografía:

Las muchas mujeres que hemos deseado y que se nos escaparon,

la dolorosa historia de las posibilidades no realizadas.

Pero hay aún una tercera, secreta e inquietante categoría de mujeres.

Son aquellas con las que no pudimos y no supimos tener nada en común.

Nos gustaron, nosotros les gustamos a ellas,

pero al mismo tiempo comprendimos de inmediato que no podíamos tenerlas porque al estar con ellas nos encontrábamos del otro lado de la frontera”.

(“El libro de la risa y el olvido.” M.Kundera.)

 

 

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La voix que j’aime.

 

Vos, mi lógica cartesiana.

Mi constructo menos reducido.

Mi logaritmo deseado.

La probabilidad más exacta.

Mi estadística más certera.

Llegas con tu piel convertida en formula imposible.

Te digo que penetres mis incógnitas y lo haces a golpe de variables.

Fuertes.

Seguras.

Progresas geométricamente y lo celebro vertiéndome en tu boca.

Te lleno.

Te vas, llenando el espacio de infinitos, aunque sé que volveré a tocarte

y no hablo de la piel.

Regresas aleatoriamente y todos mis ángulos lo celebran.

Vos, mi axioma más excitante.

Coordéname bien dentro. O desordena todo.

Sé mi binomio más exacto,

sin asimetrías que te alejen de mi boca.

 

 

“No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche”

(Khalil Gibran)

 

 

 

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La realidad no nos basta…

…aspiramos a la posibilidad.

 

 

-¿Confías en mí?- le pregunté.

-A ciegas- me contestó.

Y salimos rumbo hacia algún lugar.

Esta vez conduciría yo, él fue en todo momento con un antifaz sobre sus ojos y la calma por aliada.

No me preguntó nada, mejor así.

Nos dirigimos hacia un enorme parque donde según la hora del día solía haber más o menos gente. Aunque nosotros no iríamos de día precisamente.

Sobre las 20h en pleno mes de febrero iba conduciendo mi coche negro con un vestido recién estrenado en tonos verdes, corto y muy vaporoso, en los pies unas botas negras altas.

Él, a mi lado respirando algo agitado y sin pronunciar palabra.

Tras unos minutos breves para mí y muy seguramente infinitos para él, llegamos.

Aparqué y nos bajamos. Él se había vestido para la ocasión como le indiqué. Traje de chaqueta, camisa blanca y nada de corbata. Elegante y cómodo. Esa era la idea, y así lo hizo.

Ya era  de noche y no se veía demasiado movimiento. Una terraza con las luces aún encendidas anunciando que en breve cerrarían y nos dejarían un poco más a oscuras.

Un parque casi vacío y algunos ciclistas rezagados que ya estaban seguramente de vuelta a sus casas.

-Ven, sígueme- indique suavemente.

Con los ojos tapados, le coloqué con mucha dulzura una cuerda negra en su cuello de tal modo que podría guiarle sin temor a que se tropezara.

Me adelanté unos pasos y fui adentrándome en la arboleda infinita del parque.

Olía a excitación, a noche abierta, a su perfume, a mis ganas de experimentarle …

Un poco más adentro aún y unos minutos más tarde  ya estábamos justo donde quería estar que era sin duda el lugar ideal.

-Inspira, disfruta de este olor- le indiqué.

Le quité la cuerda del cuello, le acerqué hacia un robusto árbol y le observé.

Sus labios reflejaban una mezcla de emociones, calma aparente, confianza, temor , excitación…

-Y ahora siente este otro olor- volví a decirle.

Acerque mi cuello hacia su nariz, y mi boca a la suya. Humedecí sus labios, los mordí sutilmente, volví a pasar la lengua por ellos, como queriendo curarlos tras la sacudida de mis dientes y le besé.

Boca con sabor a menta y a ganas. De esto, de mi juego y de todos mis deseos de los que él era ya el protagonista desde hacía tiempo.

Saqué una cuerda más fuerte y larga de mi bolso y la utilicé para amarrarle al árbol  de tal modo que no pudiera ni moverse, ni apenas usar sus manos para nada. La cabeza apoyada sobre el árbol, los labios entre abiertos, la noche cada vez mas cerrada y el sonido de las ramas de los arboles cerca de nosotros. Todo era perfecto.

-Ahora vuelvo-le susurré.

Tembló. Quiso decir algo y me adelanté.

Me quité el tanga, negro  de encaje, se lo metí en su ansiosa boca y para asegurarme que permanecería en el mismo lugar tras mi paseo por el parque, lo amordacé con una cinta adhesiva también.

Y me fui de su lado.

Aunque permanecí allí de algún modo, tal y como le dije.

Me alejaba mientras le iba observando.

Solo, sin hablar, sin ver, sin moverse.

Me excitaba su confianza y su entrega.

Según me iba distanciando más, él se perdía junto a la sutil niebla y mis ganas de regresar a su lado aumentaban. Aún así me demoré.

Regresé y ahí seguía . Valiente. Paciente.

Liberé su boca y una de sus manos.

Toqué lentamente su entrepierna y pude notar su excitación, le apreté  para después bajarle la cremallera y regalarle una pequeña dosis de libertad.

Suspiró.

Las ataduras apenas le permitían mover su mano derecha, igualmente le ordené que se acariciara para mí.

Otro suspiro. Siguió mis indicaciones mientras su boca hacia una ligera mueca de placer adelantado.

-No te emociones- le dije.

Y allí estaba él, en mitad del infinito parque cubierto de esa misteriosa niebla, apenas solos, que bien…solos. Y dispuestos a llenarnos de sensaciones.

-Para- le ordené.

Volvi a besarle, esta vez más húmedamente.

Me alejé de su boca y le invité a repetir el mismo proceso.

-Acaríciate muy lentamente, demorándote en cada  pequeño movimiento, vas a estar así hasta que yo te lo diga-

-Como tú digas- acertó a contestar.

Su miembro deseando verterse entre sus dedos, él retorciéndose ligeramente sobre las cuerdas, sus labios mas abiertos aún y la lluvia queriendo unirse a nosotros.

-Calma, tenemos toda la noche- le susurré al oído.

El viento iba acariciando mi pelo.

La lluvia queriendo unirse a nuestro pequeño juego y los ruidos misteriosos de algunas ramas que a veces conseguían inquietarle. Más aún.

-¿Estamos solos? – me preguntaba un poco impaciente.

-Confía en mí- me limité a contestarle.

-Acelera el ritmo- le ordené esta vez más tajantemente.

Lo hizo.

Me acerqué y abrí su camisa blanca que ocultaba sus perfectos pectorales desde hacia unas horas ya.

Pasé mi lengua por sus pezones, como preparándolos para lo que vendía después y tras unos instantes los apreté. Mordí cada pequeño centímetro y me recreé  en su quejido placentero que empezaba a ser la banda sonora del parque.

-Córrete para mí- volví a ordenarle.

Y aunque el movimiento de su mano era torpe porque apenas tenia capacidad de maniobra, se esforzó en complacerme.

Agilizó el ritmo. Su respiración estaba acompasada a su mano. Mis dedos sustituyendo los pequeños mordiscos y él, que apenas podía aguantar más ya.

-Pronuncia mi nombre- le dije.

-No puedo más- alcanzó a balbucear.

-No puedas más- le contesté.

Y tras unas ágiles sacudidas se derramó sobre sus dedos. Gritó mi nombre al viento y las ramas de los arboles que en esta noche actuaban de testigos , nos aplaudieron mitad exhaustas, mitad deseosas de ser piel en la próxima reencarnación.

Dosis en vena de vida fugaz.

Eternidad efímera.

Le liberé. Le besé.

-Vuelve andando, tengo prisa- le dije.

Y me fui.

Sonriendo.

 

“Eres responsable para siempre de lo que has domesticado”

(El principito)

 

 

 

Copyright©2016-20L.S.

Allez viens on s’en fout, allez viens ont y va.

Merecia un castigo.

Por acaparador. Por llenarme el whatsapp de mensajes y por enviarme fotografías suyas sin pedirme permiso.

Que sí, que el chico es muy atractivo y que el traje de chaqueta con la camisa abierta le sienta de vicio.

Pero le dije que era suficiente.

Y siguió.

Confieso que la imagen de su espalda, tan ancha como mi deseo al mirarla,  desnuda y el vaquero azul resaltando su trasero me gustó.

Pero no necesitaba más fotos.

No lo entendió.

Nunca le confesaré que en ocasiones pensaba en él, incluso vestida, aún así merecía un escarmiento.

Le escribí diciendo que necesitaba verle.

Llegó rápido y al hacerlo muy seguramente  notó mi sutil enfado, le coloqué una correa en su perfumado cuello y le guié hacía su destino más próximo. Mi jaula preferida.

Le introduje  al fondo y cerré con candado.

No habló, no pudo, le dejé mi tanga negro dentro de su seductora boca.

-Vas a estar así hasta que yo lo decida-le dije mientras me alejaba de la sala.

La idea de tenerle varias horas retenido y pendiente de mis movimientos sabiendo lo voyeur y a la vez exhibicionista que era, me seducía bastante.

Puse música y comencé a deshacerme de la ropa, por eso de ducharme desnuda y sentir la calidez del agua derramarse por mi piel.

Mientras tanto él permanecería así, inmóvil, sin poder hablar, lo mejor, sin poder tocarse pues le até las manos a los barrotes de la jaula. Tan solo mirar. Y soñar.

Y mirar, de nuevo.

Me bajé los tirantes del vestido negro, la cremallera y el traje cayó hacia mis tobillos. Retiré las sandalias negras de tacón una a una sin dejar de mirarle. Desnuda frente a él, tan solo un collar rozaba mi piel y el ansia de reventarle las ganas a golpes de deseo iba creciendo.

Tenia sed.

Cogí una botella de agua y comencé a beber, cuando estuve saciada dejé resbalar algunas pudorosas gotas sobre mi cuello, mi pecho y a continuación pude ir notando como se deslizaban lentamente por mi vientre, se enredaban en mi ombligo para después continuar bajando hasta hacerme casi tiritar de frío.

Sus grandes ojos verdes me seguían con cada movimiento.

Gemía, intentaba comunicarse con la mirada pero me hice la despistada.

Un castigo es un castigo.

Me dirigí a la ducha, no sin antes agacharme para susurrarle.

-Ahora vas a ver como suelo ducharme cada día, hoy estás de suerte-

Dejé la puerta abierta de tal modo que él alcanzase a ver casi todo.

Y el agua caliente derramándose sobre mí. Me llené de un gel espumoso de té verde que tanto me gustaba y dirigí el chorro hacia mi pelo.

De espaldas a él, imaginaba la imagen que él estaría observando en este momento. Desnuda, empapada, mi pelo cayendo sobre la espalda y la espuma blanca bajando por mi coxis, acariciando mis nalgas.

Tras unos minutos así, me giré y esta vez dejé caer un gran chorro de aceite de coco sobre mi cuerpo, hombros, pechos y me acaricié con la punta de mis dedos, para que el liquido penetrase en cada poro.

Me liberé del mango de la ducha para disponer de mis dos manos y así poder recogerme el pelo en una ajustada coleta.

El aceite indisciplinado seguía amontonándose en algunos pliegues de mi desnudez, tuve que poner orden y con las 2 manos, muy suavemente me fui acariciando de nuevo para dejar cada gota en su sitio.

Esta vez me demoré en las caderas, en la cintura, bajé hasta los muslos, que al separarlos levemente me provocaron la urgencia de llenar de aceite mi sexo también.

No quise mirar pero podía notar sus ojos pendientes de cada gesto. De cada leve movimiento mío.

Seguí así minutos, o tal vez horas, que más da el tiempo si la espera aumenta las ganas y el delirio que vendrá.

“Cette nuit, dans l’ivresse tendresse, j’ai rencontré le bout de tes lèvres.

Au carrefour des amours, mon coeur titubait…alors  ce matin, j’ai soif.

Oui, soif de toi!…”

 

 

 

 

yellow and pink lighted x decor

 

 

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Tienes alas, ¿no las vas a usar para volar?

Pocas veces como aquella la orden había sido tan escueta.

Solamente la indicación sobre la hora a la que tendría
que estar al día siguiente en su casa y de cómo debería presentarse ante
ella. En un breve mensaje le dijo que necesitaría que la llevase a hacer unas compras y que al llegar aparcara en la puerta.

Escueta.

Sutil.

Nada más.

Y todo menos.
A la tarde siguiente, cinco minutos antes de la hora fijada, él aparcó el coche a escasos metros de la puerta del edificio en el que ella vivía, una zona residencial muy tranquila rodeada de árboles y apartada del bullicio de la ciudad.

A la hora fijada le puso un mensaje pidiendo permiso para subir a su apartamento y solo
cuando ella se lo concedió, llamó .
Apenas dos minutos después estaba tocando el timbre delante de la puerta de su apartamento mientras  su corazón se aceleraba. Mil veces que llamara a ese timbre, las mil sentiría esa maldita y dulce sensación.

Ese mordisco en la piel, en el alma y más adentro.

De donde no se vuelve, justo ahí.
El sonido de los tacones sobre la tarima se fue acercando poco a poco hasta que la puerta se abrió delante de él muy lentamente, prolongando la incertidumbre de la espera.

Entró y se postró de rodillas ante ella esperando a que le extendiera la mano para que pudiera besarla en señal de respeto, también de obediencia y devoción.
La mirada fija en la punta de sus zapatos, tratando de adivinar cómo iría vestida pero sin mirarla todavía.

No tenia su permiso.

No merecia su permiso, aún.

“Todo al ritmo adecuado”-solía repetir sonriendo. De cuando pervertirlo podría aniquilar intenciones y volverlas del revés. Ella siempre supo bailar al rimo perfecto en cada instante.

 

Zapatos de tacón alto, negros y con una llamativa suela roja, pudo adivinar solo por la puntera de que firma eran.

-“Perfectos para ella”- pensó en silencio.

El suave gesto de su mano en la barbilla le hizo saber que podía ponerse de pie.
Entonces pudo observarla. Bella como siempre, arrebatadora como nunca, sencilla y a la vez muy elegante. Ese  gusto al vestir, sin estridencias pero resaltando cada uno de sus encantos; la melena de todos rojizos caía libre sobre sus hombros, casi tan libre como ella. Una ligera sombra de ojos y el inevitable rojo de sus labios.

Sus labios…

Sonrío al sentirse observada por él.
-“Desnúdate por completo, mete todas tus cosas a excepción de las llaves del coche en el baúl que tienes detrás de ti y ciérralo con el candado”- Según terminó de hablar le dio la espalda y se dirigió hacia una de las habitaciones mientras él se quedaba obedeciéndola. Y quien dice obedeciéndola,

quiere decir deseándola,

eternizándola…
Se desnudó poco a poco y fue doblando la ropa antes de meterla en el baúl, quedando
completamente desnudo. Lo cerró tal y como ella le había ordenado. Organizado, meticuloso y práctico, dejando evidencia de su personalidad hasta en esos detalles. Así era él.
Esperó su vuelta con las manos a la espalda y la mirada fija en el suelo como tantas otras veces había hecho antes. Sabía que debía esperarla así y que hacerlo de cualquier otra manera conllevaría una reprimenda y un castigo.

Sus castigos…
De nuevo los tacones marcaron con cadencia el ritmo de su corazón, pervertido ya, desde hacia vidas. ¿Cuantas? Tantas como días llevaba ella en su pensamiento.
Las delicadas manos de ella empezaron a recorrer su cuerpo desnudo y tembloroso, casi sin rozarle, erizándole la piel.

El simple  contacto de las yemas de sus dedos viajó de los hombros a su pecho, de sus brazos a sus ingles, de sus rodillas a las nalgas, hasta finalmente recorrer sinuosamente su miembro que lucía completamente firme, como ella quería, excitado e impaciente.
-“Perfecto, sin un solo rastro de vello corporal. Veo que has cumplido muy bien con mis
indicaciones”-
Se alejó de nuevo y volvió a los pocos segundos con las manos detrás de la espalda, escondiendo algo.

-“Hoy vas a ser mi chófer, y como bien sospecharás, necesitaras un uniforme adecuado a las circunstancias y a mis deseos.  Qué haríamos sin los pequeños detalles, ¿verdad?. Te voy a entregar el tuyo”-
Le colocó una gorra  negra en la cabeza y la ladeó casi imperceptiblemente hasta que
quedó como a ella le gustaba. Le extendió unos guantes de cuero negro para que se los pusiera, cosa que él hizo casi de inmediato hasta que comprobó que encajaban a la perfección en sus manos.
A continuación se situó detrás de él. Pudo sentir el aliento mentolado de ella y su delicado perfume en la nuca, esto le hizo aumentar su excitación y lanzar un gemido involuntario. Ella ciñó un collar de cuero en su cuello, lo apretó ligeramente
y lo abrochó cuando comprobó que estaba a la medida indicada. De la argolla del collar colgó una cadena cuyo mango llevaba en una de sus manos y le miró.
-“Ya estamos listos, podemos salir al mundo”-
Él la miró a los ojos sin atreverse a hablar. Ella sonrió comprobando que lo que meses antes en su mirada habría sido miedo, casi pavor, ahora era una mezcla de determinación, excitación y por encima de todo obediencia.
-“Un último detalle te falta para ser mi chófer perfecto”- Abrió su bolso y sacó unas gafas de sol de pasta negras con los cristales también negros y se las puso con delicadeza y acto seguido dio un ligero tirón a la correa para indicarle que empezara a andar.
-“Recuerda que en todo momento la correa ha de ir casi tensa, no te adelantes y ve siempre detrás de mí, porque ese es y será siempre tu lugar”- Le dijo mientras abría la puerta.
Salieron así al exterior.

Ella delante y él detrás, desnudo a excepción de aquellos complementos que ella le había puesto, excitado como casi no lo había estado nunca. Era precisamente esa excitación lo que le causaba mayor azoramiento, no la desnudez, ni el ser llevado de la correa.
Ella se paró antes de llegar al ascensor y volvió ligeramente sobre sus pasos hasta que pudo hablarle al oído.
-“Me encantan tu determinación y tu valentía . Me gustaría que  mantuvieras
tu excitación durante todo el tiempo que dure nuestra excursión. Me apetece exhibirte exactamente como eres y como te sientes ¿verdad que lo vas a hacer por mí?”-
Él solamente pudo asentir pues hacía ya unos cuantos meses que ella había conseguido a través de un proceso de sugestión y adiestramiento llevarle al punto en el que solo escuchar una petición de su boca, actuaba sobre su cerebro de una manera sinuosamente automática.
En aquel momento nada le hacía sentir más libre que su desnudez y esa correa.

Esa correa y la obediencia.

La obediencia y ella, su guía.
Llegó el ascensor y subieron a él. Bajaron los tres pisos de  un trayecto que a él se le antojó el más largo de su vida.
Se abrieron las puertas y salieron, primero ella y él detrás esperando a que la
correa tirara ligeramente de él. Caminaron unos metros hasta que ella abrió la puerta del portal.
El aire de la calle sacudió toda su desnudez haciendo que se diera cuenta de que sí, esto estaba sucediendo y ya no había marcha atrás.
Siempre detrás de ella y manteniendo su vista en los tacones que le guiaban.

Llegaron al coche y él abrió con el mando para que ella subiera.
-“No, hoy quiero ir sentada en el asiento del copiloto, quiero verte de cerca mientras conduces”-
Cerró la puerta trasera y abrió la puerta delantera derecha.
-“Vamos al centro comercial, tengo que hacer unas compras”-

Pasó el cinturón de seguridad alrededor de su torso desnudo, lo aseguró en el enganche y
arrancó. Mantuvo la mirada en todo momento centrada en la conducción mientras ella le iba hablando.
-“Será solo un momento, menos de media hora. No te preocupes, que no te haré salir del coche. O sí.”-le dijo maliciosamente para tensarle, más aún.
Eso sí, me esperarás en el aparcamiento y tanto a la llegada como cuando salgamos deberás abrirme la puerta”.
Atravesaron el tráfico de Madrid hasta llegar al centro comercial.

Desnudo conduciendo, semáforos en rojo y él con la vista hacia adelante obviando que muy seguramente los coches parados a su izquierda le estarían mirando con cierta curiosidad.

¿Timidez? ya no.

¿Miedo? hace tiempo que perdió el miedo junto al equilibrio.

¿Excitación? toda.

“¿Que seria de la ciudad sin ella?”- pensaba mientras observaba el semáforo en ámbar, ya.

Entraron en el aparcamiento y se dirigieron a la segunda planta. Cuando aparcó se bajó del coche y abrió la puerta del copiloto. Ella salió y le extendió la mano para que se la besara.
-“Espérame dentro y recuerda que te quiero excitado en todo momento,
pero no te acaricies”-
Transcurrieron los minutos mientras escuchaba música, trataba de mantener la mente en blanco para ver si de esa forma conseguía abstraerse de la situación, pero su erección le recordaba cada pocos segundos quién era, dónde estaba y sobre todo, a quién pertenecía.

Y el orgullo de saberse de ella…

Tan libre y tan rendido a ella.

La libertad de la pertenencia, había reflexionado tanto tiempo sobre ello que podría escribir un tratado de varios volúmenes casi sin pestañear.
¿Cómo era posible que sin tocarse estuviera tanto tiempo excitado? Y entonces venían sus palabras a su cabeza “te quiero excitado en todo momento”.
La vio aparecer tiempo después y bajó del coche para abrir la puerta. Venía cargada con un par de bolsas con las compras así que cuando llegó a su altura las cogió antes de que ella subiera al coche y las metió en el maletero, lo cerró y acto seguido cerró la puerta del copiloto y se subió.
Arrancó y salieron del aparcamiento rumbo de nuevo a su apartamento. Aparcó, cogió las bolsas del maletero, abrió la puerta del copiloto y cuando ella bajó del coche le entregó la correa en la mano, cerró el coche y la siguió.
Dos pasos por detrás. Ella se demoró a propósito, se paró, rebuscó en su bolso, sacó su móvil y le hizo unas fotos mientras sonreía orgullosa y divertida a la vez. Con la calma que la caracterizaba volvió a guardar el móvil en el bolso y se encaminó hacia el portal. A lo lejos escucharon unas voces que a él le hicieron temblar ligeramente. Su excitación no solo no desaparecía sino que era aún si cabe mayor.
Un par de minutos después entraron de nuevo en la casa. Ella le dijo que se quitara los complementos que con tanto cuidado había preparado y que la esperara de rodillas en una esquina del salón mientras ella se cambiaba.
Cuando empezaron a dolerle las rodillas ella llegó por detrás de él y le habló al oído.
-“Estoy muy orgullosa de ti, has sido un chófer perfecto y te mereces un premio por ello. No hables,
solo escucha mi voz, no hay nada en tu mundo ahora mismo aparte de mi voz.

Date la vuelta”-
Obedeció y se giró de rodillas con la mirada fija en sus zapatos.
-“Descálzame”- y  en cada vocal pronunciada por ella, pudo adivinar olores, sabores, placeres derritiéndose entre sus dedos.
Muy lentamente, como sabía que a ella le gustaba, le quitó uno de los zapatos, lo dejó
cuidadosamente a un lado y tomó su pie entre sus dedos, acariciándolo y besándolo muy suavemente. Con sumo cuidado retiró sus manos  y le quitó el otro zapato.
-“Ahora míralos bien. Emborráchate de ellos con tus ojos. Cuanto más los mires más excitado vas a estar. Sígueme a gatas”-

Ella caminó unos pasos hasta que llegó a su sillón favorito, él  arrastrándose detrás.

Se sentó y cruzó las piernas de manera que su pie bailó delante de la excitada mirada de él.
-“Cada roce de mi pie en tu cuerpo va a incrementar tu excitación. Va a llegar un momento en el que quizá creas que no puedas aguantar más sin correrte, pero entonces me mirarás a los ojos y sabrás que puedes conseguirlo.
No te correrás hasta que yo no te dé permiso, si te lo doy, claro.”-
Empezó a jugar con él. Llevó su pie a su boca, acarició con la punta de los dedos sus labios entreabiertos, su lengua nerviosa, su cuello, su pecho, sus brazos, lo pasó por los muslos y volvió a recorrer todo su cuerpo una y otra vez.

Lentamente.

Sin dulzura.

Total, solo tenían varias vidas.
Su respiración empezó a entrecortarse, su miembro temblaba como si fuera a estallar. Más sofoco y excitación, el cuerpo entero parecía ser un manojo de espasmos. La miró y ella, sonriente, negó con la cabeza.
Unas lágrimas de impotencia asomaron por sus ojos, quería correrse y no podía a pesar de que sentía que cada segundo que pasaba estaba más y más excitado y aún así no podía apartar la mirada de sus pies ni podía dejar de notar que aquellos suaves dedos pintados de color “rojo impaciencia”,  le mataban de placer sin siquiera rozar su sexo.
Sudores fríos y el cuerpo entero temblando, las lágrimas corriendo por sus mejillas; volvió a mirarla y solo consiguió la misma sonrisa y la misma negación.
Se retorció sobre sí mismo como peleando contra una fuerza invisible que intentaba doblegarlo y que no era otra que la de su mente tratando infructuosamente de romper aquel control.
Infructuosamente porque en realidad no quería escapar de ese control.
-“Cuando cuente hasta tres te vas a correr. Y lo vas a hacer sobre mis pies, lentamente, como si se escapara tu alma de ti”-
-“Uno”-
Tembló.

Trató de que su cuerpo rozara de alguna manera su pie.

Imposible.
-“Dos”-
Ahora los pi

es recorrían sus muslos muy suavemente y terminaron posándose en el suelo justo
debajo de su miembro.
-“Tres”- Y en ese “tres” se demoró tanto que pudo apreciar como sus carnosos labios sonreían con cada consonante, se tropezaban en cada vocal mientras la deseada “S” no acababa  de aterrizar.

Aterrizó…
Y el placer…

Gritó su nombre, le dio las gracias, gimió, lloró. Mientras, su viscosidad iba depositándose muy lentamente en los pies de ella, cubriendo los empeines y su bonito tatuaje poco a poco, casi sin parar y a la vez sin ningún espasmo.
-“Muy buen chico. Ahora bébete a través  de mis pies”-le ordenó.

Lo hizo. Muy lentamente, acariciando cada milímetro de su piel con la lengua sedienta. Dejándose mecer por el tacto y las sensaciones que le provocaba esa sustancia algo amarga en su boca

Respiró.

Y el mundo, estuvo un poco mejor en ese momento.

Sonó un :”Gracias” en el aire y cerró los ojos, extenuado,

repleto de emoción,

de calma y de tanto placer acumulado .

 

 

De veras que no veo nada romántico en declararse.

Estar enamorado es muy romántico pero no hay nada romántico en una declaración en toda regla. Sobre todo porque puede ser aceptada, con lo que la emoción desaparece por completo.

La esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si me caso alguna vez, haré todo lo posible por olvidarlo”

(Oscar Wilde)

 

 

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Mi placer. Mi poder.

Mi fantasía eres tú.

Un sueño tras el cristal.

Tu amor resbalando entre mis piernas.

Tu cuerpo desnudo sobre el sofá y tú mirando al techo. O a la nada,

porque te vendo los ojos y a partir de ahí, todo es posible.
Contemplo tu boca entreabierta. Tus gruesos labios. Respiras jadeante cuando me acerco a tu cuello,
te regalo mi aliento.

Tu calma llena toda la sala.

Me hablas de tu deseo medio amordazado y con el bondage a punto de materializarse ¿Hablas de deseo tú?- pienso.

Si tú eres eso.

Placer licuante tras el cristal empañado del baño.

Deleite de los sentidos.

Tu cuerpo perfecto está desnudo con los pies en el suelo y las manos atadas, dejas a la vista tu vello, manjar de las diosas de mi reino y de alguno más que se me escapa.

Tú. El salvajismo adecuado. La dulzura precisa. La pulsión asesina idónea.

Llenas tu boca y mis oídos de deleites y rimas, te digo que pares, que no es necesario. Si solo el sonido de tu respiración  hace palpitar mi sexo bajo el encaje negro.

Soy una sacerdotisa a punto de ser colmada-pienso.

Es mi hora de suerte.

Acaricio con la punta de mi lengua tu miembro erecto. Anticipo lo que vendrá cuando una gota de algo parecido a una blanca ambrosía escapa sin aviso.

Tu jugo, néctar de mi salvación.

Todo para tí-me dices.

Soy tuyo- y la excitación va resbalando  por el encaje. Introduzco mi dedo buscando mi humedad y te lo acerco a esa boca de labios ardientes. Chúpame- te digo.

Tú, mi juego más salvaje.

Mi polla más feroz.

Tu piel con mi piel, eso es lenguaje. Todo el que pretenda enmudecerlo, maldito sea.

 

“Joven ateniense,
sé fiel a ti mismo y sé fiel al misterio.
El resto es perjurio”.
(Emily Dickinson)

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Me invento la belleza para no morir de frío.

-Soy tuyo- me dice.
-Exprímeme, vacíame-
-Déjame exhausto y llénate de mí-
Y eso acaba ocurriendo.
Salgo a la calle, vestida con un traje corto sin ropa interior ya que la que llevaba hasta hace apenas minutos, se la regalé a él en nuestra última embestida y así,

sin darme cuenta o dándome mucha cuenta pero sin importarme,

voy chorreando su esencia entre mis muslos.

Y va bajando él en forma de viscosidad blanca por mis piernas desnudas que recorren mi piel lentamente como en un intento de volver a acariciarme, aún sin tener sus manos presentes y sucede que vuelvo a excitarme.
Ahora, que apenas hace unos suspiros le he tenido dentro de mí.

Yo desnuda frente al espejo y él vestido detrás de mí, observándose-observándonos.
Con su aliento en mi cuello.
Con sus palabras en mi nuca enredando mis rizos.
Y mis caderas marcando otro ritmo diferente al suyo, mientras, él luchando porque prevalezca el más fuerte, el más rápido.
Y la lucha de egos.
De intenciones.
Juegos de poder a flor de piel en una serie de apartes que a veces suceden.
Y ocurre que a veces hago paisajes con lo que siento y los saco a bailar,
y esta vez con su humedad a la altura de casi mis rodillas le recuerdo jadeante tras de mí y me revientan las ganas de acariciarme aquí,

en esta calle casi desierta de Madrid,

entregándome al culto de la confusión y del ruido,

olvidando que la salida es siempre hacia dentro.

 

“Yo ya estoy lejos.
Yo ya estoy en otro mundo.
Amándote con una furia que no imaginas”.

( Alejandra Pizarnik)

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