Desde la eternidad de lo efimero.

Se me ocurren maneras de esperarte, ahora que sé que vas a llamar al timbre en breve y todo Madrid ha ardido de la excitación al saberlo.

Y es que hay más poesía en ti que en cualquier poema, más paraísos en tus manos que en todos los infiernos imaginarios.

Esperar-te y desear-te van de la mano así que, tal vez lo haga…

Desnuda, sobre las sábanas que cubren la cama, dejando la puerta semi abierta para que entres sin llamar, me busques y me encuentres tumbada, esperándote. Anticipándome a tus excesos con las arterias preparadas.

Podría ser…

Que tras la puerta esperase tu llamada con un vestido negro corto, muy pegado. Con los hombros al aire y unos guantes  altos acariciando mis manos y brazos. Una máscara que solo deje entrever mis ojos y carmín rojo en mi sonrisa. Para después asaltarte con palabras y besos, mientras te rebusco los huecos y las sombras.

Claro que…

Podría aguardarte cubierta con mi recién adquirido conjunto de lencería negro. Un corsé, un mini tanga, ligueros, medías y unas sandalias muy abiertas. Y observarte, dejar que mueras en mi sonrisa para resucitarte después.

Sin embargo…

Me encantaría esperarte desnuda, tan solo con un tanga minúsculo y unas sandalias altas, ponerte un antifaz nada más entrar y conducirte de la mano hacia mi abismo particular.

O tal vez…

Desnuda, enfundada en mis tacones preferidos. Abriré la puerta y te besaré sin pronunciar palabra. Te llevaré sin apartar mi lengua de tu boca hacía la habitación o hacia algún paraíso construido exclusivamente para ti.

Aunque, casi pensándolo bien…

Con una camiseta corta blanca y transparente, sin nada debajo, para que puedas sentir mi pecho en el primer beso-mordisco que te regale, podría ser una buena opción. Unas mini braguitas blancas debajo y descalza, sintiendo el suelo, no vaya a ser que comience a volar demasiado pronto.

Lo mejor de todo es que sé que me dirás:

-Cautivo, desarmado. Me rindo. Haz de mí lo que quieras.-

Y sabes que lo haré,

lo primero eso sí,

detener el tiempo

para pronunciarte despacio.

 

 

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Fleeing means coming to get you.

Y de repente surgió la repentina necesidad de llamarle.

Delirios de su boca antes de dormir.

Tenía hambre y no solo de sushi, necesitaba sus manos entre mis piernas. Su lengua indagando sobre mi pecho y por encima de todo, su calor entre las sábanas.

Y en la madrugada le envié un mensaje al móvil . No tardó en contestar. Me dijo que debía ducharse y vestirse. Le contesté que no. Doble o nada.

-Vale- me escribió. Lo que tardo en vestirme-

-Mejor no, no te vistas-

Cogió el coche y navegó entre semáforos y radares en la oscuridad de Madrid, así, desnudo. Con sus gafas y sus zapatos. Nada más.

Y llegó a tiempo.

Justo cuando más palpitaba mi vientre. En el mismo instante en el que mis dedos comenzaban a revolotear entre las sábanas negras de seda y mis muslos.

Le abrí la puerta. Así, desnuda, solo con una pequeña camiseta de tirantes blanca. Descalza y con el pelo despeinado. Con una sonrisa y la excitación en la mirada.

-Se trataba de una urgencia- le dije.

-Me hago cargo-contestó abalanzando su desnudez sobre mi piel.

Cerré la puerta suavemente con el pie y le invité a meterse dentro.

Muy dentro.

Hasta el fondo.

«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»


(Ludwig Wittgenstein)

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Nadie los cría y ellos se juntan.

“Las mujeres, las buenas mujeres me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.”

(C.Bukowski)

 

El día que tropecé contigo hacía viento. Volaban las hojas caidas de los árboles, las ideas y hasta las intenciones.

La culpa de todo la tuvo un semáforo que se demoró demasiado en cambiar de color y antes del inevitable momento,  ya nos habíamos comido las miradas desde nuestras respectivas aceras.

No sé qué me llevó a hacerlo directamente, como si te hubiese intuido desde la distancia, lo que sé es que ocurrió.

“Verde” y nos movimos, cada uno en su dirección.

Lo hiciste con calculada lentitud y en los segundos que tardamos en cruzamos, tu mirada llenó mi espacio cual ejército invasor. Seguí en mi dirección por culpa de mis pies que cobraron vida propia, mi voluntad siguió tu huella que no dejaba de mirarme, ya desde la otra acera.

Me paré. Te observé.

-O vienes o voy- pensé.

Y viniste.

Sonreíste y dijiste a modo de presentación  algo parecido a que el miedo suele ser la antítesis de la vida.

-Apuesto a que sí- contesté sonriendo.

Y como cada uno elige el modo de volarse, de mi boca salió un: – ¿me sigues? –

Y lo hiciste.

La suerte de vivir en una ciudad grande es que casi en cualquier esquina encuentras un hotel o similar, y yo en ese momento necesitaba uno. Así. Como con urgencia.

No dijiste ni una palabra, solo me mirabas, deteniéndote en las asíntotas oportunas.

La habitación olía a moras, o a fresas o a qué sé yo, si yo solo estaba pendiente de quitarte la ropa.

-Déjame que te preparé para lo que viene- te susurré al oído. –

Entendiste mi juego antes de empezar y me seguiste en todo momento incluso después de terminar.

Me desnudé mientras me observabas sentado en la cama. Tiré de tu corbata hacia mi boca, te besé y volví a susurrarte que ahora te tocaba a ti.

Y mientras lo hacías yo te observaba desnuda, sobre mis tacones negros, encendiendo un cigarrillo. Con calma.

Te tumbaste sobre las sabanas. Me tumbé encima de ti. Tu piel con mi piel, eso es lenguaje.-pensé-

-Vamos a dilatar este momento- me decías sonriendo.

-El momento y otras cosas- te contesté.

Y en un astuto movimiento te situaste sobre mí.

Besabas con vértigo y sin atajos.

Comenzaste a lamer mi desnudez. Tu boca se perdió en mi cuello por unos instantes y cuando se encontró, la sorprendí en mis pezones. Y como colonizando mis sentidos olvidé la noción del tiempo.

Estuviste adorando mi coño como se merecía minutos, tal vez horas. Suspiré.

Tu polla comenzó a abrirse camino en mi interior.

Por cómo te movías sabía que albergabas una gran cuota de demonios en tu interior. Apreté tu cabeza entre mis muslos.

-Más fuerte- te pedí.

Y lo volviste a hacer.

Tu voz y tu placer se me escurrían entre las piernas y después de un tiempo indefinido me levanté, dejando las sábanas manchadas de vino y carmín.

Se acabaron los besos, era hora de recogerme el pelo.

Me vestí bajo tu atenta mirada que encendía su cuarto cigarrillo. No disimulé que tenía prisa por marcharme.

Te besé y me dirigí a la puerta, no sin antes dibujar en tu piel con mi pintalabios un:

“No te asustes, sigues dentro de mí…”

 

 

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Soplar, aún sabiendo que va a explotar.

-“Quiero que seas mi perdición”- me dijo el día que le conocí.

Ayer volvimos a quedar. Un Madrid lluvioso y en huelga de taxis complicó que llegara a la hora acordada, igualmente me advirtió que se retrasaría unos minutos largos.

-He pedido un cabify y no sé cuanto tiempo va a tardar- me escribió por wasap.

-Ok. Aunque…me gustaría que hicieras algo en cuanto te subas al coche- le respondí.

-Claro- lo que quieras.

-Quitate la ropa interior y guardatela en el bolsillo.-

-¿Seguro?-me respondió.

No le contesté, claro. El ya sabía lo que debía hacer.

Y lo hizo…

Cuando llegó me besó. Le besé y me enseñó su ropa interior negra guardada en el bolsillo del pantalón.

-Muy bien- le dije sonriendo. Ahora seré generosa contigo. ¿Que te gustaría hacer que no hayas hecho aún?-le dije con toda la malicia sonriente que pude.

No tardó en responder más allá de 3 segundos.

-¿Sabes que doy muy buenos masajes?-respondió, devolviéndome la sonrisa . Siempre he querido pagar por dar un masaje.-

-Me vienes muy bien entonces- le contesté.

Y tras ducharnos juntos, y untarnos de espuma y saliva, me tumbé sobre las sábanas negras. Desnuda.

Esperando a que sus manos repletas de aceite caliente acariciaran cada centímetro de mi piel.

Encendimos unas velas, sonó una deliciosa melodía y sus dedos comenzaron a deslizarse por mis pies, lentamente fueron subiendo  por las piernas. Eternidades después llegaron a mis muslos. Sus dedos buscaban más calor.

Más color.

-El paraíso entre tus piernas-dijo para sí.

Su lengua se enredaba en mi cuello mientras sus dedos buscaban mi sexo.

Suspiré.

-Lléname de ti-me susurró.

Y le besé.

Y humedecí cada beso.

Y cada beso fue más intenso.

Y cada intensidad más profunda.

Introducía sus dedos en mi boca buscando mi lengua.

Humedad.

Se los pasaba despues por su rostro, sin dejar de besarme. Sin dejar de abrasarse.

-Háblame-le dije.

Y esa noche habló hasta crear un fuego.

O varios.

-Ahora quiero sentirte muy dentro-le susurré.

Su cuerpo bañado en aceite bailó sobre mí, sin dejar de besarme, sin dejar de enredarse en mi pelo. A ritmo lento, como a mí me gusta. A ritmo intenso como a él le encanta.

Suspiros después me regaló su deseo, chorreando gota a gota bajo mi espalda.

-“Creo que vas a ser mi perdición”- me dijo jadeando aún.

Sonreí. Me metí un exquisito bombón de chocolate negro en la boca y al ver sus ganas, se lo pasé a la suya. Se lo merecía.

-Un gran masaje- le dije.

“Estuve a punto de irme,

casi me pierdo el abrazo prometido.

No era el sitio perfecto.

Estuve a punto de irme,

casi me lo pierdo.

Menos mal que me quemé.”

(P.Benito)

 

 

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Hoy le comemos la boca a la alegría .

Hoy me lleno de rojo para ti.
Como cuando clavo mis uñas rojas contra la pared y te siento detrás, muy pegado a mi.

Y respiras en mi nuca, y deslizas mi cabello para poner tu lengua donde antes estuvo tu aliento.

Me visto de rojo, intenso. Con un culotte de encaje como a ti te gusta, un liguero que nace en mi cadera y unas medias que se empeñan en rozar con demasiada alevosía mis muslos, cuando yo solo quiero que sean tus manos quienes se apoderen de ellos.

Mis pies se cubren de rojo. Gracias a tu regalo, unas sandalias rojas de tacón metalizado. Las miro, las rozo y sabes por mi mirada que me acabo de enamorar de su sonido al caminar.

Y mientras continuas apoderándote de mis caderas,  de pie y desnudos frente al espejo, comienzo a pintarme los labios del rojo más dulce que pude encontrar. Y es entonces cuando te digo que quiero sentirte muy dentro.

Comienzo a notar tus embestidas, me miras a través del espejo mientras abro la boca y mis gemidos se vuelven rojos también.
Y claro, te pido más.
Más rojo.
Más de eso.
Más tú.

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Lo que sucede, conviene.

Llaman al timbre.
Por fin.
Es el mensajero que llevaba esperando varias horas ya, con un pedido muy especial.
Lo que no imaginé es que iba a interesarme más el portador que el pedido en sí.
Abro la puerta con la ropa que en ese momento llevaba. Unos leggins de deporte muy ajustados negros, una camiseta de manga corta blanca y mis pies descalzos dejando al aire las recientemente uñas pintadas en “rojo jueves”.
El pelo ligeramente ordenado en una coleta y ¡ups!, olvidé ponerme el sujetador bajo la camiseta blanca. Un poco tarde- pensé según abría la puerta.

-Traigo un paquete- me dijo sonriendo mientras me observaba de abajo a arriba con bastante descaro.
-Ya veo- le contesté, y no lo dije precisamente por el pedido.
La verdad es que el chico llevaba un vaquero de lo más sugerente.
Alto, mediría mas de 1,80 jersey negro pegado y ese vaquero negro ceñido también, a juego con unas elegantes deportivas en tonos grises.

Unos segundos .
Largos. De eterno silencio.
Solo miradas. Nadie supo que decir para ir más allá del breve formalismo.
-El paquete es grande y pesa- me dijo, esta vez sonriendo con una reserva de prudencia.
-Me hago cargo- le contesto soltándome el pelo de la coleta y moviéndolo a la vez.

Sé que se ha dado cuenta de la ausencia de mi sostén, la camiseta es muy fina y algo trasparente.
Se que me he dado cuenta de que el objeto que lleva entre sus musculosos brazos es lo que menos me interesa ahora mismo.

-¿Puedes dejarlo en la cocina?-se me ocurre decirle como respuesta a esta humedad que comenzaba a palpitar entre mis piernas.
Y sin ninguna pretensión pero con todas, me respondió:
-Por supuesto, con placer.
Y que más da el “como” si finalmente lo hizo…
Se dirigió a la cocina. -Todo recto , ven sígueme.-
Detrás de mí, noté su mirada clavándose en mis nalgas bajo el leggin ajustado .
Lo depositó en el suelo.
Se agachó para no dar ningún golpe al pedido y según subía su espalda muy lentamente me fue recorriendo con la vista centímetro a centímetro, a esas alturas yo ya me había situado muy cerca de él.
No recuerdo quien rompió el breve espacio de ganas que nos separaba, solo sé que antes de darme cuenta ya tenía su lengua en mi boca y su olor a Yves Saint Laurent metiéndose poco a poco en mi piel.
Besaba como me gusta.
Besaba como hay que besar.
Suave, profundo, dulce, fuerte, besaba y me iba hablando bajito . Apenas podía entenderle, pero eso era lo de menos.
Lo de más fue su mano bajo mi ropa interior. Cálida. Lenta y segura. Su dedo acarició mi sexo en un baile de intenciones.
Me subí a la encimera, abriendo las piernas como para invitarle a acercarse, sin que su lengua se ausentará ni una décima de segundo de mi boca.
Comenzó a acariciarme el pecho, a apretarlo.
-Más suave- le indiqué
Le agarré con mis piernas, bien fuerte, para que no se escapara, no aún. Su boca bajaba por mi cuello buscando mis senos mientras seguía acariciándolos.
Me deshice de la camiseta en un corto movimiento.
El me imitó y pude ver su torso moreno .
Me bajó de la encimera y se situó detrás de mi, mientras flirteaba con mi nuca y me respiraba, literalmente.
-Que bien hueles- me dijo.
-Como me excitas- pensé yo.
No sé en que momento se quitó el pantalón pero empecé a notar su sexo tras mis nalgas, como pidiendo permiso, como indicándome de cuan duro podía llegar a estar en décimas de suspiros.
Me giré en un movimiento que le sorprendió. Abrí un cajón, cogí unas esposas y le pregunté sin dejar de sonreírle:
-¿A que nunca has follado con unas esposas puestas?
Sonrió.
No contestó.
Mejor.
Se las puse, guardé la llave y volví a colocarme en la misma postura, de pie, apoyándome en la encimera y él detrás muy pegado, apreté sus nalgas invitándole a introducirse donde hace tiempo ya debía estar.

Y sus embestidas fueron como sus besos.
Profundas. Suaves. Firmes.
Seguimos besándonos como poniendo a prueba la flexibilidad de mi cuello.
Y él, con sus manos inmovilizadas bajo la espalda moviendo lo poco que podía con tal seducción que hice todo lo posible para alargar el momento.
Los móviles sonaban, ambos.
Nos dio igual.
Tampoco sé cuanto tiempo estuvimos así, minutos, horas o días tal vez.
Solo recuerdo que ocurrió y que fue…

“El único viaje imposible es el que no empiezas”

 

 

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Una carta muy especial.

Queridos reyes magos:

Seré breve: Lo quiero Todo.

Y todo , es todo.

Quiero su aliento en mis madrugadas y su cuerpo rozando mi sudor a deshoras.

También deseo sus noches a la vera de mi cama, guardando mi placer, cuidando mis sueños.

Y su boca abierta, resbalando en un desorden de proyectos y viajes espaciales

Quiero que mi prosa le penetre, mientras su poesía me humedece.

Y su alma, la quiero desnuda para mí, sin más y con todo.

Que sea éxtasis, éxtasis arrodillado.

Que me siga en mis búsquedas de placer y colisión.

Su saliva, la deseo resbalando por  mis muslos impacientes. Trepando por mi ombligo y desbordando toda su intensidad entre mis pezones.

Quiero que el conjunto perfecto de su entrega empape mi sinapsis.

Deseo…

Deseo…

“Bebe vino,

esta es la vida eterna.

Es cuanto te otorgará la juventud,

es la estación del vino, las rosas y los amigos borrachos.

Sé feliz por este momento, 

este momento es tu vida”

(Omar Yayyam)

 

 

 

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Entró en mi vida, como se entra en una frase.

Afrodita  esperaba al siempre elegante Eros en su apartamento.

Vestida como a él le gustaba.

Un traje corto, muy ceñido, con medias negras y liguero a juego. Zapatos de tacón que podrían rozar el  séptimo cielo y nada más.

Sin ropa interior, como a ella le gustaba.

Eros llegó a la hora adecuada. Fue desplegando movimientos seductores por el pasillo y sobre la alfombra derramó toda su sensualidad al anudarse el nudo de los zapatos como él solo sabia hacer. Por un instante su sonrisa casi compitió con la de ella.

Y tras una ración y media de besos interminables entre ambas deidades, la mirada de ella lo dijo todo. Estaba hambrienta. De comida, también.

Ella recordó por un instante la primera vez que sus bocas se rozaron, hace varias épocas ya.

-No saldrás ileso de mis besos- le advirtió ella.

-Por ti, todas las canciones del mundo- contestó él.

Salieron a cenar por el olimpo derrochando libertad.

Y confidencias.

-¿A cuantos hombres has amado?-le preguntó él.

-¿A cuantas mujeres has olvidado?-contestó ella.

Sonrieron y volvieron a comerse a besos mientras los camareros interrumpían pacientemente .

Cuando llegó el momento del exquisito mousse de limón ella le pidió que abriera su boca, ofreciéndole un poco del manjar desde la suya, directo a su paladar.  El lo recibió con devoción, deleitándose en la cremosidad del limón mientras envolvía la lengua de ella.
Y al sentir la textura tan suave en su boca, él, por alguna analogía tal vez, busco entre los muslos de ella esperando encontrar el tacto de su ropa interior, sin embargo lo que encontró fue algo mucho más suave aún.

Afrodita sonrió. Y todo el Olimpo sonrió con ella.

-Es hora de irnos- le susurró lentamente.

Subieron al coche y se dirigieron hacia la improvisación más excitante que la noche pudiera ofrecerles.

Mientras Eros conducía , con la otra mano deslizaba sus dedos entre las piernas de ella, mientras Afrodita abría sus muslos con lenta cadencia. Sentía como la punta de sus dedos impregnada de saliva se iba  fusionando con su propia humedad. Inevitablemente situó su mano sobre los dedos de él, indicándole así que quería más profundidad.

Ella siempre quería un poco más.

Y en un cruce cualquiera de destinos  apareció Baco. Hacia mucho tiempo que no coincidían. Afrodita supo enseguida lo que su propia piel le pedía. Y sus deseos, eran ordenes para ella.

Se dirigieron a él. Se sorprendió. Ella le mostró la mejor de sus sonrisas mientras le indicaba que subiera al coche.

Baco no titubeó ni un instante.

Los 3 deseos a flor de piel en el coche, juntos, con poco espacio y ese blues de fondo.

Baco era tan directo como seguro de sí mismo. Y aunque tenia vocación de herida, nunca pudo resistirse a los encantos de Afrodita. Esa noche vestía aquella elegancia intrínseca de la desesperación que un día tanto le atrajo a ella.

No quiso demorar demasiado lo inevitable, buscó su boca bajo la atenta mirada de Eros.

Lo besó. Se lo comió a besos literalmente.

La noche, ellos, la música…

-Ahora vosotros- le indicó con un guiño a Eros- mientras sus ojos se transformaban en una interrogación.

-Me gustaría veros juntos-le susurró al oído.

Y se incorporó al asiento de atrás, ella quedó en el delantero. Observándoles.

Deleitándose.

Licuándose de placer muy lentamente.

Saturándose de química. Dejándose invadir por cada sensación que la situación regalaba.

Se besaron.

La noche y el calor hicieron el resto. La boca de Baco fue descendiendo por el pecho de Eros, ese pecho que tanto calor otorgaba a Afrodita en frías noches como aquella.

Su lengua inquieta se enredó en el ombligo de su amante bajo la excitada mirada de ella.

-Sigue- le indicó .

Alargó sus brazos y ella misma desabrochó ambos pantalones.

Y aunque no había demasiada claridad pudo quedarse con cada delicioso movimiento. La boca de Baco acariciaba el sexo de Eros. Suavemente primero, para pasar a engullir literalmente su miembro. Eros suspiraba mientras buscaba los ojos cómplices de ella. Abría su boca. Esperaba algo más. Ella se acercó y le besó mientras Baco seguía devorándole.

-Ahora hazlo tú- volvió a indicarle a Eros.

Y lo hizo, con su mano apretando los senos de ella comenzó a enredarse en el sexo de Baco. Y Baco queriendo más. Pidiéndole casi a gritos que lo hiciera más y más rápido , mientras Eros seguía con su dulzura.

-Esta noche quiero ser de agua- pensó ella.

Y continuaron comiéndose y untándose de placer mientras la noche se alargaba entre tantos gemidos.

Y ella, como buena voyeur disfrutó cada décima de segundo.

Se volvió ojos.

Y oídos, para  que no se le escapara ningún sonido.

Ni olor. Olía a viernes , a algodón, a almizcle, a noche…

 

“Las palabras es lo único que tenemos” Samuel Beckett

 

 

 

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No me con-vienes?

A veces,

sucede que

me gusta recibir estos mails, aunque sean anónimos.

Aunque no pueda ponerles rostro ni voz.

 

…”Te escribo desde el rincón suburbial

de mis neuronas o de mi sexo.

Lo confieso. Despiertas todos mis sentidos.

De madrugada, imagino tus ojos, ese vértigo de mares en profundidad, ese interior cálido y peligroso. Ese accidente de color y densidad.

Sueño.

Me enredo en mí mismo, te convierto en mi circulo vicioso preferido.

Mi boca te busca.

Desciendo. Intento orientarme entre tus movimientos paganos.

Me excitas.

Llego casi hasta rozar la suavidad de tu coño.

Ese dibujo de incitación y humedad.

Vértigo.

Tu sabor provoca en mí la sensación de flotar en mareas de recuerdos.

Realidad y dolor.

Es un coño dibujado de lluvia y absolutos.

Mi polla se adentra en él y cada milímetro de tu piel me regala una sinfonía de colapso.

Y llega el estallido.

La eclosión.

La vida desfilando rauda en apenas unos suspiros.

Me derrumbo.

Tu boca entre abierta

y yo contemplándola o enredándome  en ella.

Pero lo más peligroso,

lo que me desarma.

Es ver aparecer tu sonrisa mojada, justo después de tu placer.

Y entonces es cuando quedo perdido.

En ti.

Dentro de ti…”

 

 

“She’s mad but she’s magic.

There’s no lie in her fire”

(Bukowski)

 

 

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Entremos más adentro, en la espesura.

En mi defensa diré que él me incitó…

Me dijo – ¿a que no te atreves?

y fui más allá de su intención,

dibujando en su piel caricias tan inesperadas como imposibles.

Bailé  sobre su cuerpo danzas ancestrales mientras tejía letras,

dibujaba sonidos ensalivados

y nadaba por entre sus palabras

que a ritmo de extenuación

se aferraban a mi voluntad.

Después,

creo recordar que lo besé.

 

 

“Quien no añade nada a sus conocimientos, los disminuye”

(El Talmud)

 

 

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