Dando nombre a los vientos.

Son las 7 de la tarde y puntualmente, como siempre, mi alumno de clases avanzadas y perversas de inglés, toca el timbre de la puerta.
Yo ya estoy preparada con mi atuendo de maestra de época victoriana, compuesto por un ceñido vestido negro que acaba justo por debajo de mis rodillas, unos botines negros con tacón de aguja tipo Oxford, unos guantes también negros de cuero fino y por supuesto una vara de castigo, flexible cuando tiene que serlo.

Acudo a la puerta lentamente con caminar firme para que mi pervertido alumno pueda oír el repiqueteo de mis tacones, lo cual sé que le excita. Le hago pasar e inmediatamente se arrodilla para, con auténtica devoción, besar mis preciosos botines; él sabe que debe hacerlo hasta que yo le ordene parar.

Cuando considero que ya es suficiente le cojo de su oreja y le hago seguirme de rodillas hasta la sala habilitada como aula de colegio, con un pupitre y una pizarra colgada de la pared. Tiro firmemente de su oreja y camino con paso ligero para que deba esforzarse al máximo, lo cual me divierte mucho.

Una vez dentro del aula y, siempre de forma rígida e inflexible, le ordeno desnudarse, mientras lo hace yo permanezco sentada en mi silla de profesora que está situada a una altura superior a la del pupitre para tenerle siempre al debajo de mí. Disfruto viendo como se desnuda a toda velocidad para no importunarme.

Una vez puesto de rodillas con la cabeza en el suelo, en señal de total sumisión, camino alrededor suyo, diciéndole lo torpe que es y el gran castigo que necesito darle para que mis enseñanzas le entren en su vacío cerebro; a continuación pongo mi botín en su cuello y procedo a azotar su desnudo trasero con ocho golpes de fusta; le doy siempre tanto golpes como días han pasado sin venir, en este caso ha sido una semana y un día, por lo que le doy ocho golpes, debiendo agradecerme cada uno de ellos, ya que son por el bien de su educación.
Toda la sesión la realizamos en inglés, donde yo no sólo evalúo los conocimientos que va adquiriendo sino que también le exijo una perfecta dicción; esto último es lo que más le cuesta y por tanto lo que más castigos le hace recibir, para mí deleite, por supuesto.

Para esta semana le he ordenado escribir una redacción en la que narre que es lo que opina de su malévola profesora, de la relación que tenemos y lo inferior que es él; debe leerla de rodillas, sin moverse un ápice, mientras yo me siento en su espalda, con mis pies apoyados en su cabeza. Lo lee despacio y poniendo especial atención en la fonética que tanto le cuesta, recibiendo por cada error un fustazo en su trasero. Disfruto muchísimo viendo como se ha esforzado en casa por hacer bien los deberes, lo cual no le quita de recibir mis correctivos, ya que por otra parte, mi exigencia cada vez es mayor.

A continuación me siento en mi cómoda silla y le ordeno que me quite los botines, ya que aunque son muy sexys oprimen mis delicados pies, y le ordeno que me dé un masaje mientras procedo a realizar uno de los juegos educativo que hacemos habitualmente; consiste en que yo pronuncio palabras inglesas de cierta dificultad y él debe contestar con la traducción correcta, si acierta le permito que me dé un largo y suave beso en el pie que está masajeando, pero si falla le doy una sonora bofetada; por supuesto yo ya me encargo de que las palabras a traducir sean difíciles, para que las bofetadas sean mucho más numerosas que los besos…

Seguidamente le ordeno que traiga, siempre de rodillas, su cuaderno de tareas, ya que vamos a proceder a hacer un dictado. Desde la incomodidad de su posición voy leyendo algún artículo de mi interés extraído de alguna revista de actualidad inglesa que le he ordenado comprar; obviamente no puede seguir mi ritmo, por lo que cada vez que me suplica que vaya más despacio, le doy un fustazo. Ni que decir tiene que al final del dictado su trasero está completamente rojo.

(Continuará…)

 

“Tan negra como el infierno

y tan oscura como la noche.

Aquella cuyo caro amor me levanta

 y me hace caer.

Puesto que estoy casi muerto,

acábame en seguida con tus miradas”

(Shakespeare)

 

 

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Lamiendo tus deseos.

Viajaba solo en tren. Le puse un mensaje dándole unas instrucciones claras:

-Irás al baño, te quitarás la ropa interior, la guardarás en el bolsillo de tu pantalón y me enviarás una foto del momento-

Me gustó imaginarle así. Elegante, con su traje de chaqueta impecable, camisa en tono claro acariciando su pecho y una casi asfixiante corbata rozando su cuello que horas después sería mío.

Elegante. Sobrio. Sensual, y sin ropa interior…

Sintiendo como el tejido del pantalón acaricia su sexo, imaginando o deseando que son mis dedos los que erizan su piel.

En apenas unos minutos me envió la imagen. Sin demora. Con exactitud.

-Así me gusta- le dije.

-Y llega rápido. Te espero con la más húmeda de mis ganas…-

 

 

 

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“No quiero un cuerpo

quiero un alma.

Viva, loca y salvaje.

No busco el rio,

quiero el océano.

No busco la llama

quiero la hoguera.

No busco un camino

si no la tierra entera”