Si no arriesgas nada, arriesgas más.

Ambos de pié en la habitación.
Él acababa de llegar a su encuentro pero no se podría quedarse demasiado tiempo.
Desnudo de cintura para arriba, lucia un bronceado recién estrenado y unos vaqueros negros. Justo como a ella le gustaba.
Ella, radiante, con un pequeño short negro, una camiseta blanca de tirantes sin nada debajo y un diminuto tanga verde rozando su también bronceada piel.
Llevaba una coleta que intentaba ordenar sus rebeldes rizos. Las uñas rojas y los labios más rojos aún. Descalza, para no perder demasiada terrenalidad.
Él estaba pendiente de una llamada de trabajo. Se lo advirtió a ella, a cambio le prometió que haría todo lo posible para terminar cuanto antes. Se trataba de una conferencia internacional entre 5 personas.

Y llegó el momento. El teléfono sonó.
Él la besó con sabor a excusa y a mil perdones.
Ella se quedó cerca de él, bajó la música y se quitó el pequeño short negro.
Él permaneció inmóvil y de pié frente a la cama.
Comenzaron a hablar de presupuestos, de límites de entrega, de balances y de futuras reuniones. Él intentaba concentrarse a pesar de que ella, sentada en el borde de la cama con las piernas ligeramente abiertas comenzaba a soltarse el pelo, olvidando que hacia un momento había llevado una larga coleta.
Le miró a los ojos encendiendo un cigarrillo y llevó con suavidad su pie a la boca de él mientras sonreía, ahora sus dedos rozaban su boca impidiéndole hablar bien, cosa que no le supuso demasiado inconveniente porque apenas se estaba limitando a escuchar, balbucear o similar.
Él se dejaba acariciar mientras besaba sus dedos. El otro pie se dirigió a los botones del pantalón, intentando abrirlos y hasta consiguiéndolo, mientras sentía como iba creciendo su excitación.
Él la observaba con una ligera inquietud en su sonrisa.
Mientras sujetaba el móvil con una mano, la otra la dirigía hacia sus muslos abiertos. El escueto tanga se le antojó molesto, lo rozó con un dedo, con dos, los humedeció con su boca y se los devolvió a ella que los devoró con avidez.
Ella casi podía escuchar la conversación al otro lado de la linea.
Más presupuestos, más reuniones y más imposibles por cumplir, y él intentando no desconectar del todo cerraba los ojos. Cuando ella comenzó a apretar los dientes sobre su miembro, que luchaba por salir de aquel vaquero tan prieto, él no pudo contenerse.

Casi gimió, casi se delató, ella lo notó y dirigió sus dedos a la boca entre abierta de él. Después, fue deslizándolos lentamente hacia abajo hasta llegar a sus pezones, los mordió suavemente, los curó después con su saliva, se embriagó de su olor y siguió enredada en los botones que la separaban de su objeto de deseo.
Se deshizo de ellos por fin y del vaquero en el mismo instante en el que él comenzaba a intentar despedirse de la conferencia con un poco convincente:

-Debo dejaros en breve, pero mantenedme informado-

Y apenas pudo vocalizar bien ya que ahora ella estaba detrás de él, pasando su lengua por el cuello, respirándole y apretando sus nalgas bien fuerte.

Él pudo colgar por fin. Deseaba estar con ella, dentro de ella, sobre ella. Atravesarla, recorrerla, reconocerla.
La pidió disculpas de nuevo, la llenó de palabras coloreadas para endulzar el ambiente, pero olvidó que no hacía falta.

-Olvídate de la poesía-le dijo ella.

-No necesito que no me falles, solo que me folles-

“Un hombre recibe solo lo que está preparado para recibir” (Thoreau)

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