Haz lo que nunca has hecho y verás lo que nunca has visto.

“Yo en tí
Yo te he buscado
cuando el mundo era una piedra intacta.
Cuando la cosas buscaban sus nombres,
ya te buscaba yo.

Yo te he procurado.
en el comienzo de los mares y de las llanuras.
Cuando Dios procuraba compañía
ya te procuraba yo.

Yo te he llamado
cuando solamente sonaba la voz del viento.
Cuando el silencio llamaba por las palabras,
ya te llamaba yo.

Yo te he enamorado
cuando el amor era una hoja en blanco.
cuando la luna enamoraba las altas cumbres,
ya te enamoraba yo.

Siempre,
desde la nieve de los tiempos,
yo, en tu alma.”

 

           (El sueño sumergido 1954. Celso E. Ferreiro.)

 

 

…Mi chico obediente.

Mi chica servicial.

La más fiel de todas las fieles. La más sumisa de todas ellas.

La que siempre dice sí.

La maquillo, la visto, la dejo bien bonita.

Que se vea única y especial frente a todos los espejos. Como lo que es.

Y la saco a pasear.

Con su correa, con sus esposas en las manos. Porque no las necesita estando conmigo.

Un antifaz negro y rosa lleva su nombre en algún rincón de mi estudio, lo encuentro y ya es de ella, y así nos paseamos por Madrid en pleno invierno. Su lencería roja comprada especialmente para ese día. Encima, ropa de abrigo, eso no es negociable. Y la luzco en un parque bien grande.

Mi mascota. Mi sumisa. Mi obra de arte.

Paseamos entre árboles que nos saludan orgullosos ante tanta obediencia y devoción, los abrazamos. Las ardillas y algún perro curioso salen a nuestro encuentro también. Y así, la niebla se va disipando.

Mi chica de labios rojos y cinturón de castidad en el alma y en la piel no me va a decir que no a mi capricho de domingo. Y es que ella es así.

Así, como yo la construí.

Como él ya era.

El abrigo al suelo y ella atada en el árbol. Ataduras que durarán lo que yo necesite. El antifaz en sus ojos, que se derretirá en el momento justo. Un suspiro en sus labios. Y un:-“confía en mí “-en sus oídos.

Sonríe y la beso.

Le bajo el pantalón para que respire su piel.

Su sexo luchando por salir de la jaula de acero se enfurece cuando acerco mi boca a ella y soplo. Me observa, no la estoy mirando, pero lo sé. Acerco mi lengua. Se queda con las ganas de más. Acaricio el frío metal que oprime su deseo a flor de piel y mordisqueo su cuello.

-No vayas a moverte- le susurro. Y me voy.

Regreso en unos minutos y la encuentro acompañada. Un policía frente a ella la observa con incredulidad y deseo. No habla, solo mira.

-¿Quieres unirte?- le pregunto.

-¿Puedo?- me dice.

-Hoy, sí- añado.

Me sonríe con melodía de interrogación.

-Te cedo porque me perteneces- susurro a mi fiel sumisa.

Ella asiente algo agitada.

Saco la llave que abre la jaula de su impaciente castidad y mientras el policía se va arrodillando, compruebo que el antifaz sigue en su lugar.

-Toda tuya-le digo a modo de invitación.

Y se lanza con su boca de hambre atrasada. Les observo. Me deleito y podría alargar ese momento varias eternidades.

-Más fuerte- le indico. Como no capta bien mis indicaciones, sujeto la cabeza de cabello cobrizo y le guío sobre como han de ser los movimientos para que mi leal sumisa goce pero no termine. No aún.

Ella se remueve desde sus ataduras.

Musita algo parecido a un -“para, por favor”.-

Ella sabe que no puede elegir ni decidir. “Más rápido”- le digo a nuestro invitado.

Cuando ya me he recreado suficiente y sin que ninguno explote sus ganas en mitad del parque, invierto los papeles. Mi sumisa se arrodilla, esta vez sin el antifaz y con el pantalón en el suelo. Está casi desnuda pese al frío, solo cubre su piel un body rojo y una bufanda roja también.

El policia prevé su placer y se relame.

Mi disciplinada chica se lo come con ansia y bulimia de décadas inconclusas.

-No te atragantes- le digo notando el fervor de sus movimientos.

-Y sobre todo hazle gritar de placer.-

Cada orden va directa a su hipotálamo como si del olor más sugerente se tratase y no quisiera dejarlo escapar. Para atraparlo por siempre en su memoria. Retenerlo y hacerse con él cuando lo necesitase.

Saca su lengua y se demora en los bordes rosáceos del eréctil miembro que frente a ella va creciendo hasta casi abarcar todo el parque, o así se le antoja ante sus ojos. Abre la boca salivando y lo engulle sin apenas usar sus manos.

Los observo. No hay publico. Mejor así -pienso.

Cuando el invitado de cabello rizado está al borde del delirio sujeto la cabeza de mi chica y ella para. El policía lleno de desconcierto y placer truncado me mira.

-Paciencia- le digo sin palabras.

Cierra los ojos y suspira.

Otro breve gesto en la cabeza de mi fiel esclava y remata el delirio que moría por cobrar vida entre los arboles de un parque cualquiera en un domingo invernal de Madrid. A chorros, a borbotones. Espeso. Blanco y radiante como la nieve que en algún punto del planeta estará cayendo ahora mismo.

-Traga y saborea todo-

Lo hace. Se relame y me mira.

Acaricio su cabello.

Sabe que estoy orgullosa de ella.

De él.

 

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Busca el latido.

Carta 4, de Victor a Lara:

El erotismo es un humanismo.

Permíteme que lo plantee en estos términos, parafraseando a Sartre y su concepto humanista del existencialismo. La relación entre un dominante y un sumiso es erótica, y en ella se establece una relación de continuidad más allá de la sumisión sexual que nos habla de cuerpos sagrados, dispuestos a la profanación de la realidad.

Conviene destacar que la realidad es aquí un sistema simbólico, construido por convenciones no necesariamente perennes, a veces, son tan transitorias como lo son las corrientes artístiticas más efímeras o las modas. En un mundo hiperdigitalizado, preñado de trivialidades conformadas como espacios virtuales y  sagrados que inducen al individuo a someterse a ellas sin ningún juicio crítico,  el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, de la violación de las convenciones, en busca de lo real, de algo que trasciende más allá de las apariencias para poder captar la verdad  que se oculta dentro de nosotros, nuestras fortalezas, nuestras debilidades. 

Nuestro erotismo es un erotismo sagrado,  pienso en la equivalencia entre sexo y sacrificio, pienso en Los cuerpos sagrados de Guide, otras veces sumergido en el intrigante pálpito de la vida cotidiana. Cuando hablamos de erotismo somos incapaces de sustraernos a un ritual, un conocimiento del cuerpo, venerado, violado. De la riqueza intelectual de un dominante dependerá que esa relación erótica trascienda más allá de una sesión.

Tiene razón Bataille cuando afirma que el erotismo tiene como fin alcanzar al ser en o lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento. En el BDSM de una forma más exquisita, a veces más exagerada, otras grotesca, siempre sádica, perfeccionada, se reproduce el principio de destrucción del aislamiento de los participantes en el juego. Todo juego establece una relación entre los participantes pero en la erótica, y en la sado-masoquista, el juego continúa después de la partida. La desnudez, el fetichismo, el sometimiento físico o psicológico, construyen una nueva comunicación que se prolonga más allá del juego entre dominante y sumiso, Se revela como una continuación posible del ser, modulada, canalizada a través de los conductos de lo real que subyacen en la realidad: se trata de la búsqueda de lo obsceno. 
Un cuerpo poseído, otro cuerpo entregado, enlazados por el deseo y la fascinación por lo desconocido. A veces, lo desconocido es un acariciar con los dedos la muerte, rozar con la mente lo que no tiene definición, quizá por eso lo desconocido es siempre un simulacro de la muerte, pues desconocemos el sentido trascendental de ella y somos incapaces de contarla, si no es a través de la ciencia o de las religiones. Entre un dominante y un sumiso se abre una continuidad más allá del sacrificio que, efectivamente, como cuentas en tu carta, vamos acompasando, según nuestros respectivos estados anímicos.

El BDSM es una constante perturbación de la vida convencional, es una íntima rebeldía que nunca alcanza el sentido de la revolución porque sería su propia condena. El sado-masoquismo es la quintaesencia de la libertad individual, de nuestra individualidad.  Con el erotismo, así entendido, lo que se cuestiona es el status quo, el orden regular de la rutina y sus instituciones. 
Qué alimenta esa continuidad más allá de una sesión. ¿Es el deseo? Hemos hablado del deseo ante un cuadro de Caravaggio o de Tintoretto, cuando te acaricio el muslo y me restriego a tu vera, mientras nos contemplan las Tres gracias, la Venus del Espejo o el Moisés de Miguel Angel, pero no hemos hablado de la pasión y creo que la pasión es lo que nos permite aceptar la angustia y el sufrimiento, aquello que se vuelve inaccesible. Solo el sufrimiento revela la verdadera naturaleza del dominante y del sumiso: si el dominante no puede poseer al sumiso más allá de la sesión, si sólo el sumiso puede en este mundo realizar lo que nuestros límites prohíben. Y en definitiva, lograr la fusión de las lágrimas en un abrazo prolongado donde la liberación y la continuidad no encuentran cesura. La pasión nos adentra en el sufrimiento que es la búsqueda de lo imposible.  

Después de una sesión echo de menos un abrazo, un momento de profunda entrega y admiración, de respeto y veneración. Así son los momentos que prolongan una sesión, con un gesto en el que se siente el fulgor de los cuerpos, el pálpito sincopado de nuestros respectivos corazones. Así concluyeron las sesiones, con un sentimiento de veneración. En ocasiones, el gozo de lágrimas fundidas con las mías.

Hoy el aire está denso. Debe ser el cambio de tiempo, de estación, “el velo semitransparente del desasosiego…”echo de menos un abrazo, necesito el tuyo. 

No te quiero aburrir más, sería imperdonable.

Te deseo.

Víctor

Yo conocí el secreto del fuego mucho antes que el primer bosque se incendiara.

Antes aún de aquella hoguera,

antes de la llama.

Como todos los hallazgos

fue accidente,

tropezar con la chispa en tu palabra,

y después, ¿qué remedio?:

encenderme

con el roce casual de tu mirada.”

(Aída Elena Párraga)

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Milk and honey dripped from my lips as I answered.

Carta 3, de Victor a Lara:

El efecto Pigmalión nos ronda. ¿Acaso no es hermoso cuando observas la metamorfosis en la sumisa y es absolutamente desalentador cuando el orgullo o la falta de interés se desvelan con el paso del tiempo?. No sé si te comenté en la otra carta mi decepción en los clubs de  BDSM. Ayer me identificaba con las palabras de Catherine Robbe-Grillet, la viuda de Alain, por la que sentía respeto y después de ver “La Ceremonia”, sólo puede sentir admiración. El BDSM tiene mucho de ritual, ese es un atractivo, y como todo ritual es trascendente en nuestra percepción de la realidad. Pero mi experiencia es que se ha transmitido como una fiesta, un club social, asexualizado, una especie de competición entre sumisos reunidos para determinar quién resiste más el dolor. Como comprenderás es decepcionante y, peor aún, aburrido. 

Nunca he tenido una sumisa 24/7 porque las dos sumisas que tuve vivían fuera de mi ciudad. Algo que, de alguna manera, lo dilataba todo. Agendar encuentros, sesiones, días, lugares…Hubiera sido interesante saber en qué habría derivado ese 24/7 aunque tengo que reconocer que no he conocido a nadie todavía que lo haya llevado a cabo. 

Mi fracaso en el BDSM se debe a que, probablemente, de manera inconsciente, he pretendido disolver el binomio señor/sumisa. Romper las normas del juego es algo que me seduce siempre, quizá porque mi manera de pensar es intuitiva y trata de buscar siempre soluciones alternativas, marginales, más transgresoras, sin que eso signifique ni mucho menos que no sienta un profundo respeto por la tradición. Creo que ha sido así porque necesito alimentarme de algo que respire de lo nuevo. Me gusta aventurar que si viviera una relación 24/7 estaría inspirado en aquella frase de Gerard de Nerval que leí cuando era un adolescente y que ha guiado mi manera de ver el mundo de alguna manera: “otorgar a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido”.

Anteriormente te citaba a Robbe-Grillet y estoy seguro de que ella defendería con gran entusiasmo que un dominante tratara de formular nuevas reglas. Pero los tiempos actuales no hacen que sople el viento en esa dirección. Creo que el BDSM vive absorbido por etiquetas: ¿eres switch?, ¿brat?, ¿esclavo?, ¿sumisa?, ¿amo? Creo que todo eso, finalmente, hará que el BDSM sufra de una enfermedad degenerativa. Se disolverá por inanición, o peor aún, por una fibrosis pulmonar o una esclerosis que le impida respirar oxígeno o moverse con agilidad. El BDSM ha creado sus propios hastags que quedan muy bien bajo una foto en instagram, pero carecen de sentido en la vida real. El filosofo Mark Fisher, que se suicidó hace unos años, y que te recomiendo encarecidamente que leas, distinguía lo real de la realidad. La realidad es un sistema simbólico, muy importante para nuestra comunicación, lo real es el cúmulo de contradicciones ocultas tras esa realidad.

No me he enamorado de mis sumisas, porque no despertaron nunca ese sentimiento. Me hubiera consolado saber que eran realmente sumisas y no estaban siguiendo una moda, por mucho tatuaje grabado en su piel o muy alternativas que parecieran. Obviamente, mantener una correspondencia como esta con ellas habría sido imposible. Una de ellas era diseñadora. La otra vivía en Cádiz y aunque era dominante, quería ser mi sumisa. Desde un punto de vista intelectual no tenía nada que hacer con ellas. Comprendí que esta circunstancia alimentaba mi sadismo, no necesariamente desde un plano físico, que también, sino psicológico. No lo soportaron. Me consuela una amistad latente, al menos supongo, aunque no he vuelto a tener contacto con ellas. 

Nunca he tenido un sumiso, no en un sentido estricto, pero sí he generado esa dependencia emocional en algunos hombres que buscaban mi protección y se prestaban a servirme. Pero yo eso lo he investido con el lenguaje de la amistad. Lo he transformado en camaradería. Probablemente hoy, en un incipiente estado de cambio, podría haber derivado en una relación amo/sumiso con alguno de ellos, pero estaría prevaliéndome de su situación emocional. Sería cruel, pero no sería en sentido estricto justo. Como ves, no tengo ningún prejuicio con la crueldad, ni tampoco con el dolor, a un nivel corporal o a un nivel psicológico. El sadismo es inherente a mi manera de pensar.  Conocí a unas cuantas mujeres que disfrutaban con ella sin haber sido sumisas. Creo que está en nuestra “genetica cultural”. De alguna manera, eso ha sustituido la vacante de sumisa en mi vida

A las dos sumisas que tuve les permití que fueran ellas quienes tomaran la batuta. Creo que es bueno hacerlo, porque me fascina jugar con la idea del otro. Forma parte de un buen aprendizaje. Que conozcan las responsabilidades, el sentido de la entrega y de la posesión. Lo hace todo más “democrático”. Y porque de esa manera interiorizan mejor su papel de sumisa. Es curioso la facilidad con que lo hacen desde un plano sexual y lo difícil que es que lo hagan desde otro intelectual. Esta circunstancia viene a verificar que no todo el mundo puede ser dominante y sobre todo, como todo se ha convertido en un espectáculo. Y nadie más hedonista que yo, pero hedonista hasta la muerte.

Te deseo.

V.

“I have

what I have

and i´m happy.

I´ve lost

what I´ve lost

and i´m

still

happy”

(Rupi Kaur)

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Contradecirse es acertar.

Ella era así, donde ponía su deseo, ponía la intención.

Y su intención no entendía de filtros.

Subió al avión que la llevaría rumbo a Moscú. Llevaba esperando ese viaje mucho tiempo, casi al limite de lo que su frágil paciencia podía resistir.

Al entrar y encaminarse a su asiento pudo observar a parte de la tripulación. Sus ojos se pararon en la chaqueta de aquel comandante. Elegante, barba de varios días, pelo oscuro y esa cara de “ven y navega entre mis infiernos”.

No pudo ni quiso evitarlo, le guiño un ojo en cuanto él le dijo un “bienvenida” muy sonriente.

Ya en su asiento y unas cuantas millas de vuelo  después el comandante mando llamar a una azafata, en concreto a la de cabello rojizo y pecas hasta en el alma. 

-Hay una pasajera que…- Y antes de que pudiera terminar, ella ya sabia el final.

-Ya se quién es, comandante- ¿Desea que la haga venir?

-Si, por favor, pregúntale si desea conocer la cabina.

Y así fue.

Ella aceptó. No se podía saber quien de las dos tenia el pelo mas largo y más cobrizo si la azafata o la chica caprichosa que donde ponía el ojo ponía la intención y lo que hiciera falta.

Vestía un traje de chaqueta azul con falda corta y zapatos altos, parecía un uniforme, aunque en realidad solo era su estilo particular.

Caminaron ambas por el pasillo con ligereza sin que nadie pudiera apartar la vista de tanta belleza en tonos naranjas y azulados.

Entró en la cabina. Allí estaba él con el copiloto de gafas de pasta y perilla. 

La pelirroja sonrió coqueta y comenzaron a hablar de mandos automáticos, de millas, de modos de navegación y antes de que él se diera cuenta ella ya estaba sentada encima suyo.

Era la noche de no se sabe quién utilizaría a quién.

-Me excita volar, cuanto más alto mejor-dijo ella como declaración de intenciones.

El compañero de cabina se levantó y situándose tras su larga cabellera comenzó a desvestirla. Ella colaboraba lo que podía mientras se iba moviendo sobre el comandante con poca insinuación ya y mucho empeño. A estas alturas el comandante estaba ya más que empalmado, rebosante de ganas y de que le retirara el pantalón que comenzaba a quedársele pequeño por momentos.

Ella bajó su cremallera en un rápido movimiento mientras el subcomandante de gafas y perilla acariciaba su pecho retirándole el sujetador de encaje negro.

-Muévete lento, haz que te sienta muy profundo.-le susurraba la chica mientras se apartaba el tanga y se hacia con su polla efervescente introduciéndola con avidez.

-Mírame bien- le respondió él. Te estoy clavando el deseo en el fondo del alma-.

El first officer seguía detrás de ella, la tiraba del pelo para acercar su boca y devorar esos  preciosos labios rojos. Ella estiraba el cuello para complacerle mientras seguía cabalgando al comandante. 

Las palpitaciones se aceleraban cuando los embistes aumentaron el calor y el color. Sudor. Susurros. 

Saliva resbalando por el cuello de no se sabe quién, su pecho apretado al cobijo del dueño de la perilla, los jadeos del comandante  y esa cabina llena de luces , o las luces estaban en su mente.

-No aguanto más- y según lo decía el de gafas se situaba de lado para poder abarcar la boca de la pelirroja con su polla hirviente.

Y la música que salía de algún rincón, voces que se escuchaban provenientes de algún lugar del avión, la oscuridad de fuera, el calor, la mezcla de sabores.

Extasiada.

Invadida.

Colmada, así se sentía.

El comandante se vació en ella, la inundó de palabras y de realidades.

-No dejes que se apague el fuego- le dijo en tono convincente ella mientras seguía con sus movimientos circulares sobre su sexo.

El deseo de posesión que se cumple al ser poseído.

Ella venia de una felicidad patrocinada por el sosiego y la falta de ambición y ahora quería darse a todos los excesos carnales. Respirarlos hasta que ardieran dentro de ella. Lamerlos y exudarlos de su piel. Abarcarlos en un abrazo o en cien.

El subcomandante estaba a punto de estallar en su boca. 

-En verdad me estoy follando al uniforme, lo sé- pensó la pelirroja por un momento. Pero un fetiche es un fetiche.

Y entonces el placer. 

El alarido chorreante resbalando entre sus muslos de nuevo y el grito del que follaba su boca con muy poca suavidad.

Después el sosiego tiznando sus sentidos.

La necesidad vampira de absoluto, de sangre, amores y amantes cubierta por el momento.

Sonrió. Se vistió y se fue.

“Nuestro espíritu vuela siempre hacia el ser que nos comprende”.(J.Bonilla)

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Follar también es viajar.

Tenia hambre. Ganas. De todo y sobre todo de él.

Urgentemente.

Arrebatadamente.

Sería tal vez por el aroma de la ciudad, olía a lluvia y a nuevo o porque me gusta el otoño o por mucho más.

Me puse un vestido corto negro y unas sandalias negras. Me maquillé, me perfumé con uno de mis olores preferidos, té verde y sin avisarle fui hacia su oficina.

Bajé del coche, entré, saludé a la secretaria y le hice un guiño asegurándome de que entendía mis intenciones.

Y pasé. Sus ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y excitación inminentes.

Ni tiempo ni ganas para analizar demasiado su mirada. Ahora lo que importaba era mi urgencia.

Mi necesidad.

Este deseo que me ardía entre las piernas desde que me había levantado de la cama.

Quiso decirme algo pero no tuvo demasiado tiempo.

Poseerle. Complacerme con su cuerpo. El resto no importaba.

Alejé la silla giratoria de la mesa y le atraje hacia mi. Me levanté el pequeño vestido negro dejando a la vista la ausencia de lencería. Y en un movimiento rápido desabroché su pantalón y me senté sobre él , no sin antes abarcar toda su boca con mi calor. Mi lengua buscaba profundidad. Mi aliento, esencia. Le agarré del cabello rizado y comencé a moverme sobre él. Movimientos lentos que se transformaron en rápidas sacudidas. Mis ganas reventaban su miembro que apenas pudo respirar en este ataque matutino. Cuando casi no podía más coloqué mis pies en los bordes de la silla para profundizar en él, más aún. Su saliva resbalando por mi boca, mis muslos empapados tal vez de saliva, sudor o de puro deseo. Aceleré. Apreté con fuerza su nuca entre mis manos . Una cabalgada más y se derramó, y yo con él.

Apacigüé su grito con mis dedos dentro de su boca, mordí sus labios y me levanté.

Arreglé mi pelo, el vestido y mi carmín durante unos breves segundos y sin más y con todo, me fui.

Sin apenas pronunciar palabra y aún jadeante solo alcanzó a verme cruzar la puerta.

“Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre, ya lo lleva dentro”.

(Octavio Paz.)

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Sin pruebas y sin dudas.

                  Como me gustan los caballos, y de todas las razas, a veces ocurre esto:

               Se va aproximando la hora y con la asistencia de mi Sissy personal, procedo a elegir de mi extenso vestuario la ropa que me pondré hoy. Me apetece un look muy vintage, por lo que cojo una camisa blanca con cuello alto, un chaleco negro,  una falda ceñida hasta las rodillas, medias negras con linea trasera y unos deliciosos zapatos de charol brillantes con tacón alto, calculo unos 12 centímetros.

Mi sirvienta me ayuda con cada prenda, no entiendo porque después de tanto tiempo sirviéndome sigue siendo tan torpe, no es excusa a estas alturas, aunque lleve en sus muñecas y tobillos unos grilletes que dificultan el movimiento.

                  No obstante como soy muy generosa, una vez que estoy totalmente vestida premio a mi Sissy atando en su cara una de las deportivas que uso habitualmente, para que pueda impregnarse  del exquisito olor que dejan mis bellos y suaves pies en ellas. Ato sus manos detrás de su espalda y la encierro en la jaula  con un candado, donde me esperará hasta mi regreso.

                  Bajo entonces y como siempre puntual, uno de mis animales preferidos, está en la puerta esperándome con el coche. Noto como nada más verme salir por el portal sus ojos se abren. Sonrío. Abre la puerta de atrás y procedo a sentarme. Extiendo uno de mis pies para que, arrodillado en la acera, lo bese con deleite un par de veces.

                  Una vez dentro le ordeno dirigirse a mi “Animal training center” particular, ya de sobra conocido por él. Mientras conduce cruzo mis piernas de forma sensual, el roce de las medidas produce un sonido que de sobra sé excita a mi animal. Seguidamente me quito los zapatos para ir más cómoda y los dejo en el asiento del copiloto para su deleite.

                  Hoy quiero sorprender a mi mascota, por lo que en un momento dado me subo la falda y abro mis piernas de tal modo que a través del espejo retrovisor pueda ver mi sugerente lencería. Con la ayuda de mi dedo índice introduzco un poco de la braguita en el interior de mi sexo, mientras emito un gemido de placer, todo ello mientras mi esclavo me observa.

                  Procedo a bajarme el tanga  lentamente, lo cojo por una punta y lo acerco a la cara del esclavo para que pueda besarlo. Se lo acerco y alejo continuamente para que le cueste más darle los besos prometidos, lo cual me hace reír ya que en ningún momento puede dejar de mirar la carretera que es su principal cometido.

                  Le ordeno quitarse la mascarilla que lleva y le pongo la braguita en su cabeza, de modo que la parte que contacta con mi sexo quede justo a la altura de su nariz y con la ayuda de un par de pequeñas pinzas que siempre llevo en mi bolso, sujeto la parte de atrás de la braguita a sus orejas, para que quede bien fijada y le sirva de mascarilla. Me encanta ver el placer que le da el respirar el aroma de mi sexo impregnado en la braguita y como aguanta el dolor que le producen las pinzas en las orejas.

                  Llegamos al Animal Training Cénter. Es una pequeña villa que posee uno de mis esclavos a las afueras de Madrid, la cual puedo usar siempre que me apetezca. En la puerta de la valla que limita el recinto, nos está esperando ya hace rato el esclavo. Está vestido con su atuendo habitual: un traje de mayordomo con la parte de atrás del pantalón cortado en un círculo de modo que deja su trasero al aire. 

                  Abre la puerta de la valla manualmente, aunque se puede abrir desde el interior, pero a mí me gusta que sea él quien salga a recibirme y la abra. Dirigimos el coche hacia el aparcamiento que está unos doscientos metros más adelante mientras el esclavo nos sigue detrás corriendo.

                  Una vez que aparca mi animal el coche, espero diez segundos a que llegue el esclavo mayordomo, si tarda más de ese tiempo le castigaré severamente, por lo que justo antes de que se cumplan esos segundos y jadeante, llega y se arrodilla delante de la puerta del coche para abrirla. Se derrama en el suelo y procedo a salir, pisando sin demasiados miramientos su espalda. Me gusta que él sea lo primero que piso al llegar.

Caprichosa que es una.

                  Segundos después, me dirijo a la casa que está a unos 25 metros, mientras los dos esclavos me van siguiendo de rodillas y besando mis pies, cada uno el que está más cerca de sus sedientos labios. Por supuesto cada vez que fallen, recibirán un buen fustazo, por lo que ponen el máximo esfuerzo e interés en el cometido. Me divierte enormemente acelerar el paso para que cada vez les cueste más.

                  Una vez dentro, ordeno a mi animal que se desnude y nos espere en el centro del salón, de rodillas con la cabeza en el suelo y las manos en la espalda, mientras mi esclavo mayordomo y yo nos dirigimos a la habitación que tiene reservada únicamente para mí. Le ordeno que me ayude a desvestirme, teniendo sumo cuidado de no rozar mi piel en el proceso, ya que como él bien sabe, no consiento que mis esclavos rocen mi suave piel si no es con mi consentimiento. 

                  Me ayuda a ponerme un camisón negro de suave seda y me calza unas elegantes sandalias de otros 12 centímetros de tacón. Cojo una de las múltiples correas de perro que hay colgadas de la pared y un pequeño látigo, le ordeno que se ponga a cuatro patas y procedo a darle dos o tres latigazos en su desnudo trasero para comprobar que el látigo es de mi agrado. Soy muy meticulosa con mis pertenencias.

                  A continuación tiro de la cadena y le ordeno que vaya besando el suelo que acarician mis pies, mientras nos encaminamos hacia al salón donde espera inmóvil mi animal.

                  Me dirijo a la mesa central para comprobar que mis deseos han sido cumplidos. Efectivamente hay una bandeja con una botella de Blue Sky muy frío, bombones y una caja con frutos secos variados, más dos dados. Me acerco al trono que mi esclavo encargó para mi uso exclusivo y me siento cómodamente.

Chasqueo mis dedos y mi mayordomo trae la bandeja de rodillas. Le ordeno que me sirva una copa. Lo saboreo y como recompensa por su buen hacer le propino un beso y una sonora bofetada. Mi esclavo mayordomo sabe que el recibir una bofetada de su dueña es un privilegio y un regalo.

                  Mientras, el mayordomo sujeta la bandeja de rodillas a mi lado, de modo que yo pueda acceder a ella sin esfuerzo, doy una palmada con mis manos y mi animal acude veloz  a mis pies. Le propino varios latigazos en su culito sólo para comprobar que el látigo tiene la medida adecuada y ordeno al mayordomo que le ate las manos a la espalda.

                  Seguidamente cojo los dados para proceder a jugar a uno de mis juegos favoritos. Consiste en coger un fruto seco y lanzarlo al animal para que lo coja con la boca. Un dado  indicará el número de metros en los que tiene que situarse el esclavo y el otro dado, hará referencia al número de besos o latigazos que tendrá como premio o castigo según consiga coger o no, el fruto seco. Obviamente cuando sale un número alto, el animal está lejos de mí, por lo que el fallo es casi seguro.

                  Disfruto enormemente viendo la dificultad que tiene atrapar la nuez con sus manos en la espalda. Sé que mi mascota no es especialmente masoquista, por lo que pone todo su empeño y esfuerzo en coger la deliciosa nuez pecana con la boca para evitar el castigo .

                 En uno de los intentos se tropieza, no puedo evitar sonreír. Veo como también se ríe el esclavo mayordomo. Ese es un grave error, ya que sólo yo puedo reírme de mis esclavos. Le ordeno que se arrodille ante mí, y aunque me suplica piedad, procedo a azotarle con el látigo hasta que sus desnudas nalgas están completamente rojas. 

                  Cuando ya me he cansado del juego, cojo al esclavo mayordomo de la correa y le digo que bese el fino tacón de mis sandalias mientras nos vamos dirigiendo de nuevo a mi habitación. Le sugiero que me ayude a desnudarme, la visión de mi cuerpo desnudo hace que su miembro se ponga eréctil, obviamente yo sé que eso es inevitable, pero como no le he dado permiso para ello, procedo a darle unos pequeños golpes con la punta de la sandalia en su altivo sexo. 

                  Abro el enorme vestidor y elijo un traje de amazona. Ordeno a mi sirviente que me ayude a ponerme unas botas de charol negro con tacón de apenas 13 centímetros, junto a unas espuelas de aspecto nada sugerente.

                  Veo que las botas tienen algún pequeño rastro de barro, por lo que le indico que proceda a limpiarlas, con la lengua, claro; mientras le azoto por haber tenido tan grave descuido. La educación es la educación.

                  Estamos nuevamente al salón. Mi animal de rodillas para poder montarme en sus hombros, aprieto mis muslos contra sus mejillas, no vaya a olvidar quien tiene el control y le guío para que nos dirijamos hacia la casita que hay en el exterior dedicada únicamente a todo lo relacionado con la doma ecuestre. Mientras, el sirviente nos va siguiendo con la bandeja, por si en cualquier momento me apetece tomar un sorbo de champagne o morir de placer con un pedacito de chocolate negro en mi boca.

                  Una vez en la recién estrenada casita, elijo una de las diferentes monturas que hay y unas bridas, ordeno al sirviente que se las coloque a mi animal.  Yo mientras tanto escojo una de las fustas. Cuando está listo el caballo humano, tiro de las bridas y le invito a seguirme de rodillas hacia el exterior donde tengo preparada  una pequeña pista de equitación para la doma de caballos humanos.

                  La pista tiene diferentes obstáculos como barras para saltar por encima, setos y fosos de agua con la longitud adecuada para poder ser salvados por un caballo humano. 

                  Monto en mi caballo adoptando una posición en la cual estoy cómoda, esto hace emitir un pequeño gemido de placer a mi animal. Con un ligero toque de mis espuelas en su trasero, le hago avanzar lentamente para que haga un reconocimiento visual del trazado, cuando considero que es suficiente ordeno al sirviente que le ponga un antifaz en los ojos para que no pueda ver demasiado.

                  Meses de adiestramiento con mis espuelas y fusta han hecho que mi animal trote, corra o salte a la velocidad o longitud que yo desee.

                  Comenzamos el circuito mientras el sirviente cronometra el tiempo que tardamos en completar el recorrido. Como en cualquier competición ecuestre el derribo de los obstáculos o el pasarse del tiempo establecido, penaliza. La diferencia es que en nuestro caso, la penalización conlleva un merecido castigo.

                  La velocidad a la que quiero que vaya mi animal la marcan mis espuelas, un toque es ir despacio, dos toque es ir rápido y tres toques es ir a toda velocidad. Si quiero que haga un salto vertical es un delicado golpe de fusta en su lado derecho, de mayor o menor intensidad según la altura del salto y si deseo que haga un salto hacia delante es un golpe en su trasero, con el mismo sistema de intensidad.

                  Disfruto del control total que tengo sobre mi animal, adoro ver como pone todo su esfuerzo en pasar los obstáculos mientras su respiración se hace cada vez más jadeante por el esfuerzo efectuado y por el bocado que lleva en la boca impidiéndole respirar con facilidad.

                  Hacemos varias veces el recorrido hasta que noto que a mi animal le empiezan a temblar las piernas. Algunas veces le invito a parar, pero otras me gusta llevarle hasta el límite total; en estos casos cuando mi animal ya no puede más, se cae de rodillas aunque por supuesto con gran cuidado para que mi posición no se vea alterada lo más mínimo.

                  Una vez que hemos acabado, el esclavo mayordomo, hace recuento de los obstáculos derribados y del tiempo realizado. Obviamente yo siempre dispongo como han de situarse los obstáculos, de forma que el animal siempre derribe algunos para así poderle infligirle el correspondiente castigo.

Irremediablemente el juego finaliza con mis labios rojos impresos en su hambrienta boca.

 

Pd: Gracias por la inspiración.

 

 

 

 

 

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Debajo de las estrellas y encima de ti.

Dias antes le había llevado a una tienda muy especial, una de esas tiendas donde puedes encontrar toda suerte de juguetes y artilugios para los caninos o mascotas animales. No sé si los que llevan estos comercios se imaginan que también los dueños de mascotas humanas nos servimos a veces de sus productos.

Cuando estábamos dentro fui a la sección de collares y di con uno perfecto para él, mejor dicho para ella, porque hay veces, normalmente siempre que me apetece, que él se convierte en ella. Y ella es tal y como yo deseo. Sumisa, servicial, obediente y elegante. Muy elegante, ella ya sabe que para mí el “dress code” es muy importante.

El collar con su correa correspondiente era rojo, justo como la lencería que suele ponerse cuando está a mi servicio. Lo cogí entre mis manos, lo olí y se lo coloqué en su cuello, allí en la misma tienda sin importarme-nos quien pudiera estar pendiente de nuestros movimientos.

De postre, nos llevaríamos ademas un hueso y es que hay veces que su boca necesita algo que le recuerde a quien pertenece.

Le así de la correa, pasamos por caja y como si nada y como si todo, nos fuimos.

Y hoy, justo hoy tenia un capricho, y él sabe que mis caprichos y necesidades han de ser cubiertos con urgencia máxima. Que ni la paciencia ni el conformismo van conmigo y eso, se lo enseñé bien pronto.

Me apetecía ir a la piscina con mi bikini a estrenar. Negro, pequeñito, con algunos flecos que colgaban suavemente de la parte de abajo. Sandalias negras, gafas negras también y mis uñas más rojas que nunca, a juego con los labios y con mis ganas de todos los matices rojos.

-Hoy vienes conmigo a la piscina, pero no pienses que podrás nadar- le advertí.

-Hoy serás mi sirvienta, mi fiel perrita, te pondré tu collar rojo y te dejaré atada al árbol que más me guste.-

Asintió. Tampoco tuvo otra opción.

Unas gotas de perfume y allí me dirigí con ella detrás de mí, siguiendo la correa que la guiaba.

Me tumbé sobre el césped sobre una toalla negra de un tacto casi tan suave como las ultimas caricias del último amante que pasó por mis sábanas.

Me tumbé. Me dejé calentar por el sol de agosto y sonreí.

Mi perrita, tan elegante como obediente permanecía atada y cerca de mí por si acaso necesitaba de sus servicios en algún momento.

Y los necesité.

-Dame crema en los pies muy dulcemente. Le susurré.

Y de rodillas frente a mí, se dispuso a acariciar mis pies con una crema de olor a coco o similar.

Trás unos minutos le ordené que fuera subiendo por mis piernas, más suavemente aún.

Cuando me pareció suficiente me puse en pié y me dirigí al agua.

-Quédate quieta observándome- Le advertí.

Cuando salí, con el agua resbalando por mi piel me quedé un instante de pié, dejando que el sol soplará tras de mí secando esas gotas que luchaban por meterse bajo el bikini. Le miré. Sonreí.

Observé que alrededor no había casi nadie y yo que adoro sentir el fuego del verano en mi piel sin telas de por medio, me quité el bikini y continué en pié, apoyada sobre la escalera.

-Quiero que me mires y que te masturbes, como lo que eres una perrita hambrienta y fisgona. Que me mires así, sin ropa de por medio y que pienses que a pesar de la visión, no vas a poder tocarme. No vas a besarme y desatar así un carnaval con mi saliva fundiendo tu boca. Tan solo observa.

Aprovechando que la ducha de la piscina estaba al lado de la escalera, volví a refrescarme, esta vez de un modo más vertical. El chorro caía tan descarado como frío sobre mi cuello, mi pecho, bajando por mi ombligo mientras yo contribuía a que cada rincón de mi cuerpo quedara bajo los influjos del agua. Abrí ligeramente las piernas, eché la cabeza hacia atrás y me deleité en las gotas que ahora rozaban e invadían mi garganta.

Sigue acariciándote- le dije. Hazlo ahora con más fuerza. Con urgencia. Y cuando acabes ahoga tu grito mientras yo sigo disfrutando de este vis a vis tan intimo con este agua que penetra mi carne y calma por hoy mi sangre.

 

 

Pd:

Queridos todos:

Ya estoy por aquí…

roj

En Aravaca, cerca del metro y renfe; además en zona blanca con mucho espacio para poder aparcar.

BesoS.

 

 

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Septiembre.

Comunicado de verano:

A partir de septiembre estaré de nuevo en mi Madrid. Con sorpresas y novedades varias…

BesoS.

 

Le dije: -Espérame aquí. Confía y regresaré-
Atado contra la columna de un parking cualquiera de Madrid, con los ojos vendados tras un pañuelo de seda negro y con una gota de mi perfume en su cuello, le besé, pasé mi lengua por la comisura de sus labios, baje hasta su barbilla, seguí a través de su garganta, de su cuello tembloroso y paré.
Marzo y poca gente ese finde, aún así se escuchaban voces y algún coche entró sin vernos o eso me pareció.
Me alejé. Porque a veces hay que hacerlo, porque distancia y evolución suelen ir de la mano.
Pasaron minutos o tal vez horas. La cuestión es que el tiempo se transformó sobre él y él ni se inmutó. No se movió, permaneció inerte en la misma posición en la que lo había dejado.
Me acerqué con delicadeza. Sin mediar palabra desabroché su bragueta, palpé su instantánea excitación y se me antojó licuarlo.
Tal cual.
Apenas unos segundos y se derramó entre mis dedos de uñas teñidas de rojo.
-Ahora límpiame- le susurré suavemente.
Llevé mis dedos a su boca entre abierta y con la misma delicadeza que ansía, los relamió.
-Así me gusta-
-Ahora he de irme de nuevo- y me diluí en el espacio-tiempo.
Regresé en el momento preciso.
Me escuchó llegar desde lejos porque esta vez no lo hice descalza, quise que mis tacones anunciaran mi llegada.
Me acerqué a su boca, le olí.
-Me encanta tu paciencia- le dije sonriendo.
Y esta vez quise exprimirle. Hasta el final, hasta que me suplicara “basta”, hasta que su dolor se fundiera con el placer menos efímero, hasta que me doliera la mano de tanto apretar.

Quiso hablar.

-Te escucho- le dije.

-Me vas a sacar la leche y las lágrimas-

-Eso deseo- Esta vez tapé su boca con otro pañuelo negro.

Suplicó.
Gimió.
Y me dio igual.
Seguí.

Me traspasó los dedos con su viscosidad.

Continué y cuando él creyó no poder más, dolorido y agotado, de nuevo se me derramó con un suave sollozo.
Sonreí.

Respiró.

Pero debía irme.

-Todo se cura en el atardecer- le dije bajito en su oido derecho.

Esta vez regresé meses después.

Por suerte le había desatado las manos.

 

 

“No sé mirar a otro lado, 

así que tendré que irme a otro

lado”

 

616 692 398

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Multiplícame.

Que tienes urgencia por verme.
Necesidad de olerme.
Maldita esta distancia de sentirme.
Que abogas por la impaciencia.
Que agito el mar de tus ansiedades.
¿Acaso no te enseñé sobre el arte de la espera?
Cuando te ataba entre lazos y cadenas a golpes de besos encubiertos y caricias con sabor a fusta, te estaba induciendo a la calma lenta.
Cuando desaparecía horas, y tú me esperabas de pié, desnudo, escuchando algún blues con olor a tabaco, y yo reaparecía con mi sonido a tacón alto y te desataba, ¿acaso no te estaba enseñando sobre el placer de la recompensa?
Y cuando el nivel subió y los minutos dentro de una jaula, fueron horas con sus segundos a veces interminables, ¿acaso no notaste que durante ese tiempo podías sentirme más cerca aún?

Puedo estar en ti de muchos modos.
Solo respira y espera.
Respira y me notarás en el aire que entra a través de tu jadeante boca.
Aspira fuerte y méteme dentro de ti.
Cierra los ojos. Mi voz llegará en un soplo hasta tu piel.
Cuando me leas, yo estaré ahí junto a ti, hecha de sabores, y color.
De aromas.
De excesos.

Cada palabra sobre el papel llevará mi nombre atravesando tu cuerpo, introduciéndose a fondo como ya lo hiciera antes de otros modos.
¿Puedes sentirlo en este fugaz instante?
Lento.
Húmedo
Profundo.
Ese oscuro deseo de devorar y ser devorado…

 

“No dejaremos de explorar, y el final de la exploración será llegar al punto de partida y conocer el sitio por primera vez”
(T.S.Eliot)

 

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Play!

 

Le sorprendió que al llegar al portal el conserje acudiera a su encuentro y le diera un sobre relativamente grande.

“Vino hace unas horas una mujer y me dio este sobre para usted”.

Le dio las gracias y lo cogió.

No necesitaba preguntar quién era aquella mujer, pues se trataba sin duda de ella, su dueña desde hacia tiempo ya. Por otro lado ella le había dicho que aquella misma tarde a última hora se acercaría a su apartamento pues quería que cenaran juntos, así que el detalle del sobre le resultó aún más raro; bien podría habérselo llevado ella misma antes de la cena o podría haberle dicho que se acercara a recogerlo donde fuera, pero no, se había acercado ella. Por último, lo había dejado en el portal, aquello era aún más extraño, pues ella tenía las llaves del apartamento y siempre que le apetecía iba por allí sin necesidad de avisar, razón por la cual él tenía la vivienda en perfecto estado siempre: limpia y ordenada, como a ella le gustaba.

Hacía semanas que no la veía. Cerca de un par de meses que se le habían hecho eternos, sesenta días eternos de añorarla.

Subió en el ascensor y entró en su apartamento.

Fue directamente a su habitación y se puso cómodo.

El sobre venía sin ninguna seña exterior. Lo abrió. Dentro pudo ver  un sobre un poco más pequeño con su nombre: Georgina.

Se estremeció y enseguida comprendió, cada vez que se dirigía a él en femenino lo hacía con ese sonoro nombre. Abrió el sobre y encontró una nota manuscrita, un collar y unos pendientes.

“Georgina querida:

Como eres una chica lista habrás comprendido lo que quiero, esta tarde cuando nos veamos llevarás  estos dos regalitos en tu piel. Dado que eres muy buena alumna sé que serás capaz de aplicar todo lo que te he enseñado en los últimos meses y sabrás encontrar el atuendo, los complementos ideales y el maquillaje perfecto para lucir bien seductora con estos dos regalos.

Tengo un capricho pequeño, me gustaría que te pusieras esa jaula de castidad rosa tan coqueta que te regalé y que cuando estés completamente preparada te acaricies, sientas la excitación y pienses en tus dedos como extensiones de los míos, y así durante media hora seguida.
Ni que decir que tienes prohibido derramar tu placer.

Durante esa media hora has de ser capaz de sentir mi voz susurrándote a través de todo tu cuerpo.

Una vez hayan finalizado esos deliciosos 30 minutos espérame de rodillas de cara a la pared en esa esquina del salón que tú bien sabes”.

Durante los meses anteriores su dueña le había enseñado a vestirse, maquillarse, conjuntarse y comportarse como una mujer. Había potenciado en él una fascinante dualidad con la que ahora convivía y que cada vez le resultaba más fascinante y a la vez más necesaria para realizarse como persona y como esclavo.

Esclavo, en toda su dimensión.

Esa dualidad le hacía pertenecer aún más a ella. Ella decidía cuándo quería de él su parte masculina y cuándo necesitaba de ella la parte femenina.

Se empezó a desnudar y fue dejando toda su ropa bien recogida en el armario.

Completamente desnudo abrió el armario exclusivo en el que su ama le había dicho que guardara toda su ropa femenina y eligió un atuendo que sabría que a ella le gustaría.

Un vestido corto rojo de una tela muy parecida a la seda, suave y muy vaporosa, a medio muslo, con unos tirantes finísimos en los hombros, un tanga también rojo y unas sandalias negras de tacón altísimo que le había regalado cuando comprobó que se desenvolvía con soltura encima de ellos.

Lo dejó todo cuidadosamente encima de la cama y comenzó el ritual de arreglarse, se duchó y comprobó que todo su cuerpo estaba completamente libre de vello.

Acto seguido se puso el cinturón de castidad. Pequeño, casi minúsculo, que dejaba su sexo reducido a la mínima expresión. Aquella vez le costó. Saber que ella llegaría  en unas horas añadía cierta excitación que complicaba la labor de introducir su sexo en aquel pequeño elemento de plástico duro.

Una vez cerró el cinturón de castidad cogió la llave y la dejó en la mesilla de la entrada de la casa. Allí sería donde ella miraría al llegar y la cogería para decidir cuándo podría quitárselo.

Volvió de nuevo al baño y se sentó en el taburete. Cogió el esmalte, rojo, inevitablemente rojo, y se pintó las uñas de los pies con mucho cuidado para no mancharse.
“Prudencias de primeriza”- pensó.

Primero las del pie derecho y después las del pie izquierdo. Esperó unos segundos sin moverse demasiado para no arruinar el resultado.

Justo después de terminar con las uñas de los pies hizo lo propio con las uñas de las manos. Una por una pintó cada uña con ese rojo brillante que sabía que a ella tanto le gustaba.

Comprobó que las uñas estaban ya secas y se situó delante del espejo. Repitió paso por paso todas las indicaciones que había recibido de su dueña durante las lecciones en las que le enseñó a maquillarse la cara y a realzar su mirada con una sombra de ojos.

Discreto, sin estridencias, pero a la vez resaltando aquellos rasgos de su rostro que sabía que necesitaban de ese toque femenino. Aplicó una sombra de ojos en tonos naturales, poniendo especial cuidado en que el tono fuera el deseado y el resultado, el deseado.

Por último, los labios. Rojos. Con brillo . Se miró en el espejo y sonrió satisfecha del resultado. Estaba convencida de que a su ama también le gustaría.
El rojo siempre de su lado.

Cogió los pendientes y se los puso. Eran uno de esos  en los que no necesitas introducir nada. Sabía que este era un primer paso y que tal vez en breve iba a llegar el momento en el que su dueña le llevara a hacerse el agujero en los lóbulos. Plateados y ligeramente alargados, muy discretos y elegantes. Después se puso el collar, una cadena también plateada, muy fina, de ella colgaba una letra, la inicial del nombre de su dueña.

Caminó de vuelta a la habitación, se puso el tanga y acomodó la jaula dentro de él, tomó el vestido y lo introdujo desde la cabeza, con mucho cuidado de no estropear el maquillaje. Sintió el roce de la suave tela en la piel y se le puso la carne de gallina mientras iba notándo cómo el plástico de la jaula de castidad oprimía su sexo.

Lentamente se colocó las sandalias negras que estaban a los pies de la cama y caminó unos pasos por la habitación para hacerse con ellos. El rojo de las uñas contrastaba con el negro del cuero de las tiras de la sandalia.

“El rojo y el negro. Siempre juntos cuando se trata de ella”- pensó

Un último toque y estaría perfecta. Sacó del armario la peluca de media melena castaña y la acomodó sobre su cabeza hasta que quedó en su sitio, atusó ligeramente la cabellera y se miró en el espejo del armario. Ahora sí estaba ideal.

Se tumbó en la cama y empezó a rozarse, dulcemente, como lo haría ella.

Flexionó las piernas y las abrió. Cerró los ojos y dejó que sus manos fueran lentamente acariciando cada rincón de su piel, la cara interior de los muslos, el vientre, el cuello, los lóbulos de las orejas para volver de nuevo a los muslos.

Los pezones se endurecieron y dirigió allí una de sus manos, pasó la palma por encima del pezón derecho, notando la dureza de este, dejando que la corriente de electricidad estática fuera desde la palma de la mano a la tela, de la tela al pezón. Primero el derecho y luego el izquierdo.

Tembló ligeramente.

Metió la mano por el escote buscando el contacto. Duro, casi dolía. Dos dedos lo pellizcaron suavemente y gimió. Acarició de nuevo suave y lento y con dos uñas lo pellizcó de manera casi imperceptible primero para ir incrementando la presión progresivamente, primero con las yemas de los dedos y más tarde con las uñas.

Casi se le escapó un grito.

Su otra mano acariciaba los muslos, llagaba casi hasta los testículos pero sin llegar a tocarlos. Tembló de nuevo.

Se giró y se puso apoyada en los brazos y en las rodillas, ofrecida a un hipotético amante que pudiera aparecer en cualquier momento por la puerta de la habitación.

“Ojalá mi Dueña llegara y me tomara ahora mismo”-pensó en un ya, completo estado de excitación.

Continuó con sus caricias. Tenía prohibido correrse y no sabía si sería capaz después de los días, muchos, de abstinencia que le había proporcionado su ama.

Tembló de nuevo y notó que debía parar pues sintió cómo a través de la apertura de la jaula de castidad empezaba con escaparse gotas de placer.
Respiró hasta que se tranquilizó. Fue al baño y se miró en el espejo. El sofoco de los minutos de caricias se había sumado al maquillaje y le proporcionaba un mejor color a su cara. Cogió su perfume favorito y se echó un poco en el cuello y detrás de las orejas.

Caminó hasta el salón y se dirigió al rincón que su dueña le había indicado. Se arrodilló y se dispuso a esperar.

“La espera, esa sutil forma de bondage en la que no hacen falta cuerdas ni ataduras”. total, si había esperado casi dos meses ¿qué importaban unos cuantos minutos más?

El dolor comenzó, a veces en las rodillas, otras en los minutos, pero podía sentirlo.
Nervios.
Interrogantes.

Poco después escuchó la llave en la cerradura.

Respiró aliviada.

La puerta se abrió y unos segundos después volvió a cerrarse. Ella dejó las llaves encima de la mesilla y un sonido algo más apagado le siguió después, seguramente su bolso chocando contra la madera.

Los tacones empezaron a acercarse y entonces escuchó su voz:

“La llave de la jaula de castidad está en la entrada, fenomenal, Georgina. La casa ordenada de manera impecable. muy, muy bien, querida. Tú esperando en tu rincón de espera. Sin duda cada día eres más perfecta para mí”.
Ella ya estaba a su lado. Olió su perfume. Inconfundible. Sintió el roce de sus manos sobre sus hombros y la escuchó alejarse de nuevo.

El sonido de los tacones paró. Sin duda se había sentado en su sillón preferencial. Un sillón en el que solo se sentaba ella. Nadie más.

“Acércate a mí y salúdame como es debido”.

Se giró y se dirigió a ella caminando sobre sus manos y rodillas. Lentamente, tratando de que la sangre volviera a ellas y buscando de alguna manera mitigar el dolor. La mirada fija en el suelo.

Delante de sus ojos aparecieron las puntas de los zapatos de su dueña y se lanzó hacia ellos como buscando salvación, esa salvación de la que estaba ausente desde hacía casi sesenta días. Los abrazó, sintió su piel pegarse a la piel de sus zapatos y le dio las gracias casi en un hilo de voz.

Junto al alivio de sentir sus pies se sumó la paz de la caricia en su cabello. Respiró aliviada pues aquella situación le daba vida. Siempre se la daba, pero en ese momento más que en ningún otro.

Aquel saludo se prolongó varios segundos.

Tembló de nuevo emocionada. Necesitaba ese contacto, necesitaba sentirse a su merced, ansiaba estar a sus pies.

“Ponte de pie para que te vea, Georgina”.

Obedeció y se alejó unos pasos para que pudiera observarla con detalle, giró ligeramente de manera que el poco vuelo del vestido hiciera el juego de dejar las piernas casi desnudas y ella pudiera comprobar la destreza sobre los tacones.
“Estás perfecta y los dos regalitos que te dejé esta tarde en portería te quedan ideales. Acércate”-Dijo mientras ella misma se ponía de pie.

“Señora, no encuentro palabras para expresar mi agradecimiento”, atinó a soltar.
Cuando estuvieron las dos una frente a la otra la besó. Un beso dulce rematado en un mordisco firme en el labio inferior que hizo casi quejarse a Georgina.

“Acompáñame”-le dijo.

Caminaron juntas hacia la entrada y una vez allí abrió el bolso y sacó algo.

“Date la vuelta”.

Obedeció y quedó de espaldas a ella. Unos segundos después un antifaz cubrió sus ojos privándola de visión.

“Es posible que tengamos un invitado”. Susurró en su oído.

No mucho tiempo atrás habría temblado de temor.
Ahora lo deseaba.
La deseaba.

“The most important sex organ lies between your ears”
(Ruth Westheimen)

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