El librero y la modelo.

Se conocieron en una librería una tarde de Enero. Ella entró para refugiarse del frío de Madrid en pleno invierno, al cobijo de los libros.

Según entraba por la puerta y se quitaba el sombrero negro se topaba con la mirada del dependiente.

Moreno, atractivo, sereno y así, en apenas unas miradas se le antojo el ser más sensual con el que había coincidido en este recién estrenado año.

Ella siguió quitándose más ropa mientras se dejaba envolver por la calidez de la tienda y de la música que sonabade fondo. Algún blues cuyo nombre no recordaba.

Primero se deshizo de los guantes negros y la chaqueta de cuero, negra también, llegó después.

Vestía un vaquero negro muy ajustado, un jersey blanco escotado y unas botas altas y negras de cuero. Carmín rojo más aquel  perfume  de Yves Saint Laurent que tanto le gustaba.

Se humedeció los labios, inspiró y se dirigió al librero. Antes de que ella le dijera nada, él se adelantó:

-¿En que puedo ayudarte?- y en cada sílaba dejaba escurrir una sonrisa.

Ella le dijo el titulo que buscaba y él se levantó inmediatamente para buscar el libro exacto.

Ella pudo notar que llevaba uno de sus olores preferidos en hombre

-Loewe, sin duda- pensó.

Según pasaba por su lado sin demasiada distancia, ella intentó atrapar su aroma.

El vestía un vaquero negro con un jersey negro de cuello alto. Llevaba barba de 2 días y unas gafas negras de pasta.

Alto, al menos, más que ella, aún con sus tacones.

Le dió el libro, ella pagó y él la dijo:-espero que lo disfrutes mucho-

-Y contigo-pensó ella.

Debía irse porque había quedado con 2 amigas, pero según salía por la puerta ya estaba maquinando como hacer para volver a la tienda.

La tarde pasó veloz y ya en su casa, abrió con avidez el libro.

Lo olió. Acarició la solapa y al abrir la primera página, comprobó que había un pequeño pósit con un número de teléfono y unas letras:

-Ojalá pudieras disfrutarlo conmigo-

Ella abrió los ojos y sonrió mientras se acariciaba el cabello. Llevo las puntas a su boca como solía hacer cuando se sentía impaciente y tras desvestirse y quedarse en lencería, le llamó por teléfono.

Y hablaron, y se rozaron las intenciones al otro lado de la realidad. Ella escuchó sus suspiros y él adoró sus silencios.

Y aunque a ella no le gustaban las prisas, esa noche no pudo encontrar demasiada dosis de paciencia en su bolso.

Así que la noche, Enero y Madrid les unió.

Sin saber como habían volado los segundos a demasiada velocidad.

El la susurró mientras se perdía en su cuello:

-Quitate la ropa o quítame las penas.-

-O ambas- pensó ella.

Y comenzó a ritmo de una suave canción con mucho saxo y guitarra a desvestirse, mientras él la observaba, de pie, sereno, casi impasible.

Ella se movió sinuosa, seductora, bailando al ritmo del delicioso saxo y sonriéndole.

Y cuando solo quedaron las botas negras sobre su piel, ella se tumbó sobre la cama.

Sin dejar de mirar sus oscuros ojos, se fue acomodando lentamente mientras abría sus  piernas .

El librero era un gran voyeur y ella una fiel exhibicionista.

A ella le gustaba posar, a veces lo hacia sola, frente al espejo.

Frente a cualquiera de los muchos espejos que adornaban su apartamento. Le gustaba observarse, moverse sinuosamente, quitarse la ropa interior o volver a ponérsela.

Se acariciaba el cabello, se lo recogía en una coleta improvisada y volvía a soltárselo mientras movía la cabeza. En otras ocasiones cogía una botella de champagne y comenzaba a dejarlo caer por su cuello y su pecho. Le gustaba ese tacto frio y burbujeante sobre su piel mientras sus dedos rozaban sus pezones, su ombligo y acababan sin demora en su sexo.

Ella era así.

Y él sin saberlo, no tardó demasiado en intuirlo.

-Abre más las  piernas, quiero verte bien -le decía el librero, mientras comenzaba a desvestirse .

Y ella, desnuda, con su pelo sobre las sabanas rosas, sonreía, le comía con la mirada y abría un poco más las piernas.

-Tócate para mí- y ella de momento siguió el ritmo de él, pausado. Excitante.

El, desnudo ya y frente a ella  comenzó a masturbarse, lenta y  pausadamente con un ritmo muy envolvente.

Ambos se miraban en todo momento. Ella le iba enredando con  palabras de colores y él suspiraba melodías.

A veces, ella sin darse cuenta cerraba un milímetro las piernas, y él la corregía con la mirada.

Volvía a la posición inicia. y continuaba acariciándose . Mojando sus dedos con saliva. Humedeciéndose y nadando bajo su atenta mirada.

Tal vez ocurrieron muchas más delicias entre ambos, pero ella recordó  e inmortalizó en su memoria ese primer día de exhibicionismo casual y no tan casual.

Y, ni él era librero. Simplemente ese día estaba haciendo un favor a un amigo en la tienda , ni ella era modelo, aunque esa noche ella posó para él, minutos, tal vez horas chorreantes de deseo. Él fue el librero más provocador que podría haber imaginado aquel viernes y ella fue la modelo más  seductora que él jamás había conocido.

Así a modo de capricho del destino coincidieron y siguen coincidiendo, cada viernes sobre las sábanas de raso negro de ella, o sobre el sofá de cuero rojo en el estudio de él.

 

 

“El observado revela al observador”

 

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6 comentarios en “El librero y la modelo.

  1. Maletilla dijo:

    Yo no soy librero, pero sí alto, atractivo y uso Loewe.

    Cuando quiera usted un libro dígamelo y se lo acerco a su casa sin retraso. Llevaré mis gafas de pasta negra para ver bien cómo se acaricia y separa sus muslos. Le llevaré hasta la comida y la cena para que no tenga que moverse de la cama.

    Le dejo teléfono y foto en los datos de más abajo.

    Besos para usted y sus pies.

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