Wet and wild.

Precisamente hoy le habían puesto una reunión a última hora de la tarde.

Hoy, que él había quedado en pasar a recogerla a las 19:00 h.

Contrariado escribió un mensaje en el que la informaba del imprevisto que acababa de surgir y le decía que debían posponer su cita hasta las 20:00 h.

Su respuesta no se hizo esperar.

Escueta y directa. Como estirando el significado de las palabras:

-“Entiendo que de vez en cuando puedan surgir estas circunstancias. Entenderás tú también que este retraso tendrá sus consecuencias. Nos vemos a las 20:00 h.”

Y desde la incertidumbre de lo real sintió un rápido escalofrío en su entrepierna.

Eran las 11:00 de la mañana y aún quedaba  por delante casi la totalidad de la jornada de trabajo, después tendría que salir corriendo para pasar a recogerla. Un poco justo de tiempo, pero llegaría.

Afortunadamente, el resto del día transcurrió rápidamente mientras preparaba el informe que debía presentar a su jefe, eran ya las 18:20, estaba dándole los últimos retoques y peleándose con la obsolescencia programada de la impresora. Salió del despacho, solo quedaban en la planta cinco personas de las treinta que allí trabajaban. Esperó a que saliera el informe completo y comprobó que estuvieran todas las hojas.

Cuando volvía hacia su despacho se quedó petrificado. Ella estaba entrando a su oficina por la puerta que daba acceso a los ascensores.

Bellísima como siempre, más deslumbrante que nunca, con un vestido negro que le llegaba a la mitad del muslo y un escote de pico algo insinuante. Las piernas sin medias y unos botines también negros de tacón de aguja que al caminar machacaban el silencio.

Dos detalles más captaron de inmediato su atención: el escote dejaba a la vista una fina cadena en la que colgaba una pequeña llave.

Esa pequeña llave…

En el dedo anular de su mano izquierda llevaba un anillo plateado. Al ver el anillo en su mano, buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó otro parecido que colocó en el dedo anular de su mano derecha para poder ir a juego con ella.

Se dirigió andando hacia ella y la saludó besando su mejilla mientras le daba las buenas tardes y le decía que en la vida podría haber imaginado que apareciera por allí. Ella dijo  en un tono suave y a la vez firme, casi en un susurro: -“Vamos a tu despacho”-

Llegaron al despacho y él la hizo pasar por delante,  cerró la puerta detrás de él y ella volvió a hablar con ese tono que a él le hacía olvidar toda distracción que pudiera haber a su alrededor.

-“No tenemos mucho tiempo antes de tu inoportuna reunión, así que desnúdate por completo y túmbate boca arriba en el suelo con las piernas abiertas y separadas, las rodillas dobladas y los talones lo más pegados posible a tus nalgas”-

El obedeció de inmediato olvidando por completo que estaban en su lugar de trabajo. Las personas que quedaban en aquella planta de las oficinas sabían que la puerta cerrada de su despacho era señal de que nadie debía molestarle. Pausada y ordenadamente fue quitándose su traje. La chaqueta primero, la corbata después y por último la camisa . Fue colocando la indumentaria cuidadosamente en el respaldo de una de las sillas que había frente a su mesa de trabajo. Se desató los zapatos, se descalzó y posteriormente dejó cada calcetín dentro de su zapato. Desabrochó el cinturón, se quitó los pantalones y los depositó delicadamente en el asiento de la silla de cuero negro.

Ella sonrió complacida al comprobar que no llevaba ropa interior. Examinó su cuerpo desnudo mientras procedía a tumbarse. Cuando estuvo en la posición indicada colocó un pie a cada lado de su cabeza.

Subió ligeramente su vestido y empezó a bajar en dirección a su cara, apartó con sus dedos la tela de su tanga dejando su sexo al aire justo antes de sentir el contacto de su boca.

Él supo perfectamente lo que tenía que hacer. Ella empezó a acariciar el cuerpo desnudo que se le ofrecía mientras sentía los primeros movimientos de aquella lengua. Sus manos juguetearon con el interior de sus muslos hasta llegar a la pequeña jaula metálica en la que aquel pene luchaba infructuosamente por salir de su encierro. Sus dedos lo acariciaron por entre las piezas de metal que dejaban la piel al aire.

Notó cómo el placer iba creciendo dentro de ella y su respiración se hacía más pesada. Con una mano agarró sus testículos y los apretó ligeramente sintiendo esa sensación de poder sobre él que tanto la encendía.

Recordó el momento en el que había encerrado su sexo en el cinturón de castidad. De esa noche hacía ya dos semanas. Todo ocurrió cuando tras una pequeña desobediencia por parte de él, decidió atarlo firmemente a la cama y mantenerle así minutos, suspiros interminables,  al borde del orgasmo denegándole el placer una y otra vez. Las primeras tres veces que paró cuando estaba a punto de estallar él aguantó perfectamente, la cuarta empezó a balbucear palabras sin sentido pero lo soportó, en la quinta solo gemía, en la sexta intentaba centrarse en el placer de la entrega, en la séptima  gritó, así que ella decidió meterle su tanga en la boca y sellarla con cinta de embalar para que no le escucharan los vecinos. En la octava ocasión en la que le denegó el placer su mirada imploraba que parara, en la novena su cuerpo solo era capaz de temblar  y en la décima, justo donde el limite del sueño y la realidad pierde sus contornos, rompió a llorar de frustración. Solo en aquel momento se apiadó de él y cogiendo una bandeja de hielo se dispuso a bajar la erección, cuando lo consiguió metió el pene en la jaula metálica y la cerró con un candado.

Ese dominio la excitaba casi tanto como la lengua que en ese instante estaba invadiendo su sexo. Si seguía así llegaría a derretirse en muy poco tiempo así que decidió no ponérselo tan fácil, se levantó ligeramente y recorrió la cara hasta que cada poro y cada pelo de la incipiente barba quedaron marcados por ella. Volviendo después a la posición inicial, y dejar que su lengua siguiera buscando su placer.

Al cabo de unos minutos notó como ella se tensaba, la respiración se empezó a hacer más pesada y los gemidos se escapaban de su boca. Cuando el estallido fue inevitable ella mordió la cara interior de su muslo. Un mordisco fuerte y continuado con el que ahogó su orgasmo para evitar que la escucharan fuera de aquel despacho. Ese mordisco hizo que él sofocara su grito dentro de ella, como en un círculo vicioso que hizo que el placer se multiplicara, lo que se tradujo en un nuevo mordisco, ahora en el otro muslo mientras él hundía aún más su boca entre sus piernas.

Tras unos segundos de reposo, todavía sentada encima de él, se incorporó y  acomodó su ropa interior, arregló su pelo, maquilló sus labios, miró el reloj y le dijo:

-“Justo a tiempo, quedan siete minutos para tu reunión”-

Él se levantó de golpe y empezó a vestirse rápidamente.

Esa reunión…

Se le había olvidado. Cuando estuvo completamente vestido de nuevo fue a buscar un pañuelito de papel en uno de los cajones de su escritorio y ella le interrumpió.

-“No te limpies, vas a llegar tarde”-

Recorrió los tres pasos que les separaban y mirando al suelo pidió permiso para hablar. Ella se lo concedió y le escuchó:

-“Muchísimas gracias por esta sorpresa tan inesperada. Siempre es un placer servirte” –

Le agarró de la corbata, tiró de ella hasta que su oreja quedó a la altura de su boca y le habló con la voz dulce y suave que utilizaba cuando quería que en él creciera la excitación de la anticipación.

-“No pienses que con esto me he olvidado del retraso en nuestra cita. Esto ha sido, digamos, un pequeño desahogo y el recordatorio de que mis deseos están por delante de cualquiera de tus obligaciones. Te espero en la cafetería de abajo y no olvides que la expectativa es la raíz de todo dolor.”

 

“Ese instante frágil, en el que todo es posible…” (Genet)

 

 

 

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Reservado el derecho de admiración.

Una noche más en Madrid.

No lo tenía planeado, pasé por el local, leí el nombre de la banda, vi la fotografía de los músicos y me provocó entrar.

Aún estaban ensayando. Yo iba acompañada y ellos eran cuatro. Por un momento dudé si eran músicos o modelos con instrumentos. Y yo que no me sorprendo fácilmente… tras recorrerles uno a uno de arriba a abajo y de fuera hacia adentro, me quedé atrapada en la mirada del trompetista. No era el más sexy, ni el más atrevido, como comprobé después; pero confieso que no pude apartar ni un segundo la mirada de él, ni siquiera cuando me observaba, al acariciar pausadamente con su boca la boquilla de la trompeta.

Deteniendo el momento.

Humedeciendo mi imaginación.

Al principio pensé que podía ser porque fijaba la atención en un punto cualquiera para concentrarse.

Tras casi 2 horas de jazz del bueno, tuve la certeza de que me miraba, no tanto como yo a él, pero lo suficiente como para desear dilatar la noche.

En sus momentos de descanso, mientras aguardaba en una esquina del escenario le observaba mientras se arreglaba la camisa blanca, o se acariciaba el pelo, o cuando miraba con cariño la trompeta.

Después, sonreía.

Y a mí, que no me embruja fácilmente una sonrisa… no supe si deseaba cuidar su risa, besar sus dientes o follarme esa sonrisa, así sin más dilación.

Cuando volvió a subir y unirse al resto de la banda sus poses cada vez más seductoras envolvieron la sala y caldearon a las pocas féminas presentes o eso me pareció, porque lo cierto es que ninguna apartaba la vista de ellos. En un momento dado se levantó la camisa, dejando ver su torso y el comienzo de su ropa interior.

Provocador, cuanto menos- Pensé.

Por suerte, mi acompañante es un gran melómano y andaba envuelto entre ritmos, armonías y melodías.

Mientras, yo perseguía sus gestos. Su boca se abria introduciendo el instrumento, cerraba los ojos y creaba sonidos mágicos. Casi podía sentir el frío tacto del metal en mis muslos. Su cuerpo se movía sensualmente al compas de la melodía. Y yo, inconscientemente imitaba su vaivén.

En otras ocasiones él miraba al pianista,  lanzaba alguna exclamación y volvía a hacerlo.

Sonreía.

Y como al jazz a mí también me gusta improvisar, en cuanto acabó la deliciosa actuación le dije a mi pareja que fuera a pagar a la barra, yo me dirigí al exterior con la supuesta intención de esperarle, pero el deseo feroz era el de tropezarme con él.

Y así fue, con él y con los otros 3 integrantes del grupo más una pareja que se les unió enseguida.

Nos miramos. Entre su timidez y mi diplomacia ante mi acompañante, nadie movió ninguna pieza, al menos externamente.

Miré a través del cristal como con impaciencia a la barra para comprobar si mi acompañante acababa y entonces él entró dentro, dirigiéndose hacia el baño.

Confieso que me hubiera gustado seguirle, o chocarme con su sonrisa en mitad de la sala oscura y envolvente, casi tanto como su modo de caminar.

Pero mi pareja terminó rápidamente y salió a mi encuentro.

Nos fuimos.

Yo solo físicamente.

¿Lo primero que hice al llegar a casa? Buscarle en redes. ¿Y como dejar de hacerlo…?

Y todo por una sonrisa de nada…

O de todo.

Le encontré.

Le puse un mensaje. Neutral. No quería parecer una groupie más y no sabía si iba a ubicarme en el ciber espacio.

A la mañana siguiente me contestó.

Con un “gracias” y con un “espero que volvamos pronto a Madrid”.

-Yo también  lo espero-le escribí.

-“Y que estés allí”-añadió unas horas después.

No le contesté, claro.

Me quedo con su boca y con todo el cielo que le rodea guardados en mi ropa interior, hasta el próximo encuentro…

Esa vez,

ya no tan casual.

“Cuando no tienes nada que perder, saltas

y cuando ya lo has perdido, vuelas.

Así de simple.”

(M. Gane)

 

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To let myself go (II)

“Nada más peligroso que una persona que te haga estrenar sentimientos”

Él se encontraba desnudo, de rodillas ,

con los brazos y frente apoyados  en el suelo,

justo en la postura que ella le había hecho entrenar todos los días de las últimas semanas.

De repente escuchó el sonido de unos tacones entrando en la habitación y notó que se detuvo a su lado. Ella se agachó y cuando estuvo lo suficientemente cerca  le dijo, muy dulcemente:

-“En otras ocasiones he dejado mi marca de propiedad en tu cuerpo. Hoy marcaré tu mente. Ponte de pie”.-

Se puso en pie con la mirada siempre fija en los  finísimos tacones rojos de ella y en ese momento pensó en cuanto adoraba cada puto átomo de su preciosa existencia.

-“Hoy vamos a dar un paso más en tu entrega y para ello vas a necesitar cederme todo el control de tu cuerpo, vas a estar privado de casi todos tus sentidos, solo podrás oír y únicamente una muy reducida parte de tu piel podrá rozarme, a mí o al viento.”-

Le hizo levantar la cabeza. Lentamente fue envolviendo su cuello con papel film. Sin apretar, dio dos vueltas y cortó el plástico. Acto seguido le hizo levantar los brazos manteniéndolos paralelos al suelo. Envolvió lentamente desde el hombro hasta la punta del último de sus dedos para después deshacer el camino hasta llegar de nuevo al hombro y volvió a cortar el celofán. Repitió la maniobra en el otro brazo y volvió a cortar el plástico.

Cuando hubo terminado le pidió que cogiera aire y envolvió su pecho cruzando el plástico desde el hombro izquierdo hacia el pectoral derecho y dio la vuelta por detrás para hacer el mismo camino desde el hombro derecho hacia el pectoral izquierdo y volvió a cortar. A continuación, envolvió la zona del vientre dando dos vueltas y le pidió que bajara los brazos para juntarlos con el tronco. Cuando adoptó la posición dio varias vueltas empezando desde los hombros y acabando en la parte inferior del vientre y volvió a subir para terminar cortando el celofán.

Cogió del aparador un rollo de cinta aislante negra y dio dos vueltas con ella justo por encima de los pezones y otras dos justo por debajo. Cogió unas tijeras quirúrgicas y pellizcando el plástico lo cortó con las tijeras pera dejar al aire un pezón y luego repitió la misma maniobra en el otro.

-“Ahora viene la parte difícil. Has visto que las tijeras están aquí por si acaso necesito liberarte rápidamente. Si necesitas que lo haga bastará que muevas la cabeza repetidamente hacia los lados”. –

Él asintió. Ella le cogió de la barbilla y le besó intensamente.

-“Voy a ponerte estos auriculares, un mensaje se irá repitiendo cada cierto tiempo, quiero que  lo escuches muy atentamente y lo memorices después”.-

Le colocó en los oídos unos auriculares conectados a un equipo reproductor y después le puso una capucha de cuero que apretó hasta que quedó fija. Cogió el antifaz de cuero y lo situó sobre sus entregados ojos. Con mucho cuidado cogió también la mordaza y se la introdujo en la boca de manera que quedó completamente fija al cuero de la capucha, por último comprobó que los orificios de la nariz hubieran quedado enfrentados con los orificios de la capucha.

_”Hueles tan bien hoy…” le dijo, sabiendo que difícilmente él la escucharía.

Con un suave gesto le indicó que debía tumbarse en la cama, y así lo hizo, guiado en todo momento por ella. Le cogió una pierna y la envolvió en más papel film, desde la parte inferior del muslo hasta cubrir el pie por completo. Hizo lo mismo con la otra pierna para luego juntarlas y envolver las dos de arriba a abajo. Su sexo quedó al descubierto, evidenciando así su vulnerabilidad.

Ella contempló su obra y sonrió.

Cogió su móvil e hizo varias fotografías desde distintas posiciones.

En ese momento él escuchó a través de los auriculares la voz de ella, de nuevo en ese tono suave y firme que tanto le excitaba:

-“Eres mi esclavo porque te has entregado a mí libremente. Tu cuerpo y tu mente me pertenecen por completo. Tus únicas preocupaciones son obedecer mis deseos y seguir mis instrucciones. El resto solo es levedad.”-

Él se relajó dentro de su confinamiento al escuchar la voz de ella. Cuando terminó el mensaje solo era capaz de escuchar el sonido de su respiración. En ese momento sintió una breve caricia en sus pezones y algo líquido que los humedecía. A continuación, sintió el pellizco de los dedos de su ama en uno de los pezones, notó que llevaba unos guantes de látex en las manos, lo siguiente fue el inconfundible pinchazo de una aguja atravesando literalmente su piel. Sus pezones en concreto.

De nuevo volvió a escuchar la voz de ella:

-“Eres mi esclavo porque te has entregado a mí libremente. Tu cuerpo y tu mente me pertenecen por completo. Tus únicas preocupaciones son obedecer mis deseos y seguir mis instrucciones”.-

Mientras, ella clavó una aguja en su otro pezón. A los pocos segundos una tercera aguja pinchó en las proximidades de donde había clavado la primera, pero esta vez entró en dirección perpendicular, después una cuarta aguja al lado de la segunda. Siguieron una quinta y una sexta, mientras el mensaje como en un ritmo ascendente volvía a introducirse en sus poros.

Excitación.

Ligera ansiedad.

Ganas de satisfacerla.

Deseo de ser invadido por ella.

De cualquier modo,

a su manera,

pero invadido.

Porque hay invasiones que llegan,

llenan,

invaden los sentidos y no hay excusa posible para desear desalojar.

Transcurridos unos segundos notó los dedos de ella pellizcando y estirando la piel de su pene y una aguja perforando la piel de esa zona tan sensible. Un murmullo quedó ahogado por la mordaza. Un segundo pellizco y una segunda aguja a la que siguió una tercera y el mensaje de su ama en sus oídos. Ella se retiró un par de pasos, sacó unas fotografías y sonrió orgullosa ante  su nueva obra.

Los dedos de ella, ya sin los guantes de látex acariciaron los pezones y movieron ligeramente las agujas, bajaron hacia el pene y lo recorrieron de arriba hacia abajo pasando por encima de las agujas que lo perforaban mientras el mensaje volvía a sonar en sus oídos.

Ella se enfundó un par de guantes de látex nuevos y procedió a retirar las agujas. Quitó primero las de su sexo con mucho cuidado y luego una a una las de los dos pezones. Retiró la mordaza de la boca y de labios del esclavo se oyó un débil “Muchísimas gracias, ama”.

Con las tijeras quirúrgicas fue cortando el plástico que envolvía a su esclavo. Primero el de las piernas y luego el del torso y los brazos. Le hizo incorporar la cabeza y aflojó la capucha para después retirarla por completo. Acto seguido le cubrió con una manta por encima y lo arropó para que pudiera recuperar la temperatura corporal.

Al poco rato ella volvió con una botellita de agua, le dijo que se incorporara, abrió la botella y le dio de beber. Cuando hubo saciado su sed, buscó instintivamente las manos de ella, las cogió  y las besó con devoción mientras le decía:

-“Soy tu esclavo porque me he entregado a ti libremente. Mi cuerpo y mi mente te pertenecen por completo. Mis únicas preocupaciones son obedecer tus deseos y seguir tus instrucciones”.-

Ella sonrió complacida, le acarició el rostro y levantándole la barbilla le beso.

Con cadencia y humedad, con ganas…

Y él, solo pudo musitar, con timidez :-“Donde quieras que vaya, como tú quieras que vaya”…

 

 

PD:

Gracias, por la inspiración y la imaginación. 💋

 

 

 

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To let myself go. (I)

A las 17:55 h. como siempre, puntualmente llego en busca de ella.

Ella seguia en el empeño de moldearle a base de besos caricias y algunas cositas más.

Él aparcó el coche justo frente al portal, se bajó del coche y mientras fumaba un cigarro se dispuso a esperar a que ella, su dueña, saliera por el portal.
Exactamente a las 18:00 h. la vio aparecer tras el portal; vestía un ligero traje en tonos rojos  a la altura de la rodilla, zapato plano, el pelo suelto, las gafas de sol y su bolso. Abrió la puerta exterior para dejarla pasar y ya en la calle, la saludó cogiendo sus dos manos y besándolas. En ese momento se fijo que ella, llevaba en el dedo anular de su mano izquierda el anillo plateado gemelo al que él llevaba en su mano derecha y entendió que esa tarde iba a ser muy distinta a otras en las que habían salido de shopping.

Una vez se saludaron él se dirigió a abrir la puerta trasera del coche para que subiera y la cerró cuando se cercioró de que ella, estaba cómodamente sentada. Dio la vuelta al coche para dirigirse a la puerta del conductor, subió, se puso el cinturón de seguridad y arrancó el coche.

-“¿Dónde quieres que vayamos?”- Preguntó.

-“Hoy se me ha antojado ir a comprar unos zapatos. ¿Recuerdas aquella zapatería de la calle Alcalá? .Vamos a ir allí”.- Respondió ella con voz suave y firme.

Durante el camino fueron comentando las últimas lecturas que ella, su fuerza, le había ordenado leer. Así como los detalles a tener en cuenta para programar un futuro viaje a alguna capital europea que ella, su guía, tenía en mente realizar con él.

Al cabo de unos veinte minutos llegaron a la zona a la que se dirigían.

-“Cuando llegues a la dirección, para el coche. Yo me bajaré para entrar en la tienda mientras tú aparcas”.-

Cuando llegó a la puerta de la tienda paró el coche, se bajó y  abrió la puerta trasera para facilitarla la maniobra .

-“Procura no tardar mucho”.- Él asintió.

Una vez aparcado coche en un cercano parking público se dirigió andando a la zapatería mientras sentía ese hormigueo que tenía en el estómago cada vez que a ella, le apetecía jugar con él en público.

Entró en la tienda.

Era amplia y con varias zonas perfectamente diferenciadas en las que había varios asientos situados delante de unos grandes espejos para que la clientela pudiera ver cómo le quedaban los zapatos una vez puestos. Habría en ese momento unas diez personas y tres dependientas.

Ella estaba sentada en uno de aquellos asientos mientras miraba los expositores de alrededor en busca de algún modelo que le gustara.

Él se acercó lentamente.

Cuando estuvo a su lado, ella le indicó:

-“Ponte de rodillas delante de mí”. Él tembló y ella lo notó.
Sonrió y con el dedo índice de la mano derecha le hizo una indicación para que obedeciera.

Ese momento, tan temido como esperado, había llegado para él.
En público, el mayor de sus temores.
Finalmente él se puso de rodillas muy lentamente, tratando de no llamar la atención de los presentes en la zapatería, con la cabeza mirando al suelo en la creencia infantil de que si él no veía a los que estaban a su alrededor a él tampoco  le verían.
-“Lo que no se ve, no existe”- repitió mentalmente.

Cuando estuvo de rodillas ella, su brújula, volvió a hablarle.

-“Busca unas sandalias de tacón fino y muy alto”.-

Se dirigió a una de las empleadas de la tienda y le pidió exactamente lo que necesitaba para complacerla. Unas sandalias rojas de tiras con tacón fino y altísimo. Del número treinta y siete, eso sí.

Al poco tiempo la dependienta le trajo una caja con las sandalias que había pedido y le preguntó si necesitaba ayuda, él respondió que no y se dirigió hacia ella.

Protegido por la excusa de llevar la caja de zapatos él volvió a ponerse de rodillas delante y dejó la caja a uno de los lados. La abrió para probarle las sandalias.

-“Quítame con delicadeza los zapatos y antes de probarme las sandalias introduce muy lentamente cada uno de los dedos en tu boca. Recuerda que no tenemos prisa”.- Le dijo dulcemente.”-
Estar de rodillas delante de ella en mitad de la tienda era una cosa,

adorar esos pies a los que se había vuelto adicto ya,

delante de todas esas personas era otra completamente distinta.

Quizá demasiado para él.

Quizá se dio cuenta en ese instante que ella era su motivo y no su excusa.

La miró a los ojos y ella notó el temor que había en su mirada. Le sonrió y asintió invitándole a obedecer.

Aquella sonrisa y ese gesto le hicieron dar el paso adelante, le quitó el zapato derecho y sostuvo el pie desnudo con las uñas pintadas de rojo con su mano izquierda, ella pudo notar perfectamente el temblor en sus manos.

Agachó la cabeza y uno por uno, fue introduciendo cada uno de los dedos en su boca, deleitándose en la maniobra. Acto seguido cogió la sandalia de la caja y pausadamente se la colocó lo mejor que pudo. Repitió el gesto con el pie izquierdo .
Ese pie con el que soñaba de noche y de día también.

Rozó cada pliegue.
Se deleitó en la suavidad de su piel.
Imaginó tal vez, que besaba y humedecía otra zona de su cuerpo.

Respiró y esperó.

-“Pon las manos en el suelo”.- le dijo.

Obedeció.

En ese momento se dio cuenta de que una de las empleadas y un par de clientes estaban mirando de reojo la escena y el temor volvió a aparecer, estaba a punto de llegar a su límite y levantarse.

Ella que ya lo conocía muy bien le susurró suavemente con una ligera y convincente sonrisa:

-“La tienda está vacía para nosotros dos. Solo necesitas centrarte en mí. Confía y fluye”.

Escuchó la voz de ella y eso le tranquilizó. Sintió en su mano izquierda la suela y notó que gradualmente ella dejaba caer casi todo el peso. Luego lo sintió en la mano derecha y finalmente en las dos. A continuación ella se giró y esta vez dejó caer lentamente el peso de los tacones sobre sus manos, primero uno y luego el otro, en una suerte de danza armoniosa.
Ella se alejó caminando pausadamente hacia uno de los espejos mientras él permaneció de rodillas y con las manos en el suelo.
Ella se demoraba mirando en el espejo el reflejo de sus pies dentro de las sandalias, tras unos minutos, eternos para él, volvió hacia el lugar en el que él esperaba.
Sabía que superado el momento de crisis él haría todo lo que le dijera. Había conseguido que su sumisión venciera a su pudor.

No esperaba menos de él.
Sabia que no podía fallarla.

En aquel momento eran ya el objeto de las miradas de todos los presentes en la tienda.

-“Me gustan tanto que nos las vamos a llevar. Quítamelas y ponme los zapatos de nuevo de la manera que a mí me gusta”.-le indicó.

De nuevo repitió la operación anterior y uno por uno todos los dedos de los pies fueron visitando lentamente su boca. Colocó las sandalias en la caja para acto seguido preguntar con la mirada si podía levantarse para ir a pagar. Ella sonrió y asintió.

Se dirigió a la caja sin mirar a su alrededor, hacía ya un rato que en la zapatería nadie curioseaba zapatos. A él le pareció que todos estaban pendientes de ellos dos. Le extendió la caja a la empleada, que le miró entre sonriente y cómplice .

Se giró hacia donde estaba ella, su motor, e hizo amago de ir hacia la puerta. Ella interrumpió sus intenciones y le dio una nueva indicación.
-“Espera un momento, no podemos salir así a la calle”.- El tono anticipaba una provocadora malicia en las intenciones.

Recorrió los dos pasos que les separaban y se situó frente a él con la puerta de la tienda a sus espaldas. Movió su mano derecha con gracia para que él la siguiera fijamente con la mirada. La dirigió al bolso y buscó dentro hasta que encontró lo que quería. Aquella mano salió del bolso agarrando un collar de cuero con una anilla. Ella le miró y le indicó que agachara levemente la cabeza. Cuando obedeció le ciñó el collar y lo abrochó. Su mano extrajo del bolso una correa con un mosquetón que enganchó a la anilla del collar.

-“Ahora sí podemos salir a la calle”.- Dijo ante la mirada atónita de todos, que muy seguramente habían observado detenidamente esta última escena.

Ya en la calle recorrieron lentamente los cincuenta metros que separaban la zapatería de la entrada al aparcamiento subterráneo. Ella delante sosteniendo la correa y él un paso por detrás sin dejar que esta se tensara.

Ya en el coche y de vuelta al lugar de partida ella le dijo:

-“Estoy orgullosa de ti, y como sabes que cada logro conseguido es un paso adelante, te voy a dar un premio muy merecido”.-

-“Muchísimas gracias por tus palabras. Ha habido un momento en el que he estado a punto de derrumbarme, pero tus pies y tu voz han hecho que pudiera seguir adelante”.- Respondió él, tímidamente…

Aunque probablemente hubiera preferido decir:

    -“You have chosen me to be your slave.

      I must serve you .

      You have chosen me to worship you.

      I must pray to you as my goddess.

      You have chosen me for your pleasure.

      I must give pleasure to you as my mistress.

     You have chosen me to labor for you.

     I must perform those tasks for you.

    You have chosen me to suffer for you.

    I must endure my pain for you .

    You have chosen me to obey your commands.

    I must obey you without hesitation. …”-

 

(…Continuará.)

 

 

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