Estamos a nada de todo.

Ella decidió ponerle a prueba.

¿A prueba de qué?

De sí mismo, claro.

Comprobar su entrega. Su fuerza. Su confianza, en ella sobre todo.

Él sabia de su exigencia y también de su generosidad.

Había comprobado cuan duros podían ser sus castigos y cuanta dulzura podía recibir en los premios bien merecidos.

Así que  como le constaba que el mayor placer estaba en el momento en el que se rendía, la dijo que  por supuesto haría lo que ella le pidiera.

-Quiero comprobarte. Probarte. Ver tu resistencia. No sabes cuanto me gustará que estés a la altura. Cuanto me excitará ver que vas siguiendo todas mis indicaciones.-le dijo a modo introductorio.

Alquilaron una habitación en un hotel muy especial.

Decoración vintage, unas preciosas lámparas enormes doradas que cubrían todos los techos, los del  pequeño salón, el baño y sobre todo el del dormitorio.

Cubierto de espejos laterales a juego con un sofá de piel blanco y unas sillas isabelinas de lo más cómodas.

Llenó la nevera de frutas, helado y champagne . Preparó la música con exquisito cuidado. En el baño, al lado de la bañera de hidromasaje depositó varios jabones de delicadas esencias que habían comprado en el centro de la ciudad.

¿Cual era el capricho, a que prueba  le sometería ?

Le aislaría durante un tiempo. Indefinido, que más da si se traducían en minutos horas o días.

Le desnudaría con mucho cariño, le ayudaría a bañarse  con los mejores jabones y aceites que habían conseguido encontrar, le ofrecería su último alimento de la boca de ella. Tal vez unas exquisitas frutas del bosque, arándanos, moras, frambuesas. Le daría de beber unos sorbos del champagne francés que a ella más le gustaba y le besaría. Con cariño. Con todo .

Después le dejaría desnudo sobre la cama del hotel. Una cama ajena a él, fría tal vez, pero cálida al mismo tiempo porque sabía que ella cuidaría de él aunque no estuviera presente. Le ató las manos a la cabecera de hierro forjado. Los pies también se los amarró con unas esposas fuertes  pero no demasiado estáticas. Y así debería permanecer hasta que ella lo decidiese.

El primer día apenas estuvo demasiado tiempo así, tan solo lo que ella se demoró en realizar sus gestiones en el exterior, unas 5 horas. En esas 5 horas él podría centrarse en la música de fondo que le había dejado o limitarse a esperar a que ella llegara. Y después,  tal vez al comprobar su obediencia ella le obsequiara con un cálido abrazo, o tal vez con  su mirada llena de orgullo.

El segundo día, tras un exquisito almuerzo compartido. Él, desde la boca de ella y ella en un delicado plato de porcelana que apoyaría en él, a modo de mesa, ella le beso intensamente y le dijo : -Ahora te siento un poco más mío..-

Y se fue.

No le dijo cuando volvería.

Esta vez le dejó con las manos atadas pero no en el cabecero, y los pies libres.

Sin beber, sin comer y sin ella.

Mientras, él estaría deseando que ella llegase para obsequiarle con cualquiera de esas necesidades, aunque si tuviera que decidir cual sería la prioridad sin duda diría que comprobar la sonrisa de satisfacción de ella. Después …el resto.

Y tras horas eternas donde él había perdido literalmente la noción del tiempo, ella llegó. La vio entrar con un vestido muy corto negro, unas botas altas de tacón , gafas de sol y esa sonrisa roja en los labios, ni quiso ni pudo evitar su reacción corporal. La recibió totalmente excitado, ella al observarle sonrió. Más aún.

Le besó en el cuello y él pudo inspirar su delicioso perfume. Mientras se acercaba a él su escote se abría ante sus ojos y pudo comprobar que sus pechos estaban cubiertos por una delicada lencería en tonos verdes . Pudo sentir como su pecho le rozaba y esto agudizó su excitación. Allí estaba él, desnudo, sin apenas poder moverse después de horas inciertas, sin poder acariciarse más que con la imaginación y sin embargo ella llegaba con su olor su sonrisa y su cuerpo, como si nada.

-Abre la boca- le ordenó dulcemente ella.

Y  comenzó a ofrecerle agua a través de sus labios,

Le desató y le besó.

Ella pudo comprobar como él temblaba ante la emoción de verla, no tanto por las largas horas de soledad en las que no sabia cuando sería desatado, o cuando regresaría ella. Ni tampoco cuando podría alimentarse, temblaba porque ella le besaba con la misma intensidad con la que  él se estaba entregando en esta prueba.

El tercer día , apenas cubierta con su coulotte verde y sobre sus tacones negros le ofreció un delicioso café, después tras acariciar sutilmente su sexo, le colocó una jaula de castidad.

-Por tu bien, ya lo sabes- le dijo ella en tono convincente.

Esta vez le dejó atado al lado de la mesa, amarró sus manos a las patas de la misma  y él la esperaría así,  de rodillas. Ese día quiso ser más generosa y le dejó varias películas eróticas  en el ordenador, para que él pudiera recrearse en su espera, sabiendo que a la menor excitación sentiría punzadas de dolor al llevar la jaula de castidad.

-No te vayas a mover- le dijo sonriendo mientras le besaba muy húmedamente.

Y se marchó.

Y ese beso le regaló las primeras punzadas de dolor. Inspiró y se limitó a confiar y a esperar.

Total, desde que la había conocido no había hecho otra cosa más que traspasar límites . Y olerla.

Olía a vida, a perfume, a sexo, a seducción.

Él no pudo negarle nada desde el principio. Ni cuando ella le tenia de rodillas adorando sus pies, sus piernas o su sexo durante horas. O cuando ella llegaba y se sentaba sobre su rostro  y mientras él sentía la calidez de su ropa interior ella le sujetaba las manos bien fuerte no fuera a ser que quisiera rozarla . Tampoco podía negarse cuando él estaba comiendo tras horas de inanición y entonces ella le decía que ya era suficiente y le ofrecía sus delicados pies de uñas rojas para que los lamiera.

Ella era para él una mezcla explosiva a la que no podía resistirse. Como el mar con oleaje de caricia y tempestad de tragedia. Un exceso en sí misma .

Y a la vez se sentía en calma.

Total, ya sabia que detrás de cada esquina podía esperarle un huracán, ella le había preparado para ello.

Pasaron horas. Largas. Y sonó la puerta. Él se emocionó.

La vio. Vestía un mini short, unas sandalias doradas y una blusa blanca. Él quiso besarla, acariciarla, follarla allí mismo, todo y nada al mismo tiempo. Le invadió la exitacion, la ansiedad. Las ganas de todo. Pero permaneció atado, mientras ella en cuclillas le observaba y encendía un cigarro calmadamente.

-¿Como te has sentido?- le preguntaba con malicia y calma mientras le sonreía.

Observo su sexo aprisionado por la jaula, pidiendo a gritos salir de su encierro. Se quitó la sandalia y comenzó a acariciarle con su pié. Cada vez que rozaba el frío metal, él reaccionaba con un pequeño quejido de dolor, prueba de que su excitación pedía un poco de libertad. Ella siguió así otro tiempo indefinido. Él solo podía centrarse en sus largas piernas, en su pie y en este dolor que lejos de irse iba aumentando a la vez que su desesperada excitación.

-Vamos, correte-le dijo ella.

-Si no lo consigues, no podré liberarte, ni comerás , ni beberás, ni me beberás…-

Esa última palabra produjo un pequeño brinco en él. Beberla…pensó.

Se dejó llevar por el placer que ofrecía su pie mientras acariciaba su sexo enjaulado, intentó transformar el dolor del acero en más placer y fundirse con las uñas rojas de sus dedos y olvidar que estaba de rodillas, y centrarse en el perfume de ella, en el color de su pelo y en su voz. Olvidó que estaba en una habitación de un hotel cualquiera de Madrid y se concentró en sus gestos, en su sonrisa.

Sus movimientos se endurecieron, ella le pedía rapidez. Inmediatez.

Todo y ahora. Supo leer su mirada.

Se dejo llevar…y se llenó de ella, de sus pies, de las horas de espera, de los días de privación. De las ganas de sentirla. De tener que conformarse con sus dedos y no con su boca, no con sus muslos aprisionándole, no con su sexo pidiendo más.

Y se derramó…en sus uñas rojas y a través de los barrotes de la jaula.

Y gritó. Con ganas, con hambre, con sed. Con el nombre de ella en la punta de su lengua…

 

 

 

 

 

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Si no arriesgas nada, arriesgas más.

Ambos de pié en la habitación.
Él acababa de llegar a su encuentro pero no se podría quedarse demasiado tiempo.
Desnudo de cintura para arriba, lucia un bronceado recién estrenado y unos vaqueros negros. Justo como a ella le gustaba.
Ella, radiante, con un pequeño short negro, una camiseta blanca de tirantes sin nada debajo y un diminuto tanga verde rozando su también bronceada piel.
Llevaba una coleta que intentaba ordenar sus rebeldes rizos. Las uñas rojas y los labios más rojos aún. Descalza, para no perder demasiada terrenalidad.
Él estaba pendiente de una llamada de trabajo. Se lo advirtió a ella, a cambio le prometió que haría todo lo posible para terminar cuanto antes. Se trataba de una conferencia internacional entre 5 personas.

Y llegó el momento. El teléfono sonó.
Él la besó con sabor a excusa y a mil perdones.
Ella se quedó cerca de él, bajó la música y se quitó el pequeño short negro.
Él permaneció inmóvil y de pié frente a la cama.
Comenzaron a hablar de presupuestos, de límites de entrega, de balances y de futuras reuniones. Él intentaba concentrarse a pesar de que ella, sentada en el borde de la cama con las piernas ligeramente abiertas comenzaba a soltarse el pelo, olvidando que hacia un momento había llevado una larga coleta.
Le miró a los ojos encendiendo un cigarrillo y llevó con suavidad su pie a la boca de él mientras sonreía, ahora sus dedos rozaban su boca impidiéndole hablar bien, cosa que no le supuso demasiado inconveniente porque apenas se estaba limitando a escuchar, balbucear o similar.
Él se dejaba acariciar mientras besaba sus dedos. El otro pie se dirigió a los botones del pantalón, intentando abrirlos y hasta consiguiéndolo, mientras sentía como iba creciendo su excitación.
Él la observaba con una ligera inquietud en su sonrisa.
Mientras sujetaba el móvil con una mano, la otra la dirigía hacia sus muslos abiertos. El escueto tanga se le antojó molesto, lo rozó con un dedo, con dos, los humedeció con su boca y se los devolvió a ella que los devoró con avidez.
Ella casi podía escuchar la conversación al otro lado de la linea.
Más presupuestos, más reuniones y más imposibles por cumplir, y él intentando no desconectar del todo cerraba los ojos. Cuando ella comenzó a apretar los dientes sobre su miembro, que luchaba por salir de aquel vaquero tan prieto, él no pudo contenerse.

Casi gimió, casi se delató, ella lo notó y dirigió sus dedos a la boca entre abierta de él. Después, fue deslizándolos lentamente hacia abajo hasta llegar a sus pezones, los mordió suavemente, los curó después con su saliva, se embriagó de su olor y siguió enredada en los botones que la separaban de su objeto de deseo.
Se deshizo de ellos por fin y del vaquero en el mismo instante en el que él comenzaba a intentar despedirse de la conferencia con un poco convincente:

-Debo dejaros en breve, pero mantenedme informado-

Y apenas pudo vocalizar bien ya que ahora ella estaba detrás de él, pasando su lengua por el cuello, respirándole y apretando sus nalgas bien fuerte.

Él pudo colgar por fin. Deseaba estar con ella, dentro de ella, sobre ella. Atravesarla, recorrerla, reconocerla.
La pidió disculpas de nuevo, la llenó de palabras coloreadas para endulzar el ambiente, pero olvidó que no hacía falta.

-Olvídate de la poesía-le dijo ella.

-No necesito que no me falles, solo que me folles-

“Un hombre recibe solo lo que está preparado para recibir” (Thoreau)

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Así en la vida, como en el arte. Amén.

Noche de gala. Fiesta benéfica y los 2 estaban invitados.
Él, llevaba un traje de chaqueta oscuro, pajarita y un perfume para derretir voluntades.
Ella, cubrió su desnudez con un vestido por estrenar negro, muy pegado, largo y con un gran escote en su espalda. El pelo rubio recogido en un gran moño, y ambos por exigencias de la cena, con unas máscaras que cubrirían sus rostros toda la noche.

El baile , las risas, el flirteo en el aire bajo el amparo de la privacidad que suelen regalar las máscaras. Todo parecía perfecto o similar.

Y de repente el enfado entre ambos, sin motivo aparente, pero ahí estaba. Tal vez la noche alargándose demasiado, el exceso de champagne o la seducción del ambiente.
Parte de los invitados se dieron cuenta de la distancia de la pareja, del cambio de humor mutuo pero nadie quiso preguntarles.

Pasaron las horas y la rabia iba acumulándose .

Ella le buscó, le encontró en una esquina cualquiera de la fiesta y le dijo:
-Sígueme-
Y a pesar de todo, él la siguió. En otro momento lo hubiese hecho al ritmo de sus caderas marcadas por el vestido negro ajustado que llevaba, pero esa noche solo podía escuchar su rugido interno.
Ella caminó segura delante de él, sobre sus tacones altísimos. Subieron la escalera que les llevaría al piso superior y ella le guió hacia una habitación.
Él ni siquiera se preguntó porque conocía ella esa habitación. Comenzaba a sentirse embriagado por la música que sonaba hipnóticamente y se iba mezclando como por osmosis con el olor de ella.

Al borde de la cama, ella se subió el vestido a la altura de los muslos, se quitó sus diminutas bragas de encaje verde y le pidió que se tumbara con un ligero empujón que él no pudo rechazar.
Él evitaba mirarla, estaba allí y no estaba.
Le desabrochó el pantalón, se sentó sobre él y sin quitarse la mascara comenzó a moverse sobre él.

Con dulzura. Con violencia.

Ella no apartó sus ojos de los de él y sin pronunciar palabra dejó que su cuerpo hablase.
Y le cabalgó como buscando exilio y hogar de invierno, con el deseo que da la rabia tras el enfado.
Él sintió que su sexo estrangulaba su alma y luego su polla.
Apenas unos cortos minutos y el vertió toda su ira dentro de ella.
Ella dejó caer su rostro y su cabello sobre el pecho de él unos segundos. Inspiró para quedarse con su aroma y con la misma diligencia se levantó. Bajó su vestido mientras pensaba que lo que más le gustaba de él era precisamente el daño que le provocaba. Se puso su ropa interior en un ágil movimiento  y se marchó sin más dilación. No sin antes decirle:

-Te llevo dentro de mí-

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