Amarás a tu prójimo.

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Y mi prójimo, deseado y foráneo llegó de lejos, convirtiéndose en mi perspectiva más asombrosa. Llegó  y lo hizo con su religión en una mano y todo el deseo  acumulado en la otra.

Le esperé junto a la puerta.

-Vístete muy femenina-me dijo.

Lencería roja, medias con ligueros negros y las  sandalias con el tacón más alto que encontré . El  vestido  negro también, fue el más corto que mi armario pudo regalarme.

Con apenas un breve saludo hablaron las ganas y el tiempo transcurrido sin vernos.

Su voz comenzó a resbalar por mi cuello, bailando entre mis hombros y acariciando mi nuca.

Tomé por derecho su boca y él hizo lo mismo con mi lengua. Intercambiamos   culturas y kilómetros en apenas unos suspiros, así, de pie en el salón y ya sin el vestido. Desnuda de vergüenza para fuera, y  envuelta  en lencería y tacones hacia adentro.

Él, con el abrigo puesto.

Le respiré, como queriendo absorber su mundo a través de su olor y su saliva.

Y besé su pais lentamente, dejándome invadir  por la humedad de su boca y prolongando los limites de su geografía , justo en el mismo instante en el que varias melodías en su idioma llegaron para acariciarme bajo el tanga rojo, que ya hacia tiempo navegaba entre las profundidades de mis ganas.

Y como todo lo que importa está en el aire, me  llené con el calor de sus manos que no se separaban de mi pelo, enredando así las paredes del pasillo.

Deseo.

Más…

Religiones bailando al borde del delirio justo ahora, en este preludio de Semana Santa.

Me demoré entre gemidos y susurros con un lenguaje tan seductor como inquietante.

Pude sentir las caricias de su ciudad atravesando mis muslos mientras su fuerza taladraba mis recovecos más inusuales.

Nuestros dioses tal vez se deleitaron observando como se puede morir de placer  un martes cualquiera, interpretando así nuestro evangelio del deseo.

Intentando traspasar los limites  y prohibiciones de su fe, conseguí  incrementar  más aún las ganas de sentirle bien dentro, calentando mi alma a embestidas teñidas de azul y algún que otro color más. Así, lentamente, sintiendo cuanto amor me cabe con unos breves movimientos.

Excesos.

Y tanta calidez invadiendo el salón,  mientras el tiempo  transcurrió a su aire, sin poder ni querer  darnos cuenta .

 

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“Siendo ilimitado el deseo, los humanos desean lo infinito. (Aristóteles)

 

 

 

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