Soplar, aún sabiendo que va a explotar.

-“Quiero que seas mi perdición”- me dijo el día que le conocí.

Ayer volvimos a quedar. Un Madrid lluvioso y en huelga de taxis complicó que llegara a la hora acordada, igualmente me advirtió que se retrasaría unos minutos largos.

-He pedido un cabify y no sé cuanto tiempo va a tardar- me escribió por wasap.

-Ok. Aunque…me gustaría que hicieras algo en cuanto te subas al coche- le respondí.

-Claro- lo que quieras.

-Quitate la ropa interior y guardatela en el bolsillo.-

-¿Seguro?-me respondió.

No le contesté, claro. El ya sabía lo que debía hacer.

Y lo hizo…

Cuando llegó me besó. Le besé y me enseñó su ropa interior negra guardada en el bolsillo del pantalón.

-Muy bien- le dije sonriendo. Ahora seré generosa contigo. ¿Que te gustaría hacer que no hayas hecho aún?-le dije con toda la malicia sonriente que pude.

No tardó en responder más allá de 3 segundos.

-¿Sabes que doy muy buenos masajes?-respondió, devolviéndome la sonrisa . Siempre he querido pagar por dar un masaje.-

-Me vienes muy bien entonces- le contesté.

Y tras ducharnos juntos, y untarnos de espuma y saliva, me tumbé sobre las sábanas negras. Desnuda.

Esperando a que sus manos repletas de aceite caliente acariciaran cada centímetro de mi piel.

Encendimos unas velas, sonó una deliciosa melodía y sus dedos comenzaron a deslizarse por mis pies, lentamente fueron subiendo  por las piernas. Eternidades después llegaron a mis muslos. Sus dedos buscaban más calor.

Más color.

-El paraíso entre tus piernas-dijo para sí.

Su lengua se enredaba en mi cuello mientras sus dedos buscaban mi sexo.

Suspiré.

-Lléname de ti-me susurró.

Y le besé.

Y humedecí cada beso.

Y cada beso fue más intenso.

Y cada intensidad más profunda.

Introducía sus dedos en mi boca buscando mi lengua.

Humedad.

Se los pasaba despues por su rostro, sin dejar de besarme. Sin dejar de abrasarse.

-Háblame-le dije.

Y esa noche habló hasta crear un fuego.

O varios.

-Ahora quiero sentirte muy dentro-le susurré.

Su cuerpo bañado en aceite bailó sobre mí, sin dejar de besarme, sin dejar de enredarse en mi pelo. A ritmo lento, como a mí me gusta. A ritmo intenso como a él le encanta.

Suspiros después me regaló su deseo, chorreando gota a gota bajo mi espalda.

-“Creo que vas a ser mi perdición”- me dijo jadeando aún.

Sonreí. Me metí un exquisito bombón de chocolate negro en la boca y al ver sus ganas, se lo pasé a la suya. Se lo merecía.

-Un gran masaje- le dije.

“Estuve a punto de irme,

casi me pierdo el abrazo prometido.

No era el sitio perfecto.

Estuve a punto de irme,

casi me lo pierdo.

Menos mal que me quemé.”

(P.Benito)

 

 

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Lo que sucede, conviene.

Llaman al timbre.
Por fin.
Es el mensajero que llevaba esperando varias horas ya, con un pedido muy especial.
Lo que no imaginé es que iba a interesarme más el portador que el pedido en sí.
Abro la puerta con la ropa que en ese momento llevaba. Unos leggins de deporte muy ajustados negros, una camiseta de manga corta blanca y mis pies descalzos dejando al aire las recientemente uñas pintadas en “rojo jueves”.
El pelo ligeramente ordenado en una coleta y ¡ups!, olvidé ponerme el sujetador bajo la camiseta blanca. Un poco tarde- pensé según abría la puerta.

-Traigo un paquete- me dijo sonriendo mientras me observaba de abajo a arriba con bastante descaro.
-Ya veo- le contesté, y no lo dije precisamente por el pedido.
La verdad es que el chico llevaba un vaquero de lo más sugerente.
Alto, mediría mas de 1,80 jersey negro pegado y ese vaquero negro ceñido también, a juego con unas elegantes deportivas en tonos grises.

Unos segundos .
Largos. De eterno silencio.
Solo miradas. Nadie supo que decir para ir más allá del breve formalismo.
-El paquete es grande y pesa- me dijo, esta vez sonriendo con una reserva de prudencia.
-Me hago cargo- le contesto soltándome el pelo de la coleta y moviéndolo a la vez.

Sé que se ha dado cuenta de la ausencia de mi sostén, la camiseta es muy fina y algo trasparente.
Se que me he dado cuenta de que el objeto que lleva entre sus musculosos brazos es lo que menos me interesa ahora mismo.

-¿Puedes dejarlo en la cocina?-se me ocurre decirle como respuesta a esta humedad que comenzaba a palpitar entre mis piernas.
Y sin ninguna pretensión pero con todas, me respondió:
-Por supuesto, con placer.
Y que más da el “como” si finalmente lo hizo…
Se dirigió a la cocina. -Todo recto , ven sígueme.-
Detrás de mí, noté su mirada clavándose en mis nalgas bajo el leggin ajustado .
Lo depositó en el suelo.
Se agachó para no dar ningún golpe al pedido y según subía su espalda muy lentamente me fue recorriendo con la vista centímetro a centímetro, a esas alturas yo ya me había situado muy cerca de él.
No recuerdo quien rompió el breve espacio de ganas que nos separaba, solo sé que antes de darme cuenta ya tenía su lengua en mi boca y su olor a Yves Saint Laurent metiéndose poco a poco en mi piel.
Besaba como me gusta.
Besaba como hay que besar.
Suave, profundo, dulce, fuerte, besaba y me iba hablando bajito . Apenas podía entenderle, pero eso era lo de menos.
Lo de más fue su mano bajo mi ropa interior. Cálida. Lenta y segura. Su dedo acarició mi sexo en un baile de intenciones.
Me subí a la encimera, abriendo las piernas como para invitarle a acercarse, sin que su lengua se ausentará ni una décima de segundo de mi boca.
Comenzó a acariciarme el pecho, a apretarlo.
-Más suave- le indiqué
Le agarré con mis piernas, bien fuerte, para que no se escapara, no aún. Su boca bajaba por mi cuello buscando mis senos mientras seguía acariciándolos.
Me deshice de la camiseta en un corto movimiento.
El me imitó y pude ver su torso moreno .
Me bajó de la encimera y se situó detrás de mi, mientras flirteaba con mi nuca y me respiraba, literalmente.
-Que bien hueles- me dijo.
-Como me excitas- pensé yo.
No sé en que momento se quitó el pantalón pero empecé a notar su sexo tras mis nalgas, como pidiendo permiso, como indicándome de cuan duro podía llegar a estar en décimas de suspiros.
Me giré en un movimiento que le sorprendió. Abrí un cajón, cogí unas esposas y le pregunté sin dejar de sonreírle:
-¿A que nunca has follado con unas esposas puestas?
Sonrió.
No contestó.
Mejor.
Se las puse, guardé la llave y volví a colocarme en la misma postura, de pie, apoyándome en la encimera y él detrás muy pegado, apreté sus nalgas invitándole a introducirse donde hace tiempo ya debía estar.

Y sus embestidas fueron como sus besos.
Profundas. Suaves. Firmes.
Seguimos besándonos como poniendo a prueba la flexibilidad de mi cuello.
Y él, con sus manos inmovilizadas bajo la espalda moviendo lo poco que podía con tal seducción que hice todo lo posible para alargar el momento.
Los móviles sonaban, ambos.
Nos dio igual.
Tampoco sé cuanto tiempo estuvimos así, minutos, horas o días tal vez.
Solo recuerdo que ocurrió y que fue…

“El único viaje imposible es el que no empiezas”

 

 

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El buscador es lo buscado.

Mi aprendiz de poeta urbano hoy jugó a enredar las palabras:

 

“Mi ruta eres tú
mi despertar
lo primero en aparecer en mis sinapsis
mi maridaje
mi prólogo

mi epílogo
mi sinopsis.

Mi oasis en la ciudad

el beso de adrenalina revolucionando mi bioquímica.

Mi geografia ambigua

mi huida deseada.

Mi…”

 

 

“Ser en la vida romero, romero…solo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.”

(Leon Felipe)

 

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To let myself go. (I)

A las 17:55 h. como siempre, puntualmente llego en busca de ella.

Ella seguia en el empeño de moldearle a base de besos caricias y algunas cositas más.

Él aparcó el coche justo frente al portal, se bajó del coche y mientras fumaba un cigarro se dispuso a esperar a que ella, su dueña, saliera por el portal.
Exactamente a las 18:00 h. la vio aparecer tras el portal; vestía un ligero traje en tonos rojos  a la altura de la rodilla, zapato plano, el pelo suelto, las gafas de sol y su bolso. Abrió la puerta exterior para dejarla pasar y ya en la calle, la saludó cogiendo sus dos manos y besándolas. En ese momento se fijo que ella, llevaba en el dedo anular de su mano izquierda el anillo plateado gemelo al que él llevaba en su mano derecha y entendió que esa tarde iba a ser muy distinta a otras en las que habían salido de shopping.

Una vez se saludaron él se dirigió a abrir la puerta trasera del coche para que subiera y la cerró cuando se cercioró de que ella, estaba cómodamente sentada. Dio la vuelta al coche para dirigirse a la puerta del conductor, subió, se puso el cinturón de seguridad y arrancó el coche.

-“¿Dónde quieres que vayamos?”- Preguntó.

-“Hoy se me ha antojado ir a comprar unos zapatos. ¿Recuerdas aquella zapatería de la calle Alcalá? .Vamos a ir allí”.- Respondió ella con voz suave y firme.

Durante el camino fueron comentando las últimas lecturas que ella, su fuerza, le había ordenado leer. Así como los detalles a tener en cuenta para programar un futuro viaje a alguna capital europea que ella, su guía, tenía en mente realizar con él.

Al cabo de unos veinte minutos llegaron a la zona a la que se dirigían.

-“Cuando llegues a la dirección, para el coche. Yo me bajaré para entrar en la tienda mientras tú aparcas”.-

Cuando llegó a la puerta de la tienda paró el coche, se bajó y  abrió la puerta trasera para facilitarla la maniobra .

-“Procura no tardar mucho”.- Él asintió.

Una vez aparcado coche en un cercano parking público se dirigió andando a la zapatería mientras sentía ese hormigueo que tenía en el estómago cada vez que a ella, le apetecía jugar con él en público.

Entró en la tienda.

Era amplia y con varias zonas perfectamente diferenciadas en las que había varios asientos situados delante de unos grandes espejos para que la clientela pudiera ver cómo le quedaban los zapatos una vez puestos. Habría en ese momento unas diez personas y tres dependientas.

Ella estaba sentada en uno de aquellos asientos mientras miraba los expositores de alrededor en busca de algún modelo que le gustara.

Él se acercó lentamente.

Cuando estuvo a su lado, ella le indicó:

-“Ponte de rodillas delante de mí”. Él tembló y ella lo notó.
Sonrió y con el dedo índice de la mano derecha le hizo una indicación para que obedeciera.

Ese momento, tan temido como esperado, había llegado para él.
En público, el mayor de sus temores.
Finalmente él se puso de rodillas muy lentamente, tratando de no llamar la atención de los presentes en la zapatería, con la cabeza mirando al suelo en la creencia infantil de que si él no veía a los que estaban a su alrededor a él tampoco  le verían.
-“Lo que no se ve, no existe”- repitió mentalmente.

Cuando estuvo de rodillas ella, su brújula, volvió a hablarle.

-“Busca unas sandalias de tacón fino y muy alto”.-

Se dirigió a una de las empleadas de la tienda y le pidió exactamente lo que necesitaba para complacerla. Unas sandalias rojas de tiras con tacón fino y altísimo. Del número treinta y siete, eso sí.

Al poco tiempo la dependienta le trajo una caja con las sandalias que había pedido y le preguntó si necesitaba ayuda, él respondió que no y se dirigió hacia ella.

Protegido por la excusa de llevar la caja de zapatos él volvió a ponerse de rodillas delante y dejó la caja a uno de los lados. La abrió para probarle las sandalias.

-“Quítame con delicadeza los zapatos y antes de probarme las sandalias introduce muy lentamente cada uno de los dedos en tu boca. Recuerda que no tenemos prisa”.- Le dijo dulcemente.”-
Estar de rodillas delante de ella en mitad de la tienda era una cosa,

adorar esos pies a los que se había vuelto adicto ya,

delante de todas esas personas era otra completamente distinta.

Quizá demasiado para él.

Quizá se dio cuenta en ese instante que ella era su motivo y no su excusa.

La miró a los ojos y ella notó el temor que había en su mirada. Le sonrió y asintió invitándole a obedecer.

Aquella sonrisa y ese gesto le hicieron dar el paso adelante, le quitó el zapato derecho y sostuvo el pie desnudo con las uñas pintadas de rojo con su mano izquierda, ella pudo notar perfectamente el temblor en sus manos.

Agachó la cabeza y uno por uno, fue introduciendo cada uno de los dedos en su boca, deleitándose en la maniobra. Acto seguido cogió la sandalia de la caja y pausadamente se la colocó lo mejor que pudo. Repitió el gesto con el pie izquierdo .
Ese pie con el que soñaba de noche y de día también.

Rozó cada pliegue.
Se deleitó en la suavidad de su piel.
Imaginó tal vez, que besaba y humedecía otra zona de su cuerpo.

Respiró y esperó.

-“Pon las manos en el suelo”.- le dijo.

Obedeció.

En ese momento se dio cuenta de que una de las empleadas y un par de clientes estaban mirando de reojo la escena y el temor volvió a aparecer, estaba a punto de llegar a su límite y levantarse.

Ella que ya lo conocía muy bien le susurró suavemente con una ligera y convincente sonrisa:

-“La tienda está vacía para nosotros dos. Solo necesitas centrarte en mí. Confía y fluye”.

Escuchó la voz de ella y eso le tranquilizó. Sintió en su mano izquierda la suela y notó que gradualmente ella dejaba caer casi todo el peso. Luego lo sintió en la mano derecha y finalmente en las dos. A continuación ella se giró y esta vez dejó caer lentamente el peso de los tacones sobre sus manos, primero uno y luego el otro, en una suerte de danza armoniosa.
Ella se alejó caminando pausadamente hacia uno de los espejos mientras él permaneció de rodillas y con las manos en el suelo.
Ella se demoraba mirando en el espejo el reflejo de sus pies dentro de las sandalias, tras unos minutos, eternos para él, volvió hacia el lugar en el que él esperaba.
Sabía que superado el momento de crisis él haría todo lo que le dijera. Había conseguido que su sumisión venciera a su pudor.

No esperaba menos de él.
Sabia que no podía fallarla.

En aquel momento eran ya el objeto de las miradas de todos los presentes en la tienda.

-“Me gustan tanto que nos las vamos a llevar. Quítamelas y ponme los zapatos de nuevo de la manera que a mí me gusta”.-le indicó.

De nuevo repitió la operación anterior y uno por uno todos los dedos de los pies fueron visitando lentamente su boca. Colocó las sandalias en la caja para acto seguido preguntar con la mirada si podía levantarse para ir a pagar. Ella sonrió y asintió.

Se dirigió a la caja sin mirar a su alrededor, hacía ya un rato que en la zapatería nadie curioseaba zapatos. A él le pareció que todos estaban pendientes de ellos dos. Le extendió la caja a la empleada, que le miró entre sonriente y cómplice .

Se giró hacia donde estaba ella, su motor, e hizo amago de ir hacia la puerta. Ella interrumpió sus intenciones y le dio una nueva indicación.
-“Espera un momento, no podemos salir así a la calle”.- El tono anticipaba una provocadora malicia en las intenciones.

Recorrió los dos pasos que les separaban y se situó frente a él con la puerta de la tienda a sus espaldas. Movió su mano derecha con gracia para que él la siguiera fijamente con la mirada. La dirigió al bolso y buscó dentro hasta que encontró lo que quería. Aquella mano salió del bolso agarrando un collar de cuero con una anilla. Ella le miró y le indicó que agachara levemente la cabeza. Cuando obedeció le ciñó el collar y lo abrochó. Su mano extrajo del bolso una correa con un mosquetón que enganchó a la anilla del collar.

-“Ahora sí podemos salir a la calle”.- Dijo ante la mirada atónita de todos, que muy seguramente habían observado detenidamente esta última escena.

Ya en la calle recorrieron lentamente los cincuenta metros que separaban la zapatería de la entrada al aparcamiento subterráneo. Ella delante sosteniendo la correa y él un paso por detrás sin dejar que esta se tensara.

Ya en el coche y de vuelta al lugar de partida ella le dijo:

-“Estoy orgullosa de ti, y como sabes que cada logro conseguido es un paso adelante, te voy a dar un premio muy merecido”.-

-“Muchísimas gracias por tus palabras. Ha habido un momento en el que he estado a punto de derrumbarme, pero tus pies y tu voz han hecho que pudiera seguir adelante”.- Respondió él, tímidamente…

Aunque probablemente hubiera preferido decir:

    -“You have chosen me to be your slave.

      I must serve you .

      You have chosen me to worship you.

      I must pray to you as my goddess.

      You have chosen me for your pleasure.

      I must give pleasure to you as my mistress.

     You have chosen me to labor for you.

     I must perform those tasks for you.

    You have chosen me to suffer for you.

    I must endure my pain for you .

    You have chosen me to obey your commands.

    I must obey you without hesitation. …”-

 

(…Continuará.)

 

 

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“Cuando me expongo a lo extremo, abrazo a la vida”.

La cazadora de cuerpos amaneció desnuda sobre su lecho.

Ella juraría que durmió arropada por las suaves sabanas  y cubierta con un etéreo camisón recién inaugurado sobre su piel.

La ventana abierta con una brisa nueva y algo desconocida, se apoderaba de su desnudez. Olía a amanecer cálido, a promesas de futuros placeres por venir y a caricias voluptuosas entre sus muslos.

Abrió sus piernas, se embriagó de los primeros rayos de sol y saludó al nuevo día como a ella más le gustaba.

Lentamente sus largos dedos impregnados de ardiente saliva fueron rozando sus muslos, su sexo. Como queriendo eternizarse en ese instante.

Así, con calma.

Con el tiempo detenido.

Recordaba el último encuentro con el autoestopista, justo cuando ella le susurró:

-“Tu lengua en mi sexo, este es el paraíso, no me prometas otro.”-

Mientras, él se esforzaba por demorarse.

Prolongarse.

Dilatarse.

Extenderse.

Y fundirse con su sexo.

Hasta convertirse en sólo unos labios.

Nada más y nada menos que unos labios.

Ofreciéndose

Regalando placer

sin ninguna pretensión

o tal vez, con todas.

 

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Es hermoso ser lo que eres. (J.P. Gaultier)

Otro jueves que quise ir a esperarle a la parada del autobús.

A la misma hora, puntual y expectante, como siempre, aunque esta vez quise darle una pequeña sorpresa, por eso de cambiar lo bueno por lo estraordinario.

Tarde de calor en Madrid, una parada poco frecuentada y a una hora en la que te apetece  estar en cualquier lugar menos en una parada de bus, la ocasión lo pedía a gritos.

Me puse un vestido muy corto y  vaporoso, de los que se mueven solos según vas caminando o de los que se meten entre las piernas si te descuidas.  Me puse unas bailarinas y salí así, sin ropa interior.

Por el calor, y por él…

Ya en la parada, me senté.

Gafas de sol, carmín rojo “bésame ya” y dispuesta a esperarle con una sonrisa hambrienta.

Unos 5 minutos y el bus se aproximaba. Subí un poco el vestido, dejando rozar mis muslos  por él y abrí ligeramente las piernas. Pude sentir una ligera brisa y la excitación que comenzó a crecer o tal vez a resbalar.

El bus frente a mí parando. Yo humedeciendo mis labios lentamente con la lengua.

El calor…

Él, bajando a ritmo lento y caminando hacia mí.

Yo, acariciando y llevando mi cabello hacia un lado.

El bus que no acababa de irse de la parada. Mis piernas más abiertas aún, aguardándole.

Y él, cada segundo más cerca.

Y yo, cada suspiro, más excitada y palpitante…

 

_Yo, con vértigo y tú, haciéndome volar_ me dijo al aterrizar su mirada frente a la mía.

 

 

 

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“Lo máximo que se puede esperar de la perfección es un instante”

Acariciar-te es un arte.

 

 

 

5 sentidos-2

Con los 5 sentidos y alguno más…

¿Con cual te quedas?

Mis esenciales:

El olfato, tal vez porque quizás los olores evocan el privilegio de la invisibilidad y antes del tacto sucede el olor como una esencia que sabe desaparecer en el aire y ser agente de un gran poder. La seducción que despliega el olor es implacable. El sentido del olfato es 10,000 veces más sensible que cualquier otro de nuestros sentidos y el reconocimiento del olor es inmediato. Otros sentidos similares, como el tacto y el gusto deben viajar por el cuerpo a través de las neuronas y la espina dorsal antes de llegar al cerebro, mientras que la respuesta olfatoria es inmediata y se extiende directamente al cerebro. Este es el único lugar donde el sistema nervioso central está directamente expuesto al ambiente, con razón  cada olor es un viaje a varias dimensiones… Y cuando digo olor, me refiero a ti y a ese perfume que dejas en mi habitación cuando te vas.

 

El oído, simbolizado a través del embajador que más le hace justicia: la música. Del griego: “el arte de las musas “, es , según la definición tradicional del término, el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo, mediante la intervención de complejos procesos psíco-anímicos… Y por música entiendo tus jadeos, y gemidos abriéndose paso por  mi piel…O tu voz con volumen descendiente, de ombligo hacia abajo, buscando el timbre de mi placer en tono impaciente. O mis silencios que persiguen el ritmo de tu respiración.

 

 

Y aunque Antoine de Saint-Exupéry, autor de “El Principito” dijo que “lo esencial es invisible a los ojos” la visión tiene una especial relevancia para el juego de la seducción. Lo curioso es cuando te veo acariciándote para mí, frente al espejo, desnudo, provocador, tan tú, y sin embargo no estás aquí.

 

 

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El mejor camino para llegar a la verdad es a través de la ficción.

Me ha llegado una carta, correspondencia a la vieja usanza.

Un poeta enmascarado hablando de rimas en la madrugada , de sucias palabras sin recato y de la belleza de las mismas.

Me dice que le gustaría que me tocara mientras las leo. Que comenzara a masturbarme mientras recuerdo el tacto de su cabeza entre mis piernas o el picor de su barba incipiente en las ingles, o la punta de su nariz hundiéndose en mi sexo cuando empuja su lengua más y más adentro. O tal vez que rememore lentamente el calor de su aliento quemándome hasta el ombligo.

Afirma que mientras escribe me visualiza humedeciendo mis dedos a la vez que voy juntando sus letras, para después llevarlas a mi sexo y guardarlas ahí, bajo su atenta tinta.

Me imagina entregada al placer sin restricciones y al sudor resbaladizo de la urgencia.

-Acaríciate y fóllame después, ataviada con tus vestidos de calle, con las botas oscuras y las bragas en la mano.-

Y así se despide, supongo que con la calma tensa de saber que puede ser en cualquier momento cuando volvamos a sentirnos.

 

 

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El infinito no nos llega ni a la suela de los tacones.

“Nada me retuvo.

Me liberé y fui.

Hacia placeres que estaban tanto en la realidad como en mi ser,

a través de la noche iluminada

Y bebí un vino fuerte,

como sólo los audaces beben el placer”.

(Kavafis)

Me gustas así,

leal, complaciente

con el verso en la mano y una sonrisa a la que casi alcanzo.

Me gustas puro, creativo.

Tan libre como puedas y tan tú como sabes…

 

 

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Entender es antes que pretender.

“Esto es un poema

mantén sucia la estrofa.

Escupe dentro.”

(Angel G.)

 

…Como me gusta decirte que tú sí has aprendido a sentirte libre, como aquella canción de Gianni Bella.
Y lo has hecho así, bajo mis cadenas, entre mis caderas. Al soslayo de mi mirada y con tanta entrega, que mi piel y otras cositas que aún no diré permanecen erizadas.
Con cada azote lleno de intención y dulzura te me has regalado, he recogido tu placer exhausto con mis manos para ofrecértelo y sentir como relames cada uno de mis dedos. Comprobando como puedes conseguir que me derrita ahí mismo, sobre mis tacones, pisando esa alfombra negra que hasta hace poco nos miraba escandalizada.
Sé que la próxima vez vas a llegar tal y como me gustas, rendido, valiente, desnudo de alma para adentro, dispuesto a introducirte en el ensueño de mis caprichos.

Amordazado a mi risa.

Trascendiendo.

Total, tengo tiempo y el desdén que provoca saber esperar-te.

 

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