Así en la vida, como en el arte. Amén.

Noche de gala. Fiesta benéfica y los 2 estaban invitados.
Él, llevaba un traje de chaqueta oscuro, pajarita y un perfume para derretir voluntades.
Ella, cubrió su desnudez con un vestido por estrenar negro, muy pegado, largo y con un gran escote en su espalda. El pelo rubio recogido en un gran moño, y ambos por exigencias de la cena, con unas máscaras que cubrirían sus rostros toda la noche.

El baile , las risas, el flirteo en el aire bajo el amparo de la privacidad que suelen regalar las máscaras. Todo parecía perfecto o similar.

Y de repente el enfado entre ambos, sin motivo aparente, pero ahí estaba. Tal vez la noche alargándose demasiado, el exceso de champagne o la seducción del ambiente.
Parte de los invitados se dieron cuenta de la distancia de la pareja, del cambio de humor mutuo pero nadie quiso preguntarles.

Pasaron las horas y la rabia iba acumulándose .

Ella le buscó, le encontró en una esquina cualquiera de la fiesta y le dijo:
-Sígueme-
Y a pesar de todo, él la siguió. En otro momento lo hubiese hecho al ritmo de sus caderas marcadas por el vestido negro ajustado que llevaba, pero esa noche solo podía escuchar su rugido interno.
Ella caminó segura delante de él, sobre sus tacones altísimos. Subieron la escalera que les llevaría al piso superior y ella le guió hacia una habitación.
Él ni siquiera se preguntó porque conocía ella esa habitación. Comenzaba a sentirse embriagado por la música que sonaba hipnóticamente y se iba mezclando como por osmosis con el olor de ella.

Al borde de la cama, ella se subió el vestido a la altura de los muslos, se quitó sus diminutas bragas de encaje verde y le pidió que se tumbara con un ligero empujón que él no pudo rechazar.
Él evitaba mirarla, estaba allí y no estaba.
Le desabrochó el pantalón, se sentó sobre él y sin quitarse la mascara comenzó a moverse sobre él.

Con dulzura. Con violencia.

Ella no apartó sus ojos de los de él y sin pronunciar palabra dejó que su cuerpo hablase.
Y le cabalgó como buscando exilio y hogar de invierno, con el deseo que da la rabia tras el enfado.
Él sintió que su sexo estrangulaba su alma y luego su polla.
Apenas unos cortos minutos y el vertió toda su ira dentro de ella.
Ella dejó caer su rostro y su cabello sobre el pecho de él unos segundos. Inspiró para quedarse con su aroma y con la misma diligencia se levantó. Bajó su vestido mientras pensaba que lo que más le gustaba de él era precisamente el daño que le provocaba. Se puso su ropa interior en un ágil movimiento  y se marchó sin más dilación. No sin antes decirle:

-Te llevo dentro de mí-

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Besatemonos.

Había una vez una cosita muy sexy cabalgando entre mis sueños.

La cosita sexy fue mutando y lentamente llegó  a convertirse en algo tan sexy como seductor y ya no solo cabalgaba de noche, lo hacía también bajo los rayos dorados de mis muslos abiertos.

Y siguió creciendo y ahora era sexy-seductor-valiente. Y así fue aumentando la necesidad de decir su nombre. Siguió evolucionando como solo pueden hacerlo los que miran hacia adelante y se tornó en sexy-seductor-valiente-intenso. Así, como solo pueden serlo las cositas sexys de por allí.

A veces me llamaba desde el coche, en cualquier carretera perdida y con cualquier excusa, para acabar diciéndome que tenía mis bragas entre sus manos y que si le daba permiso para tocarse. Y me lo decía con su sexy-ronca voz, como si nada.

Y como si todo, yo le daba permiso a condición de que lo hiciera desnudo, y entonces él se desnudaba y permanecía así en el coche, esperando mis instrucciones mientras fusionábamos su ansia y mi deleite.

Desde su sexy sinceridad como solo los valientes saben hacer, me decía que necesitaba subir un peldaño más, o varios a la vez, y a mí que me ponen las escaladas le contestaba que estuviese preparado para todo.

Y todo es todo.

Sin limites- me decía medio jadeante de placer y éxtasis futuro.

Haremos de todo, salvar al mundo lo primero como dijo aquel,

después, marcarte…

El alma, la sonrisa, la piel- le anticipé.

Eres de una dulzura dolorosa- añadía mientras acariciaba su sexy desnudez en mitad de la nada. Y tal vez bajo el reflejo de alguna excitada luna que moría de ganas por rozarle en alguna de sus múltiples vidas.
Tal vez…en esta.

Después…escarbar en su rima.

Y tocarle.

Morirle. Amarle. Follarle.

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Dancing with the mystery.

Dos semanas.

Ese era el tiempo que había transcurrido desde la última vez que ella le había permitido obtener placer. Justo después de aquel momento ella le pautó algo:
-“Te esperaré aquí, hasta que no regreses de tu viaje de trabajo tienes prohibido acariciarte a no ser que yo te indique lo contrario. Sé que me obedecerás, y para que veas que confío plenamente en ti esta vez no te llevarás tu cinturón de castidad”-

Catorce días en los que ella le había ido mandado mensajes sin una periodicidad establecida con el objetivo de mantenerle en un casi permanente estado de excitación y frustración por no poder aliviarla.

Con estos recuerdos de las dos últimas semanas llegó al portal de ella. Cinco minutos antes de tiempo y con los bolsillos llenos de ganas .

Ella le concedió permiso para subir. Cruzó el portal, subió en el ascensor y llamó a la puerta. Esperó.
El sonido cada vez más cercano de los tacones sobre el suelo de madera hizo que su corazón empezara a latir a mayor velocidad.

La puerta se entreabrió invitándole a pasar y lo hizo cerrándose tras de sí. En ese momento la observó, como sonriéndole las ganas, como duplicando los espacios y supo que todo estaba mejor ahora.

Botines negros de tacón altísimo que dejaban al aire sus dedos con las uñas pintadas de un rojo intenso, las piernas desnudas, esbeltas en todo su esplendor y con el ligero color de quien ha tomado el sol, un vestido negro de falda muy corta que llegaba por encima del muslo, un cinturón rojo con motivos dorados, el escote de pico rematado en dos tirantes ínfimos que realzaban sus hombros y su cuello, el maquillaje muy discreto resaltando solo los labios pintados en ese rojo que a ella tanto le gustaba.

Y las manos. Perfectas, con las uñas inevitablemente rojas a juego con los labios y las uñas de los pies.

Tomó sus manos entre las suyas y delicadamente besó cada uno de sus dedos mientras le decía cuánto la había echado de menos.

Con un delicado hizo que se pusiera en pié, le besó con las ganas que solo las ausencias son capaces de reunir y después de varios segundos-minutos remató el beso mordiendo con firmeza su labio inferior hasta que sus labios se separaron.

-“Te quiero desnudo y completamente entregado a mí”-le indicó con un tono tan suave como convincente.

Obedeció casi de inmediato y en poco tiempo fue dejando la ropa en el armario de la entrada, quedándose desnudo. Se sintió libre. Y vulnerable.

Ella puso en su cuello un collar metálico y enganchó una cadena a la argolla del collar. Él supo que debía ponerse de rodillas y seguirla a donde le llevara.
Recorrieron el pasillo y llegaron a esa habitación que tan familiar era para él. Ella se sentó encima de la jaula que presidía la estancia.

-“Demuéstrame cuánto me has deseado en esta breve ausencia”-

Él le quitó con mucha delicadeza uno de los botines. Lo dejó en el suelo y sujetando su pie con ambas manos comenzó a besarlo dedo a dedo, poro a poro, impregnándose de su química, mientras introducía sus pequeños dedos en su hambrienta boca.
Después de varios minutos volvió a ponerle el botín y realizó la misma operación con el otro pie, con más dedicación si cabe.

Ella se puso de pie, retiró la cadena del collar metálico y le ordenó tumbarse boca arriba en la parte superior de la jaula.

Cuando comprobó que él había obedecido, lentamente recorrió todo su cuerpo con sus uñas. De los pies a la cabeza, notando los ligeros temblores que el casi inexistente contacto provocaba en su cuerpo, mientras observaba con una divertida sonrisa la erección que mostraba su sexo a pesar de que en ningún momento había acariciado las cercanías de esos rincones.

Cogió su cara entre sus manos y le besó casi violentamente para acto seguido separarse de él. Cogió las muñequeras fijadas a los barrotes de la jaula y las abrochó sobre sus muñecas dejándole los brazos inmovilizados, después hizo lo propio con los tobillos. Con unas cintas de cuero amarró las piernas a la altura de las rodillas, los brazos a la altura de los codos y dejó también firmemente inmovilizada la frente.

Se sentó encima de su cara, dejando la tela de su tanga, tan rojo como escueto, en contacto con su boca, pero advirtiéndole que de momento no podría hacer nada más que intuirla.
Sentirla.
Adivinarla.
Cogió su aceite preferido y con mucha suavidad fue extendiéndolo a lo largo de todo su sexo, demorándose en cada rincón oculto, dejando que él sintiera la caricia y forzando a que respirara, cada vez más directamente sobre y desde su sexo.

Apartó la tela de la lencería y dejó descansar su sexo sobre la boca de él, que enseguida supo que debía darle placer con su lengua como si en ello le fuera la vida.

Ella le masturbaba muy lentamente, haciendo crecer el placer dentro de él, sin prisa y sin parar en ningún momento, a la vez que su propio placer iba incrementándose a través de la lengua que se movía sabiamente.

Continuó con las caricias rozando simplemente sus uñas en toda la longitud de su cuerpo, centrándose en la base del glande o moviendo la palma de su mano en un ritmo rápido estimulando únicamente la abertura de la uretra.

Él se iba volviendo loco con aquellas caricias y decidió concentrarse en el placer de ella, incrementando el ritmo de las caricias, saboreándola y bebiéndola para saciar la sed acumulada.

Ella arqueó su espalda para sentir aún más esa lengua exploradora, hasta que agarró los muslos de él, cesando momentáneamente sus caricias, y clavó sus uñas en la cara interior de los muslos. Con fuerza.
Dejó que su placer erizara cada centímetro de su universo.

Se recompuso ligeramente y se levantó para seguir acariciándole. Esta vez de pie, a su lado, controlando cada uno de sus gestos para saber cuándo estaba cerca de liberar su placer. Lo llevó poco a poco al borde del orgasmo, hasta que este era ya casi inevitable y él pidió permiso para correrse. Ella paró.

Le dejó reposar unos pocos segundos y volvió a acariciarlo, esta vez mucho más rápido, luego más lento, pervirtiendo los ritmos, sorprendiéndole y sin que pudiera acostumbrarse a una cadencia concreta. Al cabo de unos minutos notó que empezaba a temblar ligeramente y le masturbó más rápido; él volvió a pedir permiso para correrse y ella, sonriéndole volvió a parar.
Retiró su mano y acercó sus dedos a su miembro. Sopló muy suavemente recorriéndolo de arriba a abajo. Tembló dos o tres veces, como si fuera a estallar solo con un soplido más. De nuevo cesó la estimulación.

Arañó con fuerza el interior de los muslos, marcando sus uñas y agarró con fuerza los testículos. Él respondió con una mueca mientras se mordía los labios tratando de no quejarse.

Otra vez comenzó las caricias en una masturbación rápida y suave, desplazando sus dedos sobre su excitadísima intimidad, casi sin tocarla, como si dejara que la viscosidad del aceite fuera la que realizara la estimulación. Él era ya en ese momento un temblor continuo.
Temblor y sudor.
Sudor y ganas.
Ganas y rabia.

Ella lo llevaba al borde del orgasmo y antes de que él pudiera pedir de nuevo permiso cesaba las caricias, volviéndole completamente loco de placer pero sin dejarle terminar. Una, dos veces, diez. Todas ellas a punto de liberar el placer y ella se lo denegaba una y otra vez.

Él ya ni pedía permiso para correrse, solamente emitía algo parecido a un sollozo de desesperación.

De nuevo lo acarició rápido y muy suave, lo sintió temblar y acercándose un poco más a él, le dijo:

-“Córrete para mí, ofréceme tu placer”-

Él se derramó como pocas veces en su vida lo había hecho. Tembló cinco o seis veces y respiró aliviado estallando en un gemido prolongado. Ella agarró la base del pene con su mano izquierda y con la mano derecha siguió masturbándolo con fuerza centrándose de manera casi exclusiva en su glande. Él le pidió por favor que parara. Ella sonrió de manera perversa.
No iba a parar. Él gimió.

El gemido se volvió quejido, las caricias continuadas sobre su hiper
sensibilizada piel después del orgasmo eran como punzadas de miles de agujas pequeñas que pinchaban sin pinchar, quemaban sin quemar y se retiraban. O no.
Trataba de moverse pero las correas se lo impedían. No tenía escapatoria y ella no pensaba parar, al menos de momento.

Su cuerpo se convirtió en una continua convulsión. Ella acariciaba sin cesar su glande, en ocasiones la base, en otras dibujaba figuras caprichosas en todo él.
Sin parar.
Sin dejarle recuperarse.
Deleitándose en todos sus temblores.

Él seguía manteniendo la erección y entre el ardor que en ese momento le estaba sacando de su ser, notaba que la excitación iba creciendo más y más. Temblaba, Sudaba a mares. Sollozaba de placer entre las punzadas ardientes de aquellas caricias. Estaba de nuevo a punto de correrse.

Reuniendo todas las fuerzas que fue capaz consiguió sacar un hilo de voz inteligible y le pidió permiso para correrse.

“Puedes”…

Y sucedió de nuevo y se sintió desfallecer entre descargas y sollozos. Tenía los ojos anegados de lágrimas. Esta vez ella le dejó recuperarse y no siguió acariciándole. Le soltó las correas y por fin lo liberó.

Ella le acarició muy suavemente la cara, enredó los dedos en su pelo y le susurró:

-“Quiero llevarte al punto en el que confluyen el dolor y el placer y que juntos exploremos qué hay más allá”-

Él la miro. O tembló.
O todo a la vez.

“Normalmente, nuestra vida sexual está determinada por el impulso de llegar al orgasmo. Gran parte del BDSM se basa en lo que sucede cuando dejas de convertir los orgasmos en el único y principal objetivo del sexo. Consiste en experimentar y poner a prueba los límites mentales de la excitación. Cuando eliminas el orgasmo de la ecuación, te fuerzas en expandir tu concepción de lo que es una relación sexual y empiezas a explorar territorios desconocidos” (D.I.)

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Desde la eternidad de lo efimero.

Se me ocurren maneras de esperarte, ahora que sé que vas a llamar al timbre en breve y todo Madrid ha ardido de la excitación al saberlo.

Y es que hay más poesía en ti que en cualquier poema, más paraísos en tus manos que en todos los infiernos imaginarios.

Esperar-te y desear-te van de la mano así que, tal vez lo haga…

Desnuda, sobre las sábanas que cubren la cama, dejando la puerta semi abierta para que entres sin llamar, me busques y me encuentres tumbada, esperándote. Anticipándome a tus excesos con las arterias preparadas.

Podría ser…

Que tras la puerta esperase tu llamada con un vestido negro corto, muy pegado. Con los hombros al aire y unos guantes  altos acariciando mis manos y brazos. Una máscara que solo deje entrever mis ojos y carmín rojo en mi sonrisa. Para después asaltarte con palabras y besos, mientras te rebusco los huecos y las sombras.

Claro que…

Podría aguardarte cubierta con mi recién adquirido conjunto de lencería negro. Un corsé, un mini tanga, ligueros, medías y unas sandalias muy abiertas. Y observarte, dejar que mueras en mi sonrisa para resucitarte después.

Sin embargo…

Me encantaría esperarte desnuda, tan solo con un tanga minúsculo y unas sandalias altas, ponerte un antifaz nada más entrar y conducirte de la mano hacia mi abismo particular.

O tal vez…

Desnuda, enfundada en mis tacones preferidos. Abriré la puerta y te besaré sin pronunciar palabra. Te llevaré sin apartar mi lengua de tu boca hacía la habitación o hacia algún paraíso construido exclusivamente para ti.

Aunque, casi pensándolo bien…

Con una camiseta corta blanca y transparente, sin nada debajo, para que puedas sentir mi pecho en el primer beso-mordisco que te regale, podría ser una buena opción. Unas mini braguitas blancas debajo y descalza, sintiendo el suelo, no vaya a ser que comience a volar demasiado pronto.

Lo mejor de todo es que sé que me dirás:

-Cautivo, desarmado. Me rindo. Haz de mí lo que quieras.-

Y sabes que lo haré,

lo primero eso sí,

detener el tiempo

para pronunciarte despacio.

 

 

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Don’t dream it. Be it.

“My aim is to blur the lines of your fantasies into an incandescent, intense reality. I want to push your imagination and your body to its absolute limits.”

 

Me dijo: “Tu nombre acompañará mis noches”

Pensé: “El tuyo llenará mis muslos en madrugadas como esta”.

…Tus iniciales se introducirán en mis sábanas,

treparán por ellas buscando un tropiezo casual con mis pies,

besarán cada centímetro

y saliva a saliva recorrerán mis piernas.

Llegarán a mis muslos donde sin aviso se instalarán.

Bailarán sobre ellos.

Acamparán a  ritmo lento

a la espera de mis dedos que sabiamente sabrán guiarlas,

justo hasta el punto exacto donde explotará tu nombre

rebotando en cada esquina de la habitación.

Tu nombre,

que pronunciado a susurros sonoros tal vez vagabundee en el intento de demorarse.

Y mientras espero a que se inmole en mi boca o en mis pestañas,

jugaré con el viento

mojaré tus palabras en mi sexo abierto

y amañaré la lógica y el desaire.

 

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La magia está en besarte el alma, no los labios.

“Sé quien quieras ser, nadie te está viendo. Ponte a prueba”

 

 

Ella le había citado sobre las 20h para que acabaran juntos el informe que necesitarían entregar al día siguiente. Tomás, su compañero de trabajo solía ser impuntual así que ella sabía que después del gimnasio aún tendría tiempo para darse un baño relajante.

Se dispuso a realizar su ritual preferido, un baño con agua muy caliente, sales y el jabón recién traído de Italia, el que hacía espuma inmediatamente y tanto le costaba encontrar en otro lugar que no fuese allí. Después, encendería unas velas y escucharía algo de blues seguramente.

La casa estaba en silencio y a oscuras, solo se escuchaba el sonido del agua caer impaciente por acariciar su piel.

Ella comenzó a desnudarse frente al espejo, se bajó los tirantes de la camiseta blanca. Se quitó lentamente el pequeño pantalón deportivo que había usado en el gimnasio y que tan bien se ajustaba a sus curvas. Se recogió el pelo en una coleta alta.

Y se descalzó.

El resto de la camiseta acabó en el suelo y tras ella el sujetador. Desnuda frente al espejo comenzó a moverse al son del blues que sonaba de fondo. Y como queriendo seducir al espejo se fue bajando muy sinuosamente el pequeño tanga blanco.

La bañera clamaba su presencia, la espuma luchaba por no rebasar los limites del recipiente y ella, que por un momento olvidó que Tomás nos siempre era impuntual y sobre todo, no recordó que el día anterior le había dejado una copia de la llave de su casa, estaba ajena a cualquier hecho que ocurriera más allá de ese baño..

La puerta del baño semi abierta y Tomás que solo era un fiel compañero de trabajo hasta el momento, acababa de entrar en la casa con la llave, ya que ella no escuchó el timbre. El próximo fin de semana ella viajaría y cada vez que esto ocurría ella le dejaba las llaves para que cuidará de sus plantas.

Tomás nunca confesó lo mucho que se excitaba cada vez que la veía aparecer en la oficina con su vestido rojo corto y ajustado, mientras elevaba su belleza con unos zapatos de tacón, rojos también. O cuando tomaban juntos un cappuccino y ella le hablaba lento mientras relamía el resto de la espuma que bailaba sobre sus labios con una sonrisa casi inocente.

Recordaba un día en el que después de comer juntos tras una reunión, ella se sentó frente a él dejando ver su ropa interior a modo de descuido. Él no supo donde mirar, pero se excusó y en unos segundos ya estaba en el baño encerrado, tocándose y calmando el ansia con el que ella le dejaba en tantas ocasiones. Infiernos por enfriar.

Y esa tarde, allí estaba. En su casa, con la puerta entre abierta del baño y ella desnuda frente al espejo , acariciando su cuerpo al son de la música.

Ella se metió en la bañera, primero un pie, luego el otro y lentamente el calor del agua y la dulzura de la espuma se adueñaron de su cuerpo. Cerró los ojos, humedeció sus labios y se dejó mecer por la calidez del baño.

Él estaba expectante, no pensaba retirarse de ese pequeño paraíso terrenal que se le había ofrecido hoy de modo casual.

Cuando ella comenzó a moverse suavemente bajo el agua y a suspirar, él introdujo más su cabeza en la pequeña ranura de la puerta para no perderse ningún gesto. Ningún detalle.

Pudo ver como abría las piernas y llevaba sus dedos llenos de espuma a su sexo. Arqueaba las nalgas mientras iba introduciendo sus dedos muy lentamente, primero uno, luego dos.

Él moría por saber en que estaba pensando ella para llegar a excitarse tan rápidamente.

Tal vez el contacto con el agua caliente y la espuma la exciten, como a mí me excita su voz, su olor-pensó.

Ella gemía cada vez más fuerte, con su boca entreabierta y los ojos cerrados. Tenía elevadas las dos piernas apoyando los pies de uñas rojas a ambos lados de la bañera. Su pecho sobresalía mostrando unos pezones duros y firmes.

Que ganas de descubrirse, de meterse en el agua de repente y con decisión, con la violencia que da el deseo acumulado y penetrarla hasta que gritara de placer y no dejar de hacerlo hasta que ella  estallase una y mil veces- pensaba.

Que ardor sentía en su entre pierna al no poder hacer ningún movimiento. ¿Por miedo? ¿Por respeto? Buscaba un motivo para no abalanzarse allí mismo. Introducirle sus dedos en la boca y abarcarla entera con suaves y rápidos movimientos. Morder sus carnosos labios rojos que siempre sonreían y provocaban.

Su respiración se agitaba cada vez más. Su mano hace tiempo que estaba atascada en la turgencia de su sexo que luchaba por salir de ese vaquero gris.

Deseaba acercarse a ella, ponerse de rodillas, besar los dedos de sus pies. Esos pies que solían deslizarse sobre el suelo con tanta elegancia y firmeza. Cada vez que escuchaba el sonido de sus tacones en el pasillo de la oficina una sutil erección comenzaba a emanar de él. No podía y seguramente tampoco quería controlarla. Sus tacones y el tremendo desasosiego que quedaba después sobre su piel.

Chuparía cada uno de los dedos de uñas rojas. Lamería con suavidad su empeine. Los llenaría de saliva y de ganas de penetrarla. Sentía el mismo deseo por sentir sus bellos pies en su boca como de comerla entera sin dejar ni un solo rincón por saborear e invadir.

Su mano cada vez rozaba su entrepierna con mas fuerza y rapidez, iba a estallar y solo podía imaginar en hacerlo sobre ella. Sobre su desnudo cuerpo cubierto de espuma, sobre sus piernas abiertas reclamando más placer, más intensidad.

Imaginaba que la espuma se mezclaba con su descarga. Y su descarga con la espuma. Cubriendo así su suave cuerpo.

Lleno de imágenes, de deseo y de ganas de gritar,  seguía con todos sus sentidos cada uno de los movimientos de ella.

La música se paró. La respiración agitada de él se hizo evidente. Ella se percató de su presencia.

Él tembló por un instante.

Ella le sonrió.

Ven- le dijo.

Por fin- pensó. O tal vez lo dijo.

 

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Fleeing means coming to get you.

Y de repente surgió la repentina necesidad de llamarle.

Delirios de su boca antes de dormir.

Tenía hambre y no solo de sushi, necesitaba sus manos entre mis piernas. Su lengua indagando sobre mi pecho y por encima de todo, su calor entre las sábanas.

Y en la madrugada le envié un mensaje al móvil . No tardó en contestar. Me dijo que debía ducharse y vestirse. Le contesté que no. Doble o nada.

-Vale- me escribió. Lo que tardo en vestirme-

-Mejor no, no te vistas-

Cogió el coche y navegó entre semáforos y radares en la oscuridad de Madrid, así, desnudo. Con sus gafas y sus zapatos. Nada más.

Y llegó a tiempo.

Justo cuando más palpitaba mi vientre. En el mismo instante en el que mis dedos comenzaban a revolotear entre las sábanas negras de seda y mis muslos.

Le abrí la puerta. Así, desnuda, solo con una pequeña camiseta de tirantes blanca. Descalza y con el pelo despeinado. Con una sonrisa y la excitación en la mirada.

-Se trataba de una urgencia- le dije.

-Me hago cargo-contestó abalanzando su desnudez sobre mi piel.

Cerré la puerta suavemente con el pie y le invité a meterse dentro.

Muy dentro.

Hasta el fondo.

«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»


(Ludwig Wittgenstein)

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No juegues si es que no vas a quemarte.

 

“Quiero verte un día chupándote el dedo tras sacártelo de tu sexo”.

-Susurra a través del whatsapp.

“¿Y luego, qué?”.

-Le contesto, retándole a pedir más.

“Luego una llama o  un una chispa lubricada,

algo que me mantenga en tus espacios,

ahora mismo ando a tientas, ciego por ti”.

 

“¿Y después de luego, qué?”.

-Le insisto.

“Mi hambre de tí. Mi leche sobre tu ombligo  es la ofrenda  que te daré cada día

divina-musa-dionisiaca.”

 

 

 

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Con tu nombre en la punta de mi lengua.

“Y a ti que te pone”, me pregunta

mientras clava su mirada en mis  futuros orgasmos.

a golpe de sonrisa demoledora…

 

Me pone la destrucción que nace al borde de cada poema.

La valentía de un “más lejos aún” cuando exploro tus límites.

La fortaleza  de tu debilidad esculpida a golpe de caricia.

Me ponen las mentes exploradoras.

La intensidad. Siempre.

Trazar mapas entre el agua y el aire.

Invadir. Penetrar. Vencer. Inundar. Aniquilar a besos.

Las diferente estrategias del placer.

Las voces que detienen el tiempo.

Dejar en carne viva tus deseos.

Los acentos con coordenadas norteñas .

Unos dedos que humedecen y revientan las constantes vitales.

El delirio de tu boca entre mis muslos.
La luz que hay en la oscuridad.

Las musas tiradas en el suelo, desnudas y borrachas de placer.

Y por encima de todo,

me pones tú.

“The female function is to explore, discover, invent, solve problems, all with love, in other words, create a magic word.”

 

 

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El deseo es el deseo del otro. (Hegel)

En medio de la mañana de aquel lunes casi primaveral, la vibración del teléfono en el bolsillo de su pantalón le sacó de los temas que en aquel momento se estaban discutiendo en la reunión. Cogió el teléfono y vio que acababa de entrar un correo de ella:

-“Buenos días: Este viernes quiero que vengas a verme a las 19:00 h, te estará esperando un regalo muy especial. Hasta entonces me gustaría que fueras un chico casto, no te acaricies, únicamente cuando te duches, pero solo lo estrictamente necesario para tu higiene. Durante toda la semana deberás ir sin ropa interior; si ahora mismo la llevas puesta ve al baño y quítatela. Quiero que el roce del pantalón te acompañe hasta que me veas.

Te espero.

Un beso.

P.D.: Tengo un pequeño capricho, deseo que el viernes vengas completamente depilado.”-

Nada más leerlo se excusó ante los asistentes a la reunión y salió en dirección al baño. Se quitó los zapatos, los pantalones y la ropa interior. Dobló esta cuidadosamente y la guardo en un bolsillo de la americana, para a continuación  ponerse los pantalones y los zapatos con lenta cadencia rememorando cada palabra leída hace poco, como dibujando la ruta entre sus ganas y el ombligo de ella.

Acto seguido contestó al correo. Allí estaría el viernes.

A lo largo del día leyó y releyó el correo. Dos palabras le llamaron la atención por encima del resto: regalo y capricho. O sea: novedad y mandato.

Buscó y encontró la mejor manera de depilarse por completo, cuando salió del trabajo compró el producto que le había parecido más adecuado y al llegar a casa se lo aplicó quedando satisfecho con el resultado.

A lo largo de la semana el roce de los pantalones  se fue haciendo casi insoportable, no podía tocarse, así que cuando ese roce se traducía en una erección el sentimiento de frustración no hacía sino crecer dentro de él, manteniéndole en un casi permanente estado de excitación.

El viernes a la hora señalada estaba delante del portal de ella. Le puso un mensaje pidiéndole permiso para subir, y solo cuando  se lo concedió accedió al portal y se dirigió al ascensor. Llamó a la puerta con el corazón luchando por no salirse de su boca y solo se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose.

Por fin la puerta se abrió, entró y se arrodilló delante de ella con la mirada fija en la punta de sus sandalias que dejaban los dedos con las uñas pintadas de rojo, al aire. Ella le acarició el pelo y le dijo que se pusiera en pie lentamente.

Sandalias rojas de tacón muy alto y fino, a juego con el color de las uñas, las piernas al aire con un vestido negro corto que le llegaba a medio muslo, un cinturón discreto, los hombros al aire solo cubiertos por el fino tirante del vestido y la melena suelta cayendo sobre su espalda. Maquillada de manera muy discreta con los labios rematados inevitablemente en rojo. Según estuvo completamente de pie admiró por unos segundos su belleza.

Ella agarró la corbata para atraerlo hacia sus labios y besarle. Después  le susurró al oído:

-Desnúdate y deja todas tus cosas en este armario-

Él obedeció y empezó a desnudarse bajo la atenta mirada de ella, guardó toda la ropa y los zapatos en el armario y se quedó así, desnudo, sediento y vulnerable, con la mirada de nuevo clavada en el rojo de las uñas de sus pies.

Ella lo observó. Su mano acarició suavemente el pecho, ahora desprovisto de vello. Sonrió. Su mano bajó por su vientre hasta llegar a sus ingles. Las acarició levemente evitando en todo momento el contacto con su sexo que latía excitado ante el anticipo de caricias.

-Me has concedido mi pequeño capricho. Muy buen chico-

Él se estremeció. Esas palabras siempre causaban el mismo efecto, transportarle a un estado de sumisión completa hacia ella. Delicadamente le ciñó el collar y le volvió a besar.

-Ahora voy a darte tu regalo. Sígueme.-

Él la siguió.

Se arrastró por el suelo mientras ella sujetaba la correa. Llegaron a la habitación y le dijo que se pusiera de pie.

Sobre la cama, dispuestos en un orden perfecto, estaban unas medias negras, un tanga rojo de encaje con bastantes transparencias, un corsé negro, un sujetador con relleno rojo a juego con el tanga y lo que parecía ser un uniforme de criada negro con una especie de tela vaporosa blanca por debajo de la falda. A los pies de la cama estaban unos zapatos negros de tacón muy fino y alto. Sobre la mesilla había una peluca morena de media melena, colocada sobre la cabeza de un maniquí.

-Siempre he querido tener una doncella personal, he pensado que durante este fin de semana bien podrías ser tú esa doncella. ¿Qué te parece tu regalo?- Lo dijo casi susurrándole al oído, haciendo especial énfasis en la palabra doncella.

-Muchas gracias por el regalo. Confieso que me sorprende, no lo esperaba. A veces me has hecho vestir ropa interior femenina, pero esto es, no sé, distinto. Si Tu deseo es que sea tu doncella, pondré todo de mi parte para ser la mejor doncella- Respondió él.

Se quedó unos segundos parado, sin saber qué hacer a continuación. Ella le dio un fuerte azote en una de las nalgas mientras le incitaba  a que comenzara a vestirse con aquella ropa.

Se sentó con cuidado en la cama y cogió una de las medias. Se la puso con cuidado de no tener un enganchón que la estropeara. Lentamente metió el pie y cuando lo tuvo completamente dentro fue subiendo la media por sus piernas hasta que llegó al muslo y colocó cuidadosamente la banda de silicona para que la media quedara perfectamente fijada. Repitió la misma maniobra con la otra media.

Acto seguido cogió el tanga y se lo puso con mucho cuidado tratando de que su sexo quedara completamente dentro de la prenda, algo que le resultó muy complicado por la erección que lucía en ese momento. Una pequeña gota de líquido preseminal mojó la tela. Ella sonrió al ver esa excitación.

Cogió el corsé fue a ponérselo pero le resultó imposible. Ella lo vio y decidió echarle una mano. Le pidió que cogiera aire y en ese momento aprovechó para abrocharlo. Él instintivamente llevó sus manos hacia el corsé, tratando de palpar esa nueva figura en la que la cintura quedaba bastante marcada y de la que no sobresalía ni un centímetro de su abdomen. Le resultaba algo difícil respirar con tal opresión.

Tomó el sujetador entre sus manos y pasó los brazos por los tirantes hasta que estos quedaron en los hombros, echó las manos hacia atrás y con cierta dificultad lo abrochó.

Le llegó el turno al vestido de criada. Completamente ruborizado lo cogió y lo colocó delante de él para poner un pie y luego el otro dentro del vestido, lo fue subiendo lentamente hasta que lo tuvo a la altura de los hombros e introdujo los brazos hasta que el ceñido uniforme se entrelazaba con su piel.

Ella dio la vuelta por detrás de él, cogió la cremallera y la subió.

Se puso los zapatos y cuando estuvo subido a los tacones casi perdió el equilibrio.

-No te preocupes, terminarás adorando andar con tacones- Dijo ella mientras reía divertida.

Ya estaba completamente vestido. Y muy excitado, como pocas veces antes.

Una cosa que le llamó especialmente la atención fue que todas y cada una de las prendas habían encajado a la perfección en su cuerpo, como si durante los meses anteriores ella hubiera ido anotando todas sus medidas cada vez que le ponía las pinzas en los pezones desde detrás de su espalda, en cada caricia, en cada azote con la fusta y en cada latigazo.

Le pidió que se sentara en la silla que había a los pies de la cama. Cuando estuvo sentado ella cogió la peluca y se la colocó con suavidad, dedicó unos segundos a ordenar la caída del pelo sobre los hombros y cuando quedó satisfecha de cómo estaba la peluca le dijo:

-Un poquito de color en tu cara y estaremos casi listos. Tú no tienes que hacer nada, déjame a mí-

Se sentó en una silla frente a él, con un estuche de maquillaje, cogió un poco de color y lo puso sobre la cara de él, discreto, sin estridencias. Le pidió que cerrara los ojos y aplicó un poco de sombra, por último, le agarró suavemente el rostro y empezó a dibujar sus labios con uno de sus lápices preferidos . Él estaba en un estado de completo abandono, la dejaba hacer y estaba gozando de lo que ella estaba haciendo, se sentía completamente bajo su control y eso le excitaba enormemente. Ella le sacó de su absorción:

-Antes de que te mires en el espejo he de decirte que has quedado bellísima- puso énfasis en ese adjetivo femenino.

-Mucho mejor de lo que imaginaba cuando fui a comprar tu ropita de doncella. Y por lo que veo a ti también te está gustando lo que sientes, me encanta. ¿Te imaginas cuando llegue el día en el que salgamos las dos juntas a seducir a alguien?-

El color subió de inmediato a su cara y un escalofrío recorrió su espalda. ¿Había escuchado bien lo que le acababa de decir? ¿Significaba eso que en algún momento le haría salir a la calle vestido de mujer? ¿Le haría seducir a alguien? Todas las preguntas se agolparon en su cabeza en pocos segundos, sabía que todas las preguntas se respondían con un sí, si algo había aprendido de ella era que todas las insinuaciones que hacía terminaban convirtiéndose en realidad tarde o temprano.

Pidió permiso para hablar y ella le dijo que le dejaría hablar cuando ya se hubiese mirado en el espejo, y que en ese momento debería decirle con franqueza qué sentía, sin ocultarle nada.

Ella se levantó de la silla y le dijo que la siguiera.

Caminando torpemente, haciéndose al hecho de andar sobre los tacones la siguió. Llegaron a la habitación contigua y ella le pidió que cerrara los ojos y se dejara guiar mientras le cogía de la mano muy suavemente. Llegaron al centro de la habitación, justo delante de un espejo de cuerpo entero.

-Ahora ya puedes mirarte en el espejo. Tómate el tiempo que creas necesario, pero recuerda que después de ese tiempo me tienes que contar todo lo que piensas-

Abrió los ojos y se miró en el espejo. Asombro, extrañeza y finalmente admiración. ¿Era él? No, era ella. Había ciertos aspectos que seguían siendo claramente masculinos, pero el espejo le devolvía la imagen de una mujer. Una excitación repentina recorrió su cuerpo. Quiso hablar. No puedo. Los ojos de ella le robaban las palabras, absorbían el aire de su boca, apenas alcanzaba a respirar.

-Estoy asombrado. Cuando vi encima de la cama toda esta ropa que ahora llevo puesta creí morirme de vergüenza pensando en lo ridículo que iba a resultar con todo ello puesto y en la humillación que iba a sentir. A la vez estaba extrañamente excitado ante la idea de que me convirtieras en tu doncella. Ahora que veo el resultado solo puedo darte las gracias y decirte que estoy dispuesto a servirte todo este fin de semana con este uniforme. Seré tu doncella personal y haré todo lo que sea para cumplir todos tus deseos- Le dijo con cierto temblor en la voz.

-Iremos trabajando juntas esta nueva faceta tuya. Me gusta tu masculinidad, no te preocupes, que no te haré renunciar a ella, pero esta feminidad que ahora luces delante del espejo nos ofrece muchísimas posibilidades- contestó ella con cierta dulzura en su voz.

Él se sintió muy intrigado por sus palabras y le preguntó:

-¿Podría saber cuáles son esas posibilidades que dices?-

-Todas las que en este momento estás imaginando y tanto reparo pueden causarte ahora, esas que terminarás aceptando y disfrutando. Los únicos límites que tenemos son los que marcan mi imaginación y tu sumisión- dijo mirándole a los ojos y arrastrando las palabras para que lentamente fueran apoderándose de su mente.

Él se arrodilló delante de ella y besó sus manos.

Le pidió que la esperara de rodillas con la frente y los antebrazos apoyados en el suelo mientras iba a buscar algo. Obedeció y adoptó la postura. Sus nalgas solo cubiertas por la fina tira de tela roja del tanga quedaron expuestas frente a la puerta de la habitación.

Transcurrieron unos cuantos minutos y volvió a escuchar el sonido de los tacones acercándose. Ella llegó hasta él y se situó colocando una pierna a cada lado de sus manos. Le pidió que se incorporara permaneciendo de rodillas.

Se había cambiado completamente. Las sandalias rojas las había sustituido por unas botas negras brillantes de tacón fino metalizado, altísimo, lucía un precioso conjunto de lencería negro por encima del cual sobresalía algo que llamó mucho más su atención, un strap-on con un dildo de mediano tamaño  atado a su cintura.

Le ató las manos con unas frías esposas.

Enseguida supo tanto lo que tenía que hacer inmediatamente como lo que vendría después.

Después, el éxtasis aturdidor de la privación. El poder de no necesitar nada y necesitarlo todo al mismo tiempo.

Ella…

El…

“No vuela quien tiene alas, sino quien tiene un cielo”