Dancing with the mystery.

Dos semanas.

Ese era el tiempo que había transcurrido desde la última vez que ella le había permitido obtener placer. Justo después de aquel momento ella le pautó algo:
-“Te esperaré aquí, hasta que no regreses de tu viaje de trabajo tienes prohibido acariciarte a no ser que yo te indique lo contrario. Sé que me obedecerás, y para que veas que confío plenamente en ti esta vez no te llevarás tu cinturón de castidad”-

Catorce días en los que ella le había ido mandado mensajes sin una periodicidad establecida con el objetivo de mantenerle en un casi permanente estado de excitación y frustración por no poder aliviarla.

Con estos recuerdos de las dos últimas semanas llegó al portal de ella. Cinco minutos antes de tiempo y con los bolsillos llenos de ganas .

Ella le concedió permiso para subir. Cruzó el portal, subió en el ascensor y llamó a la puerta. Esperó.
El sonido cada vez más cercano de los tacones sobre el suelo de madera hizo que su corazón empezara a latir a mayor velocidad.

La puerta se entreabrió invitándole a pasar y lo hizo cerrándose tras de sí. En ese momento la observó, como sonriéndole las ganas, como duplicando los espacios y supo que todo estaba mejor ahora.

Botines negros de tacón altísimo que dejaban al aire sus dedos con las uñas pintadas de un rojo intenso, las piernas desnudas, esbeltas en todo su esplendor y con el ligero color de quien ha tomado el sol, un vestido negro de falda muy corta que llegaba por encima del muslo, un cinturón rojo con motivos dorados, el escote de pico rematado en dos tirantes ínfimos que realzaban sus hombros y su cuello, el maquillaje muy discreto resaltando solo los labios pintados en ese rojo que a ella tanto le gustaba.

Y las manos. Perfectas, con las uñas inevitablemente rojas a juego con los labios y las uñas de los pies.

Tomó sus manos entre las suyas y delicadamente besó cada uno de sus dedos mientras le decía cuánto la había echado de menos.

Con un delicado hizo que se pusiera en pié, le besó con las ganas que solo las ausencias son capaces de reunir y después de varios segundos-minutos remató el beso mordiendo con firmeza su labio inferior hasta que sus labios se separaron.

-“Te quiero desnudo y completamente entregado a mí”-le indicó con un tono tan suave como convincente.

Obedeció casi de inmediato y en poco tiempo fue dejando la ropa en el armario de la entrada, quedándose desnudo. Se sintió libre. Y vulnerable.

Ella puso en su cuello un collar metálico y enganchó una cadena a la argolla del collar. Él supo que debía ponerse de rodillas y seguirla a donde le llevara.
Recorrieron el pasillo y llegaron a esa habitación que tan familiar era para él. Ella se sentó encima de la jaula que presidía la estancia.

-“Demuéstrame cuánto me has deseado en esta breve ausencia”-

Él le quitó con mucha delicadeza uno de los botines. Lo dejó en el suelo y sujetando su pie con ambas manos comenzó a besarlo dedo a dedo, poro a poro, impregnándose de su química, mientras introducía sus pequeños dedos en su hambrienta boca.
Después de varios minutos volvió a ponerle el botín y realizó la misma operación con el otro pie, con más dedicación si cabe.

Ella se puso de pie, retiró la cadena del collar metálico y le ordenó tumbarse boca arriba en la parte superior de la jaula.

Cuando comprobó que él había obedecido, lentamente recorrió todo su cuerpo con sus uñas. De los pies a la cabeza, notando los ligeros temblores que el casi inexistente contacto provocaba en su cuerpo, mientras observaba con una divertida sonrisa la erección que mostraba su sexo a pesar de que en ningún momento había acariciado las cercanías de esos rincones.

Cogió su cara entre sus manos y le besó casi violentamente para acto seguido separarse de él. Cogió las muñequeras fijadas a los barrotes de la jaula y las abrochó sobre sus muñecas dejándole los brazos inmovilizados, después hizo lo propio con los tobillos. Con unas cintas de cuero amarró las piernas a la altura de las rodillas, los brazos a la altura de los codos y dejó también firmemente inmovilizada la frente.

Se sentó encima de su cara, dejando la tela de su tanga, tan rojo como escueto, en contacto con su boca, pero advirtiéndole que de momento no podría hacer nada más que intuirla.
Sentirla.
Adivinarla.
Cogió su aceite preferido y con mucha suavidad fue extendiéndolo a lo largo de todo su sexo, demorándose en cada rincón oculto, dejando que él sintiera la caricia y forzando a que respirara, cada vez más directamente sobre y desde su sexo.

Apartó la tela de la lencería y dejó descansar su sexo sobre la boca de él, que enseguida supo que debía darle placer con su lengua como si en ello le fuera la vida.

Ella le masturbaba muy lentamente, haciendo crecer el placer dentro de él, sin prisa y sin parar en ningún momento, a la vez que su propio placer iba incrementándose a través de la lengua que se movía sabiamente.

Continuó con las caricias rozando simplemente sus uñas en toda la longitud de su cuerpo, centrándose en la base del glande o moviendo la palma de su mano en un ritmo rápido estimulando únicamente la abertura de la uretra.

Él se iba volviendo loco con aquellas caricias y decidió concentrarse en el placer de ella, incrementando el ritmo de las caricias, saboreándola y bebiéndola para saciar la sed acumulada.

Ella arqueó su espalda para sentir aún más esa lengua exploradora, hasta que agarró los muslos de él, cesando momentáneamente sus caricias, y clavó sus uñas en la cara interior de los muslos. Con fuerza.
Dejó que su placer erizara cada centímetro de su universo.

Se recompuso ligeramente y se levantó para seguir acariciándole. Esta vez de pie, a su lado, controlando cada uno de sus gestos para saber cuándo estaba cerca de liberar su placer. Lo llevó poco a poco al borde del orgasmo, hasta que este era ya casi inevitable y él pidió permiso para correrse. Ella paró.

Le dejó reposar unos pocos segundos y volvió a acariciarlo, esta vez mucho más rápido, luego más lento, pervirtiendo los ritmos, sorprendiéndole y sin que pudiera acostumbrarse a una cadencia concreta. Al cabo de unos minutos notó que empezaba a temblar ligeramente y le masturbó más rápido; él volvió a pedir permiso para correrse y ella, sonriéndole volvió a parar.
Retiró su mano y acercó sus dedos a su miembro. Sopló muy suavemente recorriéndolo de arriba a abajo. Tembló dos o tres veces, como si fuera a estallar solo con un soplido más. De nuevo cesó la estimulación.

Arañó con fuerza el interior de los muslos, marcando sus uñas y agarró con fuerza los testículos. Él respondió con una mueca mientras se mordía los labios tratando de no quejarse.

Otra vez comenzó las caricias en una masturbación rápida y suave, desplazando sus dedos sobre su excitadísima intimidad, casi sin tocarla, como si dejara que la viscosidad del aceite fuera la que realizara la estimulación. Él era ya en ese momento un temblor continuo.
Temblor y sudor.
Sudor y ganas.
Ganas y rabia.

Ella lo llevaba al borde del orgasmo y antes de que él pudiera pedir de nuevo permiso cesaba las caricias, volviéndole completamente loco de placer pero sin dejarle terminar. Una, dos veces, diez. Todas ellas a punto de liberar el placer y ella se lo denegaba una y otra vez.

Él ya ni pedía permiso para correrse, solamente emitía algo parecido a un sollozo de desesperación.

De nuevo lo acarició rápido y muy suave, lo sintió temblar y acercándose un poco más a él, le dijo:

-“Córrete para mí, ofréceme tu placer”-

Él se derramó como pocas veces en su vida lo había hecho. Tembló cinco o seis veces y respiró aliviado estallando en un gemido prolongado. Ella agarró la base del pene con su mano izquierda y con la mano derecha siguió masturbándolo con fuerza centrándose de manera casi exclusiva en su glande. Él le pidió por favor que parara. Ella sonrió de manera perversa.
No iba a parar. Él gimió.

El gemido se volvió quejido, las caricias continuadas sobre su hiper
sensibilizada piel después del orgasmo eran como punzadas de miles de agujas pequeñas que pinchaban sin pinchar, quemaban sin quemar y se retiraban. O no.
Trataba de moverse pero las correas se lo impedían. No tenía escapatoria y ella no pensaba parar, al menos de momento.

Su cuerpo se convirtió en una continua convulsión. Ella acariciaba sin cesar su glande, en ocasiones la base, en otras dibujaba figuras caprichosas en todo él.
Sin parar.
Sin dejarle recuperarse.
Deleitándose en todos sus temblores.

Él seguía manteniendo la erección y entre el ardor que en ese momento le estaba sacando de su ser, notaba que la excitación iba creciendo más y más. Temblaba, Sudaba a mares. Sollozaba de placer entre las punzadas ardientes de aquellas caricias. Estaba de nuevo a punto de correrse.

Reuniendo todas las fuerzas que fue capaz consiguió sacar un hilo de voz inteligible y le pidió permiso para correrse.

“Puedes”…

Y sucedió de nuevo y se sintió desfallecer entre descargas y sollozos. Tenía los ojos anegados de lágrimas. Esta vez ella le dejó recuperarse y no siguió acariciándole. Le soltó las correas y por fin lo liberó.

Ella le acarició muy suavemente la cara, enredó los dedos en su pelo y le susurró:

-“Quiero llevarte al punto en el que confluyen el dolor y el placer y que juntos exploremos qué hay más allá”-

Él la miro. O tembló.
O todo a la vez.

“Normalmente, nuestra vida sexual está determinada por el impulso de llegar al orgasmo. Gran parte del BDSM se basa en lo que sucede cuando dejas de convertir los orgasmos en el único y principal objetivo del sexo. Consiste en experimentar y poner a prueba los límites mentales de la excitación. Cuando eliminas el orgasmo de la ecuación, te fuerzas en expandir tu concepción de lo que es una relación sexual y empiezas a explorar territorios desconocidos” (D.I.)

Copyright©2016-19L.S.

8 comentarios en “Dancing with the mystery.

  1. Iñaki dijo:

    Algún día descubriremos que tu otro yo es una famosa escritora que ha estado firmando sus obras en la feria del libro, y que en su yo secreto es la más deliciosa dómina de la constelación madrileña.

    Le gusta a 1 persona

  2. Alvaro dijo:

    Realidad o ficción, sueño o certeza…. En tus dominios todo puede suceder, llegar a ese estado donde la conciencia se evade, y los sueños afloran, derribando aquellos muros que creíamos infranqueables.

    Le gusta a 1 persona

  3. ALEJANDRO dijo:

    Me gusta la gente que escribe y la que lee, pero el escribir es diferente pues a mi entender: fomenta la creatividad, nos ayuda a gestionar nuestras emociones, permite que nos conozcamos a nosotros mismos y nos da la posibilidad de compartir nuestros sentimientos, vivencias, etc..
    Toda aquella persona que empuña una pluma es creativa y merece su reconocimiento, por lo cuál tienes mi reconocimiento pero no te voy a dorar la píldora (ja, ja, ja…) y de momento te voy a dar un ¨Progresa adecuadamente¨
    Decía, Graham Green.
    Escribir es una forma de terapia, a veces me pregunto como se las arreglan los que no escriben, los que no pintan, los que no componen música o los que no cocinan (esto ultimo es cosecha propia), para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana.
    Saludos a quien escribe y a quienes leen.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s