To let myself go. (I)

A las 17:55 h. como siempre, puntualmente llego en busca de ella.

Ella seguia en el empeño de moldearle a base de besos caricias y algunas cositas más.

Él aparcó el coche justo frente al portal, se bajó del coche y mientras fumaba un cigarro se dispuso a esperar a que ella, su dueña, saliera por el portal.
Exactamente a las 18:00 h. la vio aparecer tras el portal; vestía un ligero traje en tonos rojos  a la altura de la rodilla, zapato plano, el pelo suelto, las gafas de sol y su bolso. Abrió la puerta exterior para dejarla pasar y ya en la calle, la saludó cogiendo sus dos manos y besándolas. En ese momento se fijo que ella, llevaba en el dedo anular de su mano izquierda el anillo plateado gemelo al que él llevaba en su mano derecha y entendió que esa tarde iba a ser muy distinta a otras en las que habían salido de shopping.

Una vez se saludaron él se dirigió a abrir la puerta trasera del coche para que subiera y la cerró cuando se cercioró de que ella, estaba cómodamente sentada. Dio la vuelta al coche para dirigirse a la puerta del conductor, subió, se puso el cinturón de seguridad y arrancó el coche.

-“¿Dónde quieres que vayamos?”- Preguntó.

-“Hoy se me ha antojado ir a comprar unos zapatos. ¿Recuerdas aquella zapatería de la calle Alcalá? .Vamos a ir allí”.- Respondió ella con voz suave y firme.

Durante el camino fueron comentando las últimas lecturas que ella, su fuerza, le había ordenado leer. Así como los detalles a tener en cuenta para programar un futuro viaje a alguna capital europea que ella, su guía, tenía en mente realizar con él.

Al cabo de unos veinte minutos llegaron a la zona a la que se dirigían.

-“Cuando llegues a la dirección, para el coche. Yo me bajaré para entrar en la tienda mientras tú aparcas”.-

Cuando llegó a la puerta de la tienda paró el coche, se bajó y  abrió la puerta trasera para facilitarla la maniobra .

-“Procura no tardar mucho”.- Él asintió.

Una vez aparcado coche en un cercano parking público se dirigió andando a la zapatería mientras sentía ese hormigueo que tenía en el estómago cada vez que a ella, le apetecía jugar con él en público.

Entró en la tienda.

Era amplia y con varias zonas perfectamente diferenciadas en las que había varios asientos situados delante de unos grandes espejos para que la clientela pudiera ver cómo le quedaban los zapatos una vez puestos. Habría en ese momento unas diez personas y tres dependientas.

Ella estaba sentada en uno de aquellos asientos mientras miraba los expositores de alrededor en busca de algún modelo que le gustara.

Él se acercó lentamente.

Cuando estuvo a su lado, ella le indicó:

-“Ponte de rodillas delante de mí”. Él tembló y ella lo notó.
Sonrió y con el dedo índice de la mano derecha le hizo una indicación para que obedeciera.

Ese momento, tan temido como esperado, había llegado para él.
En público, el mayor de sus temores.
Finalmente él se puso de rodillas muy lentamente, tratando de no llamar la atención de los presentes en la zapatería, con la cabeza mirando al suelo en la creencia infantil de que si él no veía a los que estaban a su alrededor a él tampoco  le verían.
-“Lo que no se ve, no existe”- repitió mentalmente.

Cuando estuvo de rodillas ella, su brújula, volvió a hablarle.

-“Busca unas sandalias de tacón fino y muy alto”.-

Se dirigió a una de las empleadas de la tienda y le pidió exactamente lo que necesitaba para complacerla. Unas sandalias rojas de tiras con tacón fino y altísimo. Del número treinta y siete, eso sí.

Al poco tiempo la dependienta le trajo una caja con las sandalias que había pedido y le preguntó si necesitaba ayuda, él respondió que no y se dirigió hacia ella.

Protegido por la excusa de llevar la caja de zapatos él volvió a ponerse de rodillas delante y dejó la caja a uno de los lados. La abrió para probarle las sandalias.

-“Quítame con delicadeza los zapatos y antes de probarme las sandalias introduce muy lentamente cada uno de los dedos en tu boca. Recuerda que no tenemos prisa”.- Le dijo dulcemente.”-
Estar de rodillas delante de ella en mitad de la tienda era una cosa,

adorar esos pies a los que se había vuelto adicto ya,

delante de todas esas personas era otra completamente distinta.

Quizá demasiado para él.

Quizá se dio cuenta en ese instante que ella era su motivo y no su excusa.

La miró a los ojos y ella notó el temor que había en su mirada. Le sonrió y asintió invitándole a obedecer.

Aquella sonrisa y ese gesto le hicieron dar el paso adelante, le quitó el zapato derecho y sostuvo el pie desnudo con las uñas pintadas de rojo con su mano izquierda, ella pudo notar perfectamente el temblor en sus manos.

Agachó la cabeza y uno por uno, fue introduciendo cada uno de los dedos en su boca, deleitándose en la maniobra. Acto seguido cogió la sandalia de la caja y pausadamente se la colocó lo mejor que pudo. Repitió el gesto con el pie izquierdo .
Ese pie con el que soñaba de noche y de día también.

Rozó cada pliegue.
Se deleitó en la suavidad de su piel.
Imaginó tal vez, que besaba y humedecía otra zona de su cuerpo.

Respiró y esperó.

-“Pon las manos en el suelo”.- le dijo.

Obedeció.

En ese momento se dio cuenta de que una de las empleadas y un par de clientes estaban mirando de reojo la escena y el temor volvió a aparecer, estaba a punto de llegar a su límite y levantarse.

Ella que ya lo conocía muy bien le susurró suavemente con una ligera y convincente sonrisa:

-“La tienda está vacía para nosotros dos. Solo necesitas centrarte en mí. Confía y fluye”.

Escuchó la voz de ella y eso le tranquilizó. Sintió en su mano izquierda la suela y notó que gradualmente ella dejaba caer casi todo el peso. Luego lo sintió en la mano derecha y finalmente en las dos. A continuación ella se giró y esta vez dejó caer lentamente el peso de los tacones sobre sus manos, primero uno y luego el otro, en una suerte de danza armoniosa.
Ella se alejó caminando pausadamente hacia uno de los espejos mientras él permaneció de rodillas y con las manos en el suelo.
Ella se demoraba mirando en el espejo el reflejo de sus pies dentro de las sandalias, tras unos minutos, eternos para él, volvió hacia el lugar en el que él esperaba.
Sabía que superado el momento de crisis él haría todo lo que le dijera. Había conseguido que su sumisión venciera a su pudor.

No esperaba menos de él.
Sabia que no podía fallarla.

En aquel momento eran ya el objeto de las miradas de todos los presentes en la tienda.

-“Me gustan tanto que nos las vamos a llevar. Quítamelas y ponme los zapatos de nuevo de la manera que a mí me gusta”.-le indicó.

De nuevo repitió la operación anterior y uno por uno todos los dedos de los pies fueron visitando lentamente su boca. Colocó las sandalias en la caja para acto seguido preguntar con la mirada si podía levantarse para ir a pagar. Ella sonrió y asintió.

Se dirigió a la caja sin mirar a su alrededor, hacía ya un rato que en la zapatería nadie curioseaba zapatos. A él le pareció que todos estaban pendientes de ellos dos. Le extendió la caja a la empleada, que le miró entre sonriente y cómplice .

Se giró hacia donde estaba ella, su motor, e hizo amago de ir hacia la puerta. Ella interrumpió sus intenciones y le dio una nueva indicación.
-“Espera un momento, no podemos salir así a la calle”.- El tono anticipaba una provocadora malicia en las intenciones.

Recorrió los dos pasos que les separaban y se situó frente a él con la puerta de la tienda a sus espaldas. Movió su mano derecha con gracia para que él la siguiera fijamente con la mirada. La dirigió al bolso y buscó dentro hasta que encontró lo que quería. Aquella mano salió del bolso agarrando un collar de cuero con una anilla. Ella le miró y le indicó que agachara levemente la cabeza. Cuando obedeció le ciñó el collar y lo abrochó. Su mano extrajo del bolso una correa con un mosquetón que enganchó a la anilla del collar.

-“Ahora sí podemos salir a la calle”.- Dijo ante la mirada atónita de todos, que muy seguramente habían observado detenidamente esta última escena.

Ya en la calle recorrieron lentamente los cincuenta metros que separaban la zapatería de la entrada al aparcamiento subterráneo. Ella delante sosteniendo la correa y él un paso por detrás sin dejar que esta se tensara.

Ya en el coche y de vuelta al lugar de partida ella le dijo:

-“Estoy orgullosa de ti, y como sabes que cada logro conseguido es un paso adelante, te voy a dar un premio muy merecido”.-

-“Muchísimas gracias por tus palabras. Ha habido un momento en el que he estado a punto de derrumbarme, pero tus pies y tu voz han hecho que pudiera seguir adelante”.- Respondió él, tímidamente…

Aunque probablemente hubiera preferido decir:

    -“You have chosen me to be your slave.

      I must serve you .

      You have chosen me to worship you.

      I must pray to you as my goddess.

      You have chosen me for your pleasure.

      I must give pleasure to you as my mistress.

     You have chosen me to labor for you.

     I must perform those tasks for you.

    You have chosen me to suffer for you.

    I must endure my pain for you .

    You have chosen me to obey your commands.

    I must obey you without hesitation. …”-

 

(…Continuará.)

 

 

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