Vámonos de sueños esta noche.

El pantalón vaquero apenas podía ocultar su excitación. Tumbado sobre el sofá negro de cuero a unos centímetros de su piel, su cuerpo pedía sentir más calor.

– “Esta noche estoy cansada”- le había dicho retadoramente.

Y él, maestro de excepciones, intentó tensar la cuerda hasta el límite, si es que entre ellos alguna vez hubo algún límite.

Como cuando se conocieron, ella libre y callejera de las metáforas, se le cayó la cordura cuando le intuyó. Y él que nada más verla quiso desnudar sus sentidos, acabó maldiciendo su piel por enredar tanto su alma.

Tarareando una de sus canciones preferidas, se incorporó hasta ponerse de rodillas entre las piernas de ella, apoyó su boca y sellando con sus labios su ropa interior cogió aire y lo dejó escapar muy despacio a través de la fina tela. El aire tan caliente le quemaba y licuaba aún más si cabe su humedad. Ella le apretó la cabeza contra su sexo, pero el placer duró lo que tarda en agotarse el aire de los pulmones.

Nunca dos miradas habían estado tan hambrientas. Y sin embargo, se levantaron. Se vistieron muy despacio. Con pocas ganas, alargando un juego que apenas comenzado ya empezaba a pesar. Y qué más da quien tira de quien si la dirección es la misma- pensaba ella

Caminaron hacia la puerta de la calle, él de espaldas, ella persiguiéndole mientras se gritaban en silencio lo mucho que se  deseaban en ese momento.

Con la manilla de la puerta bajada, él preguntó con una sonrisa:- “¿no me vas a dar nada para que te recuerde estos días?”-

-”Retírame las braguitas con tu boca, muy lentamente y sin morderme” –

Él la miró seriamente. Cerró la puerta  y la rodeó. Ella no se giró. Solo pudo notar el aire a su alrededor,

Arrastró la lengua desde el tatuaje de su nuca hasta su cadera, muy despacio. Cuando llegó a sus caderas, atrapó la ropa interior con los dientes, cuidándose de rozar su piel como adelanto de lo que vendría después. Introdujo su lengua entre la piel y el encaje, y comenzó una lenta espiral descendente alrededor de su cuerpo, mirando hacia arriba cuando estaba frente a ella, y quitándose su ropa cuando pasaba por detrás. Las bragas negras cayeron al suelo cuando estaba a la altura de las rodillas, quizá porque ella había separado las piernas para prolongar el juego, y en ese momento él comenzó a deshacer la espiral ya desnudo y completamente excitado, con la misma parsimonia con la que había bajado, pero rozándose constantemente contra ella. Espiral eterna, que se paseó por muslos, cadera, vientre, pezones y cuello, hasta llegar a los labios, entregados ya y a punto de recibir su deseada dosis de saliva .

Con ambas manos en su rostro, él dirigía los besos, casi follando su boca con la lengua. Ella separaba las piernas involuntariamente y encajó su polla entre  ellas para notarle más cerca. El ritmo fue aumentando. De su mejilla a los pezones, pellizcándolos repetidamente con suavidad mientras los veía endurecerse como piedras, y de ahí a su culo perfecto.

Él la cogió con ambas manos, la levantó en vilo como una pluma hasta tener sus pezones a la altura de los labios. No esperó para empezar a chupar uno de ellos, mientras la dejaba descender sobre su polla, haciéndola gemir de puro placer y excitación con solo unos breves roces. Él no quiso demorarse demasiado y apoyándola contra la pared la penetró veloz, acelerando el ritmo de sus embestidas a la par que ella aumentaba el volumen de sus gemidos. A ella le gustaba así, violento bajo sus bragas y a sus pies

Él no tardo en notar como ella se diluía ahí mismo, apretándole por dentro, muy fuerte, como reteniendo el momento, como reteniendo su alma.

Él no quiso ni pudo aguantar más. Cuando sintió que iba a terminar empujó hasta el fondo y se vació por completo dentro de ella gritando de placer, sin hablar, sin parpadear y tan llenos de intenciones como cuando ella fingió estar cansada.

-Ahora ya sabes detener el tiempo- le susurró ella, antes de desaparecer de su imaginación…

 

 

“Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido.

Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal.

Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad.

Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo mas alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima.

Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore.

Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada.

Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero el mar a la montaña. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

( Báilame el agua) 

 

 

 

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Dando nombre a los vientos.

Son las 7 de la tarde y puntualmente, como siempre, mi alumno de clases avanzadas y perversas de inglés, toca el timbre de la puerta.
Yo ya estoy preparada con mi atuendo de maestra de época victoriana, compuesto por un ceñido vestido negro que acaba justo por debajo de mis rodillas, unos botines negros con tacón de aguja tipo Oxford, unos guantes también negros de cuero fino y por supuesto una vara de castigo, flexible cuando tiene que serlo.

Acudo a la puerta lentamente con caminar firme para que mi pervertido alumno pueda oír el repiqueteo de mis tacones, lo cual sé que le excita. Le hago pasar e inmediatamente se arrodilla para, con auténtica devoción, besar mis preciosos botines; él sabe que debe hacerlo hasta que yo le ordene parar.

Cuando considero que ya es suficiente le cojo de su oreja y le hago seguirme de rodillas hasta la sala habilitada como aula de colegio, con un pupitre y una pizarra colgada de la pared. Tiro firmemente de su oreja y camino con paso ligero para que deba esforzarse al máximo, lo cual me divierte mucho.

Una vez dentro del aula y, siempre de forma rígida e inflexible, le ordeno desnudarse, mientras lo hace yo permanezco sentada en mi silla de profesora que está situada a una altura superior a la del pupitre para tenerle siempre al debajo de mí. Disfruto viendo como se desnuda a toda velocidad para no importunarme.

Una vez puesto de rodillas con la cabeza en el suelo, en señal de total sumisión, camino alrededor suyo, diciéndole lo torpe que es y el gran castigo que necesito darle para que mis enseñanzas le entren en su vacío cerebro; a continuación pongo mi botín en su cuello y procedo a azotar su desnudo trasero con ocho golpes de fusta; le doy siempre tanto golpes como días han pasado sin venir, en este caso ha sido una semana y un día, por lo que le doy ocho golpes, debiendo agradecerme cada uno de ellos, ya que son por el bien de su educación.
Toda la sesión la realizamos en inglés, donde yo no sólo evalúo los conocimientos que va adquiriendo sino que también le exijo una perfecta dicción; esto último es lo que más le cuesta y por tanto lo que más castigos le hace recibir, para mí deleite, por supuesto.

Para esta semana le he ordenado escribir una redacción en la que narre que es lo que opina de su malévola profesora, de la relación que tenemos y lo inferior que es él; debe leerla de rodillas, sin moverse un ápice, mientras yo me siento en su espalda, con mis pies apoyados en su cabeza. Lo lee despacio y poniendo especial atención en la fonética que tanto le cuesta, recibiendo por cada error un fustazo en su trasero. Disfruto muchísimo viendo como se ha esforzado en casa por hacer bien los deberes, lo cual no le quita de recibir mis correctivos, ya que por otra parte, mi exigencia cada vez es mayor.

A continuación me siento en mi cómoda silla y le ordeno que me quite los botines, ya que aunque son muy sexys oprimen mis delicados pies, y le ordeno que me dé un masaje mientras procedo a realizar uno de los juegos educativo que hacemos habitualmente; consiste en que yo pronuncio palabras inglesas de cierta dificultad y él debe contestar con la traducción correcta, si acierta le permito que me dé un largo y suave beso en el pie que está masajeando, pero si falla le doy una sonora bofetada; por supuesto yo ya me encargo de que las palabras a traducir sean difíciles, para que las bofetadas sean mucho más numerosas que los besos…

Seguidamente le ordeno que traiga, siempre de rodillas, su cuaderno de tareas, ya que vamos a proceder a hacer un dictado. Desde la incomodidad de su posición voy leyendo algún artículo de mi interés extraído de alguna revista de actualidad inglesa que le he ordenado comprar; obviamente no puede seguir mi ritmo, por lo que cada vez que me suplica que vaya más despacio, le doy un fustazo. Ni que decir tiene que al final del dictado su trasero está completamente rojo.

(Continuará…)

 

“Tan negra como el infierno

y tan oscura como la noche.

Aquella cuyo caro amor me levanta

 y me hace caer.

Puesto que estoy casi muerto,

acábame en seguida con tus miradas”

(Shakespeare)

 

 

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