Que el silencio te desnude…

La última vez que nos vimos olvidamos  y sobre todo, olvidó llevarse mi regalo prometido.
Tal vez tiene razón Lacan al afirmar que “todo acto fallido es un discurso a voces”, la cuestión es que  quedó pendiente para  un futuro próximo, con tintes de urgencia, por su bien y por mi deseo.

Tras varias semanas volvió a Madrid. Ni olvidó, ni olvidé lo que teníamos en el aire, pero…su descuido merecía una lección.

Le cité en el metro, para su sorpresa y mi agrado, en una estación cualquiera y a una hora en la que sabía que no habría demasiada gente
y aunque eso en Madrid era mucho suponer, casi acerté.

Acudió. Le vi llegar. Nervioso. Con un halo de excitación en su modo de caminar. Tan seductor como siempre y más él que nunca.

Podría haberle devorado según se acercaba a mí , solo por moverse así, pero me contuve. Las lecciones son las lecciones.

Apenas había gente en ese anden, una señora mayor con aspecto distraído, una pareja asiática y un hombre de unos 50 años. En el de enfrente  por el momento, solo una pareja de unos 60 años y 3 chicos universitarios a juzgar por los apuntes en sus manos.

Y como no me gusta limitarme en casi nada, no vaya a ser que me pierda alguna sensación, instantáneamente olvidé que no estábamos solos.

Él llevaba un vaquero negro, barba de 2 días y esa mirada que quiso retar a la mía.

Yo, vestida con un traje corto y vaporoso, medias con ligueros, sandalias abiertas, gafas de sol y mi lencería de estreno en tonos violeta. Adoro la lencería, siempre estoy buscando cosas nuevas y diferentes. Ese día elegí un conjunto con encaje y  pequeñas transparencias..

Le besé cuando le tuve a 5 centímetros, le dije que le debía un regalo pero que tendría que ganárselo. Me dijo que sí, con su voz y con su cuerpo. Llevé la mano a su entrepierna, rocé ese vaquero tan sexy y comprobé que afirmaba también. Latía, como la ciudad.

-¿Seguro?-le pregunté.

-Sin limites- me contestó.

Sonreí.

-Ponte de rodillas, sube suavemente  con tu lengua por mis piernas, demórate en la caricia y cuando llegues  a mi sexo mantente ahí, hasta que yo te indique.-

Se sonrojó. No dijo nada y se dispuso a la acción.

-Solo así podrás llevarte mi tanga- le recordé. -La pureza no se obtiene sin esfuerzo.

-Seguro que  cuando lo tengas en tu poder, te gustará llevarlo encima en algún momento, tal vez en el bolsillo del pantalón, y seguramente en alguna ocasión lo lleves a la oficina y en el momento más aburrido de la reunión te llegue un mensaje al móvil indicándote que justo en ese instante tienes que rozarlo, sentir su textura, incluso olerlo, o  saborearlo. Así tal vez cuando tus dedos busquen, me encuentres a mí.

Apuesto a que  en alguna madrugada oscura y esponjosa recibirás un mensaje de voz en el móvil, seré yo.

Cada nueva misiva agitará el mar de tus ansiedades.

Mi voz te traspasará.

Te llenará.

Entonces te diré lo que me gustaría que hicieras en ese  instante. Algo así como que te acaricies mientras sostienes el tanga en tu boca y lo besas como me besarías a mi si yo estuviera ahí. Te abandonarás a mis deseos porque sabes que hay fuerzas mucho más importantes que la razón. Te embriagarás de su aroma y te abrirás a las sensaciones de una manera descarnada… – le dije en tono convincente.

Afirmó con hambre orgiástica.

El andén  comenzaba a llenarse y el vagón del metro estaba a punto de llegar.

-Mira como el mundo desaparece-le dije

Él estaba  de rodillas mientras yo acariciaba su  suave cabello, pude oler su sugerente perfume y su respiración acelerada. Comenzó a recorrer mis piernas con la lengua mientras sus manos me acariciaban.

-Más suave aún-le indiqué.

Y su lengua fue recorriendo cada centímetro. Llegó a mis muslos. Se detuvo.

Segundos.

Minutos.

Respiraba con sus manos  presas en mis nalgas. Noté su aliento y  se me antojó de lo más excitante. Abrí un poco más las piernas para facilitarle lo que venía después.

-Ahora, quítame el tanga con la boca, despacio, no vayas a morderme- le dije mirándole a los ojos.

Sus labios entre abiertos pidiendo más, su mirada sedienta, mis ganas de besarle de nuevo y esa gente en el anden que iban multiplicándose sin permiso.

-Quítamelo ya- le susurré.

Comenzó la maniobra con una deliciosa cadencia, mientras su saliva se abría camino entre mis muslos y sus manos permanecían  inmóviles pegadas a mis nalgas.

Poco a poco fue bajando la lencería, le ayudé sutilmente moviendo un poco las piernas.

Lo consiguió.

Con su premio en la boca y aún de rodillas me observaba,  le sonreí  muy complacida.

Ya en pié, ahora sí, le comí  a besos. Por su bien claro, y por el mío.

-Es tuyo, te lo has merecido-le dije. Eso sí, sigue mis indicaciones estrictamente.

Yo te iré indicando donde, como y cuando debes sacarlo, besarlo, olerlo …sé que lo harás.

-Será un placer -me dijo.

-Infinito -le contesté.

 

“No es tu sexo lo que en tu sexo busco,
sino ensuciar tu alma:

desflorar

con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido”

(L.M.Panero)

 

 

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