Reservado el derecho de admiración.

Una noche más en Madrid.

No lo tenía planeado, pasé por el local, leí el nombre de la banda, vi la fotografía de los músicos y me provocó entrar.

Aún estaban ensayando. Yo iba acompañada y ellos eran cuatro. Por un momento dudé si eran músicos o modelos con instrumentos. Y yo que no me sorprendo fácilmente… tras recorrerles uno a uno de arriba a abajo y de fuera hacia adentro, me quedé atrapada en la mirada del trompetista. No era el más sexy, ni el más atrevido, como comprobé después; pero confieso que no pude apartar ni un segundo la mirada de él, ni siquiera cuando me observaba, al acariciar pausadamente con su boca la boquilla de la trompeta.

Deteniendo el momento.

Humedeciendo mi imaginación.

Al principio pensé que podía ser porque fijaba la atención en un punto cualquiera para concentrarse.

Tras casi 2 horas de jazz del bueno, tuve la certeza de que me miraba, no tanto como yo a él, pero lo suficiente como para desear dilatar la noche.

En sus momentos de descanso, mientras aguardaba en una esquina del escenario le observaba mientras se arreglaba la camisa blanca, o se acariciaba el pelo, o cuando miraba con cariño la trompeta.

Después, sonreía.

Y a mí, que no me embruja fácilmente una sonrisa… no supe si deseaba cuidar su risa, besar sus dientes o follarme esa sonrisa, así sin más dilación.

Cuando volvió a subir y unirse al resto de la banda sus poses cada vez más seductoras envolvieron la sala y caldearon a las pocas féminas presentes o eso me pareció, porque lo cierto es que ninguna apartaba la vista de ellos. En un momento dado se levantó la camisa, dejando ver su torso y el comienzo de su ropa interior.

Provocador, cuanto menos- Pensé.

Por suerte, mi acompañante es un gran melómano y andaba envuelto entre ritmos, armonías y melodías.

Mientras, yo perseguía sus gestos. Su boca se abria introduciendo el instrumento, cerraba los ojos y creaba sonidos mágicos. Casi podía sentir el frío tacto del metal en mis muslos. Su cuerpo se movía sensualmente al compas de la melodía. Y yo, inconscientemente imitaba su vaivén.

En otras ocasiones él miraba al pianista,  lanzaba alguna exclamación y volvía a hacerlo.

Sonreía.

Y como al jazz a mí también me gusta improvisar, en cuanto acabó la deliciosa actuación le dije a mi pareja que fuera a pagar a la barra, yo me dirigí al exterior con la supuesta intención de esperarle, pero el deseo feroz era el de tropezarme con él.

Y así fue, con él y con los otros 3 integrantes del grupo más una pareja que se les unió enseguida.

Nos miramos. Entre su timidez y mi diplomacia ante mi acompañante, nadie movió ninguna pieza, al menos externamente.

Miré a través del cristal como con impaciencia a la barra para comprobar si mi acompañante acababa y entonces él entró dentro, dirigiéndose hacia el baño.

Confieso que me hubiera gustado seguirle, o chocarme con su sonrisa en mitad de la sala oscura y envolvente, casi tanto como su modo de caminar.

Pero mi pareja terminó rápidamente y salió a mi encuentro.

Nos fuimos.

Yo solo físicamente.

¿Lo primero que hice al llegar a casa? Buscarle en redes. ¿Y como dejar de hacerlo…?

Y todo por una sonrisa de nada…

O de todo.

Le encontré.

Le puse un mensaje. Neutral. No quería parecer una groupie más y no sabía si iba a ubicarme en el ciber espacio.

A la mañana siguiente me contestó.

Con un “gracias” y con un “espero que volvamos pronto a Madrid”.

-Yo también  lo espero-le escribí.

-“Y que estés allí”-añadió unas horas después.

No le contesté, claro.

Me quedo con su boca y con todo el cielo que le rodea guardados en mi ropa interior, hasta el próximo encuentro…

Esa vez,

ya no tan casual.

“Cuando no tienes nada que perder, saltas

y cuando ya lo has perdido, vuelas.

Así de simple.”

(M. Gane)

 

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