Hoy nos dejamos la piel, mañana nos la devolvemos.

Aquel sábado decidió darle una sorpresa, una de las que a ella le gustaban, así que antes de meterse en la ducha le envió un mensaje que grabó con su voz más dulce y seductora:

-“Buenos días. Esta mañana necesito que me hagas un favor y vengas conmigo para  ayudarme a elegir unos pequeños caprichos que quiero comprar. Como es una ocasión especial, me gustaría que te pusieras ese traje que ya sabes, tus mejores zapatos y una camisa blanca. ¡Ah! No te pongas corbata y, por supuesto, tampoco te pongas ropa interior, adórnate con unas gotas de ese perfume que te regalé. Te espero a las doce en punto en el centro comercial que seguro ya intuyes, no hace falta que vengas a recogerme-“

El mensaje terminó de despertarle, lo escuchó varias veces hasta que se lo aprendió de memoria y entonces se metió en la ducha.

Llegó cinco minutos antes de la hora y la esperó fumando un cigarrillo.

La vio acercarse mostrando su belleza al sol de la ciudad. Un escueto vestido claro con tonos estampados, la falda de corte ligeramente asimétrico a medio muslo con vuelo, con todo el vuelo. Unos tirantes muy finos que llevaban la mirada a sus clavículas y hombros; todo el conjunto rematado con unas sandalias de tacón que dejaban al aire sus uñas rojas.

Se acercó a él y le besó suavemente .

-“Hueles muy bien”-le dijo.

-“Tu belleza desafía hoy a todo Madrid”- respondió él.

Con una sonrisa le invitó a seguirla. Él ya sabía que debía mantenerse a su lado y esperar a que ella le requiriera cuando lo necesitara.

Miraron los escaparates de varias tiendas sin entrar en ninguna de ellas, hasta que llegaron a una zapatería en la que había varios modelos de sandalias, botines y botas de tacones altísimos. Una tienda muy especial de la que ella ya le había hablado en alguna ocasión.

Entraron y dieron una vuelta mirando los distintos expositores decorados con un gusto muy exquisito. Ella tocaba, acariciaba, olía varios de los zapatos. Unas sandalias llamaron especialmente su atención.

Las cogió en sus manos y las tocó admirando la belleza y sofisticación de su sencillez. La planta, una escueta tira para abrazar los pies a la altura del nacimiento de los dedos, una fina línea en el talón y un brazalete a la altura del tobillo unido todo ello a un tacón infinito.

Rojas, muy rojas. A juego con el color de sus uñas.

Buscó con la mirada al dependiente y cuando este se acercó le pidió que le trajera su número. Acto seguido se dirigió a uno de los asientos para esperar a que le trajera las sandalias y se dirigió a su acompañante:

-“¿Podrías quitarme las sandalias que llevo puestas?”- le dijo mientras le observaba con la sonrisa de quien espera mucho más que el cumplimiento literal de una orden.

Él miró como interrogándola. Ella asintió sonriendo aún más.

Sabía que debía olvidarse de todo a su alrededor y reducir toda su existencia a ella, a sus caprichos y, sobre todo y por encima de todo, a sus pies.

Se arrodilló lentamente y a partir de ese momento nada más existió.

Desabrochó una de las sandalias y se la quitó, suavemente la dejó a un lado y acarició lentamente el pie demorándose en la planta y en  cada uno de los dedos. Se agachó aún más y besó el empeine para ir pausadamente bajando a besos hasta los dedos. Los empezó a lamer y un carraspeo casi le interrumpió.

-“Aquí tiene los de su talla. ¿Necesita que la ayude?”- dijo el dependiente sorprendido ante la escena que tenía delante de sus ojos.

-“Muchas gracias, creo que no me hará falta”- dijo ella en  tono firme y seductor, rematado con una mirada hacia su acompañante que en ningún momento había dejado de besar su pie.

Ajeno a la conversación, él quitó la otra sandalia y repitió de manera casi exacta los mismos movimientos para acabar besando uno por uno los dedos del otro pie.

Abrió la caja con los zapatos y sacó uno de ellos, se lo puso acariciándolo y dejando que este rozara sutilmente sus pies, acto seguido le puso el otro zapato y colocó las manos completamente apoyadas en el suelo.

Ella dejó descansar sus pies enfundados en aquellas preciosas sandalias sobre esas manos que se le ofrecían como pedestal. Poco a poco todo su peso recayó sobre ellas, giró sobre sí misma y apoyó lentamente los finos tacones sobre el dorso de las manos extrayendo de él una ligera mueca de dolor.

Caminó lentamente aliviándole de esa pequeña molestia y se dirigió a uno de los espejos. Él la observaba todavía de rodillas.

Bella y casi flotando unos centímetros por encima del suelo.

Entonces se dio cuenta de que todos los presentes, unas diez personas, estaban observándolos.

Seguramente hace tiempo él hubiera sentido vergüenza o timidez, pero de eso hacía ya vidas, ahora imperaba el orgullo. Todos estaban admirándola, y él lo hacía desde el lugar privilegiado de quien no solo la podía admirar sino que también podía adorarla.

Ella se volvió a sentar.

-“¿Verdad que te gustan?”-

Él asintió diciéndole que aquellas sandalias parecían hechas a medida para ella.

Ella acercó los pies a sus rodillas invitándole a quitarle las sandalias y él lo entendió al instante, desabrochó la sandalia derecha y sintió que en ese mismo momento ella apoyaba su otro pie muy cerca de su sexo, jugando con él, haciéndole más difícil aún su cometido.

Guardó las sandalias y le puso las que había traído no sin antes besar uno por uno todos los dedos, demorándose en cada beso, disfrutando de la oportunidad que ella le brindaba de adorarla sin importarle que todo el mundo les estuviera observando por momentos…

-“En este instante solo estamos tú y yo”- susurró ella.

Se puso en pie y pidiéndole permiso con la mirada cogió las sandalias nuevas y se dirigió a la caja a pagar.

Cuando salieron de la tienda ella se apoderó de su boca con urgencia, a golpe de besos y ganas.

-“Aún nos queda un último recado”- le dijo ella.

Continuaron andando por el centro comercial hasta que llegaron a otra zapatería. Ella sonrió y entraron.

Dieron una vuelta juntos, a él le llamaron la atención unas botas de montar que tenían unos bonitos adornos dorados metálicos situados exactamente en la zona en la que irían unas espuelas.

Ella se dio cuenta y cogió esas botas, olió el cuero y admiró la caña de la bota que llegaba justo por debajo de la rodilla. Ideal para algunos juegos que en ese momentos le venían a la cabeza.

Al poco tiempo unos preciosos botines negros, también con adornos metálicos dorados, atrajeron su mirada. Suaves, con la zona de los dedos al aire y un tacón fino de unos diez centímetros. Se los acercó a él y le dijo que pidiera su número.

Él se dirigió a la dependienta y le pidió que le trajera el número correcto. La dependienta tardó un par de minutos y le dio una caja en la que se encontraban los botines solicitados.

Se arrodilló de nuevo delante de ella depositando los botines con mucho cuidado a uno de los lados. Lentamente empezó a quitarle las sandalias y esta vez la descalzó por completo, dejando sus pies apoyados en sus muslos para que no tocaran el suelo. Abrió la caja y sacó uno de los botines, mientras con delicadeza sujetaba su pie. Lo acarició antes de empezar a besarlo.

Excitación.

Rubor.

Miró a su alrededor y observó cómo la dependienta trataba, disimulando con más intención que fortuna, no perderse un solo detalle.

Siguió besando aquellos preciosos dedos y cuando acabó secó ligeramente la piel con su antebrazo antes de ponerle el primer botín. Cogió el otro pie y comenzó a besarlo mientras ella clavaba el tacón del en su muslo.

Crispando así su gesto, aumentando las ganas y su excitación.

Con alguna dificultad terminó de ponerle el segundo botín y apoyó las manos en el suelo. Esta vez ella se dirigió directamente al espejo.

Cuando regresó, él no pudo resistirse y besó los dedos que asomaban antes de empezar a quitarle los botines. Los metió de nuevo en la caja y se fue a pagar.

Ella se acercó por detrás y le besó en el cuello, aspirando el aroma de aquel perfume que tanto le gustaba, dejó un leve mordisco y salió de la tienda. Cuando terminó él la siguió y sin temor la dijo:

-“La ausencia provoca ganas que no entiende de lugares y solo te buscan a ti allí donde sea necesario”-

“Sabía que serías capaz de aprender que cuando estamos juntos solo estamos tú y yo, los demás no nos importan”-susurró ella.

Las dos bolsas en la mano, la sonrisa de ella y el mediodía de un Agosto más que perfecto.

Tendrían que ir a comer a una terraza para que él aprovechara esos rayos de sol tan escasos allá de donde venía.

 

“Cuando ella apareció palidecieron todas las antorchas.

Entre los diamantes de su collar resplandecía la piel de su pecho en los sitios que lo llevaba desnudo;

dejaba,

al pasar,

como el olor de un templo,

y de todo su ser emanaba algo que era más suave que el vino

y más terrible que la muerte”

 

(Gustave Flaubert)

 

 

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Aviso a navegantes:

Aprovechando que me gustan los cambios:

Nueva ubicación de mi estudio a partir de  Septiembre: muy cerca del actual.

¿Donde? : En Pozuelo.

Con: metro ligero- cercanías cerca- zona blanca para aparcar.

Cada vez con más sorpresas, y más Disciplina de mil colores, salvo el vainilla :

Sado light, fuerte, medio, iniciación, sado erótico, médical, fetich, juegos de rol, transformismo, masaje prostático…

Hasta entonces sigo en Aravaca.

 

 

 

 

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Respirándote.

Así lo vivió él:

El sábado por la tarde no teníamos otro plan que el “dolce fare niente” hasta el concierto de blues al que iríamos por la noche, así que nos tumbamos en el sofá para dormir la película de turno –una de James Bond-. Yo, boca arriba, con mi pijama de médico, y ella, de lado entre mis piernas apoyada en mi pecho.

En un momento dado la protagonista trataba de matar a James Bond después de haberle engatusado, y lo hacía intentando ahogarle con el vestido de latex que llevaba. Para mi sorpresa, esto me provocó una erección tan inesperada como indiscreta.

Del concierto, solo puedo decir que fue  espectacular. La música también. No puedo explicar muy bien cómo ni porqué, pero estuve toda la noche deseando que acabara el concierto para poder llegar a casa y hacerle el amor. Y por fin dejaron de cantar, y yo le estaba diciendo que nos fuésemos  antes de que acabase el último acorde. Me miró con una risita contenida, me preguntó si tenía sueño. Me metió la mano en el bolsillo trasero de mi vaquero y nos fuimos al coche al ritmo de sus tacones sublimes y del vaivén de sus caderas, enfundadas en una preciosa minifalda de cuero.

Nos metimos mano en el coche, en el ascensor y en el rellano, y para cuando llegamos a la habitación apenas nos quedaba ropa . En ese momento me tumbó en la cama, y se agachó despacio, para que me deleitara con su precioso culito, hasta coger mis pantalones del suelo. Sin dejar de mirarme, sacó el cinturón de cuero, metió el extremo por la hebilla y, arrodilla sobre mi pecho, inmovilizó mis muñecas con una especie de nudo corredizo improvisado. Luego ató el extremo libre del cinturón a uno de los barrotes del cabecero y bajó muy despacio hasta mi oreja para susurrarme: –me encanta que tengamos los mismos gustos-.

Deslizó su lengua desde mi oreja hasta la comisura de mis labios, y acto deguido comenzó a devorarme la boca. Notaba sus manos sujetándome la cabeza, moviéndomela para no dejar ningún rincón de mi boca sin barnizar con su saliva, cuando sucedió. Intenté inspirar, pero tenía mi boca completamente dentro de la suya, y una mano suya bloqueando mi nariz y sujetándome la cabeza.

Imposible respirar. Imposible dejar de besarla… imposible frenar mi erección. Yo tragaba intentando engañar a mis pulmones, mientras degustaba su saliva como el mejor manjar del Universo. Ella buscó a ciegas mis pezones, y comenzó a apretarlos como para distraer mi atención del hecho de me faltaba el aire. Yo abría y cerrabaja los ojos, pero no sabía si al abrirlos de nuevo quería que lo que estaba pasando fuera un sueño o la dulce y asfixiante realidad. Oía su respiración, sus gemidos cada vez más altos y más agudos a medida que notaba mi desesperación, y trataba de mover el pecho a ese ritmo, como si fuera yo el que disfrutara de ese precioso aire. Poco a poco, empecé a notar un mareo mareo embriagador que me invitaba a abandonarme a ese dulce tormento.

En ese momento, ella tomó aire, lo retuvo un tiempo en sus pulmones, y lo exhaló suavemente sobre mi nariz al tiempo que separaba su mano para que yo pudiera inspirar profundamente. En esa situación tan límite, el olor de su respiración se tatuó en mi cerebro, mientras avanzaba sin freno hasta inundar el último rincón de mis pulmones completamente vacíos.

Se separó, mirando mi respiración agitada y la expresión de mis ojos y me dijo:

Ahora tú también me llevas en lo más profundo de tu cuerpo-.

 

Y así, ella:

Semanas sin verle. La impaciencia desbordándose entre sus piernas. Escucharle al otro lado de la linea, verle y por más que alargara su voz no conseguía rozarle.

Y como por arte de magia, lo bueno llega y ademas incluso se queda, esa noche se vieron. El testigo sería un concierto al aire libre de blues. Ella pensó que no se le ocurría mejor combinación que esa música y él. Él con su tejano pegado, con su voz, con su barba de 3 días, con su cuerpo de “méteme mano aquí y ahora”.

Ella se vistió para la ocasión, mini falda, sandalias altas y una escueta camisa blanca, pero como ella era de andar entre nubes y de brisa ligera, acabo retirándose las sandalias quedando descalza .

Y bailar.

Y sentir.

En algún momento, mirándole de perfil, comenzó a recordar la película que habían visto horas antes. Hubo una escena que le recordó una práctica que ella estaba deseando realizar con él. Así que, no se sabe quien de los dos en un momento dado tuvo más urgencia en abandonar el concierto tras varias horas.

En el coche, ella quiso comprobar si él llevaba ropa interior o si la había dejado en algún rincón como por olvido. Para su placer, no llevaba.

Él condujo hasta el apartamento de ella con la noche madrileña como testigo, observando como sus dedos de uñas rojas no se apartaban de la entrepierna de él.

Y como eso le supo a poco, en un momento dado ella se sentó sobre él, aprovechando que la ciudad estaba casi vacía .

-Sobre todo, no te disperses y conduce bien- le dijo ella sin dejar de morderle los labios.

Y lo hizo. Ni supo como, pero llegaron a su destino.

Ella, empapada. De calor también, y él sin saber si subir o quedarse allí en el coche. Y tal vez romperle el tanga negro con urgencia, o quitárselo y esconderlo para llevárselo después en su bolsillo. Y sentirla. Introducirse en sus abismos. Llenarla. Y bailar fuerte. Muy fuerte dentro de ella.

Pero ella tenía otros planes. Le llevó de la mano hacia sus rincones.

Le amarró a la cama con su cinturón. Desnuda, comenzó a bailar a ritmo del blues más seductor que pudo encontrar. Descalza, con el pelo recogido, hasta que en un momento comenzó a soltarlo dejándolo caer sobre sus hombros. Ella giraba sobre si misma muy lentamente. Él intentaba hablar, pero ella lo impidió dejando dentro de su boca su lencería.

Momentos  después ella liberó su boca. Necesitaba sentir su aliento. Le llenó de saliva y calor.

De profundidad.

Pero el ritmo pedía más. Le tapó suavemente la nariz mientras su boca seguía invadida por su lengua. Y sin ganas de desalojar.

Él respiraba como podía o como ella le dejaba. Su excitación rebosando. Ella quiso sentirle en ese instante. Sin demora. Llevó sus dedos hacia su sexo y le indicó donde debía quedarse.

Ella se movía lento, a veces le permitía un soplo de aire y volvía a privarle segundos después. Recordaba cuando un día él le dijo:

-Si un día me pierdo, será por ti-

-Respírame y siénteme- le susurró.

Él, ni quería ni podía hacer otra cosa. Sentirla, perder la noción del tiempo, confiar y dejarse invadir  …

 

 

 

 

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