Stay hungry. Stay foolish.

 

-Tus palabras son desordenes para mí.-

Me susurraste y callaste después.

-Corazón, déjame follar tu sonrisa-

Le contesté.

Y me escribiste, porque te expresas mejor así:

-Tus letras desordenan mi memoria

y entonces comienzo a navegar entre intenciones y maniobras caóticas.

Deseo y miedo nublan mi voluntad.

Me hablas y me deleito entre las vocales de tu nombre

mientras te imagino a escondidas, desnuda,

eterna, vulnerable.

Tan fuerte.

Tan tuya.

Desordenas y ordenas mi caos, mis noches y mi voluntad.

Aún así, quédate, permanece.-

Y me quedé.

Y me sigo quedando.

 

 

 

Vuestra revolución ya no me interesa,

he descubierto un cosmos dentro de mí”.

(Marat/Sade)

 

 

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Sex involves the body, great sex involves the mind.

Porque él es mío, debo enseñarle

porque me pertenece, le cuido

y en este cuidado está incluido ser dura cuando haga falta

y regalarle pedacitos de mí cuando lo estime conveniente.

 

Llegó tarde, le indiqué la hora exacta y se retrasó 6 laxos minutos. 360 segundos…

“Te voy a enseñar en un momento como de molesta estoy”-le dije.

El momento se prolongó. 4 horas exactamente. 240 minutos. 14400 segundos.

“Voy a llevarte a un éxtasis casi tóxico.

Me vas a suplicar que te deje terminar.

Querrás estallar de placer y entre lágrimas me dirás que no puedes más.

Voy a prolongarte en mí.

Me voy a eternizar en ti.

Más allá de lo soportable.”

Comienzo tocando suavemente su hombría despierta, acariciando su miembro y su escroto con detalle, el suave periné y la abertura de su ano. Dejo que mi vista se abra a él. También mi oído mi olfato, mi tacto. Lo saboreo. Comienzo muy despacio, con una mano masajeando suavemente sus testículos hacia arriba mientras mi lengua comienza a profundizar. Cada zona de su sexo es diferente. Me detengo en la rugosidad, me endurezco en la suavidad. Escucho los deseos de cada protuberancia que exploro, de cada pequeña zona de piel. Cada parte pide algo diferente, a veces más presión, a veces un ritmo más lento.

Hago bailar la lengua hacia la zona izquierda de su miembro. Siento cómo las venas se dilatan bajo los lametazos de mi lengua. Me doy cuenta de que la piel carnosa de la parte anterior del pene tiene texturas, responde fuertemente a mis actos. Pide a gritos un tacto cuidadoso. Hace tiempo que espera mi lengua. Lamo su piel suavemente en círculos y la piel se dilata bajo mi lengua, agrandándose como para suplicarme que la toque más.

Paro.

Ahora mi lengua toca la protuberancia inferior de la cabeza de su sexo . Gime.

Escucho sus deseos. Me demoro. Me ausento en intenciones.

Me dirijo a su parte derecha y da la impresión de que esta zona me espera todavía con más ansiedad. Desprende una sensación única. Vuelvo a escuchar a través de mi lengua y pronto empieza a respirar pesadamente, y vuelve a gemir. Cuando mi lengua resbala hacia la parte inferior lentamente me dirijo hacia arriba hasta alcanzar la cabeza, él gime más fuerte y se le tensa el escroto.

Continuo así durante minutos. Muchos…

Sus pulsaciones permanecen al mismo ritmo. Lo elevo. No permito que se desborde. Aún no.

Suspira pesadamente.

Sigo llevándolo al punto justo anterior al orgasmo, a milésimas de segundo. Reduzco.

Respiro.

Le respiro.

Nuevamente lo llevo al límite y me detengo. Avanzo. Retrocedo.

Se eleva. Muy lentamente.

A cada intervalo, el placer aumenta más y más.

Sigo su ritmo. Lo cambio. Lo amoldo a mi antojo.

Amplio. Profundizo. Intensifico.

Su rostro suplica. Sé que no puede más.

Está aguantando tal y como le pedí que hiciera.

 

Horas más tarde comienza a secretar su dulce jugo.

Le pregunto si entendió mi enfado.

Sé que lo hizo.

 

 

“Nadie sabe cuidar de algo mejor que quien lo ha creado”.

 

 

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El deseo nos sitúa ante una infinitud ambigua.

El erotismo exige una obscenidad ligeramente subliminal, una obscenidad poética, y la dosificación de esta obscenidad es extremadamente delicada de observar.

(Boris Vian)

 

…Abriendo mi deseo en esta mañana

más alla incluso del interior de mis muslos

Un primer lametazo que me hace pulsar un anticipo de placer.

Una lengua que traza movimientos circulares y hacen cantar a mi cuerpo

con movimientos que parecen dibujos imposibles.

Me lleno de su respiración, sus ritmos y sus patrones.

Mis sentidos se diluyen en cada gota de su saliva.

Despierto, envuelta en un delicioso vaivén

invadida por mis propios  dedos,

protagonistas en este amanecer…

 

 

 

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Soy como tú me miras.

“Un finde muy especial” (II)

No supo cuánto tiempo había transcurrido desde que Ella le dijo que se metiera en el maletero hasta que sintió que el coche se detenía. Tras unos segundos volvió a emprender la marcha, esta vez por un camino de gravilla. Poco tiempo después volvió a detenerse, escuchó cómo se abría la puerta del coche y los tacones de su Dueña. De repente se abrió la puerta del maletero, tuvo que entornar ligeramente los ojos para acostumbrarse a la luz que le daba en la cara. Ella le habló. Muy suave pero con firmeza en sus palabras.

-Sal del maletero y ponte de rodillas con las manos apoyadas en el suelo-.

Obedeció sus indicaciones y a los pocos segundos estaba de la manera en la que Ella le había indicado. Sus zapatos negros de tacón altísimo aparecieron delante de sus ojos y sintió cómo con la mano acariciaba su pelo, de la misma manera en la que se acaricia a una mascota. Poco después, esa mano estaba delante de su cara. Instintivamente la besó, agradeciendo la caricia que había recibido instantes antes.

Un collar metálico se ciñó alrededor de su cuello y escuchó el clic con el que Ella lo cerró. Una cadena con un mosquetón terminó de fijar el collar a su correa y sintió un leve tirón con el que supo que debería seguir a su Dueña caminando a cuatro patas. El garaje en el que había aparcado el coche se comunicaba con una puerta con el resto de la casa. Atravesaron un salón grande y un pasillo, Ella caminaba lentamente llevándole de la correa. Él la seguía con la mirada fija en sus tacones.

Terminaron llegando a una habitación grande en la que había una cama y dos aparadores. En la parte superior de los aparadores lucían ordenados un sinfín de juguetes que sin duda su Dueña emplearía a lo largo del fin de semana. Se acercó a uno de los aparadores y dejó el collar enganchado al pomo de uno de los cajones y le ordenó que permaneciera allí de rodillas y con los antebrazos apoyados en el suelo.

Ella se metió en el baño y permaneció unos minutos que a él se le hicieron eternos mientras escuchaba el inconfundible sonido de la ducha.

Al rato volvió a oír la puerta del baño y Sus tacones desplazándose sobre el suelo de madera. “Tendrás sed, bebe un poco”, le dijo Ella mientras ponía en el suelo una escudilla con agua. Él le dio las gracias y procedió a beber un poco introduciendo la boca y la nariz en el recipiente a la vez que Ella volvía a acariciar suavemente su pelo. “Pasa al baño y date una ducha rápida”.

Cuando salió del baño vio que Ella estaba sentada en los pies de la cama, con una mirada le indicó que fuera hacia donde estaba y con un gesto de la mano entendió que debía ponerse de rodillas delante de Ella y así lo hizo, manteniendo en todo momento la mirada fija en el suelo. Con un leve toque de Su pie le hizo entender que debía separar las piernas y ya con las piernas separadas Ella empezó a juguetear con el pie alrededor de la jaula metálica en la que estaba encerrado su sexo, que empezó a excitarse buscando una erección imposible.

Le hizo subir a la cama y tumbarse boca arriba, vendó sus ojos, colocó una pinza metálica en cada uno de sus pezones y ató las manos y los pies a las patas de la cama. Estaba totalmente a merced de su Dueña. Acto seguido Ella se sentó sobre su cara.

-De momento solo puedes olerme-.

Empezó a jugar con las pinzas de los pezones, las retorció, las apretó con los dedos mientras las quejas de él quedaban acalladas por el sexo de Ella. Bajó con Sus manos por su vientre hasta llegar al cinturón de castidad, lo acarició como dando comienzo a una masturbación. Ella veía cómo la excitación crecía en él como tratando de escapar del dispositivo metálico en una lucha inútil.

Con una de Sus manos retiró ligeramente la tela de sus bragas para dejar Su sexo directamente sobre la boca de él y le indicó que empezara suavemente a lamer. Él obedeció y poco a poco fue lamiendo a la vez que notaba los inequívocos signos de placer de su Dueña. Ella, queriendo alargar lo más posible su excitación escapaba de vez en cuando de la lengua de su esclavo y le pasaba su sexo sobre el pecho marcándole así aún más de Su esencia, para volver a sentarse de nuevo sobre su cara. Él siguió lamiendo cada vez más rápido llevándola a un orgasmo que empapó todo su rostro tras el cual dejó caer Su cuerpo sobre el de él.

Cuando se recuperó habló muy cerca de su oreja:

-¿Cuánto tiempo llevas sin tener un orgasmo?- Preguntó, aunque sabía perfectamente la respuesta quería escucharla de su boca.

-Hace tres semanas desde la última vez que me permitiste tener uno y me colocaste el cinturón de castidad-.

-Te has portado muy bien durante estas tres semanas. Me has servido con devoción y me has proporcionado mucho placer. Como premio voy a retirarte el cinturón de castidad-.

Acercó la llave que colgaba de su collar y retiró el candado primero, la jaula después y por último el anillo que abrazaba la base de su miembro por detrás de los testículos. Una vez estuvo libre empezó a acariciarlo muy suavemente, casi sin tocarlo. Después de esas tres semanas en castidad reaccionó de inmediato ante aquel casi inexistente estímulo y unas gotas transparentes empezaron a salir. Ella las recogió con uno de sus dedos y se lo acercó a sus labios. Él supo inmediatamente que tenía que limpiar el dedo de su Ama.

Mientras tanto Ella continuó estimulándolo solo con dos dedos volviéndole completamente loco. Poco después lo agarró con firmeza y lo masturbó más rápido, él tardó muy poco en pedir permiso para correrse, momento en el cual Ella dejó de masturbarlo “Todavía no”. Lo dejó descansar y recuperarse para volver entonces a continuar la estimulación. Extendió lubricante tanto en Sus manos como en el pene y prosiguió masturbándolo alternando ritmo lento con ritmo más rápido, caricias casi imperceptibles con caricias más firmes. Él volvió a pedir permiso para correrse.

-Pídemelo otra vez-.

-Por favor ¿puedo correrme?-

-Otra vez-.

-¿Puedo correrme, por favor?-

-Todavía no-.

Y paró de nuevo para que se recuperara. Su respiración se hacía cada vez más entrecortada. Ella acercó Su boca a uno de los pezones y lo mordió, para luego hacer lo mismo con el otro. Volvió a extender lubricante y empezó de nuevo a masturbarlo mientras le dijo al oído:

-Cuando vuelvas a sentir que estás llegando al orgasmo tienes dos opciones, o no decirme nada y correrte, o pedirme que por favor no deje que te corras-

-Como tú ordenes- respondió.

A los pocos minutos él sintió que de nuevo estaba a las puertas del orgasmo.

-Por favor, no dejes que me corra-.

-Pídemelo otra vez-.

-Por favor, no dejes que me corra-.

-¿Quieres que pare y que vuelva a ponerte el cinturón de castidad?- preguntó Ella mientras no dejaba de masturbarlo.

Un hilo de voz, casi un susurro, salió de su boca

-Por favor, ponme de nuevo el cinturón de castidad-.

En ese momento Ella paró, esperó a que la erección empezase a disminuir, colocó de nuevo el cinturón de castidad en su sitio y besó la jaula. Acto seguido le liberó de las ataduras y le dio un largo beso.

-Esta noche me has proporcionado placer por partida doble. Primero haciéndome llegar al orgasmo y ahora entregándome tu frustración a pesar de llevar tres semanas encerrado en el cinturón de castidad. Estoy muy orgullosa de ti-.

-Muchas gracias, Ama-.

Ella lo abrazó por detrás y le preguntó:

-¿Qué más estarías dispuesto a entregarme?-

-Todo- respondió él, casi de inmediato.

-Cuando termine este fin de semana me habrás entregado mucho más que eso-.

 

“A mind that is stretched by a new experience can never go back to its old dimensions”.

 

 

PD.
Gracias a quien me escribió este relato_fantasía, lo que él no sabe es que muy pronto podría hacerse realidad.

 

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Estar, incluso sin estar.

“Un finde muy especial.” (Parte I)

Hacía unos meses que había adquirido la condición de esclavo de su Dueña. Ella le dictaba aquello que podía hacer y lo que no podía hacer, marcaba las pautas de sus hábitos de vida dentro de los límites que habían acordado y de vez en cuando realizaba aquellos servicios que ella le indicaba.

Por eso no le extrañó recibir un mensaje en su móvil indicando que aquel viernes fuera a recogerla a una determinada dirección, ya había hecho de chófer para ella en alguna otra ocasión. Si acaso le extrañó que le dijera que pasara a por ella a las 23:55 de la noche, sin embargo, ni se le ocurrió cuestionarlo.

Acudió puntual. Ella, vestida de rojo, con un traje corto y muy ajustado subió al coche y le indicó:

-“Conduce hasta el aparcamiento público de la calle Almagro y aparca el coche en la última planta”.-

“Como Tú digas”- contestó.

No había demasiada distancia desde donde la recogió hasta el destino; por el camino fueron conversando sobre las últimas películas que habían visto. Llegaron al aparcamiento, él recogió el ticket y, tal como ella le había indicado, bajó hasta la última planta. Estaba completamente vacía. Llevó el coche hasta el fondo de la planta, al otro extremo de la rampa de salida, y aparcó. Ella acercó su boca a la oreja y le susurró con un tono suave y sugerente :

-“Baja del coche, desnúdate por completo y dame toda tu ropa, no te va a volver a hacer falta durante todo el fin de semana”.-

Un sitio público.

Vacío, sí, pero público, a fin de cuentas.

Ella le pedía que se desnudara completamente y quedara a expensas de que de repente apareciera alguien y lo descubriera. Ella estaba volviendo a jugar con uno de sus mayores temores. Se bajó del coche y empezó a desnudarse de manera nerviosa para cumplir.

Sus indicaciones estaban por encima de cualquier sentido de pudor que pudiera tener. Según se quitaba una prenda se la entregaba cuidadosamente doblada a ella, hasta que quedó completamente desnudo tal y como ella había indicado, con la única excepción del cinturón de castidad que lucía en su sexo. En ese momento ella llevó la mano al collar en el que colgaba la llave que  abría el cinturón y sonrió mirándole a los ojos.

Bajó del coche y los tacones resonaron en el aparcamiento vacío mientras daba la vuelta al coche y se dirigía hacia donde él esperaba de pie. Lo miró y él supo inmediatamente lo que tenía que hacer: se arrodilló, apoyó la frente y los antebrazos en el suelo y esperó sus indicaciones.

Ella se puso en cuclillas, acarició su cabeza muy dulcemente y volvió a susurrar con el mismo tono de antes en su oído:

-“Métete en el maletero,  va a empezar un fin de semana inolvidable para los dos”-

Él obedeció, se metió en el maletero y se acurrucó. Ella le acarició la cabeza  durante unos segundos, transcurridos los cuales le ofreció su mano que él besó con devoción mientras le daba las gracias.

-Te dejo unos folios en blanco y un bolígrafo, podrás escribir tus sensaciones siempre que te apetezca- Plasmó estas  palabras con un húmedo beso  y cerró el maletero del coche.

Acto seguido, ella lo tapó con una suave y aterciopelada manta hasta los hombros, cerró el maletero, se sentó en el asiento del conductor, cerró la puerta y puso en marcha el coche para que diera comienzo ese fin de semana.

Mientras tanto, en la sala de vigilancia del aparcamiento, el guardia de seguridad no daba crédito a lo que sus ojos acababan de presenciar en una de las cámaras del circuito cerrado de televisión.

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En unos minutos él comenzó a escribir:

“Estoy viendo planos de experiencias sensoriales que no sabía que pudieran existir. Estos planos viajan a las profundidades de mi esencia, trascienden el tiempo y el espacio, y sin embargo no tengo miedo. Mi verdadero yo está floreciendo. No es una cuestión de fuerza ni dirección sino de entrega, y ahora mi sexualidad y mi corazón están tan unidos que apenas puedo prestar atención a uno sin excitar al otro. Estoy tan extasiado que la he suplicado  mentalmente que siga…”

Continuará…

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Entremos más adentro, en la espesura.

En mi defensa diré que él me incitó…

Me dijo – ¿a que no te atreves?

y fui más allá de su intención,

dibujando en su piel caricias tan inesperadas como imposibles.

Bailé  sobre su cuerpo danzas ancestrales mientras tejía letras,

dibujaba sonidos ensalivados

y nadaba por entre sus palabras

que a ritmo de extenuación

se aferraban a mi voluntad.

Después,

creo recordar que lo besé.

 

 

“Quien no añade nada a sus conocimientos, los disminuye”

(El Talmud)

 

 

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