Vámonos de sueños esta noche.

El pantalón vaquero apenas podía ocultar su excitación. Tumbado sobre el sofá negro de cuero a unos centímetros de su piel, su cuerpo pedía sentir más calor.

– “Esta noche estoy cansada”- le había dicho retadoramente.

Y él, maestro de excepciones, intentó tensar la cuerda hasta el límite, si es que entre ellos alguna vez hubo algún límite.

Como cuando se conocieron, ella libre y callejera de las metáforas, se le cayó la cordura cuando le intuyó. Y él que nada más verla quiso desnudar sus sentidos, acabó maldiciendo su piel por enredar tanto su alma.

Tarareando una de sus canciones preferidas, se incorporó hasta ponerse de rodillas entre las piernas de ella, apoyó su boca y sellando con sus labios su ropa interior cogió aire y lo dejó escapar muy despacio a través de la fina tela. El aire tan caliente le quemaba y licuaba aún más si cabe su humedad. Ella le apretó la cabeza contra su sexo, pero el placer duró lo que tarda en agotarse el aire de los pulmones.

Nunca dos miradas habían estado tan hambrientas. Y sin embargo, se levantaron. Se vistieron muy despacio. Con pocas ganas, alargando un juego que apenas comenzado ya empezaba a pesar. Y qué más da quien tira de quien si la dirección es la misma- pensaba ella

Caminaron hacia la puerta de la calle, él de espaldas, ella persiguiéndole mientras se gritaban en silencio lo mucho que se  deseaban en ese momento.

Con la manilla de la puerta bajada, él preguntó con una sonrisa:- “¿no me vas a dar nada para que te recuerde estos días?”-

-”Retírame las braguitas con tu boca, muy lentamente y sin morderme” –

Él la miró seriamente. Cerró la puerta  y la rodeó. Ella no se giró. Solo pudo notar el aire a su alrededor,

Arrastró la lengua desde el tatuaje de su nuca hasta su cadera, muy despacio. Cuando llegó a sus caderas, atrapó la ropa interior con los dientes, cuidándose de rozar su piel como adelanto de lo que vendría después. Introdujo su lengua entre la piel y el encaje, y comenzó una lenta espiral descendente alrededor de su cuerpo, mirando hacia arriba cuando estaba frente a ella, y quitándose su ropa cuando pasaba por detrás. Las bragas negras cayeron al suelo cuando estaba a la altura de las rodillas, quizá porque ella había separado las piernas para prolongar el juego, y en ese momento él comenzó a deshacer la espiral ya desnudo y completamente excitado, con la misma parsimonia con la que había bajado, pero rozándose constantemente contra ella. Espiral eterna, que se paseó por muslos, cadera, vientre, pezones y cuello, hasta llegar a los labios, entregados ya y a punto de recibir su deseada dosis de saliva .

Con ambas manos en su rostro, él dirigía los besos, casi follando su boca con la lengua. Ella separaba las piernas involuntariamente y encajó su polla entre  ellas para notarle más cerca. El ritmo fue aumentando. De su mejilla a los pezones, pellizcándolos repetidamente con suavidad mientras los veía endurecerse como piedras, y de ahí a su culo perfecto.

Él la cogió con ambas manos, la levantó en vilo como una pluma hasta tener sus pezones a la altura de los labios. No esperó para empezar a chupar uno de ellos, mientras la dejaba descender sobre su polla, haciéndola gemir de puro placer y excitación con solo unos breves roces. Él no quiso demorarse demasiado y apoyándola contra la pared la penetró veloz, acelerando el ritmo de sus embestidas a la par que ella aumentaba el volumen de sus gemidos. A ella le gustaba así, violento bajo sus bragas y a sus pies

Él no tardo en notar como ella se diluía ahí mismo, apretándole por dentro, muy fuerte, como reteniendo el momento, como reteniendo su alma.

Él no quiso ni pudo aguantar más. Cuando sintió que iba a terminar empujó hasta el fondo y se vació por completo dentro de ella gritando de placer, sin hablar, sin parpadear y tan llenos de intenciones como cuando ella fingió estar cansada.

-Ahora ya sabes detener el tiempo- le susurró ella, antes de desaparecer de su imaginación…

 

 

“Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido.

Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal.

Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad.

Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo mas alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima.

Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore.

Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada.

Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero el mar a la montaña. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

( Báilame el agua) 

 

 

 

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Dando nombre a los vientos.

Son las 7 de la tarde y puntualmente, como siempre, mi alumno de clases avanzadas y perversas de inglés, toca el timbre de la puerta.
Yo ya estoy preparada con mi atuendo de maestra de época victoriana, compuesto por un ceñido vestido negro que acaba justo por debajo de mis rodillas, unos botines negros con tacón de aguja tipo Oxford, unos guantes también negros de cuero fino y por supuesto una vara de castigo, flexible cuando tiene que serlo.

Acudo a la puerta lentamente con caminar firme para que mi pervertido alumno pueda oír el repiqueteo de mis tacones, lo cual sé que le excita. Le hago pasar e inmediatamente se arrodilla para, con auténtica devoción, besar mis preciosos botines; él sabe que debe hacerlo hasta que yo le ordene parar.

Cuando considero que ya es suficiente le cojo de su oreja y le hago seguirme de rodillas hasta la sala habilitada como aula de colegio, con un pupitre y una pizarra colgada de la pared. Tiro firmemente de su oreja y camino con paso ligero para que deba esforzarse al máximo, lo cual me divierte mucho.

Una vez dentro del aula y, siempre de forma rígida e inflexible, le ordeno desnudarse, mientras lo hace yo permanezco sentada en mi silla de profesora que está situada a una altura superior a la del pupitre para tenerle siempre al debajo de mí. Disfruto viendo como se desnuda a toda velocidad para no importunarme.

Una vez puesto de rodillas con la cabeza en el suelo, en señal de total sumisión, camino alrededor suyo, diciéndole lo torpe que es y el gran castigo que necesito darle para que mis enseñanzas le entren en su vacío cerebro; a continuación pongo mi botín en su cuello y procedo a azotar su desnudo trasero con ocho golpes de fusta; le doy siempre tanto golpes como días han pasado sin venir, en este caso ha sido una semana y un día, por lo que le doy ocho golpes, debiendo agradecerme cada uno de ellos, ya que son por el bien de su educación.
Toda la sesión la realizamos en inglés, donde yo no sólo evalúo los conocimientos que va adquiriendo sino que también le exijo una perfecta dicción; esto último es lo que más le cuesta y por tanto lo que más castigos le hace recibir, para mí deleite, por supuesto.

Para esta semana le he ordenado escribir una redacción en la que narre que es lo que opina de su malévola profesora, de la relación que tenemos y lo inferior que es él; debe leerla de rodillas, sin moverse un ápice, mientras yo me siento en su espalda, con mis pies apoyados en su cabeza. Lo lee despacio y poniendo especial atención en la fonética que tanto le cuesta, recibiendo por cada error un fustazo en su trasero. Disfruto muchísimo viendo como se ha esforzado en casa por hacer bien los deberes, lo cual no le quita de recibir mis correctivos, ya que por otra parte, mi exigencia cada vez es mayor.

A continuación me siento en mi cómoda silla y le ordeno que me quite los botines, ya que aunque son muy sexys oprimen mis delicados pies, y le ordeno que me dé un masaje mientras procedo a realizar uno de los juegos educativo que hacemos habitualmente; consiste en que yo pronuncio palabras inglesas de cierta dificultad y él debe contestar con la traducción correcta, si acierta le permito que me dé un largo y suave beso en el pie que está masajeando, pero si falla le doy una sonora bofetada; por supuesto yo ya me encargo de que las palabras a traducir sean difíciles, para que las bofetadas sean mucho más numerosas que los besos…

Seguidamente le ordeno que traiga, siempre de rodillas, su cuaderno de tareas, ya que vamos a proceder a hacer un dictado. Desde la incomodidad de su posición voy leyendo algún artículo de mi interés extraído de alguna revista de actualidad inglesa que le he ordenado comprar; obviamente no puede seguir mi ritmo, por lo que cada vez que me suplica que vaya más despacio, le doy un fustazo. Ni que decir tiene que al final del dictado su trasero está completamente rojo.

(Continuará…)

 

“Tan negra como el infierno

y tan oscura como la noche.

Aquella cuyo caro amor me levanta

 y me hace caer.

Puesto que estoy casi muerto,

acábame en seguida con tus miradas”

(Shakespeare)

 

 

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A los sueños, alas…

Quiero tu nombre entre mis muslos

por encima de mi espalda

bajo mi ombligo.

Entre mis sábanas.

Tu nombre mezclado con mi saliva,

y saber que ya no hay salida.

Las vocales independizándose como por derecho,

tus consonantes manifestándose sin tregua, dentro de mi lecho.

Tus letras a primera hora de la mañana

justo cuando trato de recomponer caricias y pensar que pasó anoche

y el por qué de tanta humedad en mi cama.

Tu nombre en mi aliento

a bocanadas de deseo.

Y morderte la distancia

los días

la risa.

Tu nombre bajo mis pies

en mis madrugadas de luna llena

o bajo alguna lluvia de crisálidas.

Tu nombre creciendo en mi boca

atragantándome las ganas.

Llenándome de tu sabor.

Taladrando noches

poetizando geografias por descubrir.

Aquí y ahora.

Tu nombre vaciándose de intenciones.

Tan lentamente…

Tan profundamente…

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Hoy nos dejamos la piel, mañana nos la devolvemos.

Aquel sábado decidió darle una sorpresa, una de las que a ella le gustaban, así que antes de meterse en la ducha le envió un mensaje que grabó con su voz más dulce y seductora:

-“Buenos días. Esta mañana necesito que me hagas un favor y vengas conmigo para  ayudarme a elegir unos pequeños caprichos que quiero comprar. Como es una ocasión especial, me gustaría que te pusieras ese traje que ya sabes, tus mejores zapatos y una camisa blanca. ¡Ah! No te pongas corbata y, por supuesto, tampoco te pongas ropa interior, adórnate con unas gotas de ese perfume que te regalé. Te espero a las doce en punto en el centro comercial que seguro ya intuyes, no hace falta que vengas a recogerme-“

El mensaje terminó de despertarle, lo escuchó varias veces hasta que se lo aprendió de memoria y entonces se metió en la ducha.

Llegó cinco minutos antes de la hora y la esperó fumando un cigarrillo.

La vio acercarse mostrando su belleza al sol de la ciudad. Un escueto vestido claro con tonos estampados, la falda de corte ligeramente asimétrico a medio muslo con vuelo, con todo el vuelo. Unos tirantes muy finos que llevaban la mirada a sus clavículas y hombros; todo el conjunto rematado con unas sandalias de tacón que dejaban al aire sus uñas rojas.

Se acercó a él y le besó suavemente .

-“Hueles muy bien”-le dijo.

-“Tu belleza desafía hoy a todo Madrid”- respondió él.

Con una sonrisa le invitó a seguirla. Él ya sabía que debía mantenerse a su lado y esperar a que ella le requiriera cuando lo necesitara.

Miraron los escaparates de varias tiendas sin entrar en ninguna de ellas, hasta que llegaron a una zapatería en la que había varios modelos de sandalias, botines y botas de tacones altísimos. Una tienda muy especial de la que ella ya le había hablado en alguna ocasión.

Entraron y dieron una vuelta mirando los distintos expositores decorados con un gusto muy exquisito. Ella tocaba, acariciaba, olía varios de los zapatos. Unas sandalias llamaron especialmente su atención.

Las cogió en sus manos y las tocó admirando la belleza y sofisticación de su sencillez. La planta, una escueta tira para abrazar los pies a la altura del nacimiento de los dedos, una fina línea en el talón y un brazalete a la altura del tobillo unido todo ello a un tacón infinito.

Rojas, muy rojas. A juego con el color de sus uñas.

Buscó con la mirada al dependiente y cuando este se acercó le pidió que le trajera su número. Acto seguido se dirigió a uno de los asientos para esperar a que le trajera las sandalias y se dirigió a su acompañante:

-“¿Podrías quitarme las sandalias que llevo puestas?”- le dijo mientras le observaba con la sonrisa de quien espera mucho más que el cumplimiento literal de una orden.

Él miró como interrogándola. Ella asintió sonriendo aún más.

Sabía que debía olvidarse de todo a su alrededor y reducir toda su existencia a ella, a sus caprichos y, sobre todo y por encima de todo, a sus pies.

Se arrodilló lentamente y a partir de ese momento nada más existió.

Desabrochó una de las sandalias y se la quitó, suavemente la dejó a un lado y acarició lentamente el pie demorándose en la planta y en  cada uno de los dedos. Se agachó aún más y besó el empeine para ir pausadamente bajando a besos hasta los dedos. Los empezó a lamer y un carraspeo casi le interrumpió.

-“Aquí tiene los de su talla. ¿Necesita que la ayude?”- dijo el dependiente sorprendido ante la escena que tenía delante de sus ojos.

-“Muchas gracias, creo que no me hará falta”- dijo ella en  tono firme y seductor, rematado con una mirada hacia su acompañante que en ningún momento había dejado de besar su pie.

Ajeno a la conversación, él quitó la otra sandalia y repitió de manera casi exacta los mismos movimientos para acabar besando uno por uno los dedos del otro pie.

Abrió la caja con los zapatos y sacó uno de ellos, se lo puso acariciándolo y dejando que este rozara sutilmente sus pies, acto seguido le puso el otro zapato y colocó las manos completamente apoyadas en el suelo.

Ella dejó descansar sus pies enfundados en aquellas preciosas sandalias sobre esas manos que se le ofrecían como pedestal. Poco a poco todo su peso recayó sobre ellas, giró sobre sí misma y apoyó lentamente los finos tacones sobre el dorso de las manos extrayendo de él una ligera mueca de dolor.

Caminó lentamente aliviándole de esa pequeña molestia y se dirigió a uno de los espejos. Él la observaba todavía de rodillas.

Bella y casi flotando unos centímetros por encima del suelo.

Entonces se dio cuenta de que todos los presentes, unas diez personas, estaban observándolos.

Seguramente hace tiempo él hubiera sentido vergüenza o timidez, pero de eso hacía ya vidas, ahora imperaba el orgullo. Todos estaban admirándola, y él lo hacía desde el lugar privilegiado de quien no solo la podía admirar sino que también podía adorarla.

Ella se volvió a sentar.

-“¿Verdad que te gustan?”-

Él asintió diciéndole que aquellas sandalias parecían hechas a medida para ella.

Ella acercó los pies a sus rodillas invitándole a quitarle las sandalias y él lo entendió al instante, desabrochó la sandalia derecha y sintió que en ese mismo momento ella apoyaba su otro pie muy cerca de su sexo, jugando con él, haciéndole más difícil aún su cometido.

Guardó las sandalias y le puso las que había traído no sin antes besar uno por uno todos los dedos, demorándose en cada beso, disfrutando de la oportunidad que ella le brindaba de adorarla sin importarle que todo el mundo les estuviera observando por momentos…

-“En este instante solo estamos tú y yo”- susurró ella.

Se puso en pie y pidiéndole permiso con la mirada cogió las sandalias nuevas y se dirigió a la caja a pagar.

Cuando salieron de la tienda ella se apoderó de su boca con urgencia, a golpe de besos y ganas.

-“Aún nos queda un último recado”- le dijo ella.

Continuaron andando por el centro comercial hasta que llegaron a otra zapatería. Ella sonrió y entraron.

Dieron una vuelta juntos, a él le llamaron la atención unas botas de montar que tenían unos bonitos adornos dorados metálicos situados exactamente en la zona en la que irían unas espuelas.

Ella se dio cuenta y cogió esas botas, olió el cuero y admiró la caña de la bota que llegaba justo por debajo de la rodilla. Ideal para algunos juegos que en ese momentos le venían a la cabeza.

Al poco tiempo unos preciosos botines negros, también con adornos metálicos dorados, atrajeron su mirada. Suaves, con la zona de los dedos al aire y un tacón fino de unos diez centímetros. Se los acercó a él y le dijo que pidiera su número.

Él se dirigió a la dependienta y le pidió que le trajera el número correcto. La dependienta tardó un par de minutos y le dio una caja en la que se encontraban los botines solicitados.

Se arrodilló de nuevo delante de ella depositando los botines con mucho cuidado a uno de los lados. Lentamente empezó a quitarle las sandalias y esta vez la descalzó por completo, dejando sus pies apoyados en sus muslos para que no tocaran el suelo. Abrió la caja y sacó uno de los botines, mientras con delicadeza sujetaba su pie. Lo acarició antes de empezar a besarlo.

Excitación.

Rubor.

Miró a su alrededor y observó cómo la dependienta trataba, disimulando con más intención que fortuna, no perderse un solo detalle.

Siguió besando aquellos preciosos dedos y cuando acabó secó ligeramente la piel con su antebrazo antes de ponerle el primer botín. Cogió el otro pie y comenzó a besarlo mientras ella clavaba el tacón del en su muslo.

Crispando así su gesto, aumentando las ganas y su excitación.

Con alguna dificultad terminó de ponerle el segundo botín y apoyó las manos en el suelo. Esta vez ella se dirigió directamente al espejo.

Cuando regresó, él no pudo resistirse y besó los dedos que asomaban antes de empezar a quitarle los botines. Los metió de nuevo en la caja y se fue a pagar.

Ella se acercó por detrás y le besó en el cuello, aspirando el aroma de aquel perfume que tanto le gustaba, dejó un leve mordisco y salió de la tienda. Cuando terminó él la siguió y sin temor la dijo:

-“La ausencia provoca ganas que no entiende de lugares y solo te buscan a ti allí donde sea necesario”-

“Sabía que serías capaz de aprender que cuando estamos juntos solo estamos tú y yo, los demás no nos importan”-susurró ella.

Las dos bolsas en la mano, la sonrisa de ella y el mediodía de un Agosto más que perfecto.

Tendrían que ir a comer a una terraza para que él aprovechara esos rayos de sol tan escasos allá de donde venía.

 

“Cuando ella apareció palidecieron todas las antorchas.

Entre los diamantes de su collar resplandecía la piel de su pecho en los sitios que lo llevaba desnudo;

dejaba,

al pasar,

como el olor de un templo,

y de todo su ser emanaba algo que era más suave que el vino

y más terrible que la muerte”

 

(Gustave Flaubert)

 

 

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Aviso a navegantes:

Aprovechando que me gustan los cambios:

Nueva ubicación de mi estudio a partir de  Septiembre: muy cerca del actual.

¿Donde? : En Pozuelo.

Con: metro ligero- cercanías cerca- zona blanca para aparcar.

Cada vez con más sorpresas, y más Disciplina de mil colores, salvo el vainilla :

Sado light, fuerte, medio, iniciación, sado erótico, médical, fetich, juegos de rol, transformismo, masaje prostático, uretral …

Hasta entonces sigo en Aravaca.

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Respirándote.

Así lo vivió él:

El sábado por la tarde no teníamos otro plan que el “dolce fare niente” hasta el concierto de blues al que iríamos por la noche, así que nos tumbamos en el sofá para dormir la película de turno –una de James Bond-. Yo, boca arriba, con mi pijama de médico, y ella, de lado entre mis piernas apoyada en mi pecho.

En un momento dado la protagonista trataba de matar a James Bond después de haberle engatusado, y lo hacía intentando ahogarle con el vestido de latex que llevaba. Para mi sorpresa, esto me provocó una erección tan inesperada como indiscreta.

Del concierto, solo puedo decir que fue  espectacular. La música también. No puedo explicar muy bien cómo ni porqué, pero estuve toda la noche deseando que acabara el concierto para poder llegar a casa y hacerle el amor. Y por fin dejaron de cantar, y yo le estaba diciendo que nos fuésemos  antes de que acabase el último acorde. Me miró con una risita contenida, me preguntó si tenía sueño. Me metió la mano en el bolsillo trasero de mi vaquero y nos fuimos al coche al ritmo de sus tacones sublimes y del vaivén de sus caderas, enfundadas en una preciosa minifalda de cuero.

Nos metimos mano en el coche, en el ascensor y en el rellano, y para cuando llegamos a la habitación apenas nos quedaba ropa . En ese momento me tumbó en la cama, y se agachó despacio, para que me deleitara con su precioso culito, hasta coger mis pantalones del suelo. Sin dejar de mirarme, sacó el cinturón de cuero, metió el extremo por la hebilla y, arrodilla sobre mi pecho, inmovilizó mis muñecas con una especie de nudo corredizo improvisado. Luego ató el extremo libre del cinturón a uno de los barrotes del cabecero y bajó muy despacio hasta mi oreja para susurrarme: –me encanta que tengamos los mismos gustos-.

Deslizó su lengua desde mi oreja hasta la comisura de mis labios, y acto deguido comenzó a devorarme la boca. Notaba sus manos sujetándome la cabeza, moviéndomela para no dejar ningún rincón de mi boca sin barnizar con su saliva, cuando sucedió. Intenté inspirar, pero tenía mi boca completamente dentro de la suya, y una mano suya bloqueando mi nariz y sujetándome la cabeza.

Imposible respirar. Imposible dejar de besarla… imposible frenar mi erección. Yo tragaba intentando engañar a mis pulmones, mientras degustaba su saliva como el mejor manjar del Universo. Ella buscó a ciegas mis pezones, y comenzó a apretarlos como para distraer mi atención del hecho de me faltaba el aire. Yo abría y cerrabaja los ojos, pero no sabía si al abrirlos de nuevo quería que lo que estaba pasando fuera un sueño o la dulce y asfixiante realidad. Oía su respiración, sus gemidos cada vez más altos y más agudos a medida que notaba mi desesperación, y trataba de mover el pecho a ese ritmo, como si fuera yo el que disfrutara de ese precioso aire. Poco a poco, empecé a notar un mareo mareo embriagador que me invitaba a abandonarme a ese dulce tormento.

En ese momento, ella tomó aire, lo retuvo un tiempo en sus pulmones, y lo exhaló suavemente sobre mi nariz al tiempo que separaba su mano para que yo pudiera inspirar profundamente. En esa situación tan límite, el olor de su respiración se tatuó en mi cerebro, mientras avanzaba sin freno hasta inundar el último rincón de mis pulmones completamente vacíos.

Se separó, mirando mi respiración agitada y la expresión de mis ojos y me dijo:

Ahora tú también me llevas en lo más profundo de tu cuerpo-.

 

Y así, ella:

Semanas sin verle. La impaciencia desbordándose entre sus piernas. Escucharle al otro lado de la linea, verle y por más que alargara su voz no conseguía rozarle.

Y como por arte de magia, lo bueno llega y ademas incluso se queda, esa noche se vieron. El testigo sería un concierto al aire libre de blues. Ella pensó que no se le ocurría mejor combinación que esa música y él. Él con su tejano pegado, con su voz, con su barba de 3 días, con su cuerpo de “méteme mano aquí y ahora”.

Ella se vistió para la ocasión, mini falda, sandalias altas y una escueta camisa blanca, pero como ella era de andar entre nubes y de brisa ligera, acabo retirándose las sandalias quedando descalza .

Y bailar.

Y sentir.

En algún momento, mirándole de perfil, comenzó a recordar la película que habían visto horas antes. Hubo una escena que le recordó una práctica que ella estaba deseando realizar con él. Así que, no se sabe quien de los dos en un momento dado tuvo más urgencia en abandonar el concierto tras varias horas.

En el coche, ella quiso comprobar si él llevaba ropa interior o si la había dejado en algún rincón como por olvido. Para su placer, no llevaba.

Él condujo hasta el apartamento de ella con la noche madrileña como testigo, observando como sus dedos de uñas rojas no se apartaban de la entrepierna de él.

Y como eso le supo a poco, en un momento dado ella se sentó sobre él, aprovechando que la ciudad estaba casi vacía .

-Sobre todo, no te disperses y conduce bien- le dijo ella sin dejar de morderle los labios.

Y lo hizo. Ni supo como, pero llegaron a su destino.

Ella, empapada. De calor también, y él sin saber si subir o quedarse allí en el coche. Y tal vez romperle el tanga negro con urgencia, o quitárselo y esconderlo para llevárselo después en su bolsillo. Y sentirla. Introducirse en sus abismos. Llenarla. Y bailar fuerte. Muy fuerte dentro de ella.

Pero ella tenía otros planes. Le llevó de la mano hacia sus rincones.

Le amarró a la cama con su cinturón. Desnuda, comenzó a bailar a ritmo del blues más seductor que pudo encontrar. Descalza, con el pelo recogido, hasta que en un momento comenzó a soltarlo dejándolo caer sobre sus hombros. Ella giraba sobre si misma muy lentamente. Él intentaba hablar, pero ella lo impidió dejando dentro de su boca su lencería.

Momentos  después ella liberó su boca. Necesitaba sentir su aliento. Le llenó de saliva y calor.

De profundidad.

Pero el ritmo pedía más. Le tapó suavemente la nariz mientras su boca seguía invadida por su lengua. Y sin ganas de desalojar.

Él respiraba como podía o como ella le dejaba. Su excitación rebosando. Ella quiso sentirle en ese instante. Sin demora. Llevó sus dedos hacia su sexo y le indicó donde debía quedarse.

Ella se movía lento, a veces le permitía un soplo de aire y volvía a privarle segundos después. Recordaba cuando un día él le dijo:

-Si un día me pierdo, será por ti-

-Respírame y siénteme- le susurró.

Él, ni quería ni podía hacer otra cosa. Sentirla, perder la noción del tiempo, confiar y dejarse invadir  …

 

 

 

 

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Estamos a nada de todo.

Ella decidió ponerle a prueba.

¿A prueba de qué?

De sí mismo, claro.

Comprobar su entrega. Su fuerza. Su confianza, en ella sobre todo.

Él sabia de su exigencia y también de su generosidad.

Había comprobado cuan duros podían ser sus castigos y cuanta dulzura podía recibir en los premios bien merecidos.

Así que  como le constaba que el mayor placer estaba en el momento en el que se rendía, la dijo que  por supuesto haría lo que ella le pidiera.

-Quiero comprobarte. Probarte. Ver tu resistencia. No sabes cuanto me gustará que estés a la altura. Cuanto me excitará ver que vas siguiendo todas mis indicaciones.-le dijo a modo introductorio.

Alquilaron una habitación en un hotel muy especial.

Decoración vintage, unas preciosas lámparas enormes doradas que cubrían todos los techos, los del  pequeño salón, el baño y sobre todo el del dormitorio.

Cubierto de espejos laterales a juego con un sofá de piel blanco y unas sillas isabelinas de lo más cómodas.

Llenó la nevera de frutas, helado y champagne . Preparó la música con exquisito cuidado. En el baño, al lado de la bañera de hidromasaje depositó varios jabones de delicadas esencias que habían comprado en el centro de la ciudad.

¿Cual era el capricho, a que prueba  le sometería ?

Le aislaría durante un tiempo. Indefinido, que más da si se traducían en minutos horas o días.

Le desnudaría con mucho cariño, le ayudaría a bañarse  con los mejores jabones y aceites que habían conseguido encontrar, le ofrecería su último alimento de la boca de ella. Tal vez unas exquisitas frutas del bosque, arándanos, moras, frambuesas. Le daría de beber unos sorbos del champagne francés que a ella más le gustaba y le besaría. Con cariño. Con todo .

Después le dejaría desnudo sobre la cama del hotel. Una cama ajena a él, fría tal vez, pero cálida al mismo tiempo porque sabía que ella cuidaría de él aunque no estuviera presente. Le ató las manos a la cabecera de hierro forjado. Los pies también se los amarró con unas esposas fuertes  pero no demasiado estáticas. Y así debería permanecer hasta que ella lo decidiese.

El primer día apenas estuvo demasiado tiempo así, tan solo lo que ella se demoró en realizar sus gestiones en el exterior, unas 5 horas. En esas 5 horas él podría centrarse en la música de fondo que le había dejado o limitarse a esperar a que ella llegara. Y después,  tal vez al comprobar su obediencia ella le obsequiara con un cálido abrazo, o tal vez con  su mirada llena de orgullo.

El segundo día, tras un exquisito almuerzo compartido. Él, desde la boca de ella y ella en un delicado plato de porcelana que apoyaría en él, a modo de mesa, ella le beso intensamente y le dijo : -Ahora te siento un poco más mío..-

Y se fue.

No le dijo cuando volvería.

Esta vez le dejó con las manos atadas pero no en el cabecero, y los pies libres.

Sin beber, sin comer y sin ella.

Mientras, él estaría deseando que ella llegase para obsequiarle con cualquiera de esas necesidades, aunque si tuviera que decidir cual sería la prioridad sin duda diría que comprobar la sonrisa de satisfacción de ella. Después …el resto.

Y tras horas eternas donde él había perdido literalmente la noción del tiempo, ella llegó. La vio entrar con un vestido muy corto negro, unas botas altas de tacón , gafas de sol y esa sonrisa roja en los labios, ni quiso ni pudo evitar su reacción corporal. La recibió totalmente excitado, ella al observarle sonrió. Más aún.

Le besó en el cuello y él pudo inspirar su delicioso perfume. Mientras se acercaba a él su escote se abría ante sus ojos y pudo comprobar que sus pechos estaban cubiertos por una delicada lencería en tonos verdes . Pudo sentir como su pecho le rozaba y esto agudizó su excitación. Allí estaba él, desnudo, sin apenas poder moverse después de horas inciertas, sin poder acariciarse más que con la imaginación y sin embargo ella llegaba con su olor su sonrisa y su cuerpo, como si nada.

-Abre la boca- le ordenó dulcemente ella.

Y  comenzó a ofrecerle agua a través de sus labios,

Le desató y le besó.

Ella pudo comprobar como él temblaba ante la emoción de verla, no tanto por las largas horas de soledad en las que no sabia cuando sería desatado, o cuando regresaría ella. Ni tampoco cuando podría alimentarse, temblaba porque ella le besaba con la misma intensidad con la que  él se estaba entregando en esta prueba.

El tercer día , apenas cubierta con su coulotte verde y sobre sus tacones negros le ofreció un delicioso café, después tras acariciar sutilmente su sexo, le colocó una jaula de castidad.

-Por tu bien, ya lo sabes- le dijo ella en tono convincente.

Esta vez le dejó atado al lado de la mesa, amarró sus manos a las patas de la misma  y él la esperaría así,  de rodillas. Ese día quiso ser más generosa y le dejó varias películas eróticas  en el ordenador, para que él pudiera recrearse en su espera, sabiendo que a la menor excitación sentiría punzadas de dolor al llevar la jaula de castidad.

-No te vayas a mover- le dijo sonriendo mientras le besaba muy húmedamente.

Y se marchó.

Y ese beso le regaló las primeras punzadas de dolor. Inspiró y se limitó a confiar y a esperar.

Total, desde que la había conocido no había hecho otra cosa más que traspasar límites . Y olerla.

Olía a vida, a perfume, a sexo, a seducción.

Él no pudo negarle nada desde el principio. Ni cuando ella le tenia de rodillas adorando sus pies, sus piernas o su sexo durante horas. O cuando ella llegaba y se sentaba sobre su rostro  y mientras él sentía la calidez de su ropa interior ella le sujetaba las manos bien fuerte no fuera a ser que quisiera rozarla . Tampoco podía negarse cuando él estaba comiendo tras horas de inanición y entonces ella le decía que ya era suficiente y le ofrecía sus delicados pies de uñas rojas para que los lamiera.

Ella era para él una mezcla explosiva a la que no podía resistirse. Como el mar con oleaje de caricia y tempestad de tragedia. Un exceso en sí misma .

Y a la vez se sentía en calma.

Total, ya sabia que detrás de cada esquina podía esperarle un huracán, ella le había preparado para ello.

Pasaron horas. Largas. Y sonó la puerta. Él se emocionó.

La vio. Vestía un mini short, unas sandalias doradas y una blusa blanca. Él quiso besarla, acariciarla, follarla allí mismo, todo y nada al mismo tiempo. Le invadió la exitacion, la ansiedad. Las ganas de todo. Pero permaneció atado, mientras ella en cuclillas le observaba y encendía un cigarro calmadamente.

-¿Como te has sentido?- le preguntaba con malicia y calma mientras le sonreía.

Observo su sexo aprisionado por la jaula, pidiendo a gritos salir de su encierro. Se quitó la sandalia y comenzó a acariciarle con su pié. Cada vez que rozaba el frío metal, él reaccionaba con un pequeño quejido de dolor, prueba de que su excitación pedía un poco de libertad. Ella siguió así otro tiempo indefinido. Él solo podía centrarse en sus largas piernas, en su pie y en este dolor que lejos de irse iba aumentando a la vez que su desesperada excitación.

-Vamos, correte-le dijo ella.

-Si no lo consigues, no podré liberarte, ni comerás , ni beberás, ni me beberás…-

Esa última palabra produjo un pequeño brinco en él. Beberla…pensó.

Se dejó llevar por el placer que ofrecía su pie mientras acariciaba su sexo enjaulado, intentó transformar el dolor del acero en más placer y fundirse con las uñas rojas de sus dedos y olvidar que estaba de rodillas, y centrarse en el perfume de ella, en el color de su pelo y en su voz. Olvidó que estaba en una habitación de un hotel cualquiera de Madrid y se concentró en sus gestos, en su sonrisa.

Sus movimientos se endurecieron, ella le pedía rapidez. Inmediatez.

Todo y ahora. Supo leer su mirada.

Se dejo llevar…y se llenó de ella, de sus pies, de las horas de espera, de los días de privación. De las ganas de sentirla. De tener que conformarse con sus dedos y no con su boca, no con sus muslos aprisionándole, no con su sexo pidiendo más.

Y se derramó…en sus uñas rojas y a través de los barrotes de la jaula.

Y gritó. Con ganas, con hambre, con sed. Con el nombre de ella en la punta de su lengua…

 

 

 

 

 

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Si no arriesgas nada, arriesgas más.

Ambos de pié en la habitación.
Él acababa de llegar a su encuentro pero no se podría quedarse demasiado tiempo.
Desnudo de cintura para arriba, lucia un bronceado recién estrenado y unos vaqueros negros. Justo como a ella le gustaba.
Ella, radiante, con un pequeño short negro, una camiseta blanca de tirantes sin nada debajo y un diminuto tanga verde rozando su también bronceada piel.
Llevaba una coleta que intentaba ordenar sus rebeldes rizos. Las uñas rojas y los labios más rojos aún. Descalza, para no perder demasiada terrenalidad.
Él estaba pendiente de una llamada de trabajo. Se lo advirtió a ella, a cambio le prometió que haría todo lo posible para terminar cuanto antes. Se trataba de una conferencia internacional entre 5 personas.

Y llegó el momento. El teléfono sonó.
Él la besó con sabor a excusa y a mil perdones.
Ella se quedó cerca de él, bajó la música y se quitó el pequeño short negro.
Él permaneció inmóvil y de pié frente a la cama.
Comenzaron a hablar de presupuestos, de límites de entrega, de balances y de futuras reuniones. Él intentaba concentrarse a pesar de que ella, sentada en el borde de la cama con las piernas ligeramente abiertas comenzaba a soltarse el pelo, olvidando que hacia un momento había llevado una larga coleta.
Le miró a los ojos encendiendo un cigarrillo y llevó con suavidad su pie a la boca de él mientras sonreía, ahora sus dedos rozaban su boca impidiéndole hablar bien, cosa que no le supuso demasiado inconveniente porque apenas se estaba limitando a escuchar, balbucear o similar.
Él se dejaba acariciar mientras besaba sus dedos. El otro pie se dirigió a los botones del pantalón, intentando abrirlos y hasta consiguiéndolo, mientras sentía como iba creciendo su excitación.
Él la observaba con una ligera inquietud en su sonrisa.
Mientras sujetaba el móvil con una mano, la otra la dirigía hacia sus muslos abiertos. El escueto tanga se le antojó molesto, lo rozó con un dedo, con dos, los humedeció con su boca y se los devolvió a ella que los devoró con avidez.
Ella casi podía escuchar la conversación al otro lado de la linea.
Más presupuestos, más reuniones y más imposibles por cumplir, y él intentando no desconectar del todo cerraba los ojos. Cuando ella comenzó a apretar los dientes sobre su miembro, que luchaba por salir de aquel vaquero tan prieto, él no pudo contenerse.

Casi gimió, casi se delató, ella lo notó y dirigió sus dedos a la boca entre abierta de él. Después, fue deslizándolos lentamente hacia abajo hasta llegar a sus pezones, los mordió suavemente, los curó después con su saliva, se embriagó de su olor y siguió enredada en los botones que la separaban de su objeto de deseo.
Se deshizo de ellos por fin y del vaquero en el mismo instante en el que él comenzaba a intentar despedirse de la conferencia con un poco convincente:

-Debo dejaros en breve, pero mantenedme informado-

Y apenas pudo vocalizar bien ya que ahora ella estaba detrás de él, pasando su lengua por el cuello, respirándole y apretando sus nalgas bien fuerte.

Él pudo colgar por fin. Deseaba estar con ella, dentro de ella, sobre ella. Atravesarla, recorrerla, reconocerla.
La pidió disculpas de nuevo, la llenó de palabras coloreadas para endulzar el ambiente, pero olvidó que no hacía falta.

-Olvídate de la poesía-le dijo ella.

-No necesito que no me falles, solo que me folles-

“Un hombre recibe solo lo que está preparado para recibir” (Thoreau)

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Así en la vida, como en el arte. Amén.

Noche de gala. Fiesta benéfica y los 2 estaban invitados.
Él, llevaba un traje de chaqueta oscuro, pajarita y un perfume para derretir voluntades.
Ella, cubrió su desnudez con un vestido por estrenar negro, muy pegado, largo y con un gran escote en su espalda. El pelo rubio recogido en un gran moño, y ambos por exigencias de la cena, con unas máscaras que cubrirían sus rostros toda la noche.

El baile , las risas, el flirteo en el aire bajo el amparo de la privacidad que suelen regalar las máscaras. Todo parecía perfecto o similar.

Y de repente el enfado entre ambos, sin motivo aparente, pero ahí estaba. Tal vez la noche alargándose demasiado, el exceso de champagne o la seducción del ambiente.
Parte de los invitados se dieron cuenta de la distancia de la pareja, del cambio de humor mutuo pero nadie quiso preguntarles.

Pasaron las horas y la rabia iba acumulándose .

Ella le buscó, le encontró en una esquina cualquiera de la fiesta y le dijo:
-Sígueme-
Y a pesar de todo, él la siguió. En otro momento lo hubiese hecho al ritmo de sus caderas marcadas por el vestido negro ajustado que llevaba, pero esa noche solo podía escuchar su rugido interno.
Ella caminó segura delante de él, sobre sus tacones altísimos. Subieron la escalera que les llevaría al piso superior y ella le guió hacia una habitación.
Él ni siquiera se preguntó porque conocía ella esa habitación. Comenzaba a sentirse embriagado por la música que sonaba hipnóticamente y se iba mezclando como por osmosis con el olor de ella.

Al borde de la cama, ella se subió el vestido a la altura de los muslos, se quitó sus diminutas bragas de encaje verde y le pidió que se tumbara con un ligero empujón que él no pudo rechazar.
Él evitaba mirarla, estaba allí y no estaba.
Le desabrochó el pantalón, se sentó sobre él y sin quitarse la mascara comenzó a moverse sobre él.

Con dulzura. Con violencia.

Ella no apartó sus ojos de los de él y sin pronunciar palabra dejó que su cuerpo hablase.
Y le cabalgó como buscando exilio y hogar de invierno, con el deseo que da la rabia tras el enfado.
Él sintió que su sexo estrangulaba su alma y luego su polla.
Apenas unos cortos minutos y el vertió toda su ira dentro de ella.
Ella dejó caer su rostro y su cabello sobre el pecho de él unos segundos. Inspiró para quedarse con su aroma y con la misma diligencia se levantó. Bajó su vestido mientras pensaba que lo que más le gustaba de él era precisamente el daño que le provocaba. Se puso su ropa interior en un ágil movimiento  y se marchó sin más dilación. No sin antes decirle:

-Te llevo dentro de mí-

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