Lo que sucede, conviene.

Llaman al timbre.
Por fin.
Es el mensajero que llevaba esperando varias horas ya, con un pedido muy especial.
Lo que no imaginé es que iba a interesarme más el portador que el pedido en sí.
Abro la puerta con la ropa que en ese momento llevaba. Unos leggins de deporte muy ajustados negros, una camiseta de manga corta blanca y mis pies descalzos dejando al aire las recientemente uñas pintadas en “rojo jueves”.
El pelo ligeramente ordenado en una coleta y ¡ups!, olvidé ponerme el sujetador bajo la camiseta blanca. Un poco tarde- pensé según abría la puerta.

-Traigo un paquete- me dijo sonriendo mientras me observaba de abajo a arriba con bastante descaro.
-Ya veo- le contesté, y no lo dije precisamente por el pedido.
La verdad es que el chico llevaba un vaquero de lo más sugerente.
Alto, mediría mas de 1,80 jersey negro pegado y ese vaquero negro ceñido también, a juego con unas elegantes deportivas en tonos grises.

Unos segundos .
Largos. De eterno silencio.
Solo miradas. Nadie supo que decir para ir más allá del breve formalismo.
-El paquete es grande y pesa- me dijo, esta vez sonriendo con una reserva de prudencia.
-Me hago cargo- le contesto soltándome el pelo de la coleta y moviéndolo a la vez.

Sé que se ha dado cuenta de la ausencia de mi sostén, la camiseta es muy fina y algo trasparente.
Se que me he dado cuenta de que el objeto que lleva entre sus musculosos brazos es lo que menos me interesa ahora mismo.

-¿Puedes dejarlo en la cocina?-se me ocurre decirle como respuesta a esta humedad que comenzaba a palpitar entre mis piernas.
Y sin ninguna pretensión pero con todas, me respondió:
-Por supuesto, con placer.
Y que más da el “como” si finalmente lo hizo…
Se dirigió a la cocina. -Todo recto , ven sígueme.-
Detrás de mí, noté su mirada clavándose en mis nalgas bajo el leggin ajustado .
Lo depositó en el suelo.
Se agachó para no dar ningún golpe al pedido y según subía su espalda muy lentamente me fue recorriendo con la vista centímetro a centímetro, a esas alturas yo ya me había situado muy cerca de él.
No recuerdo quien rompió el breve espacio de ganas que nos separaba, solo sé que antes de darme cuenta ya tenía su lengua en mi boca y su olor a Yves Saint Laurent metiéndose poco a poco en mi piel.
Besaba como me gusta.
Besaba como hay que besar.
Suave, profundo, dulce, fuerte, besaba y me iba hablando bajito . Apenas podía entenderle, pero eso era lo de menos.
Lo de más fue su mano bajo mi ropa interior. Cálida. Lenta y segura. Su dedo acarició mi sexo en un baile de intenciones.
Me subí a la encimera, abriendo las piernas como para invitarle a acercarse, sin que su lengua se ausentará ni una décima de segundo de mi boca.
Comenzó a acariciarme el pecho, a apretarlo.
-Más suave- le indiqué
Le agarré con mis piernas, bien fuerte, para que no se escapara, no aún. Su boca bajaba por mi cuello buscando mis senos mientras seguía acariciándolos.
Me deshice de la camiseta en un corto movimiento.
El me imitó y pude ver su torso moreno .
Me bajó de la encimera y se situó detrás de mi, mientras flirteaba con mi nuca y me respiraba, literalmente.
-Que bien hueles- me dijo.
-Como me excitas- pensé yo.
No sé en que momento se quitó el pantalón pero empecé a notar su sexo tras mis nalgas, como pidiendo permiso, como indicándome de cuan duro podía llegar a estar en décimas de suspiros.
Me giré en un movimiento que le sorprendió. Abrí un cajón, cogí unas esposas y le pregunté sin dejar de sonreírle:
-¿A que nunca has follado con unas esposas puestas?
Sonrió.
No contestó.
Mejor.
Se las puse, guardé la llave y volví a colocarme en la misma postura, de pie, apoyándome en la encimera y él detrás muy pegado, apreté sus nalgas invitándole a introducirse donde hace tiempo ya debía estar.

Y sus embestidas fueron como sus besos.
Profundas. Suaves. Firmes.
Seguimos besándonos como poniendo a prueba la flexibilidad de mi cuello.
Y él, con sus manos inmovilizadas bajo la espalda moviendo lo poco que podía con tal seducción que hice todo lo posible para alargar el momento.
Los móviles sonaban, ambos.
Nos dio igual.
Tampoco sé cuanto tiempo estuvimos así, minutos, horas o días tal vez.
Solo recuerdo que ocurrió y que fue…

“El único viaje imposible es el que no empiezas”

 

 

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