Allez viens on s’en fout, allez viens ont y va.

Merecia un castigo.

Por acaparador. Por llenarme el whatsapp de mensajes y por enviarme fotografías suyas sin pedirme permiso.

Que sí, que el chico es muy atractivo y que el traje de chaqueta con la camisa abierta le sienta de vicio.

Pero le dije que era suficiente.

Y siguió.

Confieso que la imagen de su espalda, tan ancha como mi deseo al mirarla,  desnuda y el vaquero azul resaltando su trasero me gustó.

Pero no necesitaba más fotos.

No lo entendió.

Nunca le confesaré que en ocasiones pensaba en él, incluso vestida, aún así merecía un escarmiento.

Le escribí diciendo que necesitaba verle.

Llegó rápido y al hacerlo muy seguramente  notó mi sutil enfado, le coloqué una correa en su perfumado cuello y le guié hacía su destino más próximo. Mi jaula preferida.

Le introduje  al fondo y cerré con candado.

No habló, no pudo, le dejé mi tanga negro dentro de su seductora boca.

-Vas a estar así hasta que yo lo decida-le dije mientras me alejaba de la sala.

La idea de tenerle varias horas retenido y pendiente de mis movimientos sabiendo lo voyeur y a la vez exhibicionista que era, me seducía bastante.

Puse música y comencé a deshacerme de la ropa, por eso de ducharme desnuda y sentir la calidez del agua derramarse por mi piel.

Mientras tanto él permanecería así, inmóvil, sin poder hablar, lo mejor, sin poder tocarse pues le até las manos a los barrotes de la jaula. Tan solo mirar. Y soñar.

Y mirar, de nuevo.

Me bajé los tirantes del vestido negro, la cremallera y el traje cayó hacia mis tobillos. Retiré las sandalias negras de tacón una a una sin dejar de mirarle. Desnuda frente a él, tan solo un collar rozaba mi piel y el ansia de reventarle las ganas a golpes de deseo iba creciendo.

Tenia sed.

Cogí una botella de agua y comencé a beber, cuando estuve saciada dejé resbalar algunas pudorosas gotas sobre mi cuello, mi pecho y a continuación pude ir notando como se deslizaban lentamente por mi vientre, se enredaban en mi ombligo para después continuar bajando hasta hacerme casi tiritar de frío.

Sus grandes ojos verdes me seguían con cada movimiento.

Gemía, intentaba comunicarse con la mirada pero me hice la despistada.

Un castigo es un castigo.

Me dirigí a la ducha, no sin antes agacharme para susurrarle.

-Ahora vas a ver como suelo ducharme cada día, hoy estás de suerte-

Dejé la puerta abierta de tal modo que él alcanzase a ver casi todo.

Y el agua caliente derramándose sobre mí. Me llené de un gel espumoso de té verde que tanto me gustaba y dirigí el chorro hacia mi pelo.

De espaldas a él, imaginaba la imagen que él estaría observando en este momento. Desnuda, empapada, mi pelo cayendo sobre la espalda y la espuma blanca bajando por mi coxis, acariciando mis nalgas.

Tras unos minutos así, me giré y esta vez dejé caer un gran chorro de aceite de coco sobre mi cuerpo, hombros, pechos y me acaricié con la punta de mis dedos, para que el liquido penetrase en cada poro.

Me liberé del mango de la ducha para disponer de mis dos manos y así poder recogerme el pelo en una ajustada coleta.

El aceite indisciplinado seguía amontonándose en algunos pliegues de mi desnudez, tuve que poner orden y con las 2 manos, muy suavemente me fui acariciando de nuevo para dejar cada gota en su sitio.

Esta vez me demoré en las caderas, en la cintura, bajé hasta los muslos, que al separarlos levemente me provocaron la urgencia de llenar de aceite mi sexo también.

No quise mirar pero podía notar sus ojos pendientes de cada gesto. De cada leve movimiento mío.

Seguí así minutos, o tal vez horas, que más da el tiempo si la espera aumenta las ganas y el delirio que vendrá.

“Cette nuit, dans l’ivresse tendresse, j’ai rencontré le bout de tes lèvres.

Au carrefour des amours, mon coeur titubait…alors  ce matin, j’ai soif.

Oui, soif de toi!…”

 

 

 

 

yellow and pink lighted x decor

 

 

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Tienes alas, ¿no las vas a usar para volar?

Pocas veces como aquella la orden había sido tan escueta.

Solamente la indicación sobre la hora a la que tendría
que estar al día siguiente en su casa y de cómo debería presentarse ante
ella. En un breve mensaje le dijo que necesitaría que la llevase a hacer unas compras y que al llegar aparcara en la puerta.

Escueta.

Sutil.

Nada más.

Y todo menos.
A la tarde siguiente, cinco minutos antes de la hora fijada, él aparcó el coche a escasos metros de la puerta del edificio en el que ella vivía, una zona residencial muy tranquila rodeada de árboles y apartada del bullicio de la ciudad.

A la hora fijada le puso un mensaje pidiendo permiso para subir a su apartamento y solo
cuando ella se lo concedió, llamó .
Apenas dos minutos después estaba tocando el timbre delante de la puerta de su apartamento mientras  su corazón se aceleraba. Mil veces que llamara a ese timbre, las mil sentiría esa maldita y dulce sensación.

Ese mordisco en la piel, en el alma y más adentro.

De donde no se vuelve, justo ahí.
El sonido de los tacones sobre la tarima se fue acercando poco a poco hasta que la puerta se abrió delante de él muy lentamente, prolongando la incertidumbre de la espera.

Entró y se postró de rodillas ante ella esperando a que le extendiera la mano para que pudiera besarla en señal de respeto, también de obediencia y devoción.
La mirada fija en la punta de sus zapatos, tratando de adivinar cómo iría vestida pero sin mirarla todavía.

No tenia su permiso.

No merecia su permiso, aún.

“Todo al ritmo adecuado”-solía repetir sonriendo. De cuando pervertirlo podría aniquilar intenciones y volverlas del revés. Ella siempre supo bailar al rimo perfecto en cada instante.

 

Zapatos de tacón alto, negros y con una llamativa suela roja, pudo adivinar solo por la puntera de que firma eran.

-“Perfectos para ella”- pensó en silencio.

El suave gesto de su mano en la barbilla le hizo saber que podía ponerse de pie.
Entonces pudo observarla. Bella como siempre, arrebatadora como nunca, sencilla y a la vez muy elegante. Ese  gusto al vestir, sin estridencias pero resaltando cada uno de sus encantos; la melena de todos rojizos caía libre sobre sus hombros, casi tan libre como ella. Una ligera sombra de ojos y el inevitable rojo de sus labios.

Sus labios…

Sonrío al sentirse observada por él.
-“Desnúdate por completo, mete todas tus cosas a excepción de las llaves del coche en el baúl que tienes detrás de ti y ciérralo con el candado”- Según terminó de hablar le dio la espalda y se dirigió hacia una de las habitaciones mientras él se quedaba obedeciéndola. Y quien dice obedeciéndola,

quiere decir deseándola,

eternizándola…
Se desnudó poco a poco y fue doblando la ropa antes de meterla en el baúl, quedando
completamente desnudo. Lo cerró tal y como ella le había ordenado. Organizado, meticuloso y práctico, dejando evidencia de su personalidad hasta en esos detalles. Así era él.
Esperó su vuelta con las manos a la espalda y la mirada fija en el suelo como tantas otras veces había hecho antes. Sabía que debía esperarla así y que hacerlo de cualquier otra manera conllevaría una reprimenda y un castigo.

Sus castigos…
De nuevo los tacones marcaron con cadencia el ritmo de su corazón, pervertido ya, desde hacia vidas. ¿Cuantas? Tantas como días llevaba ella en su pensamiento.
Las delicadas manos de ella empezaron a recorrer su cuerpo desnudo y tembloroso, casi sin rozarle, erizándole la piel.

El simple  contacto de las yemas de sus dedos viajó de los hombros a su pecho, de sus brazos a sus ingles, de sus rodillas a las nalgas, hasta finalmente recorrer sinuosamente su miembro que lucía completamente firme, como ella quería, excitado e impaciente.
-“Perfecto, sin un solo rastro de vello corporal. Veo que has cumplido muy bien con mis
indicaciones”-
Se alejó de nuevo y volvió a los pocos segundos con las manos detrás de la espalda, escondiendo algo.

-“Hoy vas a ser mi chófer, y como bien sospecharás, necesitaras un uniforme adecuado a las circunstancias y a mis deseos.  Qué haríamos sin los pequeños detalles, ¿verdad?. Te voy a entregar el tuyo”-
Le colocó una gorra  negra en la cabeza y la ladeó casi imperceptiblemente hasta que
quedó como a ella le gustaba. Le extendió unos guantes de cuero negro para que se los pusiera, cosa que él hizo casi de inmediato hasta que comprobó que encajaban a la perfección en sus manos.
A continuación se situó detrás de él. Pudo sentir el aliento mentolado de ella y su delicado perfume en la nuca, esto le hizo aumentar su excitación y lanzar un gemido involuntario. Ella ciñó un collar de cuero en su cuello, lo apretó ligeramente
y lo abrochó cuando comprobó que estaba a la medida indicada. De la argolla del collar colgó una cadena cuyo mango llevaba en una de sus manos y le miró.
-“Ya estamos listos, podemos salir al mundo”-
Él la miró a los ojos sin atreverse a hablar. Ella sonrió comprobando que lo que meses antes en su mirada habría sido miedo, casi pavor, ahora era una mezcla de determinación, excitación y por encima de todo obediencia.
-“Un último detalle te falta para ser mi chófer perfecto”- Abrió su bolso y sacó unas gafas de sol de pasta negras con los cristales también negros y se las puso con delicadeza y acto seguido dio un ligero tirón a la correa para indicarle que empezara a andar.
-“Recuerda que en todo momento la correa ha de ir casi tensa, no te adelantes y ve siempre detrás de mí, porque ese es y será siempre tu lugar”- Le dijo mientras abría la puerta.
Salieron así al exterior.

Ella delante y él detrás, desnudo a excepción de aquellos complementos que ella le había puesto, excitado como casi no lo había estado nunca. Era precisamente esa excitación lo que le causaba mayor azoramiento, no la desnudez, ni el ser llevado de la correa.
Ella se paró antes de llegar al ascensor y volvió ligeramente sobre sus pasos hasta que pudo hablarle al oído.
-“Me encantan tu determinación y tu valentía . Me gustaría que  mantuvieras
tu excitación durante todo el tiempo que dure nuestra excursión. Me apetece exhibirte exactamente como eres y como te sientes ¿verdad que lo vas a hacer por mí?”-
Él solamente pudo asentir pues hacía ya unos cuantos meses que ella había conseguido a través de un proceso de sugestión y adiestramiento llevarle al punto en el que solo escuchar una petición de su boca, actuaba sobre su cerebro de una manera sinuosamente automática.
En aquel momento nada le hacía sentir más libre que su desnudez y esa correa.

Esa correa y la obediencia.

La obediencia y ella, su guía.
Llegó el ascensor y subieron a él. Bajaron los tres pisos de  un trayecto que a él se le antojó el más largo de su vida.
Se abrieron las puertas y salieron, primero ella y él detrás esperando a que la
correa tirara ligeramente de él. Caminaron unos metros hasta que ella abrió la puerta del portal.
El aire de la calle sacudió toda su desnudez haciendo que se diera cuenta de que sí, esto estaba sucediendo y ya no había marcha atrás.
Siempre detrás de ella y manteniendo su vista en los tacones que le guiaban.

Llegaron al coche y él abrió con el mando para que ella subiera.
-“No, hoy quiero ir sentada en el asiento del copiloto, quiero verte de cerca mientras conduces”-
Cerró la puerta trasera y abrió la puerta delantera derecha.
-“Vamos al centro comercial, tengo que hacer unas compras”-

Pasó el cinturón de seguridad alrededor de su torso desnudo, lo aseguró en el enganche y
arrancó. Mantuvo la mirada en todo momento centrada en la conducción mientras ella le iba hablando.
-“Será solo un momento, menos de media hora. No te preocupes, que no te haré salir del coche. O sí.”-le dijo maliciosamente para tensarle, más aún.
Eso sí, me esperarás en el aparcamiento y tanto a la llegada como cuando salgamos deberás abrirme la puerta”.
Atravesaron el tráfico de Madrid hasta llegar al centro comercial.

Desnudo conduciendo, semáforos en rojo y él con la vista hacia adelante obviando que muy seguramente los coches parados a su izquierda le estarían mirando con cierta curiosidad.

¿Timidez? ya no.

¿Miedo? hace tiempo que perdió el miedo junto al equilibrio.

¿Excitación? toda.

“¿Que seria de la ciudad sin ella?”- pensaba mientras observaba el semáforo en ámbar, ya.

Entraron en el aparcamiento y se dirigieron a la segunda planta. Cuando aparcó se bajó del coche y abrió la puerta del copiloto. Ella salió y le extendió la mano para que se la besara.
-“Espérame dentro y recuerda que te quiero excitado en todo momento,
pero no te acaricies”-
Transcurrieron los minutos mientras escuchaba música, trataba de mantener la mente en blanco para ver si de esa forma conseguía abstraerse de la situación, pero su erección le recordaba cada pocos segundos quién era, dónde estaba y sobre todo, a quién pertenecía.

Y el orgullo de saberse de ella…

Tan libre y tan rendido a ella.

La libertad de la pertenencia, había reflexionado tanto tiempo sobre ello que podría escribir un tratado de varios volúmenes casi sin pestañear.
¿Cómo era posible que sin tocarse estuviera tanto tiempo excitado? Y entonces venían sus palabras a su cabeza “te quiero excitado en todo momento”.
La vio aparecer tiempo después y bajó del coche para abrir la puerta. Venía cargada con un par de bolsas con las compras así que cuando llegó a su altura las cogió antes de que ella subiera al coche y las metió en el maletero, lo cerró y acto seguido cerró la puerta del copiloto y se subió.
Arrancó y salieron del aparcamiento rumbo de nuevo a su apartamento. Aparcó, cogió las bolsas del maletero, abrió la puerta del copiloto y cuando ella bajó del coche le entregó la correa en la mano, cerró el coche y la siguió.
Dos pasos por detrás. Ella se demoró a propósito, se paró, rebuscó en su bolso, sacó su móvil y le hizo unas fotos mientras sonreía orgullosa y divertida a la vez. Con la calma que la caracterizaba volvió a guardar el móvil en el bolso y se encaminó hacia el portal. A lo lejos escucharon unas voces que a él le hicieron temblar ligeramente. Su excitación no solo no desaparecía sino que era aún si cabe mayor.
Un par de minutos después entraron de nuevo en la casa. Ella le dijo que se quitara los complementos que con tanto cuidado había preparado y que la esperara de rodillas en una esquina del salón mientras ella se cambiaba.
Cuando empezaron a dolerle las rodillas ella llegó por detrás de él y le habló al oído.
-“Estoy muy orgullosa de ti, has sido un chófer perfecto y te mereces un premio por ello. No hables,
solo escucha mi voz, no hay nada en tu mundo ahora mismo aparte de mi voz.

Date la vuelta”-
Obedeció y se giró de rodillas con la mirada fija en sus zapatos.
-“Descálzame”- y  en cada vocal pronunciada por ella, pudo adivinar olores, sabores, placeres derritiéndose entre sus dedos.
Muy lentamente, como sabía que a ella le gustaba, le quitó uno de los zapatos, lo dejó
cuidadosamente a un lado y tomó su pie entre sus dedos, acariciándolo y besándolo muy suavemente. Con sumo cuidado retiró sus manos  y le quitó el otro zapato.
-“Ahora míralos bien. Emborráchate de ellos con tus ojos. Cuanto más los mires más excitado vas a estar. Sígueme a gatas”-

Ella caminó unos pasos hasta que llegó a su sillón favorito, él  arrastrándose detrás.

Se sentó y cruzó las piernas de manera que su pie bailó delante de la excitada mirada de él.
-“Cada roce de mi pie en tu cuerpo va a incrementar tu excitación. Va a llegar un momento en el que quizá creas que no puedas aguantar más sin correrte, pero entonces me mirarás a los ojos y sabrás que puedes conseguirlo.
No te correrás hasta que yo no te dé permiso, si te lo doy, claro.”-
Empezó a jugar con él. Llevó su pie a su boca, acarició con la punta de los dedos sus labios entreabiertos, su lengua nerviosa, su cuello, su pecho, sus brazos, lo pasó por los muslos y volvió a recorrer todo su cuerpo una y otra vez.

Lentamente.

Sin dulzura.

Total, solo tenían varias vidas.
Su respiración empezó a entrecortarse, su miembro temblaba como si fuera a estallar. Más sofoco y excitación, el cuerpo entero parecía ser un manojo de espasmos. La miró y ella, sonriente, negó con la cabeza.
Unas lágrimas de impotencia asomaron por sus ojos, quería correrse y no podía a pesar de que sentía que cada segundo que pasaba estaba más y más excitado y aún así no podía apartar la mirada de sus pies ni podía dejar de notar que aquellos suaves dedos pintados de color “rojo impaciencia”,  le mataban de placer sin siquiera rozar su sexo.
Sudores fríos y el cuerpo entero temblando, las lágrimas corriendo por sus mejillas; volvió a mirarla y solo consiguió la misma sonrisa y la misma negación.
Se retorció sobre sí mismo como peleando contra una fuerza invisible que intentaba doblegarlo y que no era otra que la de su mente tratando infructuosamente de romper aquel control.
Infructuosamente porque en realidad no quería escapar de ese control.
-“Cuando cuente hasta tres te vas a correr. Y lo vas a hacer sobre mis pies, lentamente, como si se escapara tu alma de ti”-
-“Uno”-
Tembló.

Trató de que su cuerpo rozara de alguna manera su pie.

Imposible.
-“Dos”-
Ahora los pi

es recorrían sus muslos muy suavemente y terminaron posándose en el suelo justo
debajo de su miembro.
-“Tres”- Y en ese “tres” se demoró tanto que pudo apreciar como sus carnosos labios sonreían con cada consonante, se tropezaban en cada vocal mientras la deseada “S” no acababa  de aterrizar.

Aterrizó…
Y el placer…

Gritó su nombre, le dio las gracias, gimió, lloró. Mientras, su viscosidad iba depositándose muy lentamente en los pies de ella, cubriendo los empeines y su bonito tatuaje poco a poco, casi sin parar y a la vez sin ningún espasmo.
-“Muy buen chico. Ahora bébete a través  de mis pies”-le ordenó.

Lo hizo. Muy lentamente, acariciando cada milímetro de su piel con la lengua sedienta. Dejándose mecer por el tacto y las sensaciones que le provocaba esa sustancia algo amarga en su boca

Respiró.

Y el mundo, estuvo un poco mejor en ese momento.

Sonó un :”Gracias” en el aire y cerró los ojos, extenuado,

repleto de emoción,

de calma y de tanto placer acumulado .

 

 

De veras que no veo nada romántico en declararse.

Estar enamorado es muy romántico pero no hay nada romántico en una declaración en toda regla. Sobre todo porque puede ser aceptada, con lo que la emoción desaparece por completo.

La esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si me caso alguna vez, haré todo lo posible por olvidarlo”

(Oscar Wilde)

 

 

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Mi placer. Mi poder.

Mi fantasía eres tú.

Un sueño tras el cristal.

Tu amor resbalando entre mis piernas.

Tu cuerpo desnudo sobre el sofá y tú mirando al techo. O a la nada,

porque te vendo los ojos y a partir de ahí, todo es posible.
Contemplo tu boca entreabierta. Tus gruesos labios. Respiras jadeante cuando me acerco a tu cuello,
te regalo mi aliento.

Tu calma llena toda la sala.

Me hablas de tu deseo medio amordazado y con el bondage a punto de materializarse ¿Hablas de deseo tú?- pienso.

Si tú eres eso.

Placer licuante tras el cristal empañado del baño.

Deleite de los sentidos.

Tu cuerpo perfecto está desnudo con los pies en el suelo y las manos atadas, dejas a la vista tu vello, manjar de las diosas de mi reino y de alguno más que se me escapa.

Tú. El salvajismo adecuado. La dulzura precisa. La pulsión asesina idónea.

Llenas tu boca y mis oídos de deleites y rimas, te digo que pares, que no es necesario. Si solo el sonido de tu respiración  hace palpitar mi sexo bajo el encaje negro.

Soy una sacerdotisa a punto de ser colmada-pienso.

Es mi hora de suerte.

Acaricio con la punta de mi lengua tu miembro erecto. Anticipo lo que vendrá cuando una gota de algo parecido a una blanca ambrosía escapa sin aviso.

Tu jugo, néctar de mi salvación.

Todo para tí-me dices.

Soy tuyo- y la excitación va resbalando  por el encaje. Introduzco mi dedo buscando mi humedad y te lo acerco a esa boca de labios ardientes. Chúpame- te digo.

Tú, mi juego más salvaje.

Mi polla más feroz.

Tu piel con mi piel, eso es lenguaje. Todo el que pretenda enmudecerlo, maldito sea.

 

“Joven ateniense,
sé fiel a ti mismo y sé fiel al misterio.
El resto es perjurio”.
(Emily Dickinson)

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Me invento la belleza para no morir de frío.

-Soy tuyo- me dice.
-Exprímeme, vacíame-
-Déjame exhausto y llénate de mí-
Y eso acaba ocurriendo.
Salgo a la calle, vestida con un traje corto sin ropa interior ya que la que llevaba hasta hace apenas minutos, se la regalé a él en nuestra última embestida y así,

sin darme cuenta o dándome mucha cuenta pero sin importarme,

voy chorreando su esencia entre mis muslos.

Y va bajando él en forma de viscosidad blanca por mis piernas desnudas que recorren mi piel lentamente como en un intento de volver a acariciarme, aún sin tener sus manos presentes y sucede que vuelvo a excitarme.
Ahora, que apenas hace unos suspiros le he tenido dentro de mí.

Yo desnuda frente al espejo y él vestido detrás de mí, observándose-observándonos.
Con su aliento en mi cuello.
Con sus palabras en mi nuca enredando mis rizos.
Y mis caderas marcando otro ritmo diferente al suyo, mientras, él luchando porque prevalezca el más fuerte, el más rápido.
Y la lucha de egos.
De intenciones.
Juegos de poder a flor de piel en una serie de apartes que a veces suceden.
Y ocurre que a veces hago paisajes con lo que siento y los saco a bailar,
y esta vez con su humedad a la altura de casi mis rodillas le recuerdo jadeante tras de mí y me revientan las ganas de acariciarme aquí,

en esta calle casi desierta de Madrid,

entregándome al culto de la confusión y del ruido,

olvidando que la salida es siempre hacia dentro.

 

“Yo ya estoy lejos.
Yo ya estoy en otro mundo.
Amándote con una furia que no imaginas”.

( Alejandra Pizarnik)

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