Everything not saved will be lost.

Era la última reunión de trabajo de ese viernes por la tarde, de repente un inesperado mensaje en su teléfono cobro todo el protagonismo:

-“Te espero junto a la zapatería que ya sabes a las 20:30. Esta noche vamos a cenar juntos”-

A las 20:25 llegó con su coche al lugar indicado, aparcó y se bajó para fumar tranquilamente mientras la esperaba. Pocos minutos después, puntual como siempre, la vio caminando por la acera. Un vestido negro corto con un ligero vuelo que acariciaba sus muslos desnudos al andar, un cinturón ancho rojo a la cintura y unos botines negros con unos ribetes plateados en los laterales con unos tacones altísimos y muy finos, la melena suelta y unas gafas de sol negras que protegían sus ojos de aquel atardecer casi veraniego.

Pudo admirar su belleza mientras se acercaba hacía él.

Cuando llegó a su altura él cogió la bolsa en la que llevaba su nueva adquisición, bajó lentamente su rodilla izquierda, marcando la genuflexión, y cogió su mano para besarla. Ella sonrió, le indicó que se levantara y cuando lo tuvo enfrente besó pausadamente sus labios.

Le abrió la puerta trasera del coche para que subiera y cuando estuvo sentada la cerró y se dirigió al maletero para guardar la bolsa. Acto seguido subió al coche y lo arrancó.

-“Esta noche vamos a cenar en casa. He preparado algo que seguro te va a gustar”- dijo mientras él maniobraba para comenzar el trayecto.

En menos de un cuarto de hora llegaron a su destino. Aparcó el coche y se bajó para abrir la puerta trasera para que ella saliera, sacó la bolsa del maletero y caminaron juntos los pocos metros que les separaban del portal. Él solo pasó por delante de ella para abrirle la puerta , el resto del camino anduvo dos pasos por detrás de ella con la mirada fija en el sonido de sus tacones.

Llegaron al apartamento y cuando estuvieron dentro él se arrodilló, apoyó las manos en el suelo y delicadamente besó la punta de los botines. Ella le acarició el pelo y le indicó con un suave movimiento de su mano tirando de la barbilla hacia arriba, que debía ponerse en pie; acercó la boca a su oreja y le susurró:

-“Ya sabes lo que tienes que hacer. Espérame aquí de rodillas y desnudo mientras me preparo”- Acto seguido le besó apoderándose de su boca.

El empezó a desnudarse dejando toda su ropa en el mueble que había al lado de la entrada. Se quedó completamente desnudo a excepción de la jaula metálica de castidad que atrapaba su pene, ese regalo que ella le había hecho, que a la vez le excitaba y le atormentaba ala par. Lo llevaba desde hacía tres semanas, con la particularidad de que esta vez ella se había quedado con todas las copias de las llaves del candado que le mantenía encerrado.

Tres semanas en las que no había sido posible tener una erección completa, tres semanas en las que todo momento de excitación terminaba inevitablemente en el dolor del acero presionando contra su miembro, tres semanas en las que ella le animaba a aguantar y le decía en sus mensajes que lo estaba haciendo muy bien, tres semanas en las que, a la vez, ella le mandaba en alguno de sus mensajes imágenes que sabía que a él le excitarían y el recordatorio de que bajo ningún concepto podría acariciarse.

Tres semanas en las que había sentido su sexualidad más disparada que nunca, con ella controlándole desde la distancia.

De rodillas, con las manos a la espalda y la mirada en el suelo, esperó unos minutos que se le hicieron eternos. Escuchó el sonido de sus tacones acercarse por el pasillo y eso centró su atención alejándole de sus pensamientos.

Cuando llegó hasta él, con su dedo índice le levantó la barbilla para que pudiera admirarla. Llevaba unas botas negras de tacón metálico finísimo y altísimo que le llegaban por encima de la rodilla, sin duda esa era la adquisición de la tarde, y un vestido muy escueto de cuero negro con unos delgadísimos tirantes que realzaban la belleza de sus hombros, también pudo entrever una exquisita lencería roja debajo del vestido. .

Enganchó mediante un mosquetón una correa con eslabones de acero al candado del cinturón de castidad y tiró de para que él entendiera que debía seguirla, advirtiéndole de que en todo momento la cadena debería permanecer tensa. Tras unos pocos pasos llegaron al salón. Ella le ordenó que permaneciera tumbado sobre la alfombra negra.

Una vez estuvo tumbado, ella colocó un pie a cada lado de su cabeza, dejándole unos segundos que admirara desde abajo la belleza de sus piernas; lentamente fue poniéndose en cuclillas hasta que se sentó por completo encima de su cara.

-“Solo quiero que te impregnes de mi esencia, no necesitas hacer nada más”- le advirtió.

Empezó a jugar con las pinzas de los pezones, estirando, retorciendo, incluso apretándolas más para que él ahogara sus quejidos entre sus piernas, estuvo unos minutos torturándole de esta manera hasta que empezó a deslizar sus manos por su torso para llegar a sus caderas y pasar de ahí a la cara interna de sus muslos, excitándole, provocándole, pero sin llegar a tocar en ningún momento su sexo.

Sonrió con malicia al comprobar cómo su excitación comenzaba a librar una lucha desigual contra el acero. Entonces sí, rozó sutilmente su sexo, que trataba de escaparse entre los barrotes de la jaula de castidad, provocándole aún más, sabiendo que el dolor habría empezado a hacer mella en él. Por unos instantes abandonó sus caricias para apartar la tela de su tanga y permitirle respirarla más intensamente.

-“Ahora puedes empezar a saborearme lentamente, no tenemos ninguna prisa”-le dijo lentamente.

Él se dedicó con devoción a la misión que le había sido encomendada, demorándose en el recorrido de su lengua, disfrutando del sabor de cada pliegue, trazando con la punta de la lengua el mapa del objeto de su devoción.

Ella retomó las caricias a aquel pene encerrado, excitándolo cada vez más.

Esa lengua y la sensación del poder que tenía sobre él la estaban excitando como nunca, el placer iba creciendo dentro de ella y decidió ser aún más cruel. Con solo un dedo siguió lentamente estimulando el pene enjaulado mientras su propia respiración iba haciéndose más pesada. Él seguía ahogando sus quejas entre las piernas de ella consiguiendo excitarla todavía más.

Ella acercó su boca al cinturón de castidad y empezó a recorrer con la punta de su lengua cada atisbo de piel que trataba de escapar del encierro de acero. Esto a él terminó por enloquecerle de excitación y de dolor, ella se dio cuenta y decidió hacerle sufrir un poco más agarrando con sus manos los testículos. Apretando cada uno con dos dedos e incrementando poco a poco la presión. Los estiraba mientras pasaba la lengua por la base del glande jugando entre las delgadas barras de acero.

A él no le quedó otra opción que abstraerse del intenso círculo vicioso de dolor y excitación dedicándose aún más a fondo a satisfacerla, concentrando su atención en seguir tratando que el máximo placer creciera dentro de ella. Notó que empezaba a arquear ligeramente la espalda y cómo sus manos pasaron de torturar sus testículos a agarrar con fuerza sus muslos, clavando las uñas en ellos, mientras exhalaba sus gemidos contra el pene oprimido por el acero.

Ella explotó de placer dejando caer su cabeza contra sus ingles.

Después de unos segundos de reposo ella se levantó mirando sonriente aquella cara empapada, se sentó a horcajadas sobre sus piernas en un estudiado movimiento en el que su sexo quedó en contacto con el acero del cinturón de castidad. Se agachó sobre su cara y llevando la mano a su cuello hizo bailar la llave que colgaba de su collar delante de sus ojos.

Le miro con dulzura mientras le decía:- “Buen chico, te has ganado la cena”-

Mientras ella salía del salón él se puso de rodillas tal y como le había enseñado que debía esperarla. Tras unos minutos eternos, ella volvió al salón con una bandeja de madera.

-“Apoya las manos en el suelo de forma que tu espalda quede completamente horizontal” –

Él obedeció de inmediato y adoptó esa postura quedando situado en paralelo al sofá. Ella comprobó la horizontalidad de la espalda y dándose por satisfecha colocó la bandeja encima de él.- “La mesa perfecta para mi cena. Me encanta”-

Ella se sentó en el sofá y puso algo de música mientras empezaba a cenar aquella exquisita ensalada que había dejado preparada antes de salir de compras y que ahora iba a aliñar encima de su esclavo.

Una vez la hubo aliñado empezó a cenar dejándose envolver por la música, admirando la docilidad de aquel hombre al que a base de horas de trabajo había conseguido adiestrar para que cumpliera con cualquiera de sus caprichos. Nunca una mesa le había parecido tan sensual.

Lentamente fue comiendo su ensalada, cada tres o cuatro bocados que comía le ofrecía otro a él, que procedía a comerlo después de darle las gracias. Pasados unos minutos terminó de cenar y esperó a que acabara una canción para llevarse la bandeja a la cocina advirtiéndole que debía esperarla en la misma postura. Ella regresó al poco tiempo y le susurró.

-“Me ha encantado esta cena juntos”-
En ese momento él pidió permiso para hablar. Ella sonrió y le dijo que sí.

-“Muchísimas gracias, ha sido una cena maravillosa, siempre es un placer ser útil para ti”-

-“Has sido una mesa fantástica. Te has ganado el privilegio de dormir esta noche a mi lado”-

Le indicó que le quitara las botas lentamente. Con mucho cuidado bajó la cremallera de la bota derecha y la retiró poco a poco dejándola cuidadosamente al lado del sofá para hacer exactamente lo mismo con la izquierda. Delante de sus ojos estaban aquellos pies que adoraba con todo su ser, la imagen que todas las mañanas venía a su mente cuando dedicaba los primeros diez minutos del día a adorar a su dueña de rodillas, con los antebrazos y la frente apoyados en el suelo. Los admiró solo un segundo para, primero uno, y luego el otro, cubrirlos de besos como si su existencia dependiera de ello.

Su boca besó los dos empeines, los tobillos, los talones y cada uno de los dedos demorándose en cada beso, posteriormente su lengua no dejó ningún rincón de aquellos pies por visitar. Ella le dijo que levantara la vista y se incorporara pero manteniéndose de rodillas.

Le quitó las pinzas de los pezones en una maniobra que a él le resultó extremadamente dolorosa cuando sintió que la sangre quería volver a circular en esa zona. Ella mitigó su dolor con unas suaves caricias con dos de sus dedos. Acto seguido cogió la pequeña llave que abría el collar metálico y se lo quitó. Luego le acarició suavemente el pelo en señal de aprobación.

Cogió un collar de cuero del que colgaba una correa y lo abrochó a su cuello. Tirando de la correa le hizo seguirla caminando a cuatro patas detrás de ella hasta que llegaron a la habitación. A cada lado de la cama había una mesilla de noche, pasaron por delante de los pies de la cama y llegaron al otro lado.

En el suelo, cuidadosamente extendida, había una manta que tenía la misma longitud que la cama, y al lado de ella una escudilla con agua. Ella le indicó que se tumbara encima de la manta y enganchó la correa a una de las patas de la cama.

Ella se desnudó y se metió dentro de la cama para leer un rato. Acabó el capítulo del libro que estaba leyendo y lo dejó encima de la mesilla, entonces lo miró y antes de apagar la luz le dijo:

-“Que tengas dulces y húmedos sueños”- Le dijo, desde la altura de su cama, como creando fuego con sus palabras.

-“Velarte mientras duermes estando a los pies de tu cama es ya un sueño. Muchas gracias”- contestó él.

Ella apagó la luz mirándole fijamente con una sonrisa en sus labios y le lanzó un beso. Él se sintió realmente afortunado porque al día siguiente lo primero que vería al despertar sería la imagen de ella desnuda y envuelta en sábanas. Mientras, él arroparía su mañana desde el suelo.

“But I don’t want comfort.

I want poetry.

I want danger.

I want freedom.

I want goodness.

I want sin”

(Aldous Huxley)

 

Copyright©2016-18L.S.

 

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