Erase una vez este maravilloso cuento…

Las clases comenzaron en Septiembre y mis ganas de ellas mucho antes, tal vez en Mayo que es cuando empiezan las cosas bellas.

Nos apuntamos mis 2 mejores amigas y yo. No es que necesitáramos ir juntas, es simplemente que nos apetecía compartir la nueva aventura.

Un curso de educación sexual, claro que sí. ¿Lo mejor? ofrecían muchas prácticas.

Las asignaturas de lo más interesantes. Sexología evolutiva, anatomía y fisiología sexológica y un largo y suculento etc.

Tras un mes de clases con varios profesores según las materias, llegaron las esperadas prácticas. Esperadas por deseadas, porque nos moríamos de la curiosidad y de las ganas.

Y allí estábamos las 3, vestidas con nuestros mejores pantalones cortos y con tacones altos ya que después nos iríamos a romper la noche o similar.

Bajamos las escaleras que daban al aula del sótano y allí los vimos. Tres hombres de unos 35 años, desnudos y con los ojos vendados con un pañuelo de gasa negro. A simple vista se veía que se cuidaban, tal vez algo de deporte sobre sus músculos, piel bronceada y perfumadísimos. Pude llenarme del aroma justo antes de abrir la puerta. Aunque confieso que al verles me hubiera gustado llenarme de otras cositas.

El profesor fue bien claro: -Lleváis un mes de clases con mucha teoría y poca práctica, hoy podréis resolver cualquier duda. Los modelos están para ello, podéis y debéis usarlos como os plazca. Son vuestros toda la tarde de hoy-

Y a mí, que no me gusta que me dirijan, confieso que sus palabras me supieron a gloria como poco.

Eramos 8 compañeros  y casualmente todo mujeres, los demás se quedaron esperando para el siguiente grupo de prácticas.

Mis amigas sonrieron al verles. Yo comencé a tener calor a pesar de la poca ropa que llevaba encima.

Me dirigí a mi amiga Nuria y la animé a que resolviera la duda que justamente me había comentado ayer.

Y se dispuso a ello.

-Quiero tu lengua en mi sexo, y no quiero que pares aunque yo haya terminado, necesito comprobar cuantas veces puedo llegar a correrme con tu boca y si soy capaz de resistirlo- Le expuso al modelo de la derecha.

El chico asintió con una sonrisa. Ella le guió hasta una especie de diván que había en el aula. Se retiró el pequeño pantalón rosa, el tanga del mismo color y dirigió con mucho cuidado la cabeza del chico hacia ella. Él se arrodilló y allí comenzaron sus prácticas explorativas.

Nadine, por el contrario fue directa al modelo del medio. No sé por qué pero ya sospechaba que ella iría a por él antes de que nosotras nos adelantásemos. Quizá conozco muy bien sus gustos. Pelirrojo, con barba de varios días, una pequeña coleta recogiendo sus rebeldes rizos y unos labios muy bien perfilados. Ella le cogió de la mano y le guió hacia un sillón tántrico que se encontraba al fondo de la sala.

-Voy a utilizarte. Voy a exprimirte y cuando no puedas más seguiré. Se trata de ver cuanta fuerza y resistencia eres capaz de tener. Te prometo que yo haré todo lo que esté en mis manos y en mi boca para que no decaigas- Le dijo al oido con su dulce voz.

Me tocaba a mí, para mi suerte me esperaba el que más me había gustado, así de entrada, y sin verle los ojos.

Alto, fuerte, moreno y con esa sonrisa en los labios que no desaparecía ni un breve segundo.

-Ven- Le dije. Y me siguió. Sin guiarle. Tal vez le bastó con intuirme, con escuchar mis pasos o perseguir el rastro de mi perfume.

Le tumbé sobre la alfombra negra que tanto me había llamado la atención.

-Me gustaría comprobar cuanto tiempo puedes aguantar sin eyacular mientras recibes estímulos extremos-

Escuchó mis palabras con atención sin dejar de sonreír, se pasó la lengua por sus labios, asintió con un seductor gesto y me dijo.- Me parece perfecto, que pena que no pueda verte-

-Quien sabe-  Le dije. Las trampas me gustan en determinados juegos y prácticas- Pensé sin ganas de que él lo supiera.

Le até las manos con otro pañuelo negro que encontré sobre una silla. Comencé a tocarle, lento, suave.

Se agitaba.

Respiró profundo.

Se me iba creciendo por momentos.

No pude ver su mirada pero la percibí.

Sonríe tan lindo que pienso quien acaricia a quien.

-Hoy robo todos los secretos de tu cuerpo – le susurro al oido.

-Besame- Contesta.

 

Y por nuestra parte estaba todo dispuesto. El resto de las compañeras habían empezado ya hacia unos minutos. Cuerpos desnudos en el suelo, sobre la mesa, junto al ventilador, al lado de la ventana cual exhibicionistas sin pudor, en el baño…

-Que motivadores pueden llegar a ser las clases prácticas- Me re confirmé una vez más…

 

 

“Hay almas que uno tiene ganas de asomarse a ellas, como a una ventana llena de sol” (F.Garcia Lorca)

 

 

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Respirándote.

Así lo vivió él:

El sábado por la tarde no teníamos otro plan que el “dolce fare niente” hasta el concierto de blues al que iríamos por la noche, así que nos tumbamos en el sofá para dormir la película de turno –una de James Bond-. Yo, boca arriba, con mi pijama de médico, y ella, de lado entre mis piernas apoyada en mi pecho.

En un momento dado la protagonista trataba de matar a James Bond después de haberle engatusado, y lo hacía intentando ahogarle con el vestido de latex que llevaba. Para mi sorpresa, esto me provocó una erección tan inesperada como indiscreta.

Del concierto, solo puedo decir que fue  espectacular. La música también. No puedo explicar muy bien cómo ni porqué, pero estuve toda la noche deseando que acabara el concierto para poder llegar a casa y hacerle el amor. Y por fin dejaron de cantar, y yo le estaba diciendo que nos fuésemos  antes de que acabase el último acorde. Me miró con una risita contenida, me preguntó si tenía sueño. Me metió la mano en el bolsillo trasero de mi vaquero y nos fuimos al coche al ritmo de sus tacones sublimes y del vaivén de sus caderas, enfundadas en una preciosa minifalda de cuero.

Nos metimos mano en el coche, en el ascensor y en el rellano, y para cuando llegamos a la habitación apenas nos quedaba ropa . En ese momento me tumbó en la cama, y se agachó despacio, para que me deleitara con su precioso culito, hasta coger mis pantalones del suelo. Sin dejar de mirarme, sacó el cinturón de cuero, metió el extremo por la hebilla y, arrodilla sobre mi pecho, inmovilizó mis muñecas con una especie de nudo corredizo improvisado. Luego ató el extremo libre del cinturón a uno de los barrotes del cabecero y bajó muy despacio hasta mi oreja para susurrarme: –me encanta que tengamos los mismos gustos-.

Deslizó su lengua desde mi oreja hasta la comisura de mis labios, y acto deguido comenzó a devorarme la boca. Notaba sus manos sujetándome la cabeza, moviéndomela para no dejar ningún rincón de mi boca sin barnizar con su saliva, cuando sucedió. Intenté inspirar, pero tenía mi boca completamente dentro de la suya, y una mano suya bloqueando mi nariz y sujetándome la cabeza.

Imposible respirar. Imposible dejar de besarla… imposible frenar mi erección. Yo tragaba intentando engañar a mis pulmones, mientras degustaba su saliva como el mejor manjar del Universo. Ella buscó a ciegas mis pezones, y comenzó a apretarlos como para distraer mi atención del hecho de me faltaba el aire. Yo abría y cerrabaja los ojos, pero no sabía si al abrirlos de nuevo quería que lo que estaba pasando fuera un sueño o la dulce y asfixiante realidad. Oía su respiración, sus gemidos cada vez más altos y más agudos a medida que notaba mi desesperación, y trataba de mover el pecho a ese ritmo, como si fuera yo el que disfrutara de ese precioso aire. Poco a poco, empecé a notar un mareo mareo embriagador que me invitaba a abandonarme a ese dulce tormento.

En ese momento, ella tomó aire, lo retuvo un tiempo en sus pulmones, y lo exhaló suavemente sobre mi nariz al tiempo que separaba su mano para que yo pudiera inspirar profundamente. En esa situación tan límite, el olor de su respiración se tatuó en mi cerebro, mientras avanzaba sin freno hasta inundar el último rincón de mis pulmones completamente vacíos.

Se separó, mirando mi respiración agitada y la expresión de mis ojos y me dijo:

Ahora tú también me llevas en lo más profundo de tu cuerpo-.

 

Y así, ella:

Semanas sin verle. La impaciencia desbordándose entre sus piernas. Escucharle al otro lado de la linea, verle y por más que alargara su voz no conseguía rozarle.

Y como por arte de magia, lo bueno llega y ademas incluso se queda, esa noche se vieron. El testigo sería un concierto al aire libre de blues. Ella pensó que no se le ocurría mejor combinación que esa música y él. Él con su tejano pegado, con su voz, con su barba de 3 días, con su cuerpo de “méteme mano aquí y ahora”.

Ella se vistió para la ocasión, mini falda, sandalias altas y una escueta camisa blanca, pero como ella era de andar entre nubes y de brisa ligera, acabo retirándose las sandalias quedando descalza .

Y bailar.

Y sentir.

En algún momento, mirándole de perfil, comenzó a recordar la película que habían visto horas antes. Hubo una escena que le recordó una práctica que ella estaba deseando realizar con él. Así que, no se sabe quien de los dos en un momento dado tuvo más urgencia en abandonar el concierto tras varias horas.

En el coche, ella quiso comprobar si él llevaba ropa interior o si la había dejado en algún rincón como por olvido. Para su placer, no llevaba.

Él condujo hasta el apartamento de ella con la noche madrileña como testigo, observando como sus dedos de uñas rojas no se apartaban de la entrepierna de él.

Y como eso le supo a poco, en un momento dado ella se sentó sobre él, aprovechando que la ciudad estaba casi vacía .

-Sobre todo, no te disperses y conduce bien- le dijo ella sin dejar de morderle los labios.

Y lo hizo. Ni supo como, pero llegaron a su destino.

Ella, empapada. De calor también, y él sin saber si subir o quedarse allí en el coche. Y tal vez romperle el tanga negro con urgencia, o quitárselo y esconderlo para llevárselo después en su bolsillo. Y sentirla. Introducirse en sus abismos. Llenarla. Y bailar fuerte. Muy fuerte dentro de ella.

Pero ella tenía otros planes. Le llevó de la mano hacia sus rincones.

Le amarró a la cama con su cinturón. Desnuda, comenzó a bailar a ritmo del blues más seductor que pudo encontrar. Descalza, con el pelo recogido, hasta que en un momento comenzó a soltarlo dejándolo caer sobre sus hombros. Ella giraba sobre si misma muy lentamente. Él intentaba hablar, pero ella lo impidió dejando dentro de su boca su lencería.

Momentos  después ella liberó su boca. Necesitaba sentir su aliento. Le llenó de saliva y calor.

De profundidad.

Pero el ritmo pedía más. Le tapó suavemente la nariz mientras su boca seguía invadida por su lengua. Y sin ganas de desalojar.

Él respiraba como podía o como ella le dejaba. Su excitación rebosando. Ella quiso sentirle en ese instante. Sin demora. Llevó sus dedos hacia su sexo y le indicó donde debía quedarse.

Ella se movía lento, a veces le permitía un soplo de aire y volvía a privarle segundos después. Recordaba cuando un día él le dijo:

-Si un día me pierdo, será por ti-

-Respírame y siénteme- le susurró.

Él, ni quería ni podía hacer otra cosa. Sentirla, perder la noción del tiempo, confiar y dejarse invadir  …

 

 

 

 

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Estamos a nada de todo.

Ella decidió ponerle a prueba.

¿A prueba de qué?

De sí mismo, claro.

Comprobar su entrega. Su fuerza. Su confianza, en ella sobre todo.

Él sabia de su exigencia y también de su generosidad.

Había comprobado cuan duros podían ser sus castigos y cuanta dulzura podía recibir en los premios bien merecidos.

Así que  como le constaba que el mayor placer estaba en el momento en el que se rendía, la dijo que  por supuesto haría lo que ella le pidiera.

-Quiero comprobarte. Probarte. Ver tu resistencia. No sabes cuanto me gustará que estés a la altura. Cuanto me excitará ver que vas siguiendo todas mis indicaciones.-le dijo a modo introductorio.

Alquilaron una habitación en un hotel muy especial.

Decoración vintage, unas preciosas lámparas enormes doradas que cubrían todos los techos, los del  pequeño salón, el baño y sobre todo el del dormitorio.

Cubierto de espejos laterales a juego con un sofá de piel blanco y unas sillas isabelinas de lo más cómodas.

Llenó la nevera de frutas, helado y champagne . Preparó la música con exquisito cuidado. En el baño, al lado de la bañera de hidromasaje depositó varios jabones de delicadas esencias que habían comprado en el centro de la ciudad.

¿Cual era el capricho, a que prueba  le sometería ?

Le aislaría durante un tiempo. Indefinido, que más da si se traducían en minutos horas o días.

Le desnudaría con mucho cariño, le ayudaría a bañarse  con los mejores jabones y aceites que habían conseguido encontrar, le ofrecería su último alimento de la boca de ella. Tal vez unas exquisitas frutas del bosque, arándanos, moras, frambuesas. Le daría de beber unos sorbos del champagne francés que a ella más le gustaba y le besaría. Con cariño. Con todo .

Después le dejaría desnudo sobre la cama del hotel. Una cama ajena a él, fría tal vez, pero cálida al mismo tiempo porque sabía que ella cuidaría de él aunque no estuviera presente. Le ató las manos a la cabecera de hierro forjado. Los pies también se los amarró con unas esposas fuertes  pero no demasiado estáticas. Y así debería permanecer hasta que ella lo decidiese.

El primer día apenas estuvo demasiado tiempo así, tan solo lo que ella se demoró en realizar sus gestiones en el exterior, unas 5 horas. En esas 5 horas él podría centrarse en la música de fondo que le había dejado o limitarse a esperar a que ella llegara. Y después,  tal vez al comprobar su obediencia ella le obsequiara con un cálido abrazo, o tal vez con  su mirada llena de orgullo.

El segundo día, tras un exquisito almuerzo compartido. Él, desde la boca de ella y ella en un delicado plato de porcelana que apoyaría en él, a modo de mesa, ella le beso intensamente y le dijo : -Ahora te siento un poco más mío..-

Y se fue.

No le dijo cuando volvería.

Esta vez le dejó con las manos atadas pero no en el cabecero, y los pies libres.

Sin beber, sin comer y sin ella.

Mientras, él estaría deseando que ella llegase para obsequiarle con cualquiera de esas necesidades, aunque si tuviera que decidir cual sería la prioridad sin duda diría que comprobar la sonrisa de satisfacción de ella. Después …el resto.

Y tras horas eternas donde él había perdido literalmente la noción del tiempo, ella llegó. La vio entrar con un vestido muy corto negro, unas botas altas de tacón , gafas de sol y esa sonrisa roja en los labios, ni quiso ni pudo evitar su reacción corporal. La recibió totalmente excitado, ella al observarle sonrió. Más aún.

Le besó en el cuello y él pudo inspirar su delicioso perfume. Mientras se acercaba a él su escote se abría ante sus ojos y pudo comprobar que sus pechos estaban cubiertos por una delicada lencería en tonos verdes . Pudo sentir como su pecho le rozaba y esto agudizó su excitación. Allí estaba él, desnudo, sin apenas poder moverse después de horas inciertas, sin poder acariciarse más que con la imaginación y sin embargo ella llegaba con su olor su sonrisa y su cuerpo, como si nada.

-Abre la boca- le ordenó dulcemente ella.

Y  comenzó a ofrecerle agua a través de sus labios,

Le desató y le besó.

Ella pudo comprobar como él temblaba ante la emoción de verla, no tanto por las largas horas de soledad en las que no sabia cuando sería desatado, o cuando regresaría ella. Ni tampoco cuando podría alimentarse, temblaba porque ella le besaba con la misma intensidad con la que  él se estaba entregando en esta prueba.

El tercer día , apenas cubierta con su coulotte verde y sobre sus tacones negros le ofreció un delicioso café, después tras acariciar sutilmente su sexo, le colocó una jaula de castidad.

-Por tu bien, ya lo sabes- le dijo ella en tono convincente.

Esta vez le dejó atado al lado de la mesa, amarró sus manos a las patas de la misma  y él la esperaría así,  de rodillas. Ese día quiso ser más generosa y le dejó varias películas eróticas  en el ordenador, para que él pudiera recrearse en su espera, sabiendo que a la menor excitación sentiría punzadas de dolor al llevar la jaula de castidad.

-No te vayas a mover- le dijo sonriendo mientras le besaba muy húmedamente.

Y se marchó.

Y ese beso le regaló las primeras punzadas de dolor. Inspiró y se limitó a confiar y a esperar.

Total, desde que la había conocido no había hecho otra cosa más que traspasar límites . Y olerla.

Olía a vida, a perfume, a sexo, a seducción.

Él no pudo negarle nada desde el principio. Ni cuando ella le tenia de rodillas adorando sus pies, sus piernas o su sexo durante horas. O cuando ella llegaba y se sentaba sobre su rostro  y mientras él sentía la calidez de su ropa interior ella le sujetaba las manos bien fuerte no fuera a ser que quisiera rozarla . Tampoco podía negarse cuando él estaba comiendo tras horas de inanición y entonces ella le decía que ya era suficiente y le ofrecía sus delicados pies de uñas rojas para que los lamiera.

Ella era para él una mezcla explosiva a la que no podía resistirse. Como el mar con oleaje de caricia y tempestad de tragedia. Un exceso en sí misma .

Y a la vez se sentía en calma.

Total, ya sabia que detrás de cada esquina podía esperarle un huracán, ella le había preparado para ello.

Pasaron horas. Largas. Y sonó la puerta. Él se emocionó.

La vio. Vestía un mini short, unas sandalias doradas y una blusa blanca. Él quiso besarla, acariciarla, follarla allí mismo, todo y nada al mismo tiempo. Le invadió la exitacion, la ansiedad. Las ganas de todo. Pero permaneció atado, mientras ella en cuclillas le observaba y encendía un cigarro calmadamente.

-¿Como te has sentido?- le preguntaba con malicia y calma mientras le sonreía.

Observo su sexo aprisionado por la jaula, pidiendo a gritos salir de su encierro. Se quitó la sandalia y comenzó a acariciarle con su pié. Cada vez que rozaba el frío metal, él reaccionaba con un pequeño quejido de dolor, prueba de que su excitación pedía un poco de libertad. Ella siguió así otro tiempo indefinido. Él solo podía centrarse en sus largas piernas, en su pie y en este dolor que lejos de irse iba aumentando a la vez que su desesperada excitación.

-Vamos, correte-le dijo ella.

-Si no lo consigues, no podré liberarte, ni comerás , ni beberás, ni me beberás…-

Esa última palabra produjo un pequeño brinco en él. Beberla…pensó.

Se dejó llevar por el placer que ofrecía su pie mientras acariciaba su sexo enjaulado, intentó transformar el dolor del acero en más placer y fundirse con las uñas rojas de sus dedos y olvidar que estaba de rodillas, y centrarse en el perfume de ella, en el color de su pelo y en su voz. Olvidó que estaba en una habitación de un hotel cualquiera de Madrid y se concentró en sus gestos, en su sonrisa.

Sus movimientos se endurecieron, ella le pedía rapidez. Inmediatez.

Todo y ahora. Supo leer su mirada.

Se dejo llevar…y se llenó de ella, de sus pies, de las horas de espera, de los días de privación. De las ganas de sentirla. De tener que conformarse con sus dedos y no con su boca, no con sus muslos aprisionándole, no con su sexo pidiendo más.

Y se derramó…en sus uñas rojas y a través de los barrotes de la jaula.

Y gritó. Con ganas, con hambre, con sed. Con el nombre de ella en la punta de su lengua…

 

 

 

 

 

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Así en la vida, como en el arte. Amén.

Noche de gala. Fiesta benéfica y los 2 estaban invitados.
Él, llevaba un traje de chaqueta oscuro, pajarita y un perfume para derretir voluntades.
Ella, cubrió su desnudez con un vestido por estrenar negro, muy pegado, largo y con un gran escote en su espalda. El pelo rubio recogido en un gran moño, y ambos por exigencias de la cena, con unas máscaras que cubrirían sus rostros toda la noche.

El baile , las risas, el flirteo en el aire bajo el amparo de la privacidad que suelen regalar las máscaras. Todo parecía perfecto o similar.

Y de repente el enfado entre ambos, sin motivo aparente, pero ahí estaba. Tal vez la noche alargándose demasiado, el exceso de champagne o la seducción del ambiente.
Parte de los invitados se dieron cuenta de la distancia de la pareja, del cambio de humor mutuo pero nadie quiso preguntarles.

Pasaron las horas y la rabia iba acumulándose .

Ella le buscó, le encontró en una esquina cualquiera de la fiesta y le dijo:
-Sígueme-
Y a pesar de todo, él la siguió. En otro momento lo hubiese hecho al ritmo de sus caderas marcadas por el vestido negro ajustado que llevaba, pero esa noche solo podía escuchar su rugido interno.
Ella caminó segura delante de él, sobre sus tacones altísimos. Subieron la escalera que les llevaría al piso superior y ella le guió hacia una habitación.
Él ni siquiera se preguntó porque conocía ella esa habitación. Comenzaba a sentirse embriagado por la música que sonaba hipnóticamente y se iba mezclando como por osmosis con el olor de ella.

Al borde de la cama, ella se subió el vestido a la altura de los muslos, se quitó sus diminutas bragas de encaje verde y le pidió que se tumbara con un ligero empujón que él no pudo rechazar.
Él evitaba mirarla, estaba allí y no estaba.
Le desabrochó el pantalón, se sentó sobre él y sin quitarse la mascara comenzó a moverse sobre él.

Con dulzura. Con violencia.

Ella no apartó sus ojos de los de él y sin pronunciar palabra dejó que su cuerpo hablase.
Y le cabalgó como buscando exilio y hogar de invierno, con el deseo que da la rabia tras el enfado.
Él sintió que su sexo estrangulaba su alma y luego su polla.
Apenas unos cortos minutos y el vertió toda su ira dentro de ella.
Ella dejó caer su rostro y su cabello sobre el pecho de él unos segundos. Inspiró para quedarse con su aroma y con la misma diligencia se levantó. Bajó su vestido mientras pensaba que lo que más le gustaba de él era precisamente el daño que le provocaba. Se puso su ropa interior en un ágil movimiento  y se marchó sin más dilación. No sin antes decirle:

-Te llevo dentro de mí-

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Con tu nombre en la punta de mi lengua.

“Y a ti que te pone”, me pregunta

mientras clava su mirada en mis  futuros orgasmos.

a golpe de sonrisa demoledora…

 

Me pone la destrucción que nace al borde de cada poema.

La valentía de un “más lejos aún” cuando exploro tus límites.

La fortaleza  de tu debilidad esculpida a golpe de caricia.

Me ponen las mentes exploradoras.

La intensidad. Siempre.

Trazar mapas entre el agua y el aire.

Invadir. Penetrar. Vencer. Inundar. Aniquilar a besos.

Las diferente estrategias del placer.

Las voces que detienen el tiempo.

Dejar en carne viva tus deseos.

Los acentos con coordenadas norteñas .

Unos dedos que humedecen y revientan las constantes vitales.

El delirio de tu boca entre mis muslos.
La luz que hay en la oscuridad.

Las musas tiradas en el suelo, desnudas y borrachas de placer.

Y por encima de todo,

me pones tú.

“The female function is to explore, discover, invent, solve problems, all with love, in other words, create a magic word.”

 

 

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El deseo es el deseo del otro. (Hegel)

En medio de la mañana de aquel lunes casi primaveral, la vibración del teléfono en el bolsillo de su pantalón le sacó de los temas que en aquel momento se estaban discutiendo en la reunión. Cogió el teléfono y vio que acababa de entrar un correo de ella:

-“Buenos días: Este viernes quiero que vengas a verme a las 19:00 h, te estará esperando un regalo muy especial. Hasta entonces me gustaría que fueras un chico casto, no te acaricies, únicamente cuando te duches, pero solo lo estrictamente necesario para tu higiene. Durante toda la semana deberás ir sin ropa interior; si ahora mismo la llevas puesta ve al baño y quítatela. Quiero que el roce del pantalón te acompañe hasta que me veas.

Te espero.

Un beso.

P.D.: Tengo un pequeño capricho, deseo que el viernes vengas completamente depilado.”-

Nada más leerlo se excusó ante los asistentes a la reunión y salió en dirección al baño. Se quitó los zapatos, los pantalones y la ropa interior. Dobló esta cuidadosamente y la guardo en un bolsillo de la americana, para a continuación  ponerse los pantalones y los zapatos con lenta cadencia rememorando cada palabra leída hace poco, como dibujando la ruta entre sus ganas y el ombligo de ella.

Acto seguido contestó al correo. Allí estaría el viernes.

A lo largo del día leyó y releyó el correo. Dos palabras le llamaron la atención por encima del resto: regalo y capricho. O sea: novedad y mandato.

Buscó y encontró la mejor manera de depilarse por completo, cuando salió del trabajo compró el producto que le había parecido más adecuado y al llegar a casa se lo aplicó quedando satisfecho con el resultado.

A lo largo de la semana el roce de los pantalones  se fue haciendo casi insoportable, no podía tocarse, así que cuando ese roce se traducía en una erección el sentimiento de frustración no hacía sino crecer dentro de él, manteniéndole en un casi permanente estado de excitación.

El viernes a la hora señalada estaba delante del portal de ella. Le puso un mensaje pidiéndole permiso para subir, y solo cuando  se lo concedió accedió al portal y se dirigió al ascensor. Llamó a la puerta con el corazón luchando por no salirse de su boca y solo se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose.

Por fin la puerta se abrió, entró y se arrodilló delante de ella con la mirada fija en la punta de sus sandalias que dejaban los dedos con las uñas pintadas de rojo, al aire. Ella le acarició el pelo y le dijo que se pusiera en pie lentamente.

Sandalias rojas de tacón muy alto y fino, a juego con el color de las uñas, las piernas al aire con un vestido negro corto que le llegaba a medio muslo, un cinturón discreto, los hombros al aire solo cubiertos por el fino tirante del vestido y la melena suelta cayendo sobre su espalda. Maquillada de manera muy discreta con los labios rematados inevitablemente en rojo. Según estuvo completamente de pie admiró por unos segundos su belleza.

Ella agarró la corbata para atraerlo hacia sus labios y besarle. Después  le susurró al oído:

-Desnúdate y deja todas tus cosas en este armario-

Él obedeció y empezó a desnudarse bajo la atenta mirada de ella, guardó toda la ropa y los zapatos en el armario y se quedó así, desnudo, sediento y vulnerable, con la mirada de nuevo clavada en el rojo de las uñas de sus pies.

Ella lo observó. Su mano acarició suavemente el pecho, ahora desprovisto de vello. Sonrió. Su mano bajó por su vientre hasta llegar a sus ingles. Las acarició levemente evitando en todo momento el contacto con su sexo que latía excitado ante el anticipo de caricias.

-Me has concedido mi pequeño capricho. Muy buen chico-

Él se estremeció. Esas palabras siempre causaban el mismo efecto, transportarle a un estado de sumisión completa hacia ella. Delicadamente le ciñó el collar y le volvió a besar.

-Ahora voy a darte tu regalo. Sígueme.-

Él la siguió.

Se arrastró por el suelo mientras ella sujetaba la correa. Llegaron a la habitación y le dijo que se pusiera de pie.

Sobre la cama, dispuestos en un orden perfecto, estaban unas medias negras, un tanga rojo de encaje con bastantes transparencias, un corsé negro, un sujetador con relleno rojo a juego con el tanga y lo que parecía ser un uniforme de criada negro con una especie de tela vaporosa blanca por debajo de la falda. A los pies de la cama estaban unos zapatos negros de tacón muy fino y alto. Sobre la mesilla había una peluca morena de media melena, colocada sobre la cabeza de un maniquí.

-Siempre he querido tener una doncella personal, he pensado que durante este fin de semana bien podrías ser tú esa doncella. ¿Qué te parece tu regalo?- Lo dijo casi susurrándole al oído, haciendo especial énfasis en la palabra doncella.

-Muchas gracias por el regalo. Confieso que me sorprende, no lo esperaba. A veces me has hecho vestir ropa interior femenina, pero esto es, no sé, distinto. Si Tu deseo es que sea tu doncella, pondré todo de mi parte para ser la mejor doncella- Respondió él.

Se quedó unos segundos parado, sin saber qué hacer a continuación. Ella le dio un fuerte azote en una de las nalgas mientras le incitaba  a que comenzara a vestirse con aquella ropa.

Se sentó con cuidado en la cama y cogió una de las medias. Se la puso con cuidado de no tener un enganchón que la estropeara. Lentamente metió el pie y cuando lo tuvo completamente dentro fue subiendo la media por sus piernas hasta que llegó al muslo y colocó cuidadosamente la banda de silicona para que la media quedara perfectamente fijada. Repitió la misma maniobra con la otra media.

Acto seguido cogió el tanga y se lo puso con mucho cuidado tratando de que su sexo quedara completamente dentro de la prenda, algo que le resultó muy complicado por la erección que lucía en ese momento. Una pequeña gota de líquido preseminal mojó la tela. Ella sonrió al ver esa excitación.

Cogió el corsé fue a ponérselo pero le resultó imposible. Ella lo vio y decidió echarle una mano. Le pidió que cogiera aire y en ese momento aprovechó para abrocharlo. Él instintivamente llevó sus manos hacia el corsé, tratando de palpar esa nueva figura en la que la cintura quedaba bastante marcada y de la que no sobresalía ni un centímetro de su abdomen. Le resultaba algo difícil respirar con tal opresión.

Tomó el sujetador entre sus manos y pasó los brazos por los tirantes hasta que estos quedaron en los hombros, echó las manos hacia atrás y con cierta dificultad lo abrochó.

Le llegó el turno al vestido de criada. Completamente ruborizado lo cogió y lo colocó delante de él para poner un pie y luego el otro dentro del vestido, lo fue subiendo lentamente hasta que lo tuvo a la altura de los hombros e introdujo los brazos hasta que el ceñido uniforme se entrelazaba con su piel.

Ella dio la vuelta por detrás de él, cogió la cremallera y la subió.

Se puso los zapatos y cuando estuvo subido a los tacones casi perdió el equilibrio.

-No te preocupes, terminarás adorando andar con tacones- Dijo ella mientras reía divertida.

Ya estaba completamente vestido. Y muy excitado, como pocas veces antes.

Una cosa que le llamó especialmente la atención fue que todas y cada una de las prendas habían encajado a la perfección en su cuerpo, como si durante los meses anteriores ella hubiera ido anotando todas sus medidas cada vez que le ponía las pinzas en los pezones desde detrás de su espalda, en cada caricia, en cada azote con la fusta y en cada latigazo.

Le pidió que se sentara en la silla que había a los pies de la cama. Cuando estuvo sentado ella cogió la peluca y se la colocó con suavidad, dedicó unos segundos a ordenar la caída del pelo sobre los hombros y cuando quedó satisfecha de cómo estaba la peluca le dijo:

-Un poquito de color en tu cara y estaremos casi listos. Tú no tienes que hacer nada, déjame a mí-

Se sentó en una silla frente a él, con un estuche de maquillaje, cogió un poco de color y lo puso sobre la cara de él, discreto, sin estridencias. Le pidió que cerrara los ojos y aplicó un poco de sombra, por último, le agarró suavemente el rostro y empezó a dibujar sus labios con uno de sus lápices preferidos . Él estaba en un estado de completo abandono, la dejaba hacer y estaba gozando de lo que ella estaba haciendo, se sentía completamente bajo su control y eso le excitaba enormemente. Ella le sacó de su absorción:

-Antes de que te mires en el espejo he de decirte que has quedado bellísima- puso énfasis en ese adjetivo femenino.

-Mucho mejor de lo que imaginaba cuando fui a comprar tu ropita de doncella. Y por lo que veo a ti también te está gustando lo que sientes, me encanta. ¿Te imaginas cuando llegue el día en el que salgamos las dos juntas a seducir a alguien?-

El color subió de inmediato a su cara y un escalofrío recorrió su espalda. ¿Había escuchado bien lo que le acababa de decir? ¿Significaba eso que en algún momento le haría salir a la calle vestido de mujer? ¿Le haría seducir a alguien? Todas las preguntas se agolparon en su cabeza en pocos segundos, sabía que todas las preguntas se respondían con un sí, si algo había aprendido de ella era que todas las insinuaciones que hacía terminaban convirtiéndose en realidad tarde o temprano.

Pidió permiso para hablar y ella le dijo que le dejaría hablar cuando ya se hubiese mirado en el espejo, y que en ese momento debería decirle con franqueza qué sentía, sin ocultarle nada.

Ella se levantó de la silla y le dijo que la siguiera.

Caminando torpemente, haciéndose al hecho de andar sobre los tacones la siguió. Llegaron a la habitación contigua y ella le pidió que cerrara los ojos y se dejara guiar mientras le cogía de la mano muy suavemente. Llegaron al centro de la habitación, justo delante de un espejo de cuerpo entero.

-Ahora ya puedes mirarte en el espejo. Tómate el tiempo que creas necesario, pero recuerda que después de ese tiempo me tienes que contar todo lo que piensas-

Abrió los ojos y se miró en el espejo. Asombro, extrañeza y finalmente admiración. ¿Era él? No, era ella. Había ciertos aspectos que seguían siendo claramente masculinos, pero el espejo le devolvía la imagen de una mujer. Una excitación repentina recorrió su cuerpo. Quiso hablar. No puedo. Los ojos de ella le robaban las palabras, absorbían el aire de su boca, apenas alcanzaba a respirar.

-Estoy asombrado. Cuando vi encima de la cama toda esta ropa que ahora llevo puesta creí morirme de vergüenza pensando en lo ridículo que iba a resultar con todo ello puesto y en la humillación que iba a sentir. A la vez estaba extrañamente excitado ante la idea de que me convirtieras en tu doncella. Ahora que veo el resultado solo puedo darte las gracias y decirte que estoy dispuesto a servirte todo este fin de semana con este uniforme. Seré tu doncella personal y haré todo lo que sea para cumplir todos tus deseos- Le dijo con cierto temblor en la voz.

-Iremos trabajando juntas esta nueva faceta tuya. Me gusta tu masculinidad, no te preocupes, que no te haré renunciar a ella, pero esta feminidad que ahora luces delante del espejo nos ofrece muchísimas posibilidades- contestó ella con cierta dulzura en su voz.

Él se sintió muy intrigado por sus palabras y le preguntó:

-¿Podría saber cuáles son esas posibilidades que dices?-

-Todas las que en este momento estás imaginando y tanto reparo pueden causarte ahora, esas que terminarás aceptando y disfrutando. Los únicos límites que tenemos son los que marcan mi imaginación y tu sumisión- dijo mirándole a los ojos y arrastrando las palabras para que lentamente fueran apoderándose de su mente.

Él se arrodilló delante de ella y besó sus manos.

Le pidió que la esperara de rodillas con la frente y los antebrazos apoyados en el suelo mientras iba a buscar algo. Obedeció y adoptó la postura. Sus nalgas solo cubiertas por la fina tira de tela roja del tanga quedaron expuestas frente a la puerta de la habitación.

Transcurrieron unos cuantos minutos y volvió a escuchar el sonido de los tacones acercándose. Ella llegó hasta él y se situó colocando una pierna a cada lado de sus manos. Le pidió que se incorporara permaneciendo de rodillas.

Se había cambiado completamente. Las sandalias rojas las había sustituido por unas botas negras brillantes de tacón fino metalizado, altísimo, lucía un precioso conjunto de lencería negro por encima del cual sobresalía algo que llamó mucho más su atención, un strap-on con un dildo de mediano tamaño  atado a su cintura.

Le ató las manos con unas frías esposas.

Enseguida supo tanto lo que tenía que hacer inmediatamente como lo que vendría después.

Después, el éxtasis aturdidor de la privación. El poder de no necesitar nada y necesitarlo todo al mismo tiempo.

Ella…

El…

“No vuela quien tiene alas, sino quien tiene un cielo”

Jugar, una forma de vivir…

“Pasa por mi cabeza esta noche, pon tú el vino, a la reflexión invito yo…”

 

 

Se me ocurre que vamos a recibir a la primavera de la mejor manera que sabemos.

Se te ocurre que vamos a pervertir a la primavera de la peor manera que queramos.

Voy a empezar yo, le meteré mano bajo su pequeña falda escocesa.

Tal vez después te pida que le bajes las bragas. Te sorprenderás al notarla húmeda en tan poco tiempo. Me mirarás sin saber cómo seguir, así que lo haré yo. Mojaré 2 de mis dedos con saliva, lentamente, mientras te miro, o tal vez solo te admire.

Y sonreirás.

Ella también lo hará.

Pasaré la punta de mis dedos por su sexo, abriéndome camino. Me detendré lentamente en su clítoris demorándome en la caricia.

¿Ves cómo se hace?  -te digo.

Y vuelves a sonreír.

Prefiero hacértelo a ti- me contestas.

Hoy es ella la reina del cuento- añado.

Me llevo los dedos a mi boca, relamiéndolos saboreo cada uno de ellos sin apartar la vista de ti.

Abre la boca-te pido.

La abres y te lleno de mis dedos. De sus fluidos y de los míos. Los saco y te los vuelvo a introducir más profundamente, mientras te beso con hambre acumulada a fuerza de wasaps.

Me hablas de tu deseo, de la urgencia y de no sé qué punto de no retorno.

Desconecto porque ahora solo quiero llenarme de ella.

Mis dedos vuelven a su sexo. Los introduzco suavemente. Primero uno, luego dos y llego a tres.

Me mira turbada. Entre abre su boca. Me pide que no pare mientras se abre más de piernas para que la observe mejor. Te pido que le acaricies sus muslos. Me dices que prefieres habitarme a mí.

Y va moviendo sus caderas con más urgencia cada vez, mientras succiona mis dedos. Los engulle. Va chorreando su calor entre mis manos a la vez que tú me sujetas el pelo situándote detrás de mí porque no puedes estar quieto. Le acaricias los muslos con una mano, la otra se pierde buscando mis pezones. Me muerdes el cuello, giro la cabeza y busco tu boca.

La encuentro. Me encuentro.

Ella gime o grita o todo a la vez.

Y tú,

y yo,

huyéndonos después,

de tu cama a la mía. 

 

 

 

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El librero y la modelo.

Se conocieron en una librería una tarde de Enero. Ella entró para refugiarse del frío de Madrid en pleno invierno, al cobijo de los libros.

Según entraba por la puerta y se quitaba el sombrero negro se topaba con la mirada del dependiente.

Moreno, atractivo, sereno y así, en apenas unas miradas se le antojo el ser más sensual con el que había coincidido en este recién estrenado año.

Ella siguió quitándose más ropa mientras se dejaba envolver por la calidez de la tienda y de la música que sonabade fondo. Algún blues cuyo nombre no recordaba.

Primero se deshizo de los guantes negros y la chaqueta de cuero, negra también, llegó después.

Vestía un vaquero negro muy ajustado, un jersey blanco escotado y unas botas altas y negras de cuero. Carmín rojo más aquel  perfume  de Yves Saint Laurent que tanto le gustaba.

Se humedeció los labios, inspiró y se dirigió al librero. Antes de que ella le dijera nada, él se adelantó:

-¿En que puedo ayudarte?- y en cada sílaba dejaba escurrir una sonrisa.

Ella le dijo el titulo que buscaba y él se levantó inmediatamente para buscar el libro exacto.

Ella pudo notar que llevaba uno de sus olores preferidos en hombre

-Loewe, sin duda- pensó.

Según pasaba por su lado sin demasiada distancia, ella intentó atrapar su aroma.

El vestía un vaquero negro con un jersey negro de cuello alto. Llevaba barba de 2 días y unas gafas negras de pasta.

Alto, al menos, más que ella, aún con sus tacones.

Le dió el libro, ella pagó y él la dijo:-espero que lo disfrutes mucho-

-Y contigo-pensó ella.

Debía irse porque había quedado con 2 amigas, pero según salía por la puerta ya estaba maquinando como hacer para volver a la tienda.

La tarde pasó veloz y ya en su casa, abrió con avidez el libro.

Lo olió. Acarició la solapa y al abrir la primera página, comprobó que había un pequeño pósit con un número de teléfono y unas letras:

-Ojalá pudieras disfrutarlo conmigo-

Ella abrió los ojos y sonrió mientras se acariciaba el cabello. Llevo las puntas a su boca como solía hacer cuando se sentía impaciente y tras desvestirse y quedarse en lencería, le llamó por teléfono.

Y hablaron, y se rozaron las intenciones al otro lado de la realidad. Ella escuchó sus suspiros y él adoró sus silencios.

Y aunque a ella no le gustaban las prisas, esa noche no pudo encontrar demasiada dosis de paciencia en su bolso.

Así que la noche, Enero y Madrid les unió.

Sin saber como habían volado los segundos a demasiada velocidad.

El la susurró mientras se perdía en su cuello:

-Quitate la ropa o quítame las penas.-

-O ambas- pensó ella.

Y comenzó a ritmo de una suave canción con mucho saxo y guitarra a desvestirse, mientras él la observaba, de pie, sereno, casi impasible.

Ella se movió sinuosa, seductora, bailando al ritmo del delicioso saxo y sonriéndole.

Y cuando solo quedaron las botas negras sobre su piel, ella se tumbó sobre la cama.

Sin dejar de mirar sus oscuros ojos, se fue acomodando lentamente mientras abría sus  piernas .

El librero era un gran voyeur y ella una fiel exhibicionista.

A ella le gustaba posar, a veces lo hacia sola, frente al espejo.

Frente a cualquiera de los muchos espejos que adornaban su apartamento. Le gustaba observarse, moverse sinuosamente, quitarse la ropa interior o volver a ponérsela.

Se acariciaba el cabello, se lo recogía en una coleta improvisada y volvía a soltárselo mientras movía la cabeza. En otras ocasiones cogía una botella de champagne y comenzaba a dejarlo caer por su cuello y su pecho. Le gustaba ese tacto frio y burbujeante sobre su piel mientras sus dedos rozaban sus pezones, su ombligo y acababan sin demora en su sexo.

Ella era así.

Y él sin saberlo, no tardó demasiado en intuirlo.

-Abre más las  piernas, quiero verte bien -le decía el librero, mientras comenzaba a desvestirse .

Y ella, desnuda, con su pelo sobre las sabanas rosas, sonreía, le comía con la mirada y abría un poco más las piernas.

-Tócate para mí- y ella de momento siguió el ritmo de él, pausado. Excitante.

El, desnudo ya y frente a ella  comenzó a masturbarse, lenta y  pausadamente con un ritmo muy envolvente.

Ambos se miraban en todo momento. Ella le iba enredando con  palabras de colores y él suspiraba melodías.

A veces, ella sin darse cuenta cerraba un milímetro las piernas, y él la corregía con la mirada.

Volvía a la posición inicia. y continuaba acariciándose . Mojando sus dedos con saliva. Humedeciéndose y nadando bajo su atenta mirada.

Tal vez ocurrieron muchas más delicias entre ambos, pero ella recordó  e inmortalizó en su memoria ese primer día de exhibicionismo casual y no tan casual.

Y, ni él era librero. Simplemente ese día estaba haciendo un favor a un amigo en la tienda , ni ella era modelo, aunque esa noche ella posó para él, minutos, tal vez horas chorreantes de deseo. Él fue el librero más provocador que podría haber imaginado aquel viernes y ella fue la modelo más  seductora que él jamás había conocido.

Así a modo de capricho del destino coincidieron y siguen coincidiendo, cada viernes sobre las sábanas de raso negro de ella, o sobre el sofá de cuero rojo en el estudio de él.

 

 

“El observado revela al observador”

 

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Hoy le comemos la boca a la alegría .

Hoy me lleno de rojo para ti.
Como cuando clavo mis uñas rojas contra la pared y te siento detrás, muy pegado a mi.

Y respiras en mi nuca, y deslizas mi cabello para poner tu lengua donde antes estuvo tu aliento.

Me visto de rojo, intenso. Con un culotte de encaje como a ti te gusta, un liguero que nace en mi cadera y unas medias que se empeñan en rozar con demasiada alevosía mis muslos, cuando yo solo quiero que sean tus manos quienes se apoderen de ellos.

Mis pies se cubren de rojo. Gracias a tu regalo, unas sandalias rojas de tacón metalizado. Las miro, las rozo y sabes por mi mirada que me acabo de enamorar de su sonido al caminar.

Y mientras continuas apoderándote de mis caderas,  de pie y desnudos frente al espejo, comienzo a pintarme los labios del rojo más dulce que pude encontrar. Y es entonces cuando te digo que quiero sentirte muy dentro.

Comienzo a notar tus embestidas, me miras a través del espejo mientras abro la boca y mis gemidos se vuelven rojos también.
Y claro, te pido más.
Más rojo.
Más de eso.
Más tú.

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