Anatomía del placer.

Con la misma elegancia que se ha dejado besar, se ha retirado al suelo.

Casi de rodillas ha comenzado a abrocharse el cordón del zapato negro.

La chaqueta del  exquisito traje gris, estilo slim-fit,  tirada  en el suelo.

El, vestido con camisa azul, corbata y pantalón gris, a juego con la chaqueta.

Me he situado frente a él.

Yo, vestida con un traje corto negro, de tirantes. Medias altas y zapatos negros también, de suela roja. He situado mi pie derecho junto a sus cordones aún desbaratados.

Ha entendido lo que tenia que hacer.

En la misma posición, casi de rodillas y con delicadeza, ha cogido mi pie con sus dos manos. Las he sentido cálidas, tímidas, complacientes y dulces. Ha comenzado a besarlo. Ha acariciado con su lengua la punta del zapato, me he movido sinuosamente para retirarlo de su encuadre visual, me ha atrapado la intención y el zapato.

Lo ha apretado. Con fuerza. Con miedo.

Su lengua se ha movido sigilosa y seductoramente por el empeine. He podido sentir la humedad de su lengua, tras el tejido de la media. Le he mirado con dulzura y satisfacción.

Ha suspirado.

Le he invitado a que dirija su lengua hacia el tacón que esperaba con impaciencia su turno. Con sus manos bien sujetas en el tobillo y el empeine, ha llevado su humedad a la punta del tacón.

Me he deleitado en la visión.

He seguido la cadencia de sus movimientos.

Y aunque me gustaban, le he hecho cambiar el ritmo, traspasando las lógicas del sentido.

Se ha amoldado.

Le he sonreído.

He cogido un cigarrillo. Le he invitado a levantar la cabeza.

Me ha gustado su mirada pero no se lo he dicho.

Rápidamente ha sacado un mechero de su bolsillo derecho con la intención de encenderlo.

Ha intentado provocarme con su mirada impúdica y franca.

He vaciado el humo, según salía de mis labios en su cara.

No ha dicho nada.

Le he ofrecido el cigarrillo, teñido con mi carmín rojo para que lo fumara.

He intentado prolongar mi deseo en el suyo, y viceversa.

He podido oler su excitación.

 

-Por hoy ha sido suficiente- le he dicho, perversamente.

Aún arrodillado ha cogido su chaqueta del suelo, se ha levantado y se ha dirigido hacia la puerta.

Le he besado.

Me ha sonreído.

Me he quedado con su olor guardado en mi tanga rojo.

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“Entender es antes que pretender…”

 

 

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