Jugar, una forma de vivir…

“Pasa por mi cabeza esta noche, pon tú el vino, a la reflexión invito yo…”

 

 

Se me ocurre que vamos a recibir a la primavera de la mejor manera que sabemos.

Se te ocurre que vamos a pervertir a la primavera de la peor manera que queramos.

Voy a empezar yo, le meteré mano bajo su pequeña falda escocesa.

Tal vez después te pida que le bajes las bragas. Te sorprenderás al notarla húmeda en tan poco tiempo. Me mirarás sin saber cómo seguir, así que lo haré yo. Mojaré 2 de mis dedos con saliva, lentamente, mientras te miro, o tal vez solo te admire.

Y sonreirás.

Ella también lo hará.

Pasaré la punta de mis dedos por su sexo, abriéndome camino. Me detendré lentamente en su clítoris demorándome en la caricia.

¿Ves cómo se hace?  -te digo.

Y vuelves a sonreír.

Prefiero hacértelo a ti- me contestas.

Hoy es ella la reina del cuento- añado.

Me llevo los dedos a mi boca, relamiéndolos saboreo cada uno de ellos sin apartar la vista de ti.

Abre la boca-te pido.

La abres y te lleno de mis dedos. De sus fluidos y de los míos. Los saco y te los vuelvo a introducir más profundamente, mientras te beso con hambre acumulada a fuerza de wasaps.

Me hablas de tu deseo, de la urgencia y de no sé qué punto de no retorno.

Desconecto porque ahora solo quiero llenarme de ella.

Mis dedos vuelven a su sexo. Los introduzco suavemente. Primero uno, luego dos y llego a tres.

Me mira turbada. Entre abre su boca. Me pide que no pare mientras se abre más de piernas para que la observe mejor. Te pido que le acaricies sus muslos. Me dices que prefieres habitarme a mí.

Y va moviendo sus caderas con más urgencia cada vez, mientras succiona mis dedos. Los engulle. Va chorreando su calor entre mis manos a la vez que tú me sujetas el pelo situándote detrás de mí porque no puedes estar quieto. Le acaricias los muslos con una mano, la otra se pierde buscando mis pezones. Me muerdes el cuello, giro la cabeza y busco tu boca.

La encuentro. Me encuentro.

Ella gime o grita o todo a la vez.

Y tú,

y yo,

huyéndonos después,

de tu cama a la mía. 

 

 

 

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Aviso a navegantes.

Para que lo prometido no sea deuda… os informo que tendré nueva ubicación a partir del día 25.

Zona: Aravaca.

Para los que utilices transporte publico, el metro y cercanías estará al  lado.

Y para los que os movéis en coche, toda la zona es blanca afortunadamente, ni azules, ni verdes.

 

Os espero con novedades y sorpresas.

Besos grandes.

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Nadie los cría y ellos se juntan.

“Las mujeres, las buenas mujeres me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.”

(C.Bukowski)

 

El día que tropecé contigo hacía viento. Volaban las hojas caidas de los árboles, las ideas y hasta las intenciones.

La culpa de todo la tuvo un semáforo que se demoró demasiado en cambiar de color y antes del inevitable momento,  ya nos habíamos comido las miradas desde nuestras respectivas aceras.

No sé qué me llevó a hacerlo directamente, como si te hubiese intuido desde la distancia, lo que sé es que ocurrió.

“Verde” y nos movimos, cada uno en su dirección.

Lo hiciste con calculada lentitud y en los segundos que tardamos en cruzamos, tu mirada llenó mi espacio cual ejército invasor. Seguí en mi dirección por culpa de mis pies que cobraron vida propia, mi voluntad siguió tu huella que no dejaba de mirarme, ya desde la otra acera.

Me paré. Te observé.

-O vienes o voy- pensé.

Y viniste.

Sonreíste y dijiste a modo de presentación  algo parecido a que el miedo suele ser la antítesis de la vida.

-Apuesto a que sí- contesté sonriendo.

Y como cada uno elige el modo de volarse, de mi boca salió un: – ¿me sigues? –

Y lo hiciste.

La suerte de vivir en una ciudad grande es que casi en cualquier esquina encuentras un hotel o similar, y yo en ese momento necesitaba uno. Así. Como con urgencia.

No dijiste ni una palabra, solo me mirabas, deteniéndote en las asíntotas oportunas.

La habitación olía a moras, o a fresas o a qué sé yo, si yo solo estaba pendiente de quitarte la ropa.

-Déjame que te preparé para lo que viene- te susurré al oído. –

Entendiste mi juego antes de empezar y me seguiste en todo momento incluso después de terminar.

Me desnudé mientras me observabas sentado en la cama. Tiré de tu corbata hacia mi boca, te besé y volví a susurrarte que ahora te tocaba a ti.

Y mientras lo hacías yo te observaba desnuda, sobre mis tacones negros, encendiendo un cigarrillo. Con calma.

Te tumbaste sobre las sabanas. Me tumbé encima de ti. Tu piel con mi piel, eso es lenguaje.-pensé-

-Vamos a dilatar este momento- me decías sonriendo.

-El momento y otras cosas- te contesté.

Y en un astuto movimiento te situaste sobre mí.

Besabas con vértigo y sin atajos.

Comenzaste a lamer mi desnudez. Tu boca se perdió en mi cuello por unos instantes y cuando se encontró, la sorprendí en mis pezones. Y como colonizando mis sentidos olvidé la noción del tiempo.

Estuviste adorando mi coño como se merecía minutos, tal vez horas. Suspiré.

Tu polla comenzó a abrirse camino en mi interior.

Por cómo te movías sabía que albergabas una gran cuota de demonios en tu interior. Apreté tu cabeza entre mis muslos.

-Más fuerte- te pedí.

Y lo volviste a hacer.

Tu voz y tu placer se me escurrían entre las piernas y después de un tiempo indefinido me levanté, dejando las sábanas manchadas de vino y carmín.

Se acabaron los besos, era hora de recogerme el pelo.

Me vestí bajo tu atenta mirada que encendía su cuarto cigarrillo. No disimulé que tenía prisa por marcharme.

Te besé y me dirigí a la puerta, no sin antes dibujar en tu piel con mi pintalabios un:

“No te asustes, sigues dentro de mí…”

 

 

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