Dando nombre a los vientos.

Son las 7 de la tarde y puntualmente, como siempre, mi alumno de clases avanzadas y perversas de inglés, toca el timbre de la puerta.
Yo ya estoy preparada con mi atuendo de maestra de época victoriana, compuesto por un ceñido vestido negro que acaba justo por debajo de mis rodillas, unos botines negros con tacón de aguja tipo Oxford, unos guantes también negros de cuero fino y por supuesto una vara de castigo, flexible cuando tiene que serlo.

Acudo a la puerta lentamente con caminar firme para que mi pervertido alumno pueda oír el repiqueteo de mis tacones, lo cual sé que le excita. Le hago pasar e inmediatamente se arrodilla para, con auténtica devoción, besar mis preciosos botines; él sabe que debe hacerlo hasta que yo le ordene parar.

Cuando considero que ya es suficiente le cojo de su oreja y le hago seguirme de rodillas hasta la sala habilitada como aula de colegio, con un pupitre y una pizarra colgada de la pared. Tiro firmemente de su oreja y camino con paso ligero para que deba esforzarse al máximo, lo cual me divierte mucho.

Una vez dentro del aula y, siempre de forma rígida e inflexible, le ordeno desnudarse, mientras lo hace yo permanezco sentada en mi silla de profesora que está situada a una altura superior a la del pupitre para tenerle siempre al debajo de mí. Disfruto viendo como se desnuda a toda velocidad para no importunarme.

Una vez puesto de rodillas con la cabeza en el suelo, en señal de total sumisión, camino alrededor suyo, diciéndole lo torpe que es y el gran castigo que necesito darle para que mis enseñanzas le entren en su vacío cerebro; a continuación pongo mi botín en su cuello y procedo a azotar su desnudo trasero con ocho golpes de fusta; le doy siempre tanto golpes como días han pasado sin venir, en este caso ha sido una semana y un día, por lo que le doy ocho golpes, debiendo agradecerme cada uno de ellos, ya que son por el bien de su educación.
Toda la sesión la realizamos en inglés, donde yo no sólo evalúo los conocimientos que va adquiriendo sino que también le exijo una perfecta dicción; esto último es lo que más le cuesta y por tanto lo que más castigos le hace recibir, para mí deleite, por supuesto.

Para esta semana le he ordenado escribir una redacción en la que narre que es lo que opina de su malévola profesora, de la relación que tenemos y lo inferior que es él; debe leerla de rodillas, sin moverse un ápice, mientras yo me siento en su espalda, con mis pies apoyados en su cabeza. Lo lee despacio y poniendo especial atención en la fonética que tanto le cuesta, recibiendo por cada error un fustazo en su trasero. Disfruto muchísimo viendo como se ha esforzado en casa por hacer bien los deberes, lo cual no le quita de recibir mis correctivos, ya que por otra parte, mi exigencia cada vez es mayor.

A continuación me siento en mi cómoda silla y le ordeno que me quite los botines, ya que aunque son muy sexys oprimen mis delicados pies, y le ordeno que me dé un masaje mientras procedo a realizar uno de los juegos educativo que hacemos habitualmente; consiste en que yo pronuncio palabras inglesas de cierta dificultad y él debe contestar con la traducción correcta, si acierta le permito que me dé un largo y suave beso en el pie que está masajeando, pero si falla le doy una sonora bofetada; por supuesto yo ya me encargo de que las palabras a traducir sean difíciles, para que las bofetadas sean mucho más numerosas que los besos…

Seguidamente le ordeno que traiga, siempre de rodillas, su cuaderno de tareas, ya que vamos a proceder a hacer un dictado. Desde la incomodidad de su posición voy leyendo algún artículo de mi interés extraído de alguna revista de actualidad inglesa que le he ordenado comprar; obviamente no puede seguir mi ritmo, por lo que cada vez que me suplica que vaya más despacio, le doy un fustazo. Ni que decir tiene que al final del dictado su trasero está completamente rojo.

(Continuará…)

 

“Tan negra como el infierno

y tan oscura como la noche.

Aquella cuyo caro amor me levanta

 y me hace caer.

Puesto que estoy casi muerto,

acábame en seguida con tus miradas”

(Shakespeare)

 

 

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Respirándote.

Así lo vivió él:

El sábado por la tarde no teníamos otro plan que el “dolce fare niente” hasta el concierto de blues al que iríamos por la noche, así que nos tumbamos en el sofá para dormir la película de turno –una de James Bond-. Yo, boca arriba, con mi pijama de médico, y ella, de lado entre mis piernas apoyada en mi pecho.

En un momento dado la protagonista trataba de matar a James Bond después de haberle engatusado, y lo hacía intentando ahogarle con el vestido de latex que llevaba. Para mi sorpresa, esto me provocó una erección tan inesperada como indiscreta.

Del concierto, solo puedo decir que fue  espectacular. La música también. No puedo explicar muy bien cómo ni porqué, pero estuve toda la noche deseando que acabara el concierto para poder llegar a casa y hacerle el amor. Y por fin dejaron de cantar, y yo le estaba diciendo que nos fuésemos  antes de que acabase el último acorde. Me miró con una risita contenida, me preguntó si tenía sueño. Me metió la mano en el bolsillo trasero de mi vaquero y nos fuimos al coche al ritmo de sus tacones sublimes y del vaivén de sus caderas, enfundadas en una preciosa minifalda de cuero.

Nos metimos mano en el coche, en el ascensor y en el rellano, y para cuando llegamos a la habitación apenas nos quedaba ropa . En ese momento me tumbó en la cama, y se agachó despacio, para que me deleitara con su precioso culito, hasta coger mis pantalones del suelo. Sin dejar de mirarme, sacó el cinturón de cuero, metió el extremo por la hebilla y, arrodilla sobre mi pecho, inmovilizó mis muñecas con una especie de nudo corredizo improvisado. Luego ató el extremo libre del cinturón a uno de los barrotes del cabecero y bajó muy despacio hasta mi oreja para susurrarme: –me encanta que tengamos los mismos gustos-.

Deslizó su lengua desde mi oreja hasta la comisura de mis labios, y acto deguido comenzó a devorarme la boca. Notaba sus manos sujetándome la cabeza, moviéndomela para no dejar ningún rincón de mi boca sin barnizar con su saliva, cuando sucedió. Intenté inspirar, pero tenía mi boca completamente dentro de la suya, y una mano suya bloqueando mi nariz y sujetándome la cabeza.

Imposible respirar. Imposible dejar de besarla… imposible frenar mi erección. Yo tragaba intentando engañar a mis pulmones, mientras degustaba su saliva como el mejor manjar del Universo. Ella buscó a ciegas mis pezones, y comenzó a apretarlos como para distraer mi atención del hecho de me faltaba el aire. Yo abría y cerrabaja los ojos, pero no sabía si al abrirlos de nuevo quería que lo que estaba pasando fuera un sueño o la dulce y asfixiante realidad. Oía su respiración, sus gemidos cada vez más altos y más agudos a medida que notaba mi desesperación, y trataba de mover el pecho a ese ritmo, como si fuera yo el que disfrutara de ese precioso aire. Poco a poco, empecé a notar un mareo mareo embriagador que me invitaba a abandonarme a ese dulce tormento.

En ese momento, ella tomó aire, lo retuvo un tiempo en sus pulmones, y lo exhaló suavemente sobre mi nariz al tiempo que separaba su mano para que yo pudiera inspirar profundamente. En esa situación tan límite, el olor de su respiración se tatuó en mi cerebro, mientras avanzaba sin freno hasta inundar el último rincón de mis pulmones completamente vacíos.

Se separó, mirando mi respiración agitada y la expresión de mis ojos y me dijo:

Ahora tú también me llevas en lo más profundo de tu cuerpo-.

 

Y así, ella:

Semanas sin verle. La impaciencia desbordándose entre sus piernas. Escucharle al otro lado de la linea, verle y por más que alargara su voz no conseguía rozarle.

Y como por arte de magia, lo bueno llega y ademas incluso se queda, esa noche se vieron. El testigo sería un concierto al aire libre de blues. Ella pensó que no se le ocurría mejor combinación que esa música y él. Él con su tejano pegado, con su voz, con su barba de 3 días, con su cuerpo de “méteme mano aquí y ahora”.

Ella se vistió para la ocasión, mini falda, sandalias altas y una escueta camisa blanca, pero como ella era de andar entre nubes y de brisa ligera, acabo retirándose las sandalias quedando descalza .

Y bailar.

Y sentir.

En algún momento, mirándole de perfil, comenzó a recordar la película que habían visto horas antes. Hubo una escena que le recordó una práctica que ella estaba deseando realizar con él. Así que, no se sabe quien de los dos en un momento dado tuvo más urgencia en abandonar el concierto tras varias horas.

En el coche, ella quiso comprobar si él llevaba ropa interior o si la había dejado en algún rincón como por olvido. Para su placer, no llevaba.

Él condujo hasta el apartamento de ella con la noche madrileña como testigo, observando como sus dedos de uñas rojas no se apartaban de la entrepierna de él.

Y como eso le supo a poco, en un momento dado ella se sentó sobre él, aprovechando que la ciudad estaba casi vacía .

-Sobre todo, no te disperses y conduce bien- le dijo ella sin dejar de morderle los labios.

Y lo hizo. Ni supo como, pero llegaron a su destino.

Ella, empapada. De calor también, y él sin saber si subir o quedarse allí en el coche. Y tal vez romperle el tanga negro con urgencia, o quitárselo y esconderlo para llevárselo después en su bolsillo. Y sentirla. Introducirse en sus abismos. Llenarla. Y bailar fuerte. Muy fuerte dentro de ella.

Pero ella tenía otros planes. Le llevó de la mano hacia sus rincones.

Le amarró a la cama con su cinturón. Desnuda, comenzó a bailar a ritmo del blues más seductor que pudo encontrar. Descalza, con el pelo recogido, hasta que en un momento comenzó a soltarlo dejándolo caer sobre sus hombros. Ella giraba sobre si misma muy lentamente. Él intentaba hablar, pero ella lo impidió dejando dentro de su boca su lencería.

Momentos  después ella liberó su boca. Necesitaba sentir su aliento. Le llenó de saliva y calor.

De profundidad.

Pero el ritmo pedía más. Le tapó suavemente la nariz mientras su boca seguía invadida por su lengua. Y sin ganas de desalojar.

Él respiraba como podía o como ella le dejaba. Su excitación rebosando. Ella quiso sentirle en ese instante. Sin demora. Llevó sus dedos hacia su sexo y le indicó donde debía quedarse.

Ella se movía lento, a veces le permitía un soplo de aire y volvía a privarle segundos después. Recordaba cuando un día él le dijo:

-Si un día me pierdo, será por ti-

-Respírame y siénteme- le susurró.

Él, ni quería ni podía hacer otra cosa. Sentirla, perder la noción del tiempo, confiar y dejarse invadir  …

 

 

 

 

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Aviso a navegantes.

Para que lo prometido no sea deuda… os informo que tendré nueva ubicación a partir del día 25.

Zona: Aravaca.

Para los que utilices transporte publico, el metro y cercanías estará al  lado.

Y para los que os movéis en coche, toda la zona es blanca afortunadamente, ni azules, ni verdes.

 

Os espero con novedades y sorpresas.

Besos grandes.

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Nadie los cría y ellos se juntan.

“Las mujeres, las buenas mujeres me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.”

(C.Bukowski)

 

El día que tropecé contigo hacía viento. Volaban las hojas caidas de los árboles, las ideas y hasta las intenciones.

La culpa de todo la tuvo un semáforo que se demoró demasiado en cambiar de color y antes del inevitable momento,  ya nos habíamos comido las miradas desde nuestras respectivas aceras.

No sé qué me llevó a hacerlo directamente, como si te hubiese intuido desde la distancia, lo que sé es que ocurrió.

“Verde” y nos movimos, cada uno en su dirección.

Lo hiciste con calculada lentitud y en los segundos que tardamos en cruzamos, tu mirada llenó mi espacio cual ejército invasor. Seguí en mi dirección por culpa de mis pies que cobraron vida propia, mi voluntad siguió tu huella que no dejaba de mirarme, ya desde la otra acera.

Me paré. Te observé.

-O vienes o voy- pensé.

Y viniste.

Sonreíste y dijiste a modo de presentación  algo parecido a que el miedo suele ser la antítesis de la vida.

-Apuesto a que sí- contesté sonriendo.

Y como cada uno elige el modo de volarse, de mi boca salió un: – ¿me sigues? –

Y lo hiciste.

La suerte de vivir en una ciudad grande es que casi en cualquier esquina encuentras un hotel o similar, y yo en ese momento necesitaba uno. Así. Como con urgencia.

No dijiste ni una palabra, solo me mirabas, deteniéndote en las asíntotas oportunas.

La habitación olía a moras, o a fresas o a qué sé yo, si yo solo estaba pendiente de quitarte la ropa.

-Déjame que te preparé para lo que viene- te susurré al oído. –

Entendiste mi juego antes de empezar y me seguiste en todo momento incluso después de terminar.

Me desnudé mientras me observabas sentado en la cama. Tiré de tu corbata hacia mi boca, te besé y volví a susurrarte que ahora te tocaba a ti.

Y mientras lo hacías yo te observaba desnuda, sobre mis tacones negros, encendiendo un cigarrillo. Con calma.

Te tumbaste sobre las sabanas. Me tumbé encima de ti. Tu piel con mi piel, eso es lenguaje.-pensé-

-Vamos a dilatar este momento- me decías sonriendo.

-El momento y otras cosas- te contesté.

Y en un astuto movimiento te situaste sobre mí.

Besabas con vértigo y sin atajos.

Comenzaste a lamer mi desnudez. Tu boca se perdió en mi cuello por unos instantes y cuando se encontró, la sorprendí en mis pezones. Y como colonizando mis sentidos olvidé la noción del tiempo.

Estuviste adorando mi coño como se merecía minutos, tal vez horas. Suspiré.

Tu polla comenzó a abrirse camino en mi interior.

Por cómo te movías sabía que albergabas una gran cuota de demonios en tu interior. Apreté tu cabeza entre mis muslos.

-Más fuerte- te pedí.

Y lo volviste a hacer.

Tu voz y tu placer se me escurrían entre las piernas y después de un tiempo indefinido me levanté, dejando las sábanas manchadas de vino y carmín.

Se acabaron los besos, era hora de recogerme el pelo.

Me vestí bajo tu atenta mirada que encendía su cuarto cigarrillo. No disimulé que tenía prisa por marcharme.

Te besé y me dirigí a la puerta, no sin antes dibujar en tu piel con mi pintalabios un:

“No te asustes, sigues dentro de mí…”

 

 

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Entró en mi vida, como se entra en una frase.

Afrodita  esperaba al siempre elegante Eros en su apartamento.

Vestida como a él le gustaba.

Un traje corto, muy ceñido, con medias negras y liguero a juego. Zapatos de tacón que podrían rozar el  séptimo cielo y nada más.

Sin ropa interior, como a ella le gustaba.

Eros llegó a la hora adecuada. Fue desplegando movimientos seductores por el pasillo y sobre la alfombra derramó toda su sensualidad al anudarse el nudo de los zapatos como él solo sabia hacer. Por un instante su sonrisa casi compitió con la de ella.

Y tras una ración y media de besos interminables entre ambas deidades, la mirada de ella lo dijo todo. Estaba hambrienta. De comida, también.

Ella recordó por un instante la primera vez que sus bocas se rozaron, hace varias épocas ya.

-No saldrás ileso de mis besos- le advirtió ella.

-Por ti, todas las canciones del mundo- contestó él.

Salieron a cenar por el olimpo derrochando libertad.

Y confidencias.

-¿A cuantos hombres has amado?-le preguntó él.

-¿A cuantas mujeres has olvidado?-contestó ella.

Sonrieron y volvieron a comerse a besos mientras los camareros interrumpían pacientemente .

Cuando llegó el momento del exquisito mousse de limón ella le pidió que abriera su boca, ofreciéndole un poco del manjar desde la suya, directo a su paladar.  El lo recibió con devoción, deleitándose en la cremosidad del limón mientras envolvía la lengua de ella.
Y al sentir la textura tan suave en su boca, él, por alguna analogía tal vez, busco entre los muslos de ella esperando encontrar el tacto de su ropa interior, sin embargo lo que encontró fue algo mucho más suave aún.

Afrodita sonrió. Y todo el Olimpo sonrió con ella.

-Es hora de irnos- le susurró lentamente.

Subieron al coche y se dirigieron hacia la improvisación más excitante que la noche pudiera ofrecerles.

Mientras Eros conducía , con la otra mano deslizaba sus dedos entre las piernas de ella, mientras Afrodita abría sus muslos con lenta cadencia. Sentía como la punta de sus dedos impregnada de saliva se iba  fusionando con su propia humedad. Inevitablemente situó su mano sobre los dedos de él, indicándole así que quería más profundidad.

Ella siempre quería un poco más.

Y en un cruce cualquiera de destinos  apareció Baco. Hacia mucho tiempo que no coincidían. Afrodita supo enseguida lo que su propia piel le pedía. Y sus deseos, eran ordenes para ella.

Se dirigieron a él. Se sorprendió. Ella le mostró la mejor de sus sonrisas mientras le indicaba que subiera al coche.

Baco no titubeó ni un instante.

Los 3 deseos a flor de piel en el coche, juntos, con poco espacio y ese blues de fondo.

Baco era tan directo como seguro de sí mismo. Y aunque tenia vocación de herida, nunca pudo resistirse a los encantos de Afrodita. Esa noche vestía aquella elegancia intrínseca de la desesperación que un día tanto le atrajo a ella.

No quiso demorar demasiado lo inevitable, buscó su boca bajo la atenta mirada de Eros.

Lo besó. Se lo comió a besos literalmente.

La noche, ellos, la música…

-Ahora vosotros- le indicó con un guiño a Eros- mientras sus ojos se transformaban en una interrogación.

-Me gustaría veros juntos-le susurró al oído.

Y se incorporó al asiento de atrás, ella quedó en el delantero. Observándoles.

Deleitándose.

Licuándose de placer muy lentamente.

Saturándose de química. Dejándose invadir por cada sensación que la situación regalaba.

Se besaron.

La noche y el calor hicieron el resto. La boca de Baco fue descendiendo por el pecho de Eros, ese pecho que tanto calor otorgaba a Afrodita en frías noches como aquella.

Su lengua inquieta se enredó en el ombligo de su amante bajo la excitada mirada de ella.

-Sigue- le indicó .

Alargó sus brazos y ella misma desabrochó ambos pantalones.

Y aunque no había demasiada claridad pudo quedarse con cada delicioso movimiento. La boca de Baco acariciaba el sexo de Eros. Suavemente primero, para pasar a engullir literalmente su miembro. Eros suspiraba mientras buscaba los ojos cómplices de ella. Abría su boca. Esperaba algo más. Ella se acercó y le besó mientras Baco seguía devorándole.

-Ahora hazlo tú- volvió a indicarle a Eros.

Y lo hizo, con su mano apretando los senos de ella comenzó a enredarse en el sexo de Baco. Y Baco queriendo más. Pidiéndole casi a gritos que lo hiciera más y más rápido , mientras Eros seguía con su dulzura.

-Esta noche quiero ser de agua- pensó ella.

Y continuaron comiéndose y untándose de placer mientras la noche se alargaba entre tantos gemidos.

Y ella, como buena voyeur disfrutó cada décima de segundo.

Se volvió ojos.

Y oídos, para  que no se le escapara ningún sonido.

Ni olor. Olía a viernes , a algodón, a almizcle, a noche…

 

“Las palabras es lo único que tenemos” Samuel Beckett

 

 

 

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Bébeme y serás el otro que quieres ser.

Hace varios besos ya, la loba conoció a caperucito en una noche de luna llena, cuando él llegaba de un viaje ínter espacial alrededor del asfalto.

Traía una maleta y 2 sonrisas guardadas en el bolsillo izquierdo.

-Me gustas tanto- le dijo él desde la profundidad de su pantalón.

-Pienso comerte esa sonrisa- pensó ella.

Y tras haberse leído mutuamente con los dedos, la intensidad fue cambiando de color.

Y cuando la intensidad se licuó y la humedad casi inundaba cada rincón de la habitación comenzaron a flirtear con la noche madrileña.

A veces volaban y rozaban alguna otra luna fisgona, otras veces se sumergían bajo olas orgiásticas repletas de jazz, fusionando  risas y mordiscos.

La última vez que quedaron ella le prometió un encuentro inolvidable. Para él, para ella, para la ciudad.

La loba y caperucito irían a cazar ángeles de sexo indefinido en la noche más fría de la ciudad, para que las caricias de los 3 se unieran más allá de las sábanas.

Caperucito, un poco temeroso ante la idea, dudó unos segundos.

Los mismos en los que ella, mirándole y susurrándole imposibles, le apretó su excitación de tal manera que él asintió rápidamente. Estaba convencido que esa noche sería muy especial.

Caperucito aseguró que sí, que iría con ella, porque con ella no hay miedo, solo ganas de enredarse en su sudor.

Pensó en asirse a sus pechos azules de pezones dorados.

Deseó agarrar sus caderas y clavarle sus pensamientos ahí mismo, junto a la pared.

Imaginó sus 5 dedos, como 5 falos atravesando  su boca, humedeciéndolos con su lengua inquieta.

Quiso bajarle las bragas en lugar de la mirada, pero se agarró a la prudencia y solo sonrió.

Excitado.

Nervioso.

Se besaron con palabras y saliva y salieron a la noche.

En una noche oscura, con los astros tiritando de excitación y de envidia…

“El ojo nunca se sacia”

 

 

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El buscador es lo buscado.

Mi aprendiz de poeta urbano hoy jugó a enredar las palabras:

 

“Mi ruta eres tú
mi despertar
lo primero en aparecer en mis sinapsis
mi maridaje
mi prólogo

mi epílogo
mi sinopsis.

Mi oasis en la ciudad

el beso de adrenalina revolucionando mi bioquímica.

Mi geografia ambigua

mi huida deseada.

Mi…”

 

 

“Ser en la vida romero, romero…solo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.”

(Leon Felipe)

 

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Wet and wild.

Precisamente hoy le habían puesto una reunión a última hora de la tarde.

Hoy, que él había quedado en pasar a recogerla a las 19:00 h.

Contrariado escribió un mensaje en el que la informaba del imprevisto que acababa de surgir y le decía que debían posponer su cita hasta las 20:00 h.

Su respuesta no se hizo esperar.

Escueta y directa. Como estirando el significado de las palabras:

-“Entiendo que de vez en cuando puedan surgir estas circunstancias. Entenderás tú también que este retraso tendrá sus consecuencias. Nos vemos a las 20:00 h.”

Y desde la incertidumbre de lo real sintió un rápido escalofrío en su entrepierna.

Eran las 11:00 de la mañana y aún quedaba  por delante casi la totalidad de la jornada de trabajo, después tendría que salir corriendo para pasar a recogerla. Un poco justo de tiempo, pero llegaría.

Afortunadamente, el resto del día transcurrió rápidamente mientras preparaba el informe que debía presentar a su jefe, eran ya las 18:20, estaba dándole los últimos retoques y peleándose con la obsolescencia programada de la impresora. Salió del despacho, solo quedaban en la planta cinco personas de las treinta que allí trabajaban. Esperó a que saliera el informe completo y comprobó que estuvieran todas las hojas.

Cuando volvía hacia su despacho se quedó petrificado. Ella estaba entrando a su oficina por la puerta que daba acceso a los ascensores.

Bellísima como siempre, más deslumbrante que nunca, con un vestido negro que le llegaba a la mitad del muslo y un escote de pico algo insinuante. Las piernas sin medias y unos botines también negros de tacón de aguja que al caminar machacaban el silencio.

Dos detalles más captaron de inmediato su atención: el escote dejaba a la vista una fina cadena en la que colgaba una pequeña llave.

Esa pequeña llave…

En el dedo anular de su mano izquierda llevaba un anillo plateado. Al ver el anillo en su mano, buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó otro parecido que colocó en el dedo anular de su mano derecha para poder ir a juego con ella.

Se dirigió andando hacia ella y la saludó besando su mejilla mientras le daba las buenas tardes y le decía que en la vida podría haber imaginado que apareciera por allí. Ella dijo  en un tono suave y a la vez firme, casi en un susurro: -“Vamos a tu despacho”-

Llegaron al despacho y él la hizo pasar por delante,  cerró la puerta detrás de él y ella volvió a hablar con ese tono que a él le hacía olvidar toda distracción que pudiera haber a su alrededor.

-“No tenemos mucho tiempo antes de tu inoportuna reunión, así que desnúdate por completo y túmbate boca arriba en el suelo con las piernas abiertas y separadas, las rodillas dobladas y los talones lo más pegados posible a tus nalgas”-

El obedeció de inmediato olvidando por completo que estaban en su lugar de trabajo. Las personas que quedaban en aquella planta de las oficinas sabían que la puerta cerrada de su despacho era señal de que nadie debía molestarle. Pausada y ordenadamente fue quitándose su traje. La chaqueta primero, la corbata después y por último la camisa . Fue colocando la indumentaria cuidadosamente en el respaldo de una de las sillas que había frente a su mesa de trabajo. Se desató los zapatos, se descalzó y posteriormente dejó cada calcetín dentro de su zapato. Desabrochó el cinturón, se quitó los pantalones y los depositó delicadamente en el asiento de la silla de cuero negro.

Ella sonrió complacida al comprobar que no llevaba ropa interior. Examinó su cuerpo desnudo mientras procedía a tumbarse. Cuando estuvo en la posición indicada colocó un pie a cada lado de su cabeza.

Subió ligeramente su vestido y empezó a bajar en dirección a su cara, apartó con sus dedos la tela de su tanga dejando su sexo al aire justo antes de sentir el contacto de su boca.

Él supo perfectamente lo que tenía que hacer. Ella empezó a acariciar el cuerpo desnudo que se le ofrecía mientras sentía los primeros movimientos de aquella lengua. Sus manos juguetearon con el interior de sus muslos hasta llegar a la pequeña jaula metálica en la que aquel pene luchaba infructuosamente por salir de su encierro. Sus dedos lo acariciaron por entre las piezas de metal que dejaban la piel al aire.

Notó cómo el placer iba creciendo dentro de ella y su respiración se hacía más pesada. Con una mano agarró sus testículos y los apretó ligeramente sintiendo esa sensación de poder sobre él que tanto la encendía.

Recordó el momento en el que había encerrado su sexo en el cinturón de castidad. De esa noche hacía ya dos semanas. Todo ocurrió cuando tras una pequeña desobediencia por parte de él, decidió atarlo firmemente a la cama y mantenerle así minutos, suspiros interminables,  al borde del orgasmo denegándole el placer una y otra vez. Las primeras tres veces que paró cuando estaba a punto de estallar él aguantó perfectamente, la cuarta empezó a balbucear palabras sin sentido pero lo soportó, en la quinta solo gemía, en la sexta intentaba centrarse en el placer de la entrega, en la séptima  gritó, así que ella decidió meterle su tanga en la boca y sellarla con cinta de embalar para que no le escucharan los vecinos. En la octava ocasión en la que le denegó el placer su mirada imploraba que parara, en la novena su cuerpo solo era capaz de temblar  y en la décima, justo donde el limite del sueño y la realidad pierde sus contornos, rompió a llorar de frustración. Solo en aquel momento se apiadó de él y cogiendo una bandeja de hielo se dispuso a bajar la erección, cuando lo consiguió metió el pene en la jaula metálica y la cerró con un candado.

Ese dominio la excitaba casi tanto como la lengua que en ese instante estaba invadiendo su sexo. Si seguía así llegaría a derretirse en muy poco tiempo así que decidió no ponérselo tan fácil, se levantó ligeramente y recorrió la cara hasta que cada poro y cada pelo de la incipiente barba quedaron marcados por ella. Volviendo después a la posición inicial, y dejar que su lengua siguiera buscando su placer.

Al cabo de unos minutos notó como ella se tensaba, la respiración se empezó a hacer más pesada y los gemidos se escapaban de su boca. Cuando el estallido fue inevitable ella mordió la cara interior de su muslo. Un mordisco fuerte y continuado con el que ahogó su orgasmo para evitar que la escucharan fuera de aquel despacho. Ese mordisco hizo que él sofocara su grito dentro de ella, como en un círculo vicioso que hizo que el placer se multiplicara, lo que se tradujo en un nuevo mordisco, ahora en el otro muslo mientras él hundía aún más su boca entre sus piernas.

Tras unos segundos de reposo, todavía sentada encima de él, se incorporó y  acomodó su ropa interior, arregló su pelo, maquilló sus labios, miró el reloj y le dijo:

-“Justo a tiempo, quedan siete minutos para tu reunión”-

Él se levantó de golpe y empezó a vestirse rápidamente.

Esa reunión…

Se le había olvidado. Cuando estuvo completamente vestido de nuevo fue a buscar un pañuelito de papel en uno de los cajones de su escritorio y ella le interrumpió.

-“No te limpies, vas a llegar tarde”-

Recorrió los tres pasos que les separaban y mirando al suelo pidió permiso para hablar. Ella se lo concedió y le escuchó:

-“Muchísimas gracias por esta sorpresa tan inesperada. Siempre es un placer servirte” –

Le agarró de la corbata, tiró de ella hasta que su oreja quedó a la altura de su boca y le habló con la voz dulce y suave que utilizaba cuando quería que en él creciera la excitación de la anticipación.

-“No pienses que con esto me he olvidado del retraso en nuestra cita. Esto ha sido, digamos, un pequeño desahogo y el recordatorio de que mis deseos están por delante de cualquiera de tus obligaciones. Te espero en la cafetería de abajo y no olvides que la expectativa es la raíz de todo dolor.”

 

“Ese instante frágil, en el que todo es posible…” (Genet)

 

 

 

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Reservado el derecho de admiración.

Una noche más en Madrid.

No lo tenía planeado, pasé por el local, leí el nombre de la banda, vi la fotografía de los músicos y me provocó entrar.

Aún estaban ensayando. Yo iba acompañada y ellos eran cuatro. Por un momento dudé si eran músicos o modelos con instrumentos. Y yo que no me sorprendo fácilmente… tras recorrerles uno a uno de arriba a abajo y de fuera hacia adentro, me quedé atrapada en la mirada del trompetista. No era el más sexy, ni el más atrevido, como comprobé después; pero confieso que no pude apartar ni un segundo la mirada de él, ni siquiera cuando me observaba, al acariciar pausadamente con su boca la boquilla de la trompeta.

Deteniendo el momento.

Humedeciendo mi imaginación.

Al principio pensé que podía ser porque fijaba la atención en un punto cualquiera para concentrarse.

Tras casi 2 horas de jazz del bueno, tuve la certeza de que me miraba, no tanto como yo a él, pero lo suficiente como para desear dilatar la noche.

En sus momentos de descanso, mientras aguardaba en una esquina del escenario le observaba mientras se arreglaba la camisa blanca, o se acariciaba el pelo, o cuando miraba con cariño la trompeta.

Después, sonreía.

Y a mí, que no me embruja fácilmente una sonrisa… no supe si deseaba cuidar su risa, besar sus dientes o follarme esa sonrisa, así sin más dilación.

Cuando volvió a subir y unirse al resto de la banda sus poses cada vez más seductoras envolvieron la sala y caldearon a las pocas féminas presentes o eso me pareció, porque lo cierto es que ninguna apartaba la vista de ellos. En un momento dado se levantó la camisa, dejando ver su torso y el comienzo de su ropa interior.

Provocador, cuanto menos- Pensé.

Por suerte, mi acompañante es un gran melómano y andaba envuelto entre ritmos, armonías y melodías.

Mientras, yo perseguía sus gestos. Su boca se abria introduciendo el instrumento, cerraba los ojos y creaba sonidos mágicos. Casi podía sentir el frío tacto del metal en mis muslos. Su cuerpo se movía sensualmente al compas de la melodía. Y yo, inconscientemente imitaba su vaivén.

En otras ocasiones él miraba al pianista,  lanzaba alguna exclamación y volvía a hacerlo.

Sonreía.

Y como al jazz a mí también me gusta improvisar, en cuanto acabó la deliciosa actuación le dije a mi pareja que fuera a pagar a la barra, yo me dirigí al exterior con la supuesta intención de esperarle, pero el deseo feroz era el de tropezarme con él.

Y así fue, con él y con los otros 3 integrantes del grupo más una pareja que se les unió enseguida.

Nos miramos. Entre su timidez y mi diplomacia ante mi acompañante, nadie movió ninguna pieza, al menos externamente.

Miré a través del cristal como con impaciencia a la barra para comprobar si mi acompañante acababa y entonces él entró dentro, dirigiéndose hacia el baño.

Confieso que me hubiera gustado seguirle, o chocarme con su sonrisa en mitad de la sala oscura y envolvente, casi tanto como su modo de caminar.

Pero mi pareja terminó rápidamente y salió a mi encuentro.

Nos fuimos.

Yo solo físicamente.

¿Lo primero que hice al llegar a casa? Buscarle en redes. ¿Y como dejar de hacerlo…?

Y todo por una sonrisa de nada…

O de todo.

Le encontré.

Le puse un mensaje. Neutral. No quería parecer una groupie más y no sabía si iba a ubicarme en el ciber espacio.

A la mañana siguiente me contestó.

Con un “gracias” y con un “espero que volvamos pronto a Madrid”.

-Yo también  lo espero-le escribí.

-“Y que estés allí”-añadió unas horas después.

No le contesté, claro.

Me quedo con su boca y con todo el cielo que le rodea guardados en mi ropa interior, hasta el próximo encuentro…

Esa vez,

ya no tan casual.

“Cuando no tienes nada que perder, saltas

y cuando ya lo has perdido, vuelas.

Así de simple.”

(M. Gane)

 

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To let myself go. (I)

A las 17:55 h. como siempre, puntualmente llego en busca de ella.

Ella seguia en el empeño de moldearle a base de besos caricias y algunas cositas más.

Él aparcó el coche justo frente al portal, se bajó del coche y mientras fumaba un cigarro se dispuso a esperar a que ella, su dueña, saliera por el portal.
Exactamente a las 18:00 h. la vio aparecer tras el portal; vestía un ligero traje en tonos rojos  a la altura de la rodilla, zapato plano, el pelo suelto, las gafas de sol y su bolso. Abrió la puerta exterior para dejarla pasar y ya en la calle, la saludó cogiendo sus dos manos y besándolas. En ese momento se fijo que ella, llevaba en el dedo anular de su mano izquierda el anillo plateado gemelo al que él llevaba en su mano derecha y entendió que esa tarde iba a ser muy distinta a otras en las que habían salido de shopping.

Una vez se saludaron él se dirigió a abrir la puerta trasera del coche para que subiera y la cerró cuando se cercioró de que ella, estaba cómodamente sentada. Dio la vuelta al coche para dirigirse a la puerta del conductor, subió, se puso el cinturón de seguridad y arrancó el coche.

-“¿Dónde quieres que vayamos?”- Preguntó.

-“Hoy se me ha antojado ir a comprar unos zapatos. ¿Recuerdas aquella zapatería de la calle Alcalá? .Vamos a ir allí”.- Respondió ella con voz suave y firme.

Durante el camino fueron comentando las últimas lecturas que ella, su fuerza, le había ordenado leer. Así como los detalles a tener en cuenta para programar un futuro viaje a alguna capital europea que ella, su guía, tenía en mente realizar con él.

Al cabo de unos veinte minutos llegaron a la zona a la que se dirigían.

-“Cuando llegues a la dirección, para el coche. Yo me bajaré para entrar en la tienda mientras tú aparcas”.-

Cuando llegó a la puerta de la tienda paró el coche, se bajó y  abrió la puerta trasera para facilitarla la maniobra .

-“Procura no tardar mucho”.- Él asintió.

Una vez aparcado coche en un cercano parking público se dirigió andando a la zapatería mientras sentía ese hormigueo que tenía en el estómago cada vez que a ella, le apetecía jugar con él en público.

Entró en la tienda.

Era amplia y con varias zonas perfectamente diferenciadas en las que había varios asientos situados delante de unos grandes espejos para que la clientela pudiera ver cómo le quedaban los zapatos una vez puestos. Habría en ese momento unas diez personas y tres dependientas.

Ella estaba sentada en uno de aquellos asientos mientras miraba los expositores de alrededor en busca de algún modelo que le gustara.

Él se acercó lentamente.

Cuando estuvo a su lado, ella le indicó:

-“Ponte de rodillas delante de mí”. Él tembló y ella lo notó.
Sonrió y con el dedo índice de la mano derecha le hizo una indicación para que obedeciera.

Ese momento, tan temido como esperado, había llegado para él.
En público, el mayor de sus temores.
Finalmente él se puso de rodillas muy lentamente, tratando de no llamar la atención de los presentes en la zapatería, con la cabeza mirando al suelo en la creencia infantil de que si él no veía a los que estaban a su alrededor a él tampoco  le verían.
-“Lo que no se ve, no existe”- repitió mentalmente.

Cuando estuvo de rodillas ella, su brújula, volvió a hablarle.

-“Busca unas sandalias de tacón fino y muy alto”.-

Se dirigió a una de las empleadas de la tienda y le pidió exactamente lo que necesitaba para complacerla. Unas sandalias rojas de tiras con tacón fino y altísimo. Del número treinta y siete, eso sí.

Al poco tiempo la dependienta le trajo una caja con las sandalias que había pedido y le preguntó si necesitaba ayuda, él respondió que no y se dirigió hacia ella.

Protegido por la excusa de llevar la caja de zapatos él volvió a ponerse de rodillas delante y dejó la caja a uno de los lados. La abrió para probarle las sandalias.

-“Quítame con delicadeza los zapatos y antes de probarme las sandalias introduce muy lentamente cada uno de los dedos en tu boca. Recuerda que no tenemos prisa”.- Le dijo dulcemente.”-
Estar de rodillas delante de ella en mitad de la tienda era una cosa,

adorar esos pies a los que se había vuelto adicto ya,

delante de todas esas personas era otra completamente distinta.

Quizá demasiado para él.

Quizá se dio cuenta en ese instante que ella era su motivo y no su excusa.

La miró a los ojos y ella notó el temor que había en su mirada. Le sonrió y asintió invitándole a obedecer.

Aquella sonrisa y ese gesto le hicieron dar el paso adelante, le quitó el zapato derecho y sostuvo el pie desnudo con las uñas pintadas de rojo con su mano izquierda, ella pudo notar perfectamente el temblor en sus manos.

Agachó la cabeza y uno por uno, fue introduciendo cada uno de los dedos en su boca, deleitándose en la maniobra. Acto seguido cogió la sandalia de la caja y pausadamente se la colocó lo mejor que pudo. Repitió el gesto con el pie izquierdo .
Ese pie con el que soñaba de noche y de día también.

Rozó cada pliegue.
Se deleitó en la suavidad de su piel.
Imaginó tal vez, que besaba y humedecía otra zona de su cuerpo.

Respiró y esperó.

-“Pon las manos en el suelo”.- le dijo.

Obedeció.

En ese momento se dio cuenta de que una de las empleadas y un par de clientes estaban mirando de reojo la escena y el temor volvió a aparecer, estaba a punto de llegar a su límite y levantarse.

Ella que ya lo conocía muy bien le susurró suavemente con una ligera y convincente sonrisa:

-“La tienda está vacía para nosotros dos. Solo necesitas centrarte en mí. Confía y fluye”.

Escuchó la voz de ella y eso le tranquilizó. Sintió en su mano izquierda la suela y notó que gradualmente ella dejaba caer casi todo el peso. Luego lo sintió en la mano derecha y finalmente en las dos. A continuación ella se giró y esta vez dejó caer lentamente el peso de los tacones sobre sus manos, primero uno y luego el otro, en una suerte de danza armoniosa.
Ella se alejó caminando pausadamente hacia uno de los espejos mientras él permaneció de rodillas y con las manos en el suelo.
Ella se demoraba mirando en el espejo el reflejo de sus pies dentro de las sandalias, tras unos minutos, eternos para él, volvió hacia el lugar en el que él esperaba.
Sabía que superado el momento de crisis él haría todo lo que le dijera. Había conseguido que su sumisión venciera a su pudor.

No esperaba menos de él.
Sabia que no podía fallarla.

En aquel momento eran ya el objeto de las miradas de todos los presentes en la tienda.

-“Me gustan tanto que nos las vamos a llevar. Quítamelas y ponme los zapatos de nuevo de la manera que a mí me gusta”.-le indicó.

De nuevo repitió la operación anterior y uno por uno todos los dedos de los pies fueron visitando lentamente su boca. Colocó las sandalias en la caja para acto seguido preguntar con la mirada si podía levantarse para ir a pagar. Ella sonrió y asintió.

Se dirigió a la caja sin mirar a su alrededor, hacía ya un rato que en la zapatería nadie curioseaba zapatos. A él le pareció que todos estaban pendientes de ellos dos. Le extendió la caja a la empleada, que le miró entre sonriente y cómplice .

Se giró hacia donde estaba ella, su motor, e hizo amago de ir hacia la puerta. Ella interrumpió sus intenciones y le dio una nueva indicación.
-“Espera un momento, no podemos salir así a la calle”.- El tono anticipaba una provocadora malicia en las intenciones.

Recorrió los dos pasos que les separaban y se situó frente a él con la puerta de la tienda a sus espaldas. Movió su mano derecha con gracia para que él la siguiera fijamente con la mirada. La dirigió al bolso y buscó dentro hasta que encontró lo que quería. Aquella mano salió del bolso agarrando un collar de cuero con una anilla. Ella le miró y le indicó que agachara levemente la cabeza. Cuando obedeció le ciñó el collar y lo abrochó. Su mano extrajo del bolso una correa con un mosquetón que enganchó a la anilla del collar.

-“Ahora sí podemos salir a la calle”.- Dijo ante la mirada atónita de todos, que muy seguramente habían observado detenidamente esta última escena.

Ya en la calle recorrieron lentamente los cincuenta metros que separaban la zapatería de la entrada al aparcamiento subterráneo. Ella delante sosteniendo la correa y él un paso por detrás sin dejar que esta se tensara.

Ya en el coche y de vuelta al lugar de partida ella le dijo:

-“Estoy orgullosa de ti, y como sabes que cada logro conseguido es un paso adelante, te voy a dar un premio muy merecido”.-

-“Muchísimas gracias por tus palabras. Ha habido un momento en el que he estado a punto de derrumbarme, pero tus pies y tu voz han hecho que pudiera seguir adelante”.- Respondió él, tímidamente…

Aunque probablemente hubiera preferido decir:

    -“You have chosen me to be your slave.

      I must serve you .

      You have chosen me to worship you.

      I must pray to you as my goddess.

      You have chosen me for your pleasure.

      I must give pleasure to you as my mistress.

     You have chosen me to labor for you.

     I must perform those tasks for you.

    You have chosen me to suffer for you.

    I must endure my pain for you .

    You have chosen me to obey your commands.

    I must obey you without hesitation. …”-

 

(…Continuará.)

 

 

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