Estamos a nada de todo.

Ella decidió ponerle a prueba.

¿A prueba de qué?

De sí mismo, claro.

Comprobar su entrega. Su fuerza. Su confianza, en ella sobre todo.

Él sabia de su exigencia y también de su generosidad.

Había comprobado cuan duros podían ser sus castigos y cuanta dulzura podía recibir en los premios bien merecidos.

Así que  como le constaba que el mayor placer estaba en el momento en el que se rendía, la dijo que  por supuesto haría lo que ella le pidiera.

-Quiero comprobarte. Probarte. Ver tu resistencia. No sabes cuanto me gustará que estés a la altura. Cuanto me excitará ver que vas siguiendo todas mis indicaciones.-le dijo a modo introductorio.

Alquilaron una habitación en un hotel muy especial.

Decoración vintage, unas preciosas lámparas enormes doradas que cubrían todos los techos, los del  pequeño salón, el baño y sobre todo el del dormitorio.

Cubierto de espejos laterales a juego con un sofá de piel blanco y unas sillas isabelinas de lo más cómodas.

Llenó la nevera de frutas, helado y champagne . Preparó la música con exquisito cuidado. En el baño, al lado de la bañera de hidromasaje depositó varios jabones de delicadas esencias que habían comprado en el centro de la ciudad.

¿Cual era el capricho, a que prueba  le sometería ?

Le aislaría durante un tiempo. Indefinido, que más da si se traducían en minutos horas o días.

Le desnudaría con mucho cariño, le ayudaría a bañarse  con los mejores jabones y aceites que habían conseguido encontrar, le ofrecería su último alimento de la boca de ella. Tal vez unas exquisitas frutas del bosque, arándanos, moras, frambuesas. Le daría de beber unos sorbos del champagne francés que a ella más le gustaba y le besaría. Con cariño. Con todo .

Después le dejaría desnudo sobre la cama del hotel. Una cama ajena a él, fría tal vez, pero cálida al mismo tiempo porque sabía que ella cuidaría de él aunque no estuviera presente. Le ató las manos a la cabecera de hierro forjado. Los pies también se los amarró con unas esposas fuertes  pero no demasiado estáticas. Y así debería permanecer hasta que ella lo decidiese.

El primer día apenas estuvo demasiado tiempo así, tan solo lo que ella se demoró en realizar sus gestiones en el exterior, unas 5 horas. En esas 5 horas él podría centrarse en la música de fondo que le había dejado o limitarse a esperar a que ella llegara. Y después,  tal vez al comprobar su obediencia ella le obsequiara con un cálido abrazo, o tal vez con  su mirada llena de orgullo.

El segundo día, tras un exquisito almuerzo compartido. Él, desde la boca de ella y ella en un delicado plato de porcelana que apoyaría en él, a modo de mesa, ella le beso intensamente y le dijo : -Ahora te siento un poco más mío..-

Y se fue.

No le dijo cuando volvería.

Esta vez le dejó con las manos atadas pero no en el cabecero, y los pies libres.

Sin beber, sin comer y sin ella.

Mientras, él estaría deseando que ella llegase para obsequiarle con cualquiera de esas necesidades, aunque si tuviera que decidir cual sería la prioridad sin duda diría que comprobar la sonrisa de satisfacción de ella. Después …el resto.

Y tras horas eternas donde él había perdido literalmente la noción del tiempo, ella llegó. La vio entrar con un vestido muy corto negro, unas botas altas de tacón , gafas de sol y esa sonrisa roja en los labios, ni quiso ni pudo evitar su reacción corporal. La recibió totalmente excitado, ella al observarle sonrió. Más aún.

Le besó en el cuello y él pudo inspirar su delicioso perfume. Mientras se acercaba a él su escote se abría ante sus ojos y pudo comprobar que sus pechos estaban cubiertos por una delicada lencería en tonos verdes . Pudo sentir como su pecho le rozaba y esto agudizó su excitación. Allí estaba él, desnudo, sin apenas poder moverse después de horas inciertas, sin poder acariciarse más que con la imaginación y sin embargo ella llegaba con su olor su sonrisa y su cuerpo, como si nada.

-Abre la boca- le ordenó dulcemente ella.

Y  comenzó a ofrecerle agua a través de sus labios,

Le desató y le besó.

Ella pudo comprobar como él temblaba ante la emoción de verla, no tanto por las largas horas de soledad en las que no sabia cuando sería desatado, o cuando regresaría ella. Ni tampoco cuando podría alimentarse, temblaba porque ella le besaba con la misma intensidad con la que  él se estaba entregando en esta prueba.

El tercer día , apenas cubierta con su coulotte verde y sobre sus tacones negros le ofreció un delicioso café, después tras acariciar sutilmente su sexo, le colocó una jaula de castidad.

-Por tu bien, ya lo sabes- le dijo ella en tono convincente.

Esta vez le dejó atado al lado de la mesa, amarró sus manos a las patas de la misma  y él la esperaría así,  de rodillas. Ese día quiso ser más generosa y le dejó varias películas eróticas  en el ordenador, para que él pudiera recrearse en su espera, sabiendo que a la menor excitación sentiría punzadas de dolor al llevar la jaula de castidad.

-No te vayas a mover- le dijo sonriendo mientras le besaba muy húmedamente.

Y se marchó.

Y ese beso le regaló las primeras punzadas de dolor. Inspiró y se limitó a confiar y a esperar.

Total, desde que la había conocido no había hecho otra cosa más que traspasar límites . Y olerla.

Olía a vida, a perfume, a sexo, a seducción.

Él no pudo negarle nada desde el principio. Ni cuando ella le tenia de rodillas adorando sus pies, sus piernas o su sexo durante horas. O cuando ella llegaba y se sentaba sobre su rostro  y mientras él sentía la calidez de su ropa interior ella le sujetaba las manos bien fuerte no fuera a ser que quisiera rozarla . Tampoco podía negarse cuando él estaba comiendo tras horas de inanición y entonces ella le decía que ya era suficiente y le ofrecía sus delicados pies de uñas rojas para que los lamiera.

Ella era para él una mezcla explosiva a la que no podía resistirse. Como el mar con oleaje de caricia y tempestad de tragedia. Un exceso en sí misma .

Y a la vez se sentía en calma.

Total, ya sabia que detrás de cada esquina podía esperarle un huracán, ella le había preparado para ello.

Pasaron horas. Largas. Y sonó la puerta. Él se emocionó.

La vio. Vestía un mini short, unas sandalias doradas y una blusa blanca. Él quiso besarla, acariciarla, follarla allí mismo, todo y nada al mismo tiempo. Le invadió la exitacion, la ansiedad. Las ganas de todo. Pero permaneció atado, mientras ella en cuclillas le observaba y encendía un cigarro calmadamente.

-¿Como te has sentido?- le preguntaba con malicia y calma mientras le sonreía.

Observo su sexo aprisionado por la jaula, pidiendo a gritos salir de su encierro. Se quitó la sandalia y comenzó a acariciarle con su pié. Cada vez que rozaba el frío metal, él reaccionaba con un pequeño quejido de dolor, prueba de que su excitación pedía un poco de libertad. Ella siguió así otro tiempo indefinido. Él solo podía centrarse en sus largas piernas, en su pie y en este dolor que lejos de irse iba aumentando a la vez que su desesperada excitación.

-Vamos, correte-le dijo ella.

-Si no lo consigues, no podré liberarte, ni comerás , ni beberás, ni me beberás…-

Esa última palabra produjo un pequeño brinco en él. Beberla…pensó.

Se dejó llevar por el placer que ofrecía su pie mientras acariciaba su sexo enjaulado, intentó transformar el dolor del acero en más placer y fundirse con las uñas rojas de sus dedos y olvidar que estaba de rodillas, y centrarse en el perfume de ella, en el color de su pelo y en su voz. Olvidó que estaba en una habitación de un hotel cualquiera de Madrid y se concentró en sus gestos, en su sonrisa.

Sus movimientos se endurecieron, ella le pedía rapidez. Inmediatez.

Todo y ahora. Supo leer su mirada.

Se dejo llevar…y se llenó de ella, de sus pies, de las horas de espera, de los días de privación. De las ganas de sentirla. De tener que conformarse con sus dedos y no con su boca, no con sus muslos aprisionándole, no con su sexo pidiendo más.

Y se derramó…en sus uñas rojas y a través de los barrotes de la jaula.

Y gritó. Con ganas, con hambre, con sed. Con el nombre de ella en la punta de su lengua…

 

 

 

 

 

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Si no arriesgas nada, arriesgas más.

Ambos de pié en la habitación.
Él acababa de llegar a su encuentro pero no se podría quedarse demasiado tiempo.
Desnudo de cintura para arriba, lucia un bronceado recién estrenado y unos vaqueros negros. Justo como a ella le gustaba.
Ella, radiante, con un pequeño short negro, una camiseta blanca de tirantes sin nada debajo y un diminuto tanga verde rozando su también bronceada piel.
Llevaba una coleta que intentaba ordenar sus rebeldes rizos. Las uñas rojas y los labios más rojos aún. Descalza, para no perder demasiada terrenalidad.
Él estaba pendiente de una llamada de trabajo. Se lo advirtió a ella, a cambio le prometió que haría todo lo posible para terminar cuanto antes. Se trataba de una conferencia internacional entre 5 personas.

Y llegó el momento. El teléfono sonó.
Él la besó con sabor a excusa y a mil perdones.
Ella se quedó cerca de él, bajó la música y se quitó el pequeño short negro.
Él permaneció inmóvil y de pié frente a la cama.
Comenzaron a hablar de presupuestos, de límites de entrega, de balances y de futuras reuniones. Él intentaba concentrarse a pesar de que ella, sentada en el borde de la cama con las piernas ligeramente abiertas comenzaba a soltarse el pelo, olvidando que hacia un momento había llevado una larga coleta.
Le miró a los ojos encendiendo un cigarrillo y llevó con suavidad su pie a la boca de él mientras sonreía, ahora sus dedos rozaban su boca impidiéndole hablar bien, cosa que no le supuso demasiado inconveniente porque apenas se estaba limitando a escuchar, balbucear o similar.
Él se dejaba acariciar mientras besaba sus dedos. El otro pie se dirigió a los botones del pantalón, intentando abrirlos y hasta consiguiéndolo, mientras sentía como iba creciendo su excitación.
Él la observaba con una ligera inquietud en su sonrisa.
Mientras sujetaba el móvil con una mano, la otra la dirigía hacia sus muslos abiertos. El escueto tanga se le antojó molesto, lo rozó con un dedo, con dos, los humedeció con su boca y se los devolvió a ella que los devoró con avidez.
Ella casi podía escuchar la conversación al otro lado de la linea.
Más presupuestos, más reuniones y más imposibles por cumplir, y él intentando no desconectar del todo cerraba los ojos. Cuando ella comenzó a apretar los dientes sobre su miembro, que luchaba por salir de aquel vaquero tan prieto, él no pudo contenerse.

Casi gimió, casi se delató, ella lo notó y dirigió sus dedos a la boca entre abierta de él. Después, fue deslizándolos lentamente hacia abajo hasta llegar a sus pezones, los mordió suavemente, los curó después con su saliva, se embriagó de su olor y siguió enredada en los botones que la separaban de su objeto de deseo.
Se deshizo de ellos por fin y del vaquero en el mismo instante en el que él comenzaba a intentar despedirse de la conferencia con un poco convincente:

-Debo dejaros en breve, pero mantenedme informado-

Y apenas pudo vocalizar bien ya que ahora ella estaba detrás de él, pasando su lengua por el cuello, respirándole y apretando sus nalgas bien fuerte.

Él pudo colgar por fin. Deseaba estar con ella, dentro de ella, sobre ella. Atravesarla, recorrerla, reconocerla.
La pidió disculpas de nuevo, la llenó de palabras coloreadas para endulzar el ambiente, pero olvidó que no hacía falta.

-Olvídate de la poesía-le dijo ella.

-No necesito que no me falles, solo que me folles-

“Un hombre recibe solo lo que está preparado para recibir” (Thoreau)

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Así en la vida, como en el arte. Amén.

Noche de gala. Fiesta benéfica y los 2 estaban invitados.
Él, llevaba un traje de chaqueta oscuro, pajarita y un perfume para derretir voluntades.
Ella, cubrió su desnudez con un vestido por estrenar negro, muy pegado, largo y con un gran escote en su espalda. El pelo rubio recogido en un gran moño, y ambos por exigencias de la cena, con unas máscaras que cubrirían sus rostros toda la noche.

El baile , las risas, el flirteo en el aire bajo el amparo de la privacidad que suelen regalar las máscaras. Todo parecía perfecto o similar.

Y de repente el enfado entre ambos, sin motivo aparente, pero ahí estaba. Tal vez la noche alargándose demasiado, el exceso de champagne o la seducción del ambiente.
Parte de los invitados se dieron cuenta de la distancia de la pareja, del cambio de humor mutuo pero nadie quiso preguntarles.

Pasaron las horas y la rabia iba acumulándose .

Ella le buscó, le encontró en una esquina cualquiera de la fiesta y le dijo:
-Sígueme-
Y a pesar de todo, él la siguió. En otro momento lo hubiese hecho al ritmo de sus caderas marcadas por el vestido negro ajustado que llevaba, pero esa noche solo podía escuchar su rugido interno.
Ella caminó segura delante de él, sobre sus tacones altísimos. Subieron la escalera que les llevaría al piso superior y ella le guió hacia una habitación.
Él ni siquiera se preguntó porque conocía ella esa habitación. Comenzaba a sentirse embriagado por la música que sonaba hipnóticamente y se iba mezclando como por osmosis con el olor de ella.

Al borde de la cama, ella se subió el vestido a la altura de los muslos, se quitó sus diminutas bragas de encaje verde y le pidió que se tumbara con un ligero empujón que él no pudo rechazar.
Él evitaba mirarla, estaba allí y no estaba.
Le desabrochó el pantalón, se sentó sobre él y sin quitarse la mascara comenzó a moverse sobre él.

Con dulzura. Con violencia.

Ella no apartó sus ojos de los de él y sin pronunciar palabra dejó que su cuerpo hablase.
Y le cabalgó como buscando exilio y hogar de invierno, con el deseo que da la rabia tras el enfado.
Él sintió que su sexo estrangulaba su alma y luego su polla.
Apenas unos cortos minutos y el vertió toda su ira dentro de ella.
Ella dejó caer su rostro y su cabello sobre el pecho de él unos segundos. Inspiró para quedarse con su aroma y con la misma diligencia se levantó. Bajó su vestido mientras pensaba que lo que más le gustaba de él era precisamente el daño que le provocaba. Se puso su ropa interior en un ágil movimiento  y se marchó sin más dilación. No sin antes decirle:

-Te llevo dentro de mí-

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Besatemonos.

Había una vez una cosita muy sexy cabalgando entre mis sueños.

La cosita sexy fue mutando y lentamente llegó  a convertirse en algo tan sexy como seductor y ya no solo cabalgaba de noche, lo hacía también bajo los rayos dorados de mis muslos abiertos.

Y siguió creciendo y ahora era sexy-seductor-valiente. Y así fue aumentando la necesidad de decir su nombre. Siguió evolucionando como solo pueden hacerlo los que miran hacia adelante y se tornó en sexy-seductor-valiente-intenso. Así, como solo pueden serlo las cositas sexys de por allí.

A veces me llamaba desde el coche, en cualquier carretera perdida y con cualquier excusa, para acabar diciéndome que tenía mis bragas entre sus manos y que si le daba permiso para tocarse. Y me lo decía con su sexy-ronca voz, como si nada.

Y como si todo, yo le daba permiso a condición de que lo hiciera desnudo, y entonces él se desnudaba y permanecía así en el coche, esperando mis instrucciones mientras fusionábamos su ansia y mi deleite.

Desde su sexy sinceridad como solo los valientes saben hacer, me decía que necesitaba subir un peldaño más, o varios a la vez, y a mí que me ponen las escaladas le contestaba que estuviese preparado para todo.

Y todo es todo.

Sin limites- me decía medio jadeante de placer y éxtasis futuro.

Haremos de todo, salvar al mundo lo primero como dijo aquel,

después, marcarte…

El alma, la sonrisa, la piel- le anticipé.

Eres de una dulzura dolorosa- añadía mientras acariciaba su sexy desnudez en mitad de la nada. Y tal vez bajo el reflejo de alguna excitada luna que moría de ganas por rozarle en alguna de sus múltiples vidas.
Tal vez…en esta.

Después…escarbar en su rima.

Y tocarle.

Morirle. Amarle. Follarle.

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Dancing with the mystery.

Dos semanas.

Ese era el tiempo que había transcurrido desde la última vez que ella le había permitido obtener placer. Justo después de aquel momento ella le pautó algo:
-“Te esperaré aquí, hasta que no regreses de tu viaje de trabajo tienes prohibido acariciarte a no ser que yo te indique lo contrario. Sé que me obedecerás, y para que veas que confío plenamente en ti esta vez no te llevarás tu cinturón de castidad”-

Catorce días en los que ella le había ido mandado mensajes sin una periodicidad establecida con el objetivo de mantenerle en un casi permanente estado de excitación y frustración por no poder aliviarla.

Con estos recuerdos de las dos últimas semanas llegó al portal de ella. Cinco minutos antes de tiempo y con los bolsillos llenos de ganas .

Ella le concedió permiso para subir. Cruzó el portal, subió en el ascensor y llamó a la puerta. Esperó.
El sonido cada vez más cercano de los tacones sobre el suelo de madera hizo que su corazón empezara a latir a mayor velocidad.

La puerta se entreabrió invitándole a pasar y lo hizo cerrándose tras de sí. En ese momento la observó, como sonriéndole las ganas, como duplicando los espacios y supo que todo estaba mejor ahora.

Botines negros de tacón altísimo que dejaban al aire sus dedos con las uñas pintadas de un rojo intenso, las piernas desnudas, esbeltas en todo su esplendor y con el ligero color de quien ha tomado el sol, un vestido negro de falda muy corta que llegaba por encima del muslo, un cinturón rojo con motivos dorados, el escote de pico rematado en dos tirantes ínfimos que realzaban sus hombros y su cuello, el maquillaje muy discreto resaltando solo los labios pintados en ese rojo que a ella tanto le gustaba.

Y las manos. Perfectas, con las uñas inevitablemente rojas a juego con los labios y las uñas de los pies.

Tomó sus manos entre las suyas y delicadamente besó cada uno de sus dedos mientras le decía cuánto la había echado de menos.

Con un delicado hizo que se pusiera en pié, le besó con las ganas que solo las ausencias son capaces de reunir y después de varios segundos-minutos remató el beso mordiendo con firmeza su labio inferior hasta que sus labios se separaron.

-“Te quiero desnudo y completamente entregado a mí”-le indicó con un tono tan suave como convincente.

Obedeció casi de inmediato y en poco tiempo fue dejando la ropa en el armario de la entrada, quedándose desnudo. Se sintió libre. Y vulnerable.

Ella puso en su cuello un collar metálico y enganchó una cadena a la argolla del collar. Él supo que debía ponerse de rodillas y seguirla a donde le llevara.
Recorrieron el pasillo y llegaron a esa habitación que tan familiar era para él. Ella se sentó encima de la jaula que presidía la estancia.

-“Demuéstrame cuánto me has deseado en esta breve ausencia”-

Él le quitó con mucha delicadeza uno de los botines. Lo dejó en el suelo y sujetando su pie con ambas manos comenzó a besarlo dedo a dedo, poro a poro, impregnándose de su química, mientras introducía sus pequeños dedos en su hambrienta boca.
Después de varios minutos volvió a ponerle el botín y realizó la misma operación con el otro pie, con más dedicación si cabe.

Ella se puso de pie, retiró la cadena del collar metálico y le ordenó tumbarse boca arriba en la parte superior de la jaula.

Cuando comprobó que él había obedecido, lentamente recorrió todo su cuerpo con sus uñas. De los pies a la cabeza, notando los ligeros temblores que el casi inexistente contacto provocaba en su cuerpo, mientras observaba con una divertida sonrisa la erección que mostraba su sexo a pesar de que en ningún momento había acariciado las cercanías de esos rincones.

Cogió su cara entre sus manos y le besó casi violentamente para acto seguido separarse de él. Cogió las muñequeras fijadas a los barrotes de la jaula y las abrochó sobre sus muñecas dejándole los brazos inmovilizados, después hizo lo propio con los tobillos. Con unas cintas de cuero amarró las piernas a la altura de las rodillas, los brazos a la altura de los codos y dejó también firmemente inmovilizada la frente.

Se sentó encima de su cara, dejando la tela de su tanga, tan rojo como escueto, en contacto con su boca, pero advirtiéndole que de momento no podría hacer nada más que intuirla.
Sentirla.
Adivinarla.
Cogió su aceite preferido y con mucha suavidad fue extendiéndolo a lo largo de todo su sexo, demorándose en cada rincón oculto, dejando que él sintiera la caricia y forzando a que respirara, cada vez más directamente sobre y desde su sexo.

Apartó la tela de la lencería y dejó descansar su sexo sobre la boca de él, que enseguida supo que debía darle placer con su lengua como si en ello le fuera la vida.

Ella le masturbaba muy lentamente, haciendo crecer el placer dentro de él, sin prisa y sin parar en ningún momento, a la vez que su propio placer iba incrementándose a través de la lengua que se movía sabiamente.

Continuó con las caricias rozando simplemente sus uñas en toda la longitud de su cuerpo, centrándose en la base del glande o moviendo la palma de su mano en un ritmo rápido estimulando únicamente la abertura de la uretra.

Él se iba volviendo loco con aquellas caricias y decidió concentrarse en el placer de ella, incrementando el ritmo de las caricias, saboreándola y bebiéndola para saciar la sed acumulada.

Ella arqueó su espalda para sentir aún más esa lengua exploradora, hasta que agarró los muslos de él, cesando momentáneamente sus caricias, y clavó sus uñas en la cara interior de los muslos. Con fuerza.
Dejó que su placer erizara cada centímetro de su universo.

Se recompuso ligeramente y se levantó para seguir acariciándole. Esta vez de pie, a su lado, controlando cada uno de sus gestos para saber cuándo estaba cerca de liberar su placer. Lo llevó poco a poco al borde del orgasmo, hasta que este era ya casi inevitable y él pidió permiso para correrse. Ella paró.

Le dejó reposar unos pocos segundos y volvió a acariciarlo, esta vez mucho más rápido, luego más lento, pervirtiendo los ritmos, sorprendiéndole y sin que pudiera acostumbrarse a una cadencia concreta. Al cabo de unos minutos notó que empezaba a temblar ligeramente y le masturbó más rápido; él volvió a pedir permiso para correrse y ella, sonriéndole volvió a parar.
Retiró su mano y acercó sus dedos a su miembro. Sopló muy suavemente recorriéndolo de arriba a abajo. Tembló dos o tres veces, como si fuera a estallar solo con un soplido más. De nuevo cesó la estimulación.

Arañó con fuerza el interior de los muslos, marcando sus uñas y agarró con fuerza los testículos. Él respondió con una mueca mientras se mordía los labios tratando de no quejarse.

Otra vez comenzó las caricias en una masturbación rápida y suave, desplazando sus dedos sobre su excitadísima intimidad, casi sin tocarla, como si dejara que la viscosidad del aceite fuera la que realizara la estimulación. Él era ya en ese momento un temblor continuo.
Temblor y sudor.
Sudor y ganas.
Ganas y rabia.

Ella lo llevaba al borde del orgasmo y antes de que él pudiera pedir de nuevo permiso cesaba las caricias, volviéndole completamente loco de placer pero sin dejarle terminar. Una, dos veces, diez. Todas ellas a punto de liberar el placer y ella se lo denegaba una y otra vez.

Él ya ni pedía permiso para correrse, solamente emitía algo parecido a un sollozo de desesperación.

De nuevo lo acarició rápido y muy suave, lo sintió temblar y acercándose un poco más a él, le dijo:

-“Córrete para mí, ofréceme tu placer”-

Él se derramó como pocas veces en su vida lo había hecho. Tembló cinco o seis veces y respiró aliviado estallando en un gemido prolongado. Ella agarró la base del pene con su mano izquierda y con la mano derecha siguió masturbándolo con fuerza centrándose de manera casi exclusiva en su glande. Él le pidió por favor que parara. Ella sonrió de manera perversa.
No iba a parar. Él gimió.

El gemido se volvió quejido, las caricias continuadas sobre su hiper
sensibilizada piel después del orgasmo eran como punzadas de miles de agujas pequeñas que pinchaban sin pinchar, quemaban sin quemar y se retiraban. O no.
Trataba de moverse pero las correas se lo impedían. No tenía escapatoria y ella no pensaba parar, al menos de momento.

Su cuerpo se convirtió en una continua convulsión. Ella acariciaba sin cesar su glande, en ocasiones la base, en otras dibujaba figuras caprichosas en todo él.
Sin parar.
Sin dejarle recuperarse.
Deleitándose en todos sus temblores.

Él seguía manteniendo la erección y entre el ardor que en ese momento le estaba sacando de su ser, notaba que la excitación iba creciendo más y más. Temblaba, Sudaba a mares. Sollozaba de placer entre las punzadas ardientes de aquellas caricias. Estaba de nuevo a punto de correrse.

Reuniendo todas las fuerzas que fue capaz consiguió sacar un hilo de voz inteligible y le pidió permiso para correrse.

“Puedes”…

Y sucedió de nuevo y se sintió desfallecer entre descargas y sollozos. Tenía los ojos anegados de lágrimas. Esta vez ella le dejó recuperarse y no siguió acariciándole. Le soltó las correas y por fin lo liberó.

Ella le acarició muy suavemente la cara, enredó los dedos en su pelo y le susurró:

-“Quiero llevarte al punto en el que confluyen el dolor y el placer y que juntos exploremos qué hay más allá”-

Él la miro. O tembló.
O todo a la vez.

“Normalmente, nuestra vida sexual está determinada por el impulso de llegar al orgasmo. Gran parte del BDSM se basa en lo que sucede cuando dejas de convertir los orgasmos en el único y principal objetivo del sexo. Consiste en experimentar y poner a prueba los límites mentales de la excitación. Cuando eliminas el orgasmo de la ecuación, te fuerzas en expandir tu concepción de lo que es una relación sexual y empiezas a explorar territorios desconocidos” (D.I.)

Copyright©2016-19L.S.

Desde la eternidad de lo efimero.

Se me ocurren maneras de esperarte, ahora que sé que vas a llamar al timbre en breve y todo Madrid ha ardido de la excitación al saberlo.

Y es que hay más poesía en ti que en cualquier poema, más paraísos en tus manos que en todos los infiernos imaginarios.

Esperar-te y desear-te van de la mano así que, tal vez lo haga…

Desnuda, sobre las sábanas que cubren la cama, dejando la puerta semi abierta para que entres sin llamar, me busques y me encuentres tumbada, esperándote. Anticipándome a tus excesos con las arterias preparadas.

Podría ser…

Que tras la puerta esperase tu llamada con un vestido negro corto, muy pegado. Con los hombros al aire y unos guantes  altos acariciando mis manos y brazos. Una máscara que solo deje entrever mis ojos y carmín rojo en mi sonrisa. Para después asaltarte con palabras y besos, mientras te rebusco los huecos y las sombras.

Claro que…

Podría aguardarte cubierta con mi recién adquirido conjunto de lencería negro. Un corsé, un mini tanga, ligueros, medías y unas sandalias muy abiertas. Y observarte, dejar que mueras en mi sonrisa para resucitarte después.

Sin embargo…

Me encantaría esperarte desnuda, tan solo con un tanga minúsculo y unas sandalias altas, ponerte un antifaz nada más entrar y conducirte de la mano hacia mi abismo particular.

O tal vez…

Desnuda, enfundada en mis tacones preferidos. Abriré la puerta y te besaré sin pronunciar palabra. Te llevaré sin apartar mi lengua de tu boca hacía la habitación o hacia algún paraíso construido exclusivamente para ti.

Aunque, casi pensándolo bien…

Con una camiseta corta blanca y transparente, sin nada debajo, para que puedas sentir mi pecho en el primer beso-mordisco que te regale, podría ser una buena opción. Unas mini braguitas blancas debajo y descalza, sintiendo el suelo, no vaya a ser que comience a volar demasiado pronto.

Lo mejor de todo es que sé que me dirás:

-Cautivo, desarmado. Me rindo. Haz de mí lo que quieras.-

Y sabes que lo haré,

lo primero eso sí,

detener el tiempo

para pronunciarte despacio.

 

 

Copyright©2016-19L.S.

Don’t dream it. Be it.

“My aim is to blur the lines of your fantasies into an incandescent, intense reality. I want to push your imagination and your body to its absolute limits.”

 

Me dijo: “Tu nombre acompañará mis noches”

Pensé: “El tuyo llenará mis muslos en madrugadas como esta”.

…Tus iniciales se introducirán en mis sábanas,

treparán por ellas buscando un tropiezo casual con mis pies,

besarán cada centímetro

y saliva a saliva recorrerán mis piernas.

Llegarán a mis muslos donde sin aviso se instalarán.

Bailarán sobre ellos.

Acamparán a  ritmo lento

a la espera de mis dedos que sabiamente sabrán guiarlas,

justo hasta el punto exacto donde explotará tu nombre

rebotando en cada esquina de la habitación.

Tu nombre,

que pronunciado a susurros sonoros tal vez vagabundee en el intento de demorarse.

Y mientras espero a que se inmole en mi boca o en mis pestañas,

jugaré con el viento

mojaré tus palabras en mi sexo abierto

y amañaré la lógica y el desaire.

 

Copyyright©2016-19L.S.

La magia está en besarte el alma, no los labios.

“Sé quien quieras ser, nadie te está viendo. Ponte a prueba”

 

 

Ella le había citado sobre las 20h para que acabaran juntos el informe que necesitarían entregar al día siguiente. Tomás, su compañero de trabajo solía ser impuntual así que ella sabía que después del gimnasio aún tendría tiempo para darse un baño relajante.

Se dispuso a realizar su ritual preferido, un baño con agua muy caliente, sales y el jabón recién traído de Italia, el que hacía espuma inmediatamente y tanto le costaba encontrar en otro lugar que no fuese allí. Después, encendería unas velas y escucharía algo de blues seguramente.

La casa estaba en silencio y a oscuras, solo se escuchaba el sonido del agua caer impaciente por acariciar su piel.

Ella comenzó a desnudarse frente al espejo, se bajó los tirantes de la camiseta blanca. Se quitó lentamente el pequeño pantalón deportivo que había usado en el gimnasio y que tan bien se ajustaba a sus curvas. Se recogió el pelo en una coleta alta.

Y se descalzó.

El resto de la camiseta acabó en el suelo y tras ella el sujetador. Desnuda frente al espejo comenzó a moverse al son del blues que sonaba de fondo. Y como queriendo seducir al espejo se fue bajando muy sinuosamente el pequeño tanga blanco.

La bañera clamaba su presencia, la espuma luchaba por no rebasar los limites del recipiente y ella, que por un momento olvidó que Tomás nos siempre era impuntual y sobre todo, no recordó que el día anterior le había dejado una copia de la llave de su casa, estaba ajena a cualquier hecho que ocurriera más allá de ese baño..

La puerta del baño semi abierta y Tomás que solo era un fiel compañero de trabajo hasta el momento, acababa de entrar en la casa con la llave, ya que ella no escuchó el timbre. El próximo fin de semana ella viajaría y cada vez que esto ocurría ella le dejaba las llaves para que cuidará de sus plantas.

Tomás nunca confesó lo mucho que se excitaba cada vez que la veía aparecer en la oficina con su vestido rojo corto y ajustado, mientras elevaba su belleza con unos zapatos de tacón, rojos también. O cuando tomaban juntos un cappuccino y ella le hablaba lento mientras relamía el resto de la espuma que bailaba sobre sus labios con una sonrisa casi inocente.

Recordaba un día en el que después de comer juntos tras una reunión, ella se sentó frente a él dejando ver su ropa interior a modo de descuido. Él no supo donde mirar, pero se excusó y en unos segundos ya estaba en el baño encerrado, tocándose y calmando el ansia con el que ella le dejaba en tantas ocasiones. Infiernos por enfriar.

Y esa tarde, allí estaba. En su casa, con la puerta entre abierta del baño y ella desnuda frente al espejo , acariciando su cuerpo al son de la música.

Ella se metió en la bañera, primero un pie, luego el otro y lentamente el calor del agua y la dulzura de la espuma se adueñaron de su cuerpo. Cerró los ojos, humedeció sus labios y se dejó mecer por la calidez del baño.

Él estaba expectante, no pensaba retirarse de ese pequeño paraíso terrenal que se le había ofrecido hoy de modo casual.

Cuando ella comenzó a moverse suavemente bajo el agua y a suspirar, él introdujo más su cabeza en la pequeña ranura de la puerta para no perderse ningún gesto. Ningún detalle.

Pudo ver como abría las piernas y llevaba sus dedos llenos de espuma a su sexo. Arqueaba las nalgas mientras iba introduciendo sus dedos muy lentamente, primero uno, luego dos.

Él moría por saber en que estaba pensando ella para llegar a excitarse tan rápidamente.

Tal vez el contacto con el agua caliente y la espuma la exciten, como a mí me excita su voz, su olor-pensó.

Ella gemía cada vez más fuerte, con su boca entreabierta y los ojos cerrados. Tenía elevadas las dos piernas apoyando los pies de uñas rojas a ambos lados de la bañera. Su pecho sobresalía mostrando unos pezones duros y firmes.

Que ganas de descubrirse, de meterse en el agua de repente y con decisión, con la violencia que da el deseo acumulado y penetrarla hasta que gritara de placer y no dejar de hacerlo hasta que ella  estallase una y mil veces- pensaba.

Que ardor sentía en su entre pierna al no poder hacer ningún movimiento. ¿Por miedo? ¿Por respeto? Buscaba un motivo para no abalanzarse allí mismo. Introducirle sus dedos en la boca y abarcarla entera con suaves y rápidos movimientos. Morder sus carnosos labios rojos que siempre sonreían y provocaban.

Su respiración se agitaba cada vez más. Su mano hace tiempo que estaba atascada en la turgencia de su sexo que luchaba por salir de ese vaquero gris.

Deseaba acercarse a ella, ponerse de rodillas, besar los dedos de sus pies. Esos pies que solían deslizarse sobre el suelo con tanta elegancia y firmeza. Cada vez que escuchaba el sonido de sus tacones en el pasillo de la oficina una sutil erección comenzaba a emanar de él. No podía y seguramente tampoco quería controlarla. Sus tacones y el tremendo desasosiego que quedaba después sobre su piel.

Chuparía cada uno de los dedos de uñas rojas. Lamería con suavidad su empeine. Los llenaría de saliva y de ganas de penetrarla. Sentía el mismo deseo por sentir sus bellos pies en su boca como de comerla entera sin dejar ni un solo rincón por saborear e invadir.

Su mano cada vez rozaba su entrepierna con mas fuerza y rapidez, iba a estallar y solo podía imaginar en hacerlo sobre ella. Sobre su desnudo cuerpo cubierto de espuma, sobre sus piernas abiertas reclamando más placer, más intensidad.

Imaginaba que la espuma se mezclaba con su descarga. Y su descarga con la espuma. Cubriendo así su suave cuerpo.

Lleno de imágenes, de deseo y de ganas de gritar,  seguía con todos sus sentidos cada uno de los movimientos de ella.

La música se paró. La respiración agitada de él se hizo evidente. Ella se percató de su presencia.

Él tembló por un instante.

Ella le sonrió.

Ven- le dijo.

Por fin- pensó. O tal vez lo dijo.

 

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Fleeing means coming to get you.

Y de repente surgió la repentina necesidad de llamarle.

Delirios de su boca antes de dormir.

Tenía hambre y no solo de sushi, necesitaba sus manos entre mis piernas. Su lengua indagando sobre mi pecho y por encima de todo, su calor entre las sábanas.

Y en la madrugada le envié un mensaje al móvil . No tardó en contestar. Me dijo que debía ducharse y vestirse. Le contesté que no. Doble o nada.

-Vale- me escribió. Lo que tardo en vestirme-

-Mejor no, no te vistas-

Cogió el coche y navegó entre semáforos y radares en la oscuridad de Madrid, así, desnudo. Con sus gafas y sus zapatos. Nada más.

Y llegó a tiempo.

Justo cuando más palpitaba mi vientre. En el mismo instante en el que mis dedos comenzaban a revolotear entre las sábanas negras de seda y mis muslos.

Le abrí la puerta. Así, desnuda, solo con una pequeña camiseta de tirantes blanca. Descalza y con el pelo despeinado. Con una sonrisa y la excitación en la mirada.

-Se trataba de una urgencia- le dije.

-Me hago cargo-contestó abalanzando su desnudez sobre mi piel.

Cerré la puerta suavemente con el pie y le invité a meterse dentro.

Muy dentro.

Hasta el fondo.

«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»


(Ludwig Wittgenstein)

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No juegues si es que no vas a quemarte.

 

“Quiero verte un día chupándote el dedo tras sacártelo de tu sexo”.

-Susurra a través del whatsapp.

“¿Y luego, qué?”.

-Le contesto, retándole a pedir más.

“Luego una llama o  un una chispa lubricada,

algo que me mantenga en tus espacios,

ahora mismo ando a tientas, ciego por ti”.

 

“¿Y después de luego, qué?”.

-Le insisto.

“Mi hambre de tí. Mi leche sobre tu ombligo  es la ofrenda  que te daré cada día

divina-musa-dionisiaca.”

 

 

 

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